Obra del diplomático marciano Diego Saavedra Fajardo (1584-1648), uno de los intelectuales más representativos de la España del siglo XVII. Esta obra ha sido editada varias veces, entre ellas, en Madrid, en 1918. En general sólo se le atribuye una significación importante en el plano de la política internacional y de la pugna ideológica centrada en la guerra de los Treinta Años. Apenas se ha destacado, sin embargo, lo que ocupa la mayor parte del tratado: la posición del autor ante las crisis hispánicas desatadas en 1640, en particular, la sublevación en Cataluña y la intervención de la diplomacia y de las armas francesas.
La obra está escrita en forma de diálogo entre Luciano y Mercurino. Este último, que es en realidad el propio Saavedra, comienza diciendo que ha hecho un largo viaje a través de los países europeos y que puede describir la situación del continente como si lo contemplara «suspendido en el aire». En todas partes impera lo mismo: «Marte sangriento, batallando unas naciones con otras, por el capricho y las conveniencias de uno solo». Es una clara alusión a Francia por su conducta en la guerra de los Treinta Años. El autor contrapone hábilmente las dos tendencias que se enfrentan en el conflicto: de un lado, la «universitas christiana», es decir, la Europa jerarquizada y vertical, de las dos ramas de la Casa de Austria — la habsburguesa y la española —; y, de otro, el particularismo moderno, la Europa horizontal, organizada a base de Estados soberanos y recíprocamente independientes, que propugnan Francia y las potencias protestantes del Norte. Así, considera la «locura» de Europa, «en dejar las felicidades de la paz por conquistar los dominios ajenos», y añade: «Ninguna cosa me movió más a compasión que alemania, viendo que era esclava de las naciones la que por el imperio del mundo, que en ella resplandece, debía ser señora de todas».
Es una clara alusión al triste estado en que se encontraba el Sacro Imperio en las fases finales de la guerra de los Treinta Años, así como una profesión de fe imperialista en el momento en que el Imperio universal se descompone definitivamente. Se refiere, luego, a las negociaciones que se desarrollan en las ciudades de Munster y Osnabruck, preparatorias del tratado de paz — de Westfalia — que se firmaría en 1648, año en que moriría Saavedra en Madrid. Critica la elección de las mencionadas urbes y los procedimientos dilatorios de los enviados de Francia y de Suecia, países rivales del Imperio. En su admiración por el «viejo orden», que se estaba derrumbando, Mercurino, es decir, el autor, no deja de expresar la simpatía que le merece la resistencia del Parlamento de París a la tendencia absolutista del cardenal Mazarino, continuador de Richelieu. Claro que ello se refleja en su animadversión contra Francia, principal responsable del fracaso hispano-habsburgués en la guerra de los Treinta Años. Dedica interesantes reflexiones, como ya se ha dicho, a las derivaciones de las crisis hispánicas de 1640, en particular, a la rebelión de Cataluña, atizada y apoyada por Richelieu.
La posición de Saavedra es ecuánime. Así, critica a los castellanos «por su poca prudencia política» en los años que precedieron a la ruptura, y de los catalanes opina que «el demasiado afecto a sus fueros los redujo a este miserable estado y con los medios que aplicaron para conservarlos los perdieron, porque ya casi todos los ha roto la guerra». Saavedra diose cuenta, pues, de que las crisis de 1640 condicionarían en toda Europa la puesta en marcha del absolutismo monárquico, simbolizado en la Francia de «l’Etat c’est moi» de Luis XIV. Se equivocó, sin embargo, en lo referente a España, ya que Felipe IV respetó, hasta cierto punto, en 1652, las Constituciones y privilegios de Cataluña, una vez sometida Barcelona por las tropas de Juan José de Austria. Las locuras de Europa constituyen una obra de sumo interés por las atinadas consideraciones del autor, buen conocedor de la situación del continente, sobre el panorama internacional en los años en que se estaba fraguando el espíritu de Westfalia, y, sobre todo, por los ecuánimes juicios que le merece la quiebra de la «universitas hispana» a mediados del siglo XVII.
J. Regla

