Odisea, Homero

Poema griego en veinticuatro cantos atribuido a Homero (si­glos IX-VIII a. de C.). Todos recuerdan la aventura de Ulises (v.) y del cíclope Polifemo (v.). Ulises, al encontrar en la cueva del gigante numerosos cabritos y corderos, y abundancia de quesos y leche, podía sin dificultad llevarse de todo aquello lo que quisiera antes de que volviera el gigante, aprovisionar de nuevo sus naves y acto se­guido desplegar velas y huir de aquella tie­rra peligrosa.

Esto es lo que aconsejan sus compañeros. Pero Ulises quiere saber y quie­re ver, y se queda. Del mismo modo, cuan­do cruza el golfo de las Sirenas, tapa con cera los oídos de sus compañeros encorva­dos sobre los remos, pero no sus propios oídos y manda que lo aten al palo mayor de la nave, con orden de no desatarlo, a pesar de las señales que él les dirija en contra, porque quiere oír y conocer aquel mortal canto de las sirenas inmortales.

Y después, en la isla E, entre aquella espesa floresta, las mágicas hierbas, los animales salvajes aprisionados y mansos; ¿quién canta dentro de la casa aquel canto suave?, ¿una mujer o una diosa?, ¿qué se esconde, qué peligro o qué celada, en el palacio misterioso? Euríloco advierte a Ulises que muchos de sus compañeros desaparecieron allí; sin duda los mataron; y le propone huir. Pero Ulises se ciñe la espada y va; otra vez quiere ver y saber.

Y también con Penélope (v.) antes de darse a conocer — lo hará en el último mo­mento, después de haber matado a los pre­tendientes —, quiere ver y saber. Son epi­sodios merecidamente famosos, que todos recuerdan independientemente de la trama en que se hallan entretejidos.

Como recuer­dan, cuando Ulises está ya en Itaca, las personas y los episodios; los conmovedores reconocimientos, por parte de Filecio el boyero y de Eumeo el porquero, criados fidelísimos, de su nodriza Euriclea que le crió de niño y ahora reconoce, mientras le está lavando, la señal de la antigua herida en su pierna, y hasta del perro Argos, del pobre y viejo perro que también le ha espe­rado durante veinte años, y allí esté tendido, moribundo, junto al umbral de la casa, en un montón de estiércol.

Ulises pasa cerca de allí, con Eumeo. Está a punto de cruzar el umbral. El perro ha oído su voz y acto se­guido le reconoce. Endereza un poco las orejas: no gruñe, no ladra, no se mueve. El amo se le acerca. Y entonces el animal, feliz baja las orejas. Eumeo entra en la casa. Ulises se queda allí, todavía descono­cido de todos, con su perro, el único que le ha reconocido, y acto seguido el perro mue­re.

De todos estos episodios, el punto de enlace interior, espiritual y poético, no mí­tico y exterior, es siempre Ulises, tal vez la figura literaria más rica de humanidad que la poesía griega ha creado, con su ri­queza singularísima de prudencia y valor, de curiosidad y de inteligencia, de genero­sidad impetuosa y de calculada frialdad, de lucidez y de cautela, de segura presteza y de obstinación, de fe y de duda, de ar­dentísima y activísima astucia; de él par­ten y a él vuelven lo mismo los episodios particulares, que los temas y los motivos mayores y menores de todo el poema.

La Odisea es el poema del  «re­greso» de Ulises; del regreso a su isla natal, a Itaca, después de la guerra de Troya. También la acción de la Odisea dura, como la de la Ilíada (v.), un número de días muy limitado, cuarenta; desde que Ulises aban­dona la isla de Calipso (v.) hasta que, ex­terminados los pretendientes, es nuevamente dueño y rey de su casa y de su reino.

Pero dentro de la obra aparecen, relatadas por el propio Ulises en la corte de Alcinoo, sus largas peregrinaciones, que duraron nueve años completos, desde que Ulises partió de Troya hasta que, al décimo año, lo vol­vemos a encontrar en la isla de Calipso.

El poema se puede dividir en dos grandes par­tes: antes del regreso de Ulises a Itaca, los primeros doce cantos; regreso y después del regreso, los últimos doce. La primera parte puede dividirse, a su vez, en dos secciones, la «Telemaquia», cantos I-IV, y los viajes de Ulises, V-XII.

La «Telema­quia» representa el estado de la casa de Ulises durante su ausencia; sobre todo cele­bra la adolescencia de Telémaco (v.), a quien Ulises, cuando partió para Troya, dejó casi recién nacido, y que ahora tiene ya veinte años y está en disposición de asumir directamente, en ausencia de su padre, el gobierno de la casa.

