Diálogo de las cosas ocurridas en roma, Alfonso de Valdés

Obra polémica publi­cada en 1529 o en 1530, conocida también por Diálogo de Lactancio y un arcediano, por llamarse así los dos interlocutores. Su nombre completo es: Diálogo en que parti­cularmente se tratan las cosas acaecidas en Roma el año de MDXXVII a gloria de Dios y bien universal de la república christiana.

La obra, precedida de una advertencia al lector en la que se defiende la intimidad de la religión, tiene dos partes, distintas entre sí, tanto en la argumentación como en la discusión: la primera tiende a disculpar la política de Carlos V por el grave hecho del saqueo de Roma; la segunda, descendiendo al propio campo de la fe, proclama la ne­cesidad de una renovación espiritual según las doctrinas de Erasmo de Rotterdam.

En la plaza de Valladolid, Lactancio, es decir, el autor, discute con el Arcediano del Viso, su mejor amigo durante la estancia del autor en Roma; al principio no le reconoce y le cree un hermano suyo, porque, aunque es religioso, va vestido de soldado, pero él le da seguridades sobre su identidad: en Roma ha tenido que vestirse de aquel modo, para huir de la persecución, con otros ecle­siásticos. Entrando en la Iglesia de San Francisco, los dos amigos hablan de los acontecimientos de Roma y luego, después de varias argumentaciones sostenidas con ejemplos, se llega a la conclusión de que toda la culpa del vergonzoso saqueo de la Ciudad Eterna la tiene la política personal de Clemente VII y su aversión a la paz deseada por el emperador Carlos V.

Sobre todo en lo concerniente al ducado de Milán, al Estado Pontificio y al reino de Francia, el Papado ha sido el origen de nuevas gue­rras por la altivez de Francisco I y la subsi­guiente política de la Curia; como el Vica­rio de Cristo no ha conseguido domar los vicios de su gente, favorece todos los abu­sos para impedir la monarquía universal que Carlos V persigue en nombre de la Cristiandad, y a tal fin favorece incluso a Venecia que, alzada por el rey francés, se opone a los designios imperiales. A causa de los fines terrenos de la Iglesia se ha producido el saqueo, que tuvo lugar el día 20 de septiembre de 1526 con la entrada de las tropas de Hugo de Monteada y las del cardenal Colonna; el ataque realizado por los soldados del Condestable de Borbón, muerto heroicamente en el ataque (v. tam­bién la Vida de Cellini), no fue más que el epílogo de una larga crisis y no debe dársele más importancia de la que tiene.

Inter­pretado por Valdés, el saqueo es el castigo de los vicios seculares del Papado y el co­mienzo de una nueva era en la cristiandad. Pasando después a tratar de la religión en particular, se afirma que la voluntad divina ha permitido la destrucción de bulas y re­gistros pontificios justamente para comen­zar una decidida renovación. Se debe creer en la necesidad de un sentimiento sustan­cial de la religión que en lo más íntimo del corazón transforme al hombre y le guíe al bien. Las costumbres se harán severas y puras, abandonando las pompas excesivas del culto que esconden los males de la polí­tica y sólo intentan dominar las mentes.

Más que a minuciosas interpretaciones y a tra­diciones culturales, no bien asimiladas por el pueblo, debe recurrirse a las fuentes de los textos primitivos; para ello, después de citar a San Pablo, los interlocutores procla­man la grandeza filosófica de Erasmo, que, con el tesoro de la cultura antigua y el mensaje cristiano, ha hecho surgir una voz llena de sabiduría. Al mismo tiempo, con­denan a Lutero porque, permaneciendo en viejos errores, dirige una lucha infecunda para la Cristiandad, tanto en lo concernien­te a la interpretación del dogma de la fe, como en lo referente a la política contra el emperador.

El diálogo, en el que siempre han estado de acuerdo Lactancio y el Arce­diano y que está lleno de páginas agudas por la descripción de costumbres y apostro­fes políticos, termina reconociendo que Cris­to ha fundado la Iglesia y que Carlos V, a pesar de los vicios de los vicarios apostó­licos, la ha restaurado «a gloria de Dios y a bien de la Cristiandad». Esta obra de Al­fonso de Valdés, secretario de la cancillería imperial e inspirado sobre todo por la doc­trina de su hermano Juan (v. Alfabeto Cris­tiano), cuando no había sido todavía publi­cada, fue ya acusada de herejía luterana por Baltasar Castiglione, entonces nuncio pontificio, pero fue absuelta por los propios censores españoles, influidos por el cesarismo y las ambiciones políticas de Car­los V, pues el trasfondo de la interpretación del saqueo de Roma por Valdés es de pura inspiración protestante. La traducción ita­liana de Gian Antonio da Padova, con dedi­catoria a Virgilio Caracciolo, que apareció en Venecia hacia 1545, se la cree impresa por el célebre Antonio Bruccioli, junto con el Diálogo de Mercurio y Caronte (v.) del propio Alfonso de Valdés.

C. Cordié

Enc. Noguer