Comedia de Aristófanes (450-385 aproximadamente, a. de C.), representada en Atenas en el año 423 y refundida después, porque en la primera representación no obtuvo gran éxito.
Es una de las obras maestras del comediógrafo ateniense, y debe parte de su fama al hecho de ser Sócrates uno de los personajes. Con todo, si el filósofo se presenta en escena con su nombre y con sus rasgos físicos característicos, su figura moral tiene, en la caricatura aristofanesca, muy poco que ver con el Sócrates que conocemos por la tradición filosófica y por Platón.
Aristófanes se propone atacar el espíritu sofístico que triunfaba en Atenas por los años de la guerra del Peloponeso y, sin hacer caso de las diferencias que ponían a Sócrates en contra de los sofistas, escogió al representante más popular de toda aquella cultura, reuniendo y fundiendo en su retrato las características, a menudo heterogéneas, de los que substituían las razones del buen sentido tradicional por las sutilezas de la dialéctica y de la retórica.
Por esto Sócrates aparece colgado en un cesto en el «Pensatorio», para poder contemplar más de cerca las cosas celestes, mientras sus discípulos en torno a él, con la cabeza inclinada, consideran lo que sucede bajo tierra. Ya no existen, para aquellos cerebros tan sutiles, los dioses del mito; las únicas divinidades reconocidas son las nubes, símbolo de las extravagantes e inconstantes especulaciones filosóficas.
Éstas forman el coro, encarnado en mujeres narigudas, envueltas en velos cinéreos. Muy de mañana se presenta al «Pensatorio» de Sócrates Estrepsíades, un pobre diablo que no puede dormir porque su mujer y su hijo Fidípides lo han cargado de deudas a causa de su pasión por la vida elegante y los caballos de raza. Estrepsíades ha oído decir que en la escuela de Sócrates se aprende a vencer con los razonamientos en las causas más difíciles y, con su astucia de hombre del pueblo, ha entendido que aquél es el lado interesante de la filosofía.
Requiere, por lo tanto, las enseñanzas del maestro con la esperanza de aprender el arte de no pagar las deudas. Pero, viejo y desmemoriado como está, no. comprende nada, y luego de abandonar la prueba, convence a su hijo de ocupar su lugar junto a Sócrates. Después de un breve aprendizaje, Fidípides sale completamente transformado en sofista. Se alegra mucho el padre y, seguro de que la ciencia de su hijo le permitirá ganar cualquier proceso, echa a palos a los acreedores que vienen a pedirle lo que les debe.
Se complace, como observa el coro, en el arte del embrollo. Pero poco después sale de su casa perseguido a palos por Fidípides y, por añadidura, ha de escuchar al muchacho demostrarle a fuerza de lógica lo conforme que está con la naturaleza y la justicia que los hijos apaleen a los padres, de manera que a Estrepsíades se le abren los ojos, y, tras pedir perdón a las divinidades contra las que había blasfemado, se limita a incendiar la casa de Sócrates.
Centro de la comedia es el contraste entre el discurrir justo y el injusto. Las convicciones tradicionales, que habían educado a la generación de los vencedores de Maratón, y por las que el conservador Aristófanes sentía predilección, aparecen reñidas con las ideas modernas del racionalismo escéptico y oportunista. Es una contienda de argumentaciones bufas en su forma escénica, aunque serias en sustancia, entretejidas de las más extrañas y amenas alegorías.
Naturalmente no hay que pedir al poeta imparcialidad y exactitud de distinciones en comprender las razones de las nuevas tendencias. Intérprete de una reacción moral difundida también entre el pueblo, combate las aplicaciones prácticas de la especulación filosófica, tal como especialmente se manifestaban en la educación de la juventud, subvertiendo los valores tradicionales y. promoviendo el individualismo desenfrenado y la carrera tras la riqueza y el poder.
Y para alcanzar su objeto se sirve libremente de las armas de que dispone, e inventa, con genial fantasía, caracteres y situaciones paradójicas, sin preocuparse en absoluto por si sus tiros van más allá del blanco. [Trad. española de Federico Baráibar y Zumárraga (Vitoria, 1864) incluida posteriormente en el volumen I de Comedias de Aristófanes (Madrid, 1880), varias veces reimpresas (última edición, Madrid, 1942). Existe, además, la versión de R. Martínez Lafuente en Comedias, tomo I (Valencia, 1916)].
A. Brambilla
En cuanto a Aristófanes, ese espíritu que transfigura y completa y gracias al cual se perdona a todo el helenismo el haber existido (admitido que se llegue a comprender bien la parte de él que tiene necesidad de ser perdonada y transfigurada), nada me ha hecho meditar más acerca de la naturaleza misteriosa de Platón que aquel «petit fait» que nos fue transmitido por la historia; es decir, que debajo de la almohada de su lecho de muerte no se halló ninguna «biblia», nada egipcio, pitagórico o platónico, sino las obras de Aristófanes. (Nietzsche)

