Una de las figuras más características y más discutidas de literato, filósofo y teólogo del primer período de la Escolástica. El diálogo corresponde al final de la actividad literaria de Abelardo. En su forma literaria, la obra imita los diálogos platónicos. El argumento es doble: investigar la verdad de la doctrina cristiana, comparada con la sola razón y con la religión judaica; e investigar en qué consiste el sumo bien.
Abelardo imagina que tres personajes, después de largas discusiones en común, se presentan a él tomándole como árbitro, para que llegue a una conclusión que a los tres satisfaga. Los tres admiten y adoran a un Dios único; pero el filósofo sirve a Dios, siguiendo solamente las luces de la razón; el judío siguiendo al antiguo Testamento; el Cristiano siguiendo el Nuevo. El filósofo reprocha a los creyentes admitir opiniones que no pueden razonar; niega que exista certeza cuando existe gran diversidad de opiniones.
El judío defiende su fe por haberla recibido de Dios y porque sus padres la mantuvieron a pesar de las persecuciones de paganos y cristianos. El cristiano demuestra que el Nuevo Testamento satisface a la razón, perfeccionando además la ley del Antiguo Testamento: la diversidad de opiniones existentes entre los cristianos, no ataca a aquellas verdades esenciales de la fe; la perfección de ésta, prueba su origen divino. En cuanto al sumo bien, el filósofo afirma que consiste en ser feliz, y que esta dicha, consistente en la tranquilidad interior, se puede lograr, aunque no sea perfecta en esta vida.
El cristiano sostiene que el sumo bien es Dios, y que la dicha del hombre consiste en la visión beatífica y, por consiguiente, en la posesión de Dios mismo. El filósofo afirma que el sumo mal es el castigo que se da al culpable; el cristiano opone que el sumo mal es la culpa porque ella hace malvado al hombre, y que la pena, aplicada con justicia, es en sí misma un bien. Entonces, el filósofo pide explicaciones sobre aquello en qué consiste la visión beatífica de Dios, sobre el lugar en que se halla el infierno y sobre la resurrección de la carne.
El diálogo termina con la exhortación a leer el De summo bono de San Agustín, y con la afirmación de que sólo Jesucristo puede dar a los hombres la verdadera felicidad, porque Él enseña la ley natural defendida por los filósofos y ha completado la ley mosaica en la que creen los judíos. Insignes son los méritos literarios del diálogo, por el estilo y por el lenguaje; noble y elevado, es el argumento debatido; aparecen alguna vez reminiscencias clásicas de Cicerón y de Plotino, y son frecuentes las citas dé las Sagradas Escrituras. Refleja muy bien el alma, la cultura, y los hábitos mentales y didácticos de Abelardo.
E. Gara
Enc. Noguer

