[Sentiments de l’Académie sur le Cid]. Obra crítica francesa de Jean Chapelain (1595-1674) escrita en 1637 para examinar el Cid (v.), de Pierre Corneille, y resolver, por orden del cardenal Richelieu, una delicada disputa literaria.
Georges de Scudéry había publicado unas insulsas observaciones sobre la obra maestra del gran trágico y, especulando tal vez con los rencores que, como por rivalidad profesional — si es cierto lo que tanto se ha repetido — Richelieu, fundador de la Academia, sentía por Corneille, había sometido su obra al juicio de la propia Academia.
La noble asamblea rogó por esto al poeta que dejase examinar el Cid, y él asintió con digno orgullo. Después de varios exámenes de comisarios sobre la obra y sobre la crítica, Chapelain recogió las memorias de los colegas y las refundió en un libro que fue presentado manuscrito al cardenal.
Sin disgustar al poderoso ministro, consiguió decir algunas cosas justas, dejó escapar la mínima cantidad posible de incongruencias y proclamó, incluso con una cierta justicia, el valor de la gran obra. Intuye el crítico que el Cid es una obra de gran fuerza, que mezcla un mundo viejo a una actitud nueva y que no basta el hecho de que el argumento se aparte de la historia española para que pueda negársele el mérito.
Por el contrario, el artista ha plasmado un carácter antiguo con galantería moderna, haciendo que su obra fuese más viva y apasionada por el conflicto entre amor y deber. El lado novelesco del drama lo hace agradable a la masa de los espectadores; hay algo en el gusto y en el alma del público que lleva implícito un juicio no desdeñable.
Cierto que en la obra hay imperfecciones, y la Academia, Con la sabiduría que la caracteriza, hace notar errores de versos, puntos débiles de la trama, imágenes forzadas y desigualdades de caracteres; lo que no excluye que el discutido Cid pueda ser considerado como una obra maestra digna de ser recordada.
Boileau, implacable y satírico crítico del Chapelain poeta y de sus compadres, pudo escribir en un pasaje famoso que es en vano que un ministro se declare contra el Cid: todo París está por sus protagonistas, y si la Academia, solemnemente, reunida, formula sus censuras, «el público alborotado se obstina en admirarlo».
Pero por lo menos Chapelain tuvo la habilidad de demostrar más buen sentido que de costumbre, y su habitual pedantería le atenuó la acritud polémica de una condena.
C. Cordié

