[Ogier le Danois]. Varios poemas épicos tratan de las hazañas de este héroe. Un cantar de gesta francés de finales del siglo XII o principios del XIII, en series decasilábicas, el Chevalerie Ogier, de Raimbert de París, narra que el hijo de Carlomagno (v.), Charlot, ha matado al hijo de Ogier (v.), el cual decide vengarse.
En guerra con Carlomagno, Ogier, ayudado por Didier, rey de los lombardos, después de un encuentro en las praderas de Saint- Ajne, se refugia en Castelfort, en Toscana, donde resiste un cerco de siete años, hasta que, único superviviente, huye de nuevo, pero es capturado por el arzobispo Turpín y encerrado en la cárcel de Reims, con la intención de dejarle morir lentamente de hambre.
Pero el arzobispo Turpín (v.) se apiada de él y le ayuda. Los sarracenos invaden entre tanto Francia, que creen mal defendida, puesto que ha corrido la voz de la muerte de Ogiér. A su pesar y porque todos los barones lo reclaman, Carlomagno se decide a pedirle ayuda; Ogier consiente, pero con la condición de que se le entregue Charlot, pues ha jurado vengarse del asesinato de su hijo y no puede faltar al juramento: Charlot será la víctima de la salvación de Francia; pero cuando en medio de la corte consternada Ogier va a levantar la espada, un ángel que baja del cielo se lo impide: Dios no lo quiere.
El cantar termina con el matrimonio de Ogier, vencedor de los sarracenos, con una princesa inglesa a la que ha libertado de su cautiverio, mientras Carlomagno le colma de honores. El cantar, refundido libremente en alejandrinos, en el siglo XIV, consta de doce cantos, de los cuales el primero, que se refiere a las mocedades del héroe, lo fue por Adenet li Rois en las Enfances Ogier (1270).
Ogier es un personaje histórico; vasallo de Carlomagno se refugió en la corte de Desiderio y le ayudó, en el año 773, en la guerra contra Carlomagno. Aparece en el Cantar de Roldan (v.) como uno de los principales compañeros de Carlomagno y manda la retaguardia del ejército que regresa a Francia; y es uno de los doce pares en el cantar de Fierabrás (v.) y en la Peregrinación de Carlomagno a Jerusalén (v.).
Privado de una personalidad relevante, su existencia poética se centra sobre todo en la leyenda de su sublevación contra Carlomagno, en que se repite el tema, grato al pueblo, del rebelde hacia el emperador; esta leyenda, recogida por los poetas, fue conservada por los clérigos de las iglesias lombardas, donde se custodiaba la historia de la lucha entre Carlomagno y Desiderio, y donde O’gier figuraba en el bando de este último, rebelde y protector de los dos hijos de Carlomagno.
En Italia, un poema franco – véneto, derivado del cantar de Raimbert, de fines del siglo XII, narra las Enfances Ogier mezcladas con las mocedades de Roldán; otra compilación deriva de la Chevalerie francesa, mientras otra narra las angustias y sufrimientos que turbaron la virilidad. del valiente guerrero.
Existen, además, un poema toscano de fines del siglo XIV y una redacción en prosa italiana de la misma época, dedicada a Reinaldos, pero que habla mucho de Ogier. La mayor parte de las tradiciones narrativas referentes a Ogier le hacen hijo de un rey de Dinamarca, dado como rehén a Carlomagno por su mismo padre.
En Italia nada se sabe de esta tradición; sólo en la Entrada en España (v.) se habla de su dominio hereditario de «Danemarche». Mucho más que las proezas juveniles de Ogier, se difundieron y repitieron por tierra de Italia las aventuras de su edad viril; las primeras no hacían más que adaptar en una forma nueva la vieja y enojosa historia de las luchas entre cristianos y sarracenos; en ésta, en cambio, se contenían elementos dramáticos aptos para conmover la naturaleza humana sin distinción de lugar, tiempo ni creencias.
Las largas fábulas que últimamente se añadieron en Francia a las viejas invenciones e hicieron del Danés un favorito de la suerte, no penetraron, empero, en la península italiana, donde su nombre se encuentra unido al de otros guerreros, con un relieve honroso pero no característico.
Sin embargo, en Italia se tuvo noticia de tradiciones que no daban por muerto a Ogier y lo representaban todavía vivo en el fondo de una cueva. Pero esto se desprende únicamente del testimonio del Morgante (v.).
C. Cordié

