Jaime Balmes

Filósofo y publicista es­pañol. N. en Vich (Osona) el 20 de agosto de 1810, m. en la misma ciudad el 9 de julio de 1848. Pertenecía a una modestísima familia de trabajadores; hizo sus primeros estudios en el seminario de su ciudad natal, donde cursó filosofía y teología con excep­cional aprovechamiento.

Pasó luego a la Universidad de Cervera, y allí completó su sólida formación teológica. En 1834 reci­bió las órdenes sagradas, y un año después se doctoró. Enseñó hermenéutica en Cer­vera y en 1837 se encargó de explicar mate­máticas en el seminario de Vich; durante cuatro años desarrolló allí un amplio pro­grama que comprendía aritmética, álgebra, geometría elemental, aplicación del álge­bra a la geometría, trigonometría rectilí­nea y esférica, cálculos diferencial e in­tegral, mecánica racional y astronomía.

Mientras tanto profundizaba sus estudios filosóficos y sorprendía a sus colegas con las muestras de un talento privilegiado y una prodigiosa memoria. Por aquella épo­ca compuso un tratado de Trigonometría rectilínea y esférica para uso de sus alum­nos.

Pero a pesar de algunos triunfos aca­démicos locales y de sus vastísimos cono­cimientos, el nombre de Balmes seguía ignorado incluso en Cataluña. Dedicaba entonces sus ocios a componer versos mediocres en cata­lán y castellano y empezó una novela, pero pronto^ se convenció de que su verdadera vocación era la filosofía, al par que sintió nacer en su espíritu una inquietud política que le llevaba a forjar planes encaminados a la resolución de los problemas de Estado entonces planteados en España.

En 1839 re­mitió a un concurso convocado por un pe­riódico de Madrid, El Madrileño Católico, una monografía sobre El celibato en el cle­ro, que al ser premiada y publicada le abrió las puertas de la notoriedad. En 1841 era elegido miembro de la Academia de Buenas Letras de Barcelona, y al año siguiente hizo un viaje a París.

A su vuelta fundó en la capital catalana, junto con Roca y Cornet y Ferrer y Subirana, la importante revista La Civilización. En 1843 se separó de sus colaboradores para fundar La Sociedad, pu­blicación que redactaba por sí solo y que alcanzó notable éxito.

Pasó a Madrid, donde en 1844 inició El Pensamiento de la Nación (v.), semanario del cual era también único redactor. En sus páginas expuso Balmes sus ideas políticas y sociales, en campañas que le dieron celebridad e influencia; el objetivo político inmediato era lograr la reconcilia­ción de las dos ramas dinásticas de la casa de Borbón con el matrimonio de Carlos, conde de Montemolín, con Isabel de Borbón, futura reina de España.

Cuando por resis­tencias de la corte de Francia y aun de altas presiones españolas, fracasó aquel pro­yecto, Balmes, sinceramente afligido, se retiró de la polémica política. Ya en 1843, durante la revuelta en Barcelona contra el Gobierno de Espartero, había pasado momentos de gran peligro; por fin pudo refugiarse en el pueblo de Prat de Dalt, donde en quince días escribió El criterio (1845, v.), verda­dero manual del buen sentido y de la mo­ral práctica, que tuvo muy favorable aco­gida y del cual se han hecho numerosas ediciones en castellano y catalán.

Le que­daban pocos años de vida, que dedicó a los estudios filosóficos. En 1848, meses antes de su muerte se retiró a su Vich nativo. A par­tir de 1840 su actividad de escritor fue in­tensísima; produjo, además del citado Cri­terio y otras importantes obras, Observa­ciones sobre los bienes del clero (1840), El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la civilización euro­pea (1844, v.), tratado exhaustivo y docu­mentadísimo, que en gran parte es una crí­tica de la Historia de la civilización, de Guizot, y que fue traducido al francés, in­glés, alemán y latín; Consideraciones polí­ticas sobre la situación de España, Filosofía fundamental (1846, v.) y Filosofía elemen­tal (1847), obra esta última que comprende tratados de lógica, metafísica, estética, ideo­logía, gramática general, psicología teórica, ética e historia de la filosofía.

En cuanto a la Filosofía fundamental, es un tratado ambi­cioso que contribuyó, junto con otras obras filosóficas de Balmes, al florecimiento y reafirma­ción de la neoescolástica, hasta el punto de que su influjo se ha ejercido sobre el carde­nal Mercier y la escuela de Lovaina; y Car­tas a un escéptico en materia de religión (1847, v.), en las que el autor intenta resol­ver las dudas y los grandes problemas de la dogmática y la moral católicas, en un estilo ameno y afable, teñido a veces de leve iro­nía.

En cuanto a la filosofía de Balmes puede decirse que, en su parte crítica, se endereza principalmente a la comprensión, análisis y refutación del empirismo inglés, el kantis­mo y el idealismo alemán, sobre todo Hegel. El estilo de nuestro autor es claro y bien trabado, como de un escritor formado en el rigor de las disciplinas matemáticas.

En su prosa polémica no deja de asomar aque­lla manera típicamente clerical entre pro­tectora y burlona, aunque en nuestro autor no alcanza nunca los acentuados tonos que adoptaron muchos de sus imitadores. Sus ideas políticas se basan en el sentido común (el «seny» de los catalanes) y en un cris­tiano y sincero anhelo de paz y concordia entre las fuerzas en pugna; pero le faltó la ambición personal y el marrullero maquia­velismo, sin los cuales era muy difícil im­ponerse en ese terreno: la nobleza y la buena fe siempre han sido armas poco efi­caces en el turbio juego de la política prác­tica.

No podemos adivinar los ulteriores des­pliegues de una inteligencia como la suya, muy superior a la de la inmensa mayoría de sus contemporáneos; murió a los 38 años, cuando su vida de pensador acababa de al­canzar su madurez. El ejemplo de sus cla­ras virtudes, sobre todo de su juicio y su tolerancia han tenido, por desgracia, pocos seguidores.

En el claustro gótico de la cate­dral de Vich se levanta una estatua de Balmes y la ciudad de Barcelona ha dado el nom­bre del filósofo a una de sus calles’ más importantes. Sus obras completas aparecie­ron en 1925, en Barcelona (33 vols.).