Aparte de sus numerosos ensayos juveniles sin terminar, los Conciertos de Ludwig van Beethoven (1770-1827) son cinco: «Concierto en do mayor, op. 15» (1797); «Concierto en si bemol, op. 19» (1794, rehecho en el año 1800); «Concierto en do menor, op. 37» (1800); «Concierto en sol mayor, op. 58» (1805), y «Concierto en mi bemol mayor, op. 73» (1809). Los dos primeros no son obras de gran relieve. El op. 15, ejecutado por primera vez en el concierto del 2 de abril de 1800, existía ya desde hacía algún tiempo en sus dos primeras partes, mientras que el «Rondó» parece haber sido escrito pocos días antes de la ejecución, y verdaderamente revela mayor madurez respecto al op. 19. El «Largo» es una efusión de suave ternura, muy parecido a muchos tiempos lentos de este primer estilo de Beethoven, que permanecen alejados de la profundizaron trágica ya visible en algunos tiempos lentos de las primeras Sonatas para piano (v.). El «Allegro con brío» parte de temas netamente mozartianos hacia una vivacidad rítmica más enérgicamente sentida, y cierta eficacia dramática en las modulaciones. Los mismos caracteres tiene el «Concierto op. 19», salvo que en él la riqueza de la línea es ofuscada por lo importuno de cierta verbosidad y redundancia.
De importancia mucho mayor es ya el «Concierto op. 37», en «do menor», tonalidad consagrada para algunas de las más altas inspiraciones beethovenianas, y que se halla a medio camino entre el mozartismo convencional de los dos primeros, y la vivida individualidad poética de los últimos Con- ciertos. Un tema solemne y un poco enfático, y una melodía grácil todavía mozartiana, aunque ya impregnada de tensión patética, realzada por característicos escorzos y elisiones, dan vida al «Allegro con brío», de grandiosa arquitectura, caracterizado por una total sumisión del virtuosismo a las exigencias dramático expresivas y de un tratamiento dialógico absolutamente original del solista y de la orquesta. «Después del pleno «tutti» de los violines y de los instrumentos de viento, todo solo de piano suena duro y opaco, y a menudo se admira su agilidad mecánica, sin pedir nada al sentimiento. ¡Qué bien ha comprendido Beethoven este espíritu particular del instrumento y qué bien ha procurado infundirle su estilo!» (Hoffmann). El «Largo» se desenvuelve en la lejana y sorprendente tonalidad de «mi mayor», dejando predominar el piano en amplias y casi extáticas coloraciones. Mayor realce tiene, después de esta pausa casi desmayada, la vivacidad del «Rondó», construido sobre un tema ingenioso y chispeante de colorido, aquí y allá, casi gitano, adaptado a sus innumerables repeticiones con efecto un poco humorístico de ronda casi interminable.
Contemporáneo del Concierto para violín, el «Concierto op. 58» comparte con él la suavidad serena y melodiosa, la aplacada dulzura y su íntima poesía, pero además con vigorosa concisión y perfecto equilibrio formal. Por lo menos tres temas principales se hallan en la base del «Allegro moderato», además de una serie de ideas accesorias, que pululan especialmente en el gran desarrollo confiado al solista, algunas de las cuales son absolutamente nuevas, y otras son como hábiles variaciones y transformaciones de los temas principales. Una gentil vacilación, una timidez afectuosa, son el carácter del primer tema, presentado en pocos compases iniciales por el piano y, después, repetido por la orquesta, la cual, continuando la breve exposición, pasa a las otras dos ideas principales. La segunda, que en la singular tonalidad de «mi menor» recorre una serie de inestables modulaciones, es la que ofrece los caracteres de mayor energía en todo este «Allegro». Pero, en armonía con el colorido general de la obra, su arrogancia heroica queda como atemperada, en la tonalidad «menor», por una sombra de tristeza y de suavidad. Por medio de elementos rítmicos del primero y del segundo tema, se llega a la idea final, que suena como un canto de alegría serena y activa; después, el piano, que, tras de los compases iniciales, puestos al principio, casi como un epígrafe, había callado ante la orquesta, comienza su desarrollo, en una de las más prodigiosas manifestaciones de fantasía musical, toda ella poéticamente conmovida, que se conocen.
La entonación general sigue siendo la de una beatitud suave, como embriagada de sí misma, unas veces vibrando en un canto desplegado, ora rebosante de figuras de júbilo vivísimo, otras veces digiriéndose con rápidos pasajes de carácter rapsódico y otras hallando encantadas sonoridades, que ya encierran en germen los elementos poéticos del virtuosismo pianístico de Liszt. La acostumbrada dramaticidad de Beethoven aparece concentrada, en el «Concierto op. 58», en la breve página del «Andante con moto», donde el contraste entre un elemento cantable y suplicante (el piano) y otro rítmico de inexorable imperio (la orquesta) es elevado a la cima del paroxismo trágico. Después, el vivaz «Rondó» conduce a un clima festivo y sereno con el animado tema principal, de aspecto casi caballeresco y marcial, y, al mismo tiempo, humorístico. Repetido acto seguido por el piano, adquiere un carácter de jovialidad casi operística, siendo completado inmediatamente por un nuevo tema, más melodioso y cantable, que es casi una síntesis conclusiva del significado de toda la composición. Es difícil imaginar un contraste más marcado del que forma este concierto con el último «Concierto op. 73», dedicado al archiduque Rodolfo, y llamado por su impresionante grandiosidad el «Emperador». Siempre la tonalidad de «mi bemol mayor» había estado para Beethoven ligada a ideas de grandeza y de solemnidad. Este concierto para piano es la quintaesencia del «mi bemol mayor».
A la majestuosa grandiosidad de los temas (poco diferentes entre sí, así el primer «Allegro», todo él un colosal bloque épico), acompaña una amplitud tal en el desarrollo, que hace de este concierto una obra gigantesca y, por muchos conceptos, referible ya al Beethoven de su última época. La vastedad de la forma se torna libertad, que rompe las acostumbradas convenciones; por ejemplo, mientras todos los Conciertos precedentes tienen la «cadenza» de mano de Beethoven en los momentos de costumbre consagrados por la tradición, este último comienza con una especie de «cadenza», un libre preludio, casi un tanteo del piano; además no tiene la acostumbrada «cadenza» antes de la repetición, y ello porque — podríamos decir — el «Allegro» es todo él una especie de gigantesca «cadenza», donde el virtuosismo pianístico alcanza un grado heroico. Cuando el solista calla, el «tutti» orquestal irrumpe con una plenitud majestuosa tal, que el mismo cambio de sonoridad basta para generar un estremecimiento de entusiasmo, y, no obstante, si pensamos en la franca e interior poesía de los temas que brotaban tan copiosos en el «Concierto op. 58», no se puede negar un poco de razón a los que descubren en estas vastas cadenas de arpegios, en este virtuosismo trascendental, algún ejemplo de aquellos «páramos de oratoria», que Busoni había osado señalar en Beethoven. Circunstancia, por lo demás, inevitable casi, es la de que en su desarrollo, de tan prodigiosa extensión, hayan quedado al descubierto algunas de las entabladuras destinadas a sostener el inmenso arco. Pero esto no vale ciertamente para el breve y recogido «Andante un poco mosso», en donde la singularidad armónica de las modulaciones hace presentir de nuevo la última fase beethoveniana. Con una ingeniosa transición, el segundo tiempo se suelda con el «Rondó», el cual, originalísimo en sus valores rítmicos, sostiene dignamente la comparación con las dos partes precedentes.
M. Mila

