Arquíloco de Paros

Refiere la leyen­da que un día, los habitantes de Paros, queriendo fundar una colonia en la isla de Tasos, enviaron a Delfos al que debía ser su jefe para que consultara el oráculo de Apolo. Pero cuando se conoció en Paros la misteriosa respuesta del dios, nadie logró interpretar su sentido; entonces, en medio de los indecisos ciudadanos surgió un atrevido joven que consiguió aclarar la divina sentencia. Aquel maravilloso muchacho, par­tícipe del lenguaje de los dioses, al que Apolo había predicho ya la inmortalidad, era Arquíloco.

Nacido en Paros, de un noble y de una esclava tracia de nombre Enipo, en los últimos años del siglo VIII, o, según otros, a comienzos del siglo VII a. de C. A causa de las malas condiciones económicas que afligían a su familia, fue obligado a emigrar a la isla de Tasos; esperaba encon­trar fortuna en aquel lugar donde un ante­pasado suyo, Telis, había fundado muchos años antes una colonia de parios.

Pero pron­to se frustraron las esperanzas del poeta. La vida en la colonia era mucho más difícil que en la patria: la isla de Tasos, pobre y cubierta en parte de vegetación silvestre, expuesta a las correrías de los bárbaros tracios, ofrecía escasísimos recursos, y, ade­más, en aquel tiempo, se había convertido en refugio de las gentes de peor fama de toda Grecia.

Arquíloco, cada vez más pobre, ais­lado en un ambiente hostil, mirado por todos con el característico odio del vulgo hacia el noble decaído, se convirtió en soldado mercenario, para intentar ganarse la vida al precio de su vida. Ésta fue la señal no sólo de la separación definitiva del poeta del mundo en el que hasta entonces había vivido, sino también la razón principal de que le rechazara la mujer amada, Neo- bule, que su padre Licambe, un conciuda­dano de Paros, le había prometido en ma­trimonio.

Aquella pasión, agigantada por la distancia, por la añoranza y quizá también por el amor propio herido, se convirtió en el drama central de la vida de Arquíloco. Sediento de venganza, lo mismo que había hecho contra sus amigos de Tasos, escribió contra Neobule y contra Licambe muchos de sus famosos Yambos (v.), poesías de tal modo injuriosas que quedaron como proverbiales en toda la Antigüedad por su violencia.

Se­gún una leyenda — aceptada por la histo­ria hasta hace un siglo —, no pudiendo so­portar por más tiempo Licambe y su hija la inexorable persecución del poeta, se ahor­caron desesperados. Por tal razón, antiguos y modernos han considerado siempre a Arquíloco como el mayor poeta del odio que haya existido, sin preocuparse, sin embargo, de indagar y valorar debidamente las razones del odio, de la ira, del sarcasmo que inspi­raron tan a menudo los versos del bastardo de Paros.

El fallo de sus esperanzas de re­hacer su vida lejos de la patria, las dente­lladas de la miseria, la escocedora desilu­sión amorosa y, en fin, la dureza de la vida militar agriaron sin duda el alma de Arquíloco; pero no hicieron mella en su natural nobleza. Un día, en lucha contra una tribu tracia, se vio obligado a huir durante el combate abandonando su escudo en el campo de batalla.

Por la desconcertante franqueza con que el poeta confiesa su poco gloriosa aven­tura en uno de los fragmentos de las Ele­gías (v.), toda la Antigüedad y muchos mo­dernos han juzgado cobarde a Arquíloco Los espar­tanos, en nombre de su culto al heroísmo, prohibieron sus poesías en la ciudad. Pero que Arquíloco no era cobarde ha quedado demos­trado con el hecho de que muriera comba­tiendo por su patria, no como mercenario, sino como patriota contra los habitantes de Naxos.

Más tarde, los parios levantaron un monumento en su honor y le tributaron culto como a un dios o a un héroe protec­tor de la isla, y en las paredes de aquel templo grabaron muchos de sus versos. Cuenta la leyenda que quien mató al poeta fue un tal Calonda, y que habiéndose éste dirigido un día a Delfos, Apolo lo expulsó del templo, diciéndole: «¡Vete! Has muerto al servidor de las musas».

Arquíloco es el primer poeta de la literatura griega en cuya bio­grafía es posible fijar una fecha segura: en un fragmento de sus poesías describió un eclipse de sol, casi con toda seguridad el del día 6 de abril del 648, o, según cálculos más recientes, del 647 a. de C., eclipse que fue visible en todas las islas del mar Egeo. Muy probablemente, el poeta murió unos años después.

G. Morelli