[SyIva Sylvarum o Silva Silvarum). Es ésta la obra más extensa de Francis Bacon (1561-1626), que quedó incompleta y que publicó postuma en 1627 su capellán, doctor Rawley. Bacon trataba de fundar la nueva ciencia, clasificando todas las ciencias posibles de modo que pudieran sustituir a la anticuada enciclopedia de las escuelas medievales, y dando normas a la experimentación para descubrir nuevas nociones, derivadas no de la filosofía clásica, sino de la observación directa de la naturaleza.
Esta «gran renovación» del saber debía ser expuesta en seis obras o grupos de obras: clasificación de las ciencias, método de la investigación científica; colección de datos y de hechos de todo género; investigaciones particulares para descubrir la naturaleza de los fenómenos particulares; hipótesis y referencias a lá filosofía general de la naturaleza; sistema axiomático de una filosofía general de la naturaleza, con el fin de conseguir nuevos descubrimientos útiles a la humanidad. De estos seis fines, Bacon realizó el primero y en parte el segundo (v. Dignidad y progreso de las Ciencias y Novum Organum); hizo algunas investigaciones relativas al cuarto; poco más que el título del quinto, y nada del sexto. En cuanto al tercero, esto es, a la recogida de datos, a la «historia» (esto es, descripción) pura y simple, diríase que comenzó el trabajo en dos ocasiones diferentes, y con distinta idea cada vez. Nos quedan, en efecto, varias «historias», esto es, colecciones de hechos relativos a distintas cosas, por ejemplo, a la vida y a la muerte, a los vientos, a la densidad y al vacío, prefacios para la «historia» de lo pesado y lo ligero, de la simpatía y antipatía entre las cosas, del azufre, del mercurio y de la sal. Y nos queda también la Selva, que es una colección sin ordenar de hechos relativos a una infinidad de cosas y de asuntos.
Se diría que cansado de acumular hechos de modo sistemático, sobre temas prefijados de antemano, Bacon se puso a catalogar fenómenos de todo género, un poco al azar; el autor justificaba tal desorden diciendo que lo había hecho así para no descorazonar a otros investigadores, que no se dedicarían también a recoger datos si hubiesen encontrado un repertorio de hechos ya ordenado y acabado, de modo que pudieran creer que ya no había nada que buscar. La Selva consta de mil hechos o grupos de hechos, distribuidos en diez centurias. Muchos de los hechos citados están tomados de antiguos repertorios de observaciones naturales más o menos directas: de Plinio, de Varrón, de enciclopedias medievales y, sobre todo, de libros de medicina. Otros provienen de observaciones o experimentos directos de Bacon; pero se trata de observaciones superficiales, hechas a saltos, y de experimentos menos que empíricos. De modo que Bacon, en la Selva, hace precisamente aquello contra lo que había puesto en guardia a los científicos: de un solo hecho o de pocos, de observaciones superficiales, deduce sin más las consecuencias; formula hipótesis aventuradas en cada caso, reúne hechos al azar, sin cuidarse de experimentarlos directamente, y cuando se trata de hechos descubiertos por él, no repite ya las experiencias, pasando sin más a explicarlos teóricamente. Fenómenos reales se mezclan así con leyendas; continuamente se encuentran los más viejos errores reproducidos con algunas dudas inspiradas por reflexiones más bien vagas.
Los hechos maravillosos contados por alquimistas o por astrólogos, catalogados en obras ocultistas o de «magia natural», son aceptados con poca discriminación. Para dar una idea de la obra, bastará recordar una de sus afirmaciones más características. Bacon combate a los alquimistas, no porque crea imposible fabricar el oro, sino porque, dice, se necesitan otros medios. Se trata de hacer madurar un metal, ya que el oro es el metal tipo, y todos los metales se convertirían en oro si no se detuviera su crecimiento. Por tanto, es mejor partir de la plata (o del cobre) que son los más cercanos al oro; usar un calor moderado y no el excesivo que utilizan los alquimistas; añadir una décima de mercurio o una duodécima de sal nitro, «para activar y abrir el cuerpo del metal», y continuar durante seis meses, añadiendo de vez en cuando un poco de aceite para que las partículas se unan, ya que el oro es el más compacto de los metales. Por lo demás, Bacon duda que sea verdad que una especie de hierro, desmenuzada, sembrada y bien regada, crezca en el suelo; pero está seguro de que el plomo crece por su cuenta. Bastan estos ejemplos para mostrar cómo, en el alba de la nueva ciencia, precisamente quien trataba de ser el portaestandarte y propagador de la misma, llevaba todavía consigo un pesado bagaje de prejuicios tradicionales y de opiniones anticuadas.
M. M. Rosi