En resumen, la acción de la Odisea parte de estos tres núcleos míticos: adolescencia de Telémaco, viajes de Ulises errabundo, regreso y venganza; y estos tres núcleos giran en torno a un nudo central que une a los tres; las malversa­ciones de los pretendientes de Penélope se agudizan ahora, cuando después de veinte años la esperanza de que Ulises no vuelva se ha convertido casi en certidumbre; los pretendientes se encienden además en ira contra Telémaco al llegar éste a la adoles­cencia y le tienden celadas y urden insidias para quitarle de en medio y matarle.

Y he aquí que, ahora precisamente, Ulises está regresando; más aún, ha regresado ya, está en el palacio real y nadie lo sabe, excepto Telémaco; nadie lo reconoce, ni siquiera Penélope; sólo unos pocos y fieles criados, Eumeo, Filicio, Euriclea, que le ayudan en su venganza.

Este nudo, esto es, esta con- ciencia-mito, da tono y movimiento a la poesía de la Odisea; la envuelve en una atmósfera de necesidad, de la cual recibe alimento y vida desde el principio hasta el fin; es su expresión.

Ahora bien, la poesía de la Odisea se desarrolla a lo largo de dos temas o motivos fundamentales: el tema del regreso y el tema de la venganza, que a ve­ces confluyen el uno en el otro y se enriquecen con motivos menores que dan a la obra un carácter más uniforme y fluido; pero también dominan, diferentes, partes distin­tas.

Sentimiento nostálgico de la isla lejana («el ver los techos de la patria y el humo que se desprende de ellos y se eleva reve­lando las tranquilas ocupaciones domésti­cas» es la más antigua y más sencilla ex­presión de la «nostalgia, del deseo doloroso del regreso» y es expresión que hallamos también en la Odisea muchas veces); re­cuerdo y deseo de muchos afectos, con sen­cillez de modos y formas, y afectuosas correspondencias entre nobles y vasallos, entre príncipes y siervos; amor a la paz doméstica y a la vida plácida, que agudiza más la ansiedad y tristeza de los mil per­cances y peripecias del difícil regreso — los ciclones, los lotófagos, los cíclopes, los les- trigones, Circe (v.), la isla del sol, la isla de Calipso — que se determinan y agudizan más en el espejismo y el halago de otras islas felices (sobre todo en la isla de los feacios, la última escala del náufrago); todos estos y otros semejantes son los ele­mentos del primer tema, que dominan toda la parte central de la Odisea, los llamados cantos del regreso, y tienen su centro mu­sical y poético en el canto de Nausica (v.).

Por una parte, las depredaciones y arro­gancias de los pretendientes y las insolen­cias de los criados infieles, y por otra parte, la fidelidad de los criados, de la mujer, del hijo y del anciano padre, el tenaz amor y la larga espera, ya desesperada, y la obs­tinada defensa, y, al mismo tiempo, el prudente acercamiento de Ulises, desconocido y bajo el aspecto de un mendigo, su espera impaciente, su lento volver a encontrar y reconocer cosas y gentes amadas, son los elementos del segundo tema, que queda ya ampliamente apuntado en la primera parte en los cantos de Telémaco, que domina sobre todo la última parte, esto es, los cantos de la venganza, y tiene su centro, o su máxima elevación musical y poética, en el canto del arco o, mejor dicho, entre el grande y deslumbrado final del canto vigé­simo y los primeros versos del canto vigesimosegundo.

También para la Odisea es me­nester repetir lo que se ha escrito de la Ilíada. Su unidad y coherencia no son dudo­sas; innumerables correspondencias de tono, aunque no siempre visibles a primera vista, y tanto más valiosas cuanto más recónditas, son testimonio de ello y pruebas seguras.

La división en veinticuatro libros como la Ilíada es obra de los gramáticos alejandrinos (siglos tercero y segundo a. de C.), pero en gran parte es restauración de otras divi­siones rapsódicas y aédicas de muchos si­glos antes, de manera que es fácil suponer que no sólo Esquilo, por ejemplo, sino tam­bién Arquíloco, Safo y Mimnermo leyeran a Homero poco más o menos en el estado en que nosotros lo leemos.

M. Valgimigli

Si una inteligencia superior quisiera ren­dir cuentas de las cosas humanas a los ha­bitantes de los cielos y darles una idea exacta, se- expresaría como Homero. (Joubert)

Homero es el padre y el perpetuo príncipe de todos los poetas del mundo. (Leopardi)

Homero fue un historiador en aquellos tiempos en que las historias no se solían ni sabían narrar en prosa. (Courier)

Sigue siendo un prodigio inexplicable cómo todas las fuerzas y tendencias carac­terísticas del helenismo se presentan ya cla­ramente preformadas en Homero. (W. Jaeger)

Homero es trágico pero no pesimista, ni desolado ni desesperado, porque lo que siem­pre domina en su sentir y lo determina es la idea de la voluntad heroica. (B. Croce)