Diálogo del filósofo griego Platón (427-347/48 a. de C.). Obra importante porque, al tratar el problema del lenguaje, aborda una cuestión más grave, a saber, la de la cognoscibilidad del ser.
Hermógénes y Cratilo, discípulo de Heráclito, están discutiendo sobre la naturaleza de los nombres, sosteniendo el primero que son fruto de una simple convención, por lo que podrían variar a placer, y el segundo afirmando, por el contrario, que corresponden a la íntima naturaleza de las cosas que designan, siendo el único medio para alcanzar el conocimiento de las cosas. Sócrates interviene, y Hermógenes le confía el problema; él objeta que si los entes designados son falsos, también pueden ser falsos los nombres que los designan, ya que debe haber también una correlación entre las cosas y el modo de nombrarlas. Los hombres deben haber examinado realmente las cosas y procurado expresar con vocablos la impresión recibida. Aparentemente Sócrates sería del parecer de Cratilo: hace numerosas etimologías para demostrar cómo tantos nombres conservan la impresión del movimiento que el primer hombre debió haber experimentado. Pero si existió un legislador que atribuyó el nombre a las cosas conforme se le aparecían, éste pudo haberse equivocado; y, sin embargo, los hombres se entienden muy bien.
Así se llega al punto más importante: ¿puede o no llegarse a través del lenguaje hasta la íntima naturaleza de las cosas? Contra Cratilo, Sócrates demuestra que los nombres corresponden a la imagen que el hombre se ha hecho de las cosas, por consiguiente no a las cosas mismas, y que si los nombres sirven para conocer las cosas, el primero que se los puso, no pudiendo servirse de ellos para conocerlas, lo hizo casualmente, y si, como rebate Cratilo, hubiese sido un Dios el creador del lenguaje, no hubiera dejado lugar a incertidumbres y contradicciones. De manera que para alcanzar el conocimiento, no es a los nombres a donde hay que dirigirse, sino a las ideas; de lo contrario se tendría conocimiento de imágenes, y por ello imperfecta. Así, Sócrates concluye exhortando a Cratilo a que no se fíe demasiado de los nombres. Muchos creyeron ver en este brillante y elegantísimo diálogo, modelo de espíritu ático, una verdadera y propia teoría del lenguaje; pero probablemente, aun cuando buena parte de las prestigiosas etimologías están hechas con seriedad (porque otras de ellas son abiertamente irónicas), la verdadera cuestión, como se ha dicho, es la referente a la cognoscibilidad del ser.
En realidad, el diálogo se incluye entre el Teetetes (v.), en el que se ataca, como fugazmente ocurre también en el Cratilo, la doctrina de Protutoras en cuanto está relacionada con el heraclitismo, y el Sofista (v.), con el que le unen lazos esenciales, ya que la tesis de Cratilo no es más que una variante del sofisma «lo falso no puede decirse», tesis refutada precisamente en el Sofista. [Trad. de Patricio Azcárate, en Obras completas (Madrid, 1872) ].
G. Alliney

