Apolonio de Rodas

Nacido en los primeros años del siglo III a. de C. en Alejandría o en Naucratis; más probablemente en la primera ciudad, en el seno de una familia que procedía de Naucratis. La tradición le llama de Rodas porque en Rodas pasó los últimos años de su vida y porque casi con toda seguridad adoptó la ciudadanía rodia.

Realizó sus estudios en Alejandría, tenien­do como maestro a Calimaco y como com­pañero de escuela a Eratóstenes, destinado a sucederle en la famosa Biblioteca alejan­drina. Cuando tenía alrededor de 30 años, es decir, entre el 270 y el 265, Apolonio  fue nom­brado por el rey Tolomeo II Filadelfo bi­bliotecario para suceder al célebre gramá­tico Zenodoto.

En aquel tiempo, las rela­ciones entre Apolonio y su maestro Calimaco toda­vía eran afectuosas: por ello es bastante probable que el rey hubiera designado pri­mero a Calimaco como sucesor de Zeno­doto, y que después Calimaco renunciara a la dirección de la Biblioteca en favor de su discípulo.

Coetáneamente al nombramien­to de bibliotecario, Apolonio recibió el encargo de educar al hijo de Tolomeo Filadelfo, el futuro Tolomeo III Evergetes. Durante los veinte años que pasó en Alejandría al frente de la Biblioteca, compuso Apolonio su obra fundamental, Argonáuticas (v.), al mismo tiempo que otros numerosos libros sobre gramática.

Pero si en aquellos años la lite­ratura griega adquirió un monumento poé­tico, Apolonio no supo granjearse la amistad de su real alumno, ya que poco después, el año 246 a. de C., en que Tolomeo Everge­tes subió al trono, Apolonio fue obligado a aban­donar Alejandría y retirarse a Rodas, donde permaneció hasta el final de su vida.

No fue ajena a la desgracia de Apolonio la reina Berenice, hija de Maga de Cirene, con quien se había casado Tolomeo el 247; todo el favor de la reina se volcó en sus célebres conciudadanos Calimaco y Eratóstenes.

En este tiempo, se habían ya iniciado sin duda las disensiones entre Apolonio y Calimaco: la enemistad del maestro, la rivalidad de Eratós­tenes y la escasa simpatía de Berenice de­terminaron que el rey fuera considerando poco a poco a Apolonio  como persona poco grata en la corte.

Probablemente durante su per­manencia en Rodas, redactó Apolonio  una segun­da edición de Argonáuticas; pero es indu­dablemente falsa la noticia que nos ha trans­mitido una antigua Vida, según la cual hubo de dedicarse a dar lecciones de retó­rica a causa de su mísera situación eco­nómica.

Apolonio no sólo debió la celebridad a su poema épico, sino también a la famosa y violentísima polémica literaria que man­tuvo, aproximadamente entre el 246 y 240 a. de C., con su maestro Calimaco. Afirmaba éste que el único requisito de la poesía consistía en su esencia lírica, y había con­denado por ello, en bloque, toda la poesía épica antigua por su incapacidad de man­tener desde el principio hasta el fin, a cau­sa de su longitud, una continuidad de tono y de inspiración.

Esta y otras afirmaciones no menos revolucionarias suscitaron la in­dignación de Apolonio  que había consagrado toda su actividad de erudito y todo su arte a la tentativa de renovar los fastos de la poe­sía homérica.

Se alinearon al lado de Apolonio , en defensa de Homero, otros famosos poe­tas, como Asclepíades y Posidipo, y erudi­tos como el gramático Prasífanes de Mitilene. Calimaco murió sin reconciliarse con su antiguo alumno.

Y no puede aceptarse seriamente la leyenda según la cual, al final de su vida, Apolonio habría vuelto a Alejandría, donde, acogido con grandes honores por la nueva redacción de su poema, habría sido sepultado junto a Calimaco, haciendo ter­minar al fin, en el común reposo de la muerte, el odio que los había separado en vida.

G. Morelli