Narraciones de Pío Baroja y Nessi (1872-1956). En el prólogo de esta obra, el autor — en un diálogo que sostiene con una lectora suya en el tren que se aproxima a Madrid — afirma que «hoy no hay más que el diálogo realista, que se podría llamar fotográfico, que no sirve para el alto coturno, y luego el diálogo ligero, dannunziano, que me parece una mistificación pobre, recalentada, que vale poco». Se refiere al teatro, pero bien podría aplicarse el juicio a la novela también.
Locuras de Carnaval tiene la fecha de 1937, aunque sus páginas fueron escritas entre 1935 y 1936. Cuatro novelas forman el volumen: la primera se refiere a una cierta aventura carnavalesca del personaje Isasi y sus amigos y amigas, y en la que juega papel de importancia un baile de máscaras; la segunda se titula «Un dandy comunista» y trata del embrollo de unas vidas vulgares pero arriesgadas moralmente, que un corrector de pruebas, El licenciado Latorre, contempla y critica, memoriándolas; la tercera, «Los Cínifes», es la historia amarga de un pobre diablo cargado de bilis que fracasa como periodista y como hombre; la última, «A la alta escuela», discurre en el extranjero y entre personas de la aristocracia de la sangre y del dinero. En todas, el incesante desfile de seres y de ciudades, de comentarios — normalmente negativos — y de reacciones del autor atribuidos a los protagonistas. Interesante es la lectura de Locuras de Carnaval, sin duda, aunque nada nuevo aporta al conocimiento de la obra total del autor. Sus observaciones justas, certeras, no exentas de la amargura y del pesimismo a que nos ha habituado, tienen el-valor de la realidad; de la realidad, «fotográficamente expresada».
Hay en la cuarta de las novelas, que constituyen el volumen que comentamos, una cierta dama misteriosa, bellísima, seductora, desalmada, que nos deja sin que hayamos podido conocerla a fondo: es la Circe de Baroja. Algún día se estudiará en la valiosa obra de Baroja ese tipo de mujer fatal que la atraviesa, de modo intermitente, dejándonos la curiosidad literaria y humana sin saciar.
C. Conde

