Guillaume Apollinaire

Nacido en Roma el 26 de agosto de 1880, m. en París el 11 de noviembre de 1918. Hijo de padre des­conocido (probablemente el oficial italiano Francesco Flugi d’Aspermont) y de una noble polaca, de la familia de los Kostrowitzky, llevó al principio el apellido de su madre.

Junto con ella, mujer de escasos prejuicios y maniática de los juegos de azar, abandonó pronto Italia y, tras breves permanencias en diversos lugares, se trasladó a París. Precozmente sensible, entris­tecido por las míseras condiciones económi­cas y por los desequilibrios de una educa­ción sin norma, trató muy joven de apro­vechar sus muchas experiencias culturales empleándose como preceptor en casas de familias ricas y haciendo con éstas largos viajes por Centroeuropa, durante los cuales comenzó a componer versos.

A los 22 años, siendo preceptor en casa de una familia alemana, empezó a enviar, desde Renania, algunos cuentos y poesías a la Revue Blanche, que llamaron la atención de Alfred Jarry y de Félix Fénéon.

A partir del otoño de 1902 se estableció en París, lo­grando al principio poder subsistir mediante un modesto empleo en un Banco, y más tarde con el periodismo y otras publicacio­nes. En 1903 y 1904 editó una modesta revista, Le festin d’Esope, a la que confió las primicias de una larga narración en prosa: L’enchanteur pourrissant, que deno­taba todavía la influencia del simbolismo.

Entre tanto, había trabado amistad con jó­venes destinados, como él, a la fama. Con éstos — entre los cuales André Salmón, Max Jacob y Picasso — descubrió su propia vo­cación de artista inquieto, no enemigo de la tradición, pero permanentemente a la búsqueda de formas nuevas que le permitieran la expresión de un lánguido pero poderosísimo círculo de sentimientos.

En 1910 reunió sus relatos en un volumen titu­lado L’Hérésiarque et Compagnie, el cual le valió el aliento de Elémir Bourges y obtu­vo, además, algún voto en el premio Goncourt de aquel año. Pero su gloria más du­radera ha quedado ciertamente vinculada a los dos volúmenes de poesía titulados Alco­holes (1913, v.) y Caligramas (1918, v.).

En el primero había reunido lo mejor de quin­ce años de producción poética. Los amores rechazados, la fuga del tiempo, la incertidumbre del mañana son los temas eternos, desarrollados frecuentemente con un arte indefinible que los rejuvenece y los hace más conmovedores.

En 1910 Apollinaire ordena de nuevo e incrementa sus colecciones de ver­sos (muchísimos inéditos han continuado y continúan apareciendo después de su muer­te); satisface una extraña inclinación a la literatura libertina rebuscando con minucio­sidad de erudito en el «infierno» de la Bi­blioteca Nacional parisiense; presentado por Léautaud, trabaja en el Mercure de France; y colabora — llegando a ser el más impor­tante personaje de Montmartre— en los movimientos artísticos más avanzados, mos­trándose crítico muy sensible en el libro Los pintores cubistas (1913, v.).

Vierte su espí­ritu en una novela rabelesiana (El poeta ase­sinado, 1916, v.) y en una especie de farsa surrealista (Los senos de Tiresias, 1917, v.). Poeta de los más auténticos de principios del XX y hombre activísimo, y al mismo tiempo sombrío, era capaz de abandonar las vio­lencias fáciles para seguir con penoso aban­dono una repentina imagen amorosa.

Su cosmopolitismo intelectual se concreta en los límites apasionados de su naturaleza francoitaliana; y de tal inspiración es una composición lírica que publicó en La voce de Florencia el 15 de noviembre de 1915: Á Vltalie. En 1914, apenas iniciada la gue­rra, había partido como voluntario; y en el 16 resultó herido en la cabeza.

La tre­panación del cráneo pareció curarlo, y co­mienza a escribir de nuevo; pero su natu­raleza ha quedado muy debilitada y no resiste a la epidemia de gripe de 1918. Y el destino le hace morir bajo el nombre de la tierra de nacimiento: en el hospital ita­liano de París.

F.Giannessi