Fausto, W. Goethe

La obra consta de una Primera parte (1773-1808), precedida de una Dedicatoria (1797), un Prólogo en el teatro (1798) y un Prólogo en el cielo (1800), y de una Segunda parte (1826-31), dividida en 5 actos; en la DEDICATORIA el poe­ta se dirige a los fantasmas, surgidos del pasado, de sus primeros amores, que no escucharán sus cantos.

Lo que posee se le antoja lejano; lo que ha desaparecido, reali­dad. Sigue el PRÓLOGO EN EL TEATRO con la habitual disputa entre el Director y el Poeta a propósito de las ra­zones del público inculto y de aquel otro más joven y sen­sible. Interviene de vez en cuando el Bufón. Sale mejor parado el Director, que pide imperiosamente un drama repleto de maravillas. En el PRÓLOGO EN EL CIELO el Se­ñor apuesta con el burlón Mefistófeles a que no conse­guirá apartar del camino del Bien a su fiel servidor Fausto.

PRIMERA PARTE.

La primera escena lleva por título De noche: encerrado en una angosta estancia gótica, Fausto, filósofo, jurista, médico y teólogo medita sobre el libro de Nostradamus. El saber no le ha reportado ni paz ni alegría; probará la magia. Conjura al Espíritu de la Tierra, que lo aterra con su grandeza. Tras despedir a su discípulo Wagner, que había venido a pedir consejo al maestro, se dispone a be­ber un veneno, pero es distraído por el repique de las campanas que le traen recuerdos de su infancia.

En un paseo que tiene lugar en la escena Ante la puerta de la ciudad Fausto recoge un perro vagabundo; en la escena siguiente, Cuarto de estudio (I), utiliza al perro para tra­tar de conjurar a los espíritus. Aparece al fin Mefistófe­les. En la escena Cuarto de estudio (II), Fausto y Mefis­tófeles establecen un pacto. Si Fausto alguna vez llega a contentarse con lo que Mefistófeles le ofrezca, si en una sola ocasión llega a decir al momento que pasa: «¡qué hermoso eres, no te vayas, permanece!», en ese mismo instante pertenecerá por completo a Mefistófeles. En La taberna de Auerbach, en Leipzig, Mefistófeles lleva a Fausto a una taberna, en medio de estudiantes borrachos.

El diablo canta La canción de la pulga, los estudiantes la del Ratón. Mefistófeles prepara algunas de las burlas típicas del repertorio teatral de marionetas. Como Faus­to no encuentra este tipo de diversión interesante, Mefistófeles lo lleva entonces a la Cocina de la bruja, donde una Mona prepara el filtro de la juventud espumando un caldero maléfico, en tanto que el Mono se calienta al fue­go con sus Monitos. Mientras espera a que el filtro esté listo, Fausto observa en un espejo mágico una encantan- dora imagen de mujer: está ya en la disposición de áni­mo necesaria para gozar de la nueva juventud. En la es­cena Una calle, en un pequeño pueblo, Fausto ve pasar a una bella y jovencísima muchacha, Margarita. Pide a Mefistófeles que lo ayude a acercársele, pero el diablo confiesa no tener sobre ella ningún poder porque es de­masiado inocente.

Fausto le pide al menos una prenda que ella haya llevado alguna vez y Mefistófeles le prome­te introducirlo en su ausencia en el cuarto de la mucha­cha. Margarita, como se desprende de la escena Una no­che, ha quedado impresionada por un caballero al que en­contró por la calle. Mientras se halla fuera de casa, entra Fausto en su pequeña habitación y contempla los obje­tos y el lecho de la joven. Mefistófeles deja en el armario un pequeño cofrecillo de joyas, que Margarita encuentra a su vuelta. Queda encantada y perpleja. Antes de acostarse, canta la Canción del rey de Tule. En las escenas Un paseo, La casa de la vecina, Una calle, Un jardín, y secundado por Mefistófeles, a quien le presta una gran ayuda una vecina de Margarita (Marta), Fausto hace la corte a la muchacha. Ella lo admira, le confiesa sus preo­cupaciones domésticas, tiembla y se muestra confusa.

