Diálogos sobre la elocuencia, François de Salignac de la Mothe-Fénelon

[Dialogues sur l’éloquence]. Obra escrita entre 1681 y 1686 y publi­cada en 1718. Está compuesta por tres diá­logos, inspirados en las disertaciones so­cráticas. El autor trata de aclarar con esta obra un problema bastante importan­te en la literatura de su tiempo: el de los medios y los fines de la elocuencia. El sabe que abundan en su época los oradores sa­cros, y que están con frecuencia dotados de excelentes condiciones para la exposición de los temas; sin embargo, se nota con fre­cuencia que con un discurso, estrechamente ligado a fórmulas lógicas y largamente admirado por el auditorio, no se consiguen efectos beneficiosos para la renovación de la moral. Es preciso por tanto, establecer ante todo cuáles son los fines de la oratoria sacra.

Fénelon, de acuerdo con la funda­mental actitud de su carácter de escritor religioso, afirma la necesidad de un estilo íntimamente persuasivo, pleno de delicadeza sentimental, que mire más a una efectiva renovación interior, que a la exterior apariencia literaria. Para esto, es necesario conocer profundamente la vida, y sobre todo amar a nuestros semejantes; el orador sagrado es el maestro, pero debe también y sobre todo, el hermano que guía, ama y consuela. Hay muchos ejemplos, los oradores griegos, que pueden indicar camino a los Padres de la Iglesia y a los oradores contemporáneos franceses. De ellos se aprende lo primero, que la oratoria sagrada no es otra cosa sino una parte de la elocuencia general y que también ella ha de ser guiada por un concepto general del arte y de la moral.

Del mismo modo, pues, que toda obra de arte, la elocuencia ido ayuda al fin moral que se persigue, a través del culto de la belleza y del sentimiento de humanidad. Este principio, aunque puede, por muchas consideraciones, relacionarse con lo que se suele definir como oratoria, no impide que la educación humanista de Fénelon encuentre su natural desarrollo en las consideraciones prácticas sobre los varios ejemplos que ofrece la historia. Por eso, el autor, al hablar de obras literarias, no puede ocultar el lado profundamente moral que revela el culto de lo bello, tanto en el estilo, como la. armonía íntima de la forma. De tal nodo, el gusto literario del escritor justifica los pensamientos inspirados más por el sentimiento que por el rigor lógico.

C. Cordié.