Obra del escritor inglés Thomas Stearns Eliot (nacido el año 1888), estrenada en 1949 en los festivales de Edimburgo. El autor plantea problemas decisivos de las relaciones humanas, bajo una aparente forma de intriga banal, que produjo el desconcierto de la crítica. Uno de los que mejor interpretaron la obra fue el poeta Spencer, que la explica de esta manera: «el planteamiento ha desconcertado aun a los críticos más agudos, pues la obra — como todas las de su calidad poética — es real en varios planos. En un plano es chejoviana: en sus análisis de personajes, cada uno de los cuales elige su propio purgatorio o paraíso (nadie parece estar en el infierno). En otro nivel es una exposición de la filosofía de Eliot, en la que se llama ‘vida’ a una forma de irrealidad, un tratar de asir formas insustanciales de relaciones humanas y de realizaciones oníricas, en la que la única realidad verdadera es la renuncia consciente y deliberada de la vida. Aquí ha realizado Eliot el más explícito examen del amor entre dos seres humanos». La obra supera, por tanto, los planos psicológico o simplemente de ideas para elevarse a un plano metafísico, el mismo empeño que existe en su poesía, especialmente en Four Quartets (v. Poesías). La convivencia amorosa, la ilusión, la dicha ficticia, están vistas en esta obra desde un doble plano subjetivo y eterno. Lavinia abandona repentinamente a Edward, su esposo. La crisis que esta situación provoca en ambos les revela la verdad sobre ellos mismos que hasta entonces desconocían. Así esta revelación en Edward tiene lugar en su conversación en el primer acto con el doctor Reilly, el misterioso invitado, que le obliga a meditar sobre su propia personalidad y le dice que no se conoce, que no es más que «un juego de anticuadas reacciones». Y es que el esfuerzo no se aplica a conocerse uno a sí mismo, sino en crear en los otros una falsa imagen de nosotros.
Edward, se siente derrotado ante la vida, lo que permite establecer que cada hombre tiene su destino y que le es imposible salvarse, y no porque el autor afirme la predestinación, sino porque cree que cada uno es artífice de su propia ventura. La misma relación de Edward con Celia, su amante, no es otra cosa sino el reflejo de algo que ansiaba vehementemente, una proyección del propio yo. Para Eliot el hombre sólo es libre una vez, el momento en que elige su propio destino. En el plano de las relaciones humanas, éstas están concebidas de la misma manera: «Diariamente morimos para alguien. Todo lo que sabemos de las otras personas es sólo lo que recordamos de los momentos en que las conocimos. Desde entonces cambiaron. Pretender que ellas y nosotros somos los mismos es una útil y provechosa convención social que ha de violarse a veces. Y hemos de recordar que en cada nuevo encuentro hallamos a un extraño». En esta consideración puede verse el valor que Eliot da al tiempo como destructor de la personalidad, como destructor de su unidad, que se mantiene ya exclusivamente con el soporte del recuerdo. Así debemos a cada instante hacer frente a un desconocido. Es necesario encontrarse a sí mismo para que sea posible la convivencia y sea posible también comprender y perdonar. Y son precisamente la comprensión y el perdón lo que puede hacer posible la convivencia de Edward y Lavinia, después del fracaso de sus vidas. La obra es de una complejidad y riqueza que la convierten en una de las obras cimeras de la literatura dramática europea de nuestro tiempo.

