Noches Lúgubres, José Cadalso

Breve diálogo lí­rico en prosa del escritor español José Cadalso (1741-1782). Su atribución fue puesta en duda por Guillermo Díaz-Plaja, en 1936, pero ha sido demostrada recientemente por Juan Antonio Tamayo (1943).

Cadalso, «ro­mántico en acción y en profecía», haciendo de su propia vida materia literaria, por lo menos inicialmente, empieza a escribir las Noches lúgubres al estilo de Young, que conoce tal vez a través de la versión fran­cesa de Le Tourner, pero no pasa de re­dactar las dos primeras «Noches» completas y parte de la tercera.

Muerto Cadalso en 1782, se publica una primera edición de la obra entre 1785 y 1792, que no se ha conser­vado, y en el año 1792 es reproducida en la Miscelánea erudita de Alcalá, que es la primera edición que ha llegado hasta nos­otros.

Un año después, en 1793, cierto «Ca­talán Melancólico» publica una Noche lú­gubre en el «Diario de Barcelona», que no es más que un resumen del incompleto texto cadalsiano, reducido a una sola no­che y con un final ejemplar y adoctrinador, muy típico del siglo XVIII.

A principios del siglo XIX se completó la tercera noche, pero el final ideado no convenció a todos, y en 1852 se ensaya uno nuevo en función de una cuarta noche, que recoge y ampli­fica, dentro del más genuino gusto román­tico, un párrafo de la primera. La obra, concebida dentro de los módulos más tí­picos del romanticismo, con un estilo más de sugerencia que de exposición, con frases entrecortadas, puntos suspensivos y gran cúmulo de horrores y de exclamaciones gra­tuitas, dramatiza, según es tradición, un episodio de la vida del autor.

Muerta su amada, la actriz María Ignacia Ibáñez, Ca­dalso intentó rescatar su cadáver, enterrado en la iglesia de San Sebastián de Madrid. Ya al borde de la locura, su amigo el conde de Aranda le desterró a Salamanca, con el fin de apartarle de los ambientes y de las ideas que le torturaban y le oprimían.

En la «Noche primera», Tediato y el sepultu­rero Lorenzo, después de haberse encon­trado a las dos de la madrugada, penetran en el interior de un templo y se dirigen al cementerio. El ambiente es macabro y te­rrorífico.

«He enterrado por mis manos tiernos niños, delicias de sus madres — dice el sepulturero —; mozos robustos, descanso de sus padres ancianos; doncellas hermosas y envidiadas de las que quedaban vivas; hombres en lo fuerte de su edad y coloca­dos en altos empleos; viejos venerables, apoyos del Estado… ¡Nunca temblé! Puse sus cadáveres entre otros muchos ya co­rruptos; rasgué sus vestiduras en busca de alguna alhaja de valor ¿ apisoné con fuerza y sin asco sus fríos miembros; rompíles la cabeza y huesos; cubriles de polvo, ceniza, gusanos y podre, sin que mi corazón pal­pitase…, y ahora, al pisar estos umbrales, me caigo…, al ver el reflexo de esa lámpara me deslumbro…, al tocar esos mármoles me yelo…; ¡me avergüenzo de mi flaque­za!; no la digas a mis compañeros; si lo supieran, harían mofa de mi cobardía».

Tediato no va a robar papeles de interés, que pudo guardar en su tumba el duque de Tausto, enterrado hace pocos días, ni dinero; tampoco busca el cadáver de su padre, ni el de su madre, ni el de un her­mano, o hijo, o amigo.

«Pues, si no es un cadáver, ¿qué buscas? — pregunta Loren­zo —. Acaso tu intento sería hurtar las alhajas del templo, que se guardan en al­gún subterráneo, cuya puerta se te figura ser la losa que empiezo a levantar…»

Pero no, tampoco lo es. Por los apartes sabemos que trata de desenterrar el cadáver de una dama — su enamorada —. Levantan la losa, y su interior despide un olor hediondo y gran cantidad de gusanos, que cubren el pie derecho de Tediato.

«¡Cuánta miseria me anuncian! — exclama Tediato al ver los gusanos—. ¡En éstos, ay, en éstos se ha convertido tu carne! ¡Tu pelo, que, en lo fuerte de mi pasión, llamé mil veces, no sólo más rubio, sino más precioso que el oro, ha producido este podre! ¡Tus blancas manos, tus labios amorosos se han vuelto materia y corrupción! ¡En qué estado es­tarán las tristes reliquias de tu cadáver! ¡A qué sentido no ofenderá la misma que fue el hechizo de todos ellos!»

Lorenzo adivina de quién es el cadáver que busca Tediato. Pero el alba se les ha echado en­cima y han de dejar la tarea para el día siguiente. En la «Noche segunda», como en la anterior, Tediato espera al sepulturero. Pero, en la espera, oye rumor de gente, ruido de lucha, unas voces que dicen «Mue­re, muere», y otra «¡Que me matan!»; de un grupo confuso se destaca una sombra, que llega junto a él y muere.

Llega la jus­ticia, que le toma por el asesino. Tediato no se defiende, sino que dice desear la muerte. Le prenden y le encarcelan. Cuan-do espera recibir el reposo de la muerte, le ponen en libertad, toda vez que ya han apresado a los verdaderos asesinos.

Tediato acude a la cita con el sepulturero, a quien en un día le han sobrevenido incon­tables males: «Me llamo Lorenzo, como mi padre — le dice el hijo del sepulturero —; mi abuelo murió está mañana; tengo ocho años, y seis hermanos más chicos que yo. Mi madre acaba de morir de sobreparto; dos hermanos tengo muy malos con virue­las, otro está en el hospital; mi hermana se desapareció desde ayer de casa; mi padre no ha comido en todo hoy un bocado, de la pesadumbre».

Esta «segunda noche» termina con una cita de Tediato y Lorenzo para la noche siguiente, con el fin de dar término a su empresa. En la «Tercera» se encuentran de nuevo, desesperados, cada uno desde la esquina lúgubre de su dolor, y se interrumpe la obra.

J. Molas