[Korte Verhandeling van God, de Mens en des Zelfs Welstand]. Obra del autor holandés Benito Spinoza (1632-1677), compuesta entre los años 1658-60, destinada a circular manuscrita entre sus amigos como primer esbozo de su sistema. Ha llegado hasta nosotros en una edición fragmentaria holandesa, hallada en 1852; su título en latín era: Tractatus de Deo et homine eiusque felicítate. Es el más juvenil de los escritos de Spinoza y su importancia estriba en que se encuentran ya fijadas las líneas fundamentales de su sistema, tal como más tarde aparecerán en la Ética (v.); es decir: la doctrina de la substancia, de los atributos y los modos, el determinismo divino y humano, el paralelismo metafísico y psicológico, la racionalidad de las pasiones, etc., pero con más ingenua y franca inspiración religiosa y mística, no atenuada todavía, como en la Ética, ni por el elemento matemático; inspiración de origen especialmente neoplatónico. El Breve tratado parte de la definición cartesiana del concepto de substancia: «lo que existe de manera que no tiene necesidad más que de sí mismo para existir» (el propio Descartes había reconocido que, en rigor, no se aplicaba esta definición sino a Dios), para criticar su ulterior desarrollo, efectuado por Descartes, que había afirmado el carácter finito de las dos únicas substancias: pensamiento y extensión, producidas por la substancia infinita.
Puesto que tal limitación por parte de un Dios infinitamente bueno y poderoso no es justificable, es necesario admitir que se trata, no de dos substancias, sino de dos atributos intrínsecos o modos de ser de la única substancia intrínseca: Dios. Y como en Dios, intelecto y voluntad, querer y ser, libertad y necesidad, se identifica con su naturaleza no es una arbitraria voluntad de Dios lo que predestina las cosas y los acontecimientos, sino el mismo orden natural; sin selección por parte de Dios, que no puede dejar de realizar todas sus ideas. Pero Dios, además de ser substancia, es decir, causa próxima de sus dos atributos infinitos, intelecto y extensión, es también causa remota, o sea, una actividad que da vida a seres reales y distintos en una jerarquía de seres, momentos de la vida divina inmanentes a ella, e incluidos uno en otro (emanatismo neoplatónico). Subsisten las propiedades atribuidas a Dios por la teología tradicional, pero transformadas y nuevamente interpretadas, y no entendidas ya en su primitivo sentido religioso, aunque significativas de ese origen en Spinoza. Tales son la providencia divina, que se transforma en símbolo del «conato por conservarse» de Bruno, de quien se toma aquí «ese concepto» en la predestinación que se convierte en el determinismo de la concatenación casual necesaria, no ya voluntad arbitraria de Dios. (Estos dos atributos, que implicarían en Dios una inteligencia y una voluntad mientras él está por encima de ambas, serán desterrados de la ética de la misma manera que aquí son excluidos, ya, los de omniscencia y misericordia demasiado antropomórficos). Y en el Breve tratado, el significado de las pasiones y la manera de librarse de su esclavitud racionalizándolas preludia la ética.
Puesto que todo sucede necesariamente, el mal no es nada absoluto: es sólo la imaginación, la cual, concibiendo un mundo distinto del que realmente existe, y a nosotros mismos distintos de como realmente somos, interpreta como desorden de la naturaleza y culpable aberración del ideal de lo humano, lo que está en correspondencia entre la realidad y el orden por ella acariciado que en esencia «no es nada». Esta estulticia al juzgar la naturaleza y los hombres, como si ellos fuesen infieles a lo que es un ideal nuestro, y al esperar, temer e invocar un curso de los acontecimientos distinto del determinado por la misma naturaleza divina; los mismos sentimientos de remordimiento y de mérito, por el «mal» o por el «bien» cometido, como si existiese demérito o mérito en lo que ha acontecido necesariamente conforme a nuestra constitución; y los de gratitud por los beneficios recibidos, y de queja por los bienes de que somos defraudados, como si todo esto no formase parte integrante del curso necesario de los acontecimientos, son eliminados de la razón, que, al dar a conocer al hombre la verdadera naturaleza de las cosas, es decir, la verdadera naturaleza de Dios, le hace obrar en armonía con el carácter divino y con nuestro verdadero carácter. Y en esta voluntaria identificación con la eterna e inmutable voluntad de Dios en hacerse, esclavo de Dios, es donde el hombre halla su liberación de las pasiones, y con la intuición del plan universal del universo le penetra la emoción del «amor Dei inte- llectualis», por el cual se convierte él mismo en partícipe del amor con que Dios se ama a sí mismo, y se torna, como él, eterno. Entre las influencias que pueden ser advertidas en esta obra fundamental de Spinoza, han de recordarse, además del dualismo de Descartes — aunque sea para superarlo en la unidad divina — y de su concepto de substancia, la ya señalada del neoplatonismo, a la que se puede añadir la probable de la Fuente de la vida (v.) de Avicebron con su materia animada procedente del ser divino (y quizás, también, la del mismo autor, Mejoramiento de las cualidades morales, en la que la inteligencia es mediadora entre lo divino y lo humano del hombre).
G. Pioli

