Henri-Frédéric Amiel

Nacido el 27 de sep­tiembre de 1821 en Ginebra, m. en la mis­ma ciudad el 11 de mayo de 1881. Huérfano de madre a los 11 años y de padre a los 14, su salud delicada y su adolescencia melan­cólica le inclinaron en gran manera a la meditación; la «feminidad» de su carácter se acentuó en casa de su tío, donde había sido acogido, y donde había muchas muje­res, hermanas y primas.

Estudió en el cole­gio y desde 1838 hasta 1841 en la acade­mia local; viajó en 1841 y 1842 por el sur de Francia y por Italia, y en 1843, por Fran­cia, Bélgica, Holanda y Renania; en octu­bre de este año se encuentra en Heidelberg, y un año después en Berlín, donde permanece de un modo casi ininterrumpido hasta 1848, interesado por la filosofía ale­mana, en especial por los cursos de Schelling.

Vuelto a Ginebra, es nombrado en 1849 profesor de Estética y Literatura en la Aca­demia, y pasa al año siguiente a la cáte­dra de Filosofía. Después, nada más ya has­ta el fin de su vida. Su enseñanza, nada brillante, tuvo poca resonancia en la ciu­dad; su obra crítica (v. Ensayos críticos), poco señalada, pasó inadvertida.

Modesta también su poesía (Grains de mil, 1854; El Pensador, 1858; La part du rêve, 1863; Les étrangères — versiones —, 1876; Jour à jour, 1880). A él, que era un sedentario, le corres­pondió componer el himno nacional «Rou­lez, tambours».

Por lo demás, una vida de estudioso célibe, huésped largo tiempo de una hermana casada y después, en los últi­mos diez años de su vida, de una casi alumna suya y «ahijada», Berta Vadier. Su diario (v. Fragmentos de un diario íntimo) revelará el secreto de esta alma singular. Timidez y miedo lo tuvieron fuera de la vida, de la que, sin embargo, tenía sed, amargo sentimiento.

Rehusaba la vida por amor a la libertad: pobre libertad a la que unía el querer y que destruía con el aná­lisis. Éste era su único placer, su virtud, que demostraba, sin embargo, su quiebra cuando se definía cruelmente como «un huevo sin germen, una nuez vacía».

Poseía, no obstante, un corazón tierno, y su afecti­vidad, reprimida desde la adolescencia (an­tes que Freud habló él de «refoulement»), hubiera podido saciarse con el amor: en el matrimonio, en la regularidad hubiera en­contrado la paz; pero no se atrevió a correr el riesgo, dominar su amor hacia la libertad, su secreto egoísmo, aparte de otros frenos que procedían de sus parientes, de la rígida ciudad calvinista.

Más amigo que amante, acudieron a él las mujeres a complacer su pasión de psicólogo, a satisfacer su necesi­dad de intimidad, soñando todas con con­sagrarle la vida. Con una de ellas se com­portó de un modo particularmente ingrato: con la que él llama «Filina», gracias a la cual conoció tardíamente el amor pleno, quedando desilusionado. Sin embargo, hasta el final de su vida lo consolaron las muje­res, ahora filialmente: la dulce Fanny Mercier, que será la editora del Diario, y Berta Vadier.

Pero la razón, el consuelo, el obje­tivo de su vida fue el Diario, al que se abandona totalmente en los últimos tiem­pos, con una difícil sinceridad que envuelve, como con una luz de heroísmo, la figura del pálido, vacilante Amiel.

V. Lugli