Diálogos sobre la religión natural, David Hume

[Dialogues concerning natural re­ligión]. Tratado filosófico en forma de diálogo, publicados póstumos en 1779. Presentan los puntos de vista más maduros del autor sobre los máximos problemas, es­pecialmente el de la posibilidad mayor o menor de representarse la naturaleza de la causa o de las causas del orden del uni­verso, según la naturaleza de la inteligencia humana, esto es, el problema del deísmo. Pánfilo expone a Hermipo el desarrollo del diálogo entre el racionalista deísta Cleante, el místico, rígido y ortodoxo Demeas y el desdeñoso escéptico Filón.

Todos los argu­mentos en favor del deísmo tradicional triunfan agudamente analizados según los puntos de vista de los varios interlocuto­res; «¿Hay algo más cierto y evidente que la existencia de Dios? Los genios mas grandes han rivalizado tratando de aducir pruebas y argumentos nuevos; la existencia de Dios es el fundamento de nuestras espe­ranzas, la base más segura de la moralidad de las acciones, el más firme sostén de la sociedad, el único principio que nunca debería estar lejano de nuestro pensamien­to y de nuestra meditación. ¿Pero a cuántas difíciles cuestiones no da origen sobre su naturaleza y sus atributos y decretos, sobre la economía de la providencia, sobre la admirable obscuridad de la naturaleza di­vina? La razón humana no ha dado todavía un juicio seguro; las más profundas inves­tigaciones han producido dudas, incertidumbres y contradicciones».

La prueba más extendida, la de la finalidad del mundo, que parte de un autor inteligente del mun­do que obra según un plan como la mente humana en sus producciones, implica que la razón y la inteligencia del hombre, un animal de un planeta, pueda nada menos que ser el modelo de todo el universo, con lo cual resulta que, a pesar de ser tan poco y tan imperfectamente conocido el sistema cósmico, debe estar éste organizado con arte humana. ¿Qué persona sería capaz de ase­gurar que la armonía del universo es el producto de un espíritu “similar al espíritu del hombre? Aun suponiendo la analogía fundada, sería preciso admitir un Dios tan finito como el imperfecto artista humano, que choca con la resistencia de la sorda materia.

El argumento de la «razón suficien­te» que pretende demostrar una materia de «hecho», con un razonamiento «a priori»; es una razón gratuita, ya que no existe un ser cuya no existencia implique contradic­ción; además, no nos autoriza a salir fue­ra del mundo, a menos de suponer al mun­do como un todo limitado, ni tampoco nos autoriza a consentir más en el espíritu que en una materia cuyas cualidades no cono­cemos. Nuestras ideas son falsas e ilusorias, nuestros sentimientos son mudables, nues­tro ser es débil “y sin embargo, ¿tendemos a un ser simple e inmutable, completamente presente, sin sugestión y que abarque todos los puntos del espacio? La religión natu­ral, pretende afirmar no sólo la existen­cia de Dios, sino también su «providencia», cerrando los ojos a las exigencias del mal; este formidable argumento contra la Pro­videncia, y a la vez el mejor aliado de la religión, entendida como el único alivio a las miserias de la vida.

El espectáculo que el mundo nos ofrece más bien autoriza la conclusión maniquea de los dos principios del bien y del mal, luchando irreductible­mente entre sí. Pero Demeas, para el que todos los hombres sienten la religión en su propio corazón, y a quien le guía más el sentimiento de la propia debilidad que cualquier razonamiento, a admitir la per­fección del ser del cual depende, coincide a cada paso con el escéptico Filón al pe­netrar en el inexplicable mecanismo y en la admirable estructura de la naturaleza de un ser divino. La naturaleza no hace nada en vano; ella obra con los métodos más simples y mejor adaptados a su fin, dice la ciencia que nos señala las maravi­llas de los organismos animales: y si es o no legítimo discutir si la causa de esto pue­de llamarse «espíritu» o «inteligencia», «alma» o «pensamiento», es sólo cuestión de palabras.

Cleante, por otra parte, con­cede que las obras de la naturaleza tienen mayor analogía con los efectos de nuestra arte e industria que con los efectos de nues­tra justicia y de nuestra bondad. Filón, sin embargo, siente verdadero aborrecimiento por la superstición, que es causa de tantos males privados y públicos y no concede a Cleante que sea mejor tener una religión, aunque corrompida, que no tener ninguna. Aunque la superstición y el fanatismo no estuvieran en contradicción con las virtu­des morales, sólo la diversidad que produ­cen en el espíritu, el nuevo y frívolo género de interés que hacen surgir, la distribu­ción irregular de alabanzas y reproches, tienen las más perniciosas consecuencias. Hume razona con cierta lógica todos los principios, luego ya muy divulgados, contra la religión revelada y resume toda la teo­logía natural en una sola doctrina: «la cau­sa o las causas del orden en el universo, probablemente tienen una lejana analogía con la inteligencia humana».

G. Pioli

Enc. Montaner