En la escena Invernadero en el jardín, teatro de una inocen­te broma de Margarita a Fausto, ella acepta sus besos. Sin embargo Fausto, que tras haber recobrado la juven­tud está a punto de recobrar el amor, siente ahora escrú­pulos, como puede verse en la siguiente escena: El bos­que y la caverna. Mefistófeles, sarcástico, pone en ridícu­lo sus meditaciones y hace nacer de nuevo el deseo en Fausto, que acaba cediendo ante el tentador. En la esce­na Cuarto de Margarita, la canción que canta la mucha­cha expresa sus cuitas amorosas. De las escenas siguien­tes, El jardín de Marta y Junto a la fuente, parece deprenderse que Margarita se ha entregado a Fausto. Le promete dejarlo entrar en su habitación dando un som­nífero (que le ha traído Fausto) a su madre, y mientras está en la fuente oye con espanto que su amiga Lieschen habla con aspereza del error de una amiga: ella no es ya capaz, como una vez, de emitir juicios sobre quien ha caí­do.

En el camino de regreso (El camino de ronda) Mar­garita canta una angustiosa plegaria a la Virgen. Más tar­de, en la escena Noche, asistimos al retorno del hermano de Margarita, Valentín, que estaba de soldado, para ver si son ciertos los rumores que corren sobre su hermana. Fausto lo mata en un duelo por consejo de Mefistófeles. Margarita ve cumplirse su tragedia: en la escena La ca­tedral un espíritu maligno le susurra sus culpas. Su ma­dre murió en medio del sueño por culpa suya, su herma­no ha sido asesinado, de ella nacerá una criatura fuera de la ley de Dios y de los hombres.

Entre tanto, en las montañas de Hartz (La noche de Walpurgis), Fausto y Mefistófeles asisten a una fantasmagórica noche de aque­larre. Después de un intermedio grotesco (El sueño de la noche de Walpurgis), en la escena Día nublado. Campo, Fausto, que ha sabido que Margarita se encuentra en pri­sión, pide auxilio a Mefistófeles para que la ayude a es­capar. En Un calabozo, Fausto oye cantar a Margarita dentro de la cárcel La canción del enebro, extraída de una terrible fábula popular. Pero una vez está dentro, Margarita, ahora ya loca, lo confunde con el verdugo y a duras penas lo reconoce. A punto está de ceder y huir con él, pero cuando descubre a Mefistófeles, rechaza a Fausto con horror, invocando a los ángeles del Señor. «Está salvada», dice una voz desde lo alto.

SEGUNDA PARTE.

Primer acto: La primera escena se inicia con el despertar de Fausto en un Paraje ameno, en el que, tendido sobre el césped florido, es consolado de su angustioso remor­dimiento por los espíritus elementales, entre ellos Ariel. Junto con Mefistófeles, Fausto hace su entrada en el «gran mundo», en las escenas de El palacio imperial: Me­fistófeles da prueba de sus poderes mágicos durante un baile de máscaras (La sala del trono) en el que desfilan floristas, jardineras, pescadores, etc., personajes mitoló­gicos (Las Gracias, Las Parcas, Las Furias) y alegóricos (La Prudencia, la Victoria, el Temor y la Esperanza).

Me­fistófeles se disfraza muchas veces, de Zoilo-Tersites, de Enflaquecido (sobre el carro de Pluto, dios de la rique­za), de Avaricia… Todavía tiene lugar una prueba más de la magia de Mefistófeles: inventa el papel moneda (Jardín de recreo). Mefistófeles seguidamente lleva a Fausto a conjurar la presencia de Helena, a ruegos del emperador (Una galería oscura). Pero las artes diabóli­cas no alcanzan a tanto, y es Fausto quien desciende al abismo donde se encuentran las Madres, diosas subterrá­neas; allí se apoderará de un trípode incandescente que le servirá para conjurar a Helena. En La sala de los ca­balleros, ante la presencia del emperador y de su corte, Fausto evoca primero a París, luego a Helena, que lo he­chiza. Trata de abrazarla, la aferra, pero los fantasmas se desvanecen.

Segundo acto: En Un cuarto de arquitectura gótica, en otro tiempo estudio de Fausto, éste reposa. Está ator­mentado por el amor que siente hacia Helena. Mientras tanto en Experimentos en un laboratorio, Wagner crea a un hombre, Homunculus, que aun encerrado en la redo­ma, es decir, a medio nacer, sin un cuerpo propiamente dicho, demuestra estar en su plenitud intelectual y espi­ritual. Él adivina los sueños de belleza clásica tenidos por Fausto, y aconseja asistir a la noche clásica de Walpur­gis. La Noche clásica de Walpurgis, se compone de cinco fases (Campo de Farsalia, el Bajo Peneios, el Alto Peneios, aún otro Alto Peneios y-En una ensenada entre las rocas del mar Egeo) en las que intervienen, por separa­do, Fausto, Mefistófeles y Homunculus.

