José de Anchieta

Nacido en 1534 (bauti­zado el 7 de abril) en San Cristóbal de la Laguna, en la isla de Tenerife; m. el 9 de junio de 1597 en Reritigba (hoy Anchieta) en Brasil, ha sido llamado el «Apóstol del Brasil».

Hijo de un noble español de Gui­púzcoa emigrado a causa de las persecu­ciones contra los «comuneros», fue enviado a estudiar a Coimbra, donde a los 18 años entró en la Compañía de Jesús.

Aún no había cumplido los veinte cuando marchó a Brasil junto con otros compañeros, comenzando allí inmediatamente la obra de catequesis de los indígenas de la «capita­nía» de San Vicente, con predicaciones y «comedias» (es decir, diálogos representados ante el pueblo para instruirlo y catequi­zarlo).

Habiendo fundado a doce leguas de San Vicente el tercer colegio regular de jesuitas en Brasil (1554), celebró en él la primera misa el día de la Conversión de San Pablo (25 de enero), de donde procede el nombre de la gran ciudad nacida después en aquel lugar.

Junto al colegio fundó un nuevo seminario, donde desarrolló una ex­traordinaria actividad pedagógica. Dirigió espiritualmente la resistencia de los indí­genas que habían quedado fieles a Portu­gal en el momento del ataque francés con­tra el Brasil; intervino repetidamente, y siempre con eficacia, en las disputas entre tribus indígenas, llegando a atraerse (con la ayuda de su correligionario Manuel de Nóbrega) hasta los belicosísimos tamayos.

Convertido en provincial de la Orden en Brasil (1578), amplió su actividad de cate­quesis más allá de los límites habituales, adentrándose en el país en busca de las tri­bus menos civilizadas, ganándose por su tenaz serenidad y por su dulzura el sobre­nombre de «santo» por parte de los portu­gueses, y el de «estrecha-manos» por parte de los indígenas.

Son también de iniciativa suya las mejores obras de carácter social realizadas entonces en Brasil: colegios, ca­sas de reposo, hospitales de la Compañía, así como se le deben obras fundamentales sobre la historia de la Compañía (v. Histo­ria brasileña de la Compañía de Jesús) y sobre los indígenas, para cuya instrucción religiosa y profana redactó también la pri­mera gramática del dialecto «tupí».

Solici­tada y obtenida, en 1585, la renuncia a su cargo de provincial, se retiró al Colegio de la Orden en Río de Janeiro. Pero cedió más tarde a la insistente invitación del Co­legio del Espíritu Santo para trasladarse allí, viniendo a morir en el pueblo que él había fundado y que llevaría su nombre, a 15 leguas de la ciudad; los indígenas tras­ladaron su cuerpo a hombros hasta Espíri­tu Santo, desde donde, unos años después, fue llevado a Bahía y sepultado allí.

Anchieta fue también poeta y se recuerda todavía como su mejor composición la oda Santa Inés (véase).

G. C. Rossi