Comedia dramática española en tres actos y en verso, de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681). Se conocen dos redacciones: la primera compuesta para la fiesta del Corpus en Yepes (Toledo), en 1637; la segunda comprendida en la Parte XX de comedias varias nunca impresas, compuestas por los mejores ingenios de España, publicada en Madrid, en 1663.
Se inspira en una leyenda muy difundida, que figura en diversos Flos Sanctorum, pero su modelo teatral es El esclavo del demonio (v.) de Mira de Amescua. La primera redacción se parece mucho al modelo; la segunda, que refleja el arte más maduro alcanzado entre tanto por el autor, difiere algo de él. Cipriano (v.), joven estudiante de Antioquía, leyendo un pasaje algo obscuro de Plinio el Viejo, está a punto de lograr la intuición del verdadero Dios. El diablo, que en aquel momento ataca la sólida virtud de la joven cristiana Justina, tomando el aspecto de un extranjero extraviado, intenta ofuscar la luz que se está haciendo en la mente de Cipriano. En vista de la inutilidad de sus expedientes dialécticos, piensa perderlo, poniéndolo en contacto con la turbadora belleza de Justina. Dos jóvenes antioqueños se disputan los favores de la esquiva joven, y Cipriano, para impedir que su rivalidad pueda tener efectos funestos, se ofrece a hacer de mediador cerca de la muchacha.
La belleza de ésta instantáneamente produce una transformación en el joven estudiante, quien en lugar de defender la causa de sus dos amigos, balbucea una confusa declaración de amor. Justina le rechaza como ha rechazado a los otros. Cipriano, trocando su manteo de estudiante por las vestiduras de un joven ocioso, empieza a cortejar a la bella con insistencia, hasta que, dándose cuenta de que toda técnica de seducción resulta vana, acepta el pacto que el diablo le propone. Sólo la magia, dice el tentador, podrá darle la posesión de su ansiada presa; si quiere cederle su alma firmando un documento con su propia sangre, en un año le iniciará en todas las artes mágicas. Cipriano, cegado por la pasión y el afán de poder, acepta; pero no así Justina, que, firme en su fe, rechaza toda lisonja. Transcurrido el año, el diablo, que sabe que las artes mágicas nada pueden contra el libre albedrío humano, intenta corromper a Justina, haciéndola rodear por un coro de voces lascivas, pero es en vano.
El diablo entonces, vencido por la fe de la joven, engaña a su discípulo presentándole una máscara infernal con los rasgos de Justina. Cipriano se precipita feliz hacia ella, la sigue y la abraza, pero se encuentra con un esqueleto. La desilusión y la . declaración que el diablo deja escapar sobre la existencia de un Ser más poderoso que él vuelven súbitamente a Cipriano a la luz vislumbrada en la lectura del obscuro pasaje de Plinio. No hay más que un Dios, ante el cual son impotentes las fuerzas del Infierno. Después de haber intentado en vano recobrar el pacto en mala hora firmado, Cipriano recorre las calles de Antioquía gritando la verdad fulgurante que ha descubierto, y, detenido como cristiano, sufre el martirio juntamente con Justina. El diablo, que aparece montado en un dragón en el escenario del suplicio, revela a la multitud que los dos mártires han subido al Cielo, pues la bondad divina ha anulado el pacto que ligaba a Cipriano con el Infierno. El drama de Calderón, que tiene todo el clima y caracteres de un «auto sacramental», ha sido diversamente juzgado por la crítica. Admiradores entusiastas, como Rosenkranz en alemania, lo compararon a Fausto (v.) de Goethe, aunque el parangón se funda sólo en la analogía inicial del tema.
Un juicio negativo dieron Menéndez Pelayo y otros críticos, para quienes la continua disposición racionalista y abstracta del autor niega todo relieve individual y pasional a las figuras, que oscilan entre la condición de símbolos y la de personas. Pero no han faltado discusiones entre estos eruditos, y la crítica reciente, aunque juzga la obra según este mismo esquema, tiende a una valoración más positiva: para Valbuena Prat, que confirma el juicio convencional, «Calderón ha hecho de sus figuras la base de un drama universal en cuanto dramatiza el principio de la reflexión, el estudio, como ideal del intelectual de cuyo arquetipo la comedia nos da una verdadera apología».
A. R. Ferrarin
Primero entre los -poetas en aclarar el dominio de la belleza espiritual según las ideas cristianas, las singularidades políticas y las resonancias de la vida, de la historia tradicional, de las leyendas e incluso de la mitología pagana. (A. W. Schlegel)
Es el mismo asunto del doctor Fausto tratado con increíble grandiosidad. (Goethe)
¿Pero a dónde va a parar esta grandiosidad, el ímpetu del poeta que parecía tan audaz e indomable? En seguida caemos en el acostumbrado debate sostenido con apariencia de victoria y vergonzosa derrota de la dialéctica del espíritu del mal; el gran drama filosófico truécase de pronto en una comedia de costumbres. (A. Farinelli)
En el Mágico prevalece lo espectacular y simbólico: es un drama bastante próximo al «auto», y está marcado por su mismo aliento sobrenatural, y una igual transformación escenográfica. (S. Battaglia)

