[Letters to Serena]. Es la obra más conocida de John Toland (1670-1722), considerado en cierto sentido corifeo del deísmo del siglo XVIII. Publicadas en 1704, estas Cartas a Serena («Serena» es la reina de Prusia, Sofía Carlota), son cinco y tratan de temas dispares, pero que confluyen todos en una interpretación «ilustrada» de la religión. La primera carta es una diatriba contra los prejuicios; el hombre, desde su nacimiento, es envenenado con opiniones preconcebidas que le impiden pensar con su propia cabeza. Apenas puede razonar, debe aceptar las opiniones que prevalecen en su mundo. En la segunda carta, Toland se plantea el problema del origen de la creencia en la inmortalidad del alma entre los griegos, mostrando que, en realidad, se trata de una invención hecha para satisfacer el deseo de inmortalidad de las muchedumbres aunque por sí misma carezca de toda base y fundamento. Es una suerte (concluye Toland) que nosotros, los cristianos, sepamos que el alma es inmortal por revelación, sin necesidad de demostrarlo. La tercera carta trata la cuestión del origen de los cultos paganos; tema habitual ya en la polémica entre teólogos y deístas. Aquí el autor, fundándose en el libro de Van Dale, se limita a poner de relieve que todas las supersticiones paganas se debían a enredos de sacerdotes coaligados con los reyes, para apoderarse de la conciencia de los pueblos.
La cuarta y la quinta cartas no van dirigidas a Serena, sino a un personaje que había preguntado a Toland su opinión acerca de Spinoza. Teóricamente estas dos cartas son quizá más importantes que las precedentes; la crítica de Toland se dirige, en efecto, a la concepción física de Spinoza y Descartes. El autor opina que el movimiento es cualidad fundamental de la materia, como la extensión, movimiento y «solidez»; de este modo se destruye la sencillez del universo cartesiospinoziano, pero por otra parte se elimina el peligro de que el movimiento sea atribuido a la otra substancia o atributo fundamental, al pensamiento, y se crea que toda la materia está animada, y que es el pensamiento quien mueve la materia. Con esta negación se supera la teoría de la animación universal, del «sentido de las cosas» tan acariciada por los pensadores del Renacimiento y reanudada después, en el mundo inglés, por Cudworth (v. Verdadero sistema intelectual). Pensamiento y Dios no son necesarios al mundo material; son extraños y trascendentes respecto a las cosas. El hecho de que Toland acabara por contradecir este punto de vista, y aceptar, tres lustros después de las Cartas, el panteísmo, es evidente; admitido el movimiento como esencial a la materia, era fácil llegar a creer (tal vez por influencia de Hobbes) que el pensamiento no es otra cosa que movimiento y, por lo tanto, tan innato en la materia como la extensión. Así, en la desordenada evolución de Toland las cartas representan un momento de equilibrio.
M. M. Rossi