Mefistófeles pasa por entre un desfile de los más célebres monstruos clásicos a lo largo del Alto Peneios (Esfinges, Grifos, Hormigas gigantes, Dáctilos, Lamias), asiste a las apo­calípticas convulsiones tectónicas provocadas por Seís­mos, ve a la Empusa, mítico monstruo citado en Las ra­nas de Aristófanes, y por último se transforma en una Fórcida (una de las tres horribles viejas con un solo ojo y un solo diente para las tres). Fausto evoca con Quirón, a lo largo del Bajo Peneios, a los héroes más insignes de la antigüedad (los Dioscuros, los Boréadas, Jasón, Or- feo, Linceo, Hércules), y a Helena, de quien Quirón ce­lebra la gracia incomparable. Para curarlo de su amor por Helena, Quirón lleva a Fausto a casa de Manto, pero ésta, que siempre ha amado a quien desea lo imposible, lo conduce hasta Perséfone. Homunculus, en cambio, en una ensenada entre las rocas, ve a Nereo, a los Tritones y a las Nereidas.

Tales, que lo ha acompañado, consulta a Proteo acerca de cómo darle un cuerpo adecuado: Pro­teo, transformado en delfín, hace subir a Homunculus a su grupa. A la vista de la bellísima Galatea, Homuncu­lus, ardiendo de amor, se rompe a los pies de ella. No es una muerte, sino que más bien es el inicio de las muchas vidas de Homunculus.

Tercer acto: ante el palacio de Menelao en Esparta con­sigue Mefistófeles-Fórcida salvar a Helena que estaba destinada a ser sacrificada a los dioses por Menelao. La lleva a la Roca Medieval (La alta montaña) donde Faus­to, con atavío de caballero medieval, y Linceo, guardián de la torre, le rinden hiperbólicos homenajes. Fausto y Helena se sienten turbados por un recíproco amor, pero deben huir a Arcadia ante la noticia de la llegada de Me­nelao alzado en armas. En Arcadia (bosque umbroso) Helena y Fausto tienen un hijo, Euforión, que prueba a volar como Ícaro y muere a los pies de sus padres. He­lena sigue a su hijo al reino de Perséfone y se despide de Fausto, dejándole entre los brazos un vestido que se transforma en nube y lo levanta por los aires.

Cuarto acto: La alta montaña: Ante Fausto, inmerso en meditaciones sobre sus dos amores (Helena y Margarita), aparece Mefistófeles que le propone ir en busca de nue­vos placeres. Pero Fausto, que ahora encuentra en la ac­ción lo mejor de la vida del hombre, pide a Mefistófeles que lo ayude a volver fértil una vasta extensión de arena infecunda. Será el emperador quien otorgue a Fausto en feudo la extensión infecunda, como premio por haberlo ayudado a derrotar a los rebeldes (En la tienda del Anti-Emperador).

Quinto acto: En la escena Paisaje libre Filemón y Baucis expresan su gratitud a Fausto, su vecino, por haberles fa­cilitado con la donación de una legua de arena la crea­ción de un jardín. Pero Fausto (La senectud de Fausto) no está satisfecho todavía, no obstante el buen resultado de la empresa, el castillo que posee y las riquezas que le trae Mefistófeles convertido en pirata. Quiere la posesión de la tierra de Filemón y de Baucis y ordena al demonio que los traslade a otra heredad. Los dos viejos perecen en un incendio (Noche profunda).

En torno a Fausto (Medianoche, La inquietud) se afanan cuatro mujeres gri­ses (La Indigencia, la Deuda, la Inquietud, la Angustia). La Inquietud se vuelve a presentar sola, pero, rechazada por Fausto, lo ciega. Ha llegado el final (En el gran pa­tio del palacio): los Lemures, guiados por Mefistófeles, excavan la fosa para Fausto, que confunde el ruido de sus palas con el de los trabajadores que excavan la zanja para desecar la laguna. Una vez esté concluida la opera­ción, dice Fausto, que acaba de llegar, él podrá decir: «¡Detente, eres tan hermoso!».

No bien ha acabado de decir esto, cae muerto. En la siguiente escena (Sepultura) Mefistófeles y sus diablos, llamados en su ayuda, son vencidos por los ángeles que se llevan consigo el alma de Fausto. La última escena es Barrancos, bosques, peñas­cos, soledad. Algunos Santos Anacoretas se han distri­buido en las quebradas de un monte a diferentes niveles, según su grado de clarividencia (Pater Extaticus, Pater Profundus, Pater Seraficus, Doctor Marianus), y asisten a la llegada del alma de Fausto que es acogida por Mar­garita (una de las arrepentidas en el séquito de la Vir­gen). Ambos son elevados a los cielos por la Virgen.

Enc. Montaner