Rimario de la Lengua Italiana, Gerolamo Ruscelli

[Rimario della lingua italiana]. Obra de Gerolamo Ruscelli (m. en 1566). Desde la edición veneciana de 1559, precedió al Dic­cionario un tratado Del modo de componer en verso en el idioma italiano [Del modo di comporre in versi nella lingua italiana], di­vidido, en las últimas ediciones, en trece capítulos (el primero de carácter introductivo) y una conclusión; páginas llenas de indicaciones polémicas o envíos a otros tra­tados de retórica y lingüística, escritas por el mismo autor.

En el capítulo introductivo se desarrolla una distinción entre el hablar comúnmente entendido y el «razonar», di­vidido a su vez en «prosa» y en «versos» con la acostumbrada proclamación de la ex­celencia de la poesía. Sigue un capítulo sobre los requisitos esenciales para una per­fecta composición en verso, sobre la impor­tancia igual de la invención en cuanto a las «cosas» (contenido) y las «palabras» (forma). A pesar de lo misterioso de dicha invención, que depende del genio del escri­tor, Ruscelli celebra los méritos y mila­gros de la preceptiva. Con el tercer ca­pítulo emprende el examen de las cualida­des y medidas de los versos en lengua vulgar. Excluida la métrica que más tarde se llamó «bárbara» y los versos de carácter popular (como la fábula y otros similares), el autor se ocupará solamente de las com­posiciones en verso consagradas por el cla­sicismo, y del verso por excelencia, el en­decasílabo, a propósito del cual da algunas nociones elementales de prosodia (valor si­lábico de los diptongos y «colisiones» o elisiones) en relación con la armonía del verso.

Los capítulos IV y V continúan am­pliamente dichas observaciones de carácter exquisitamente formal, y las extienden a los endecasílabos esdrújulos y truncados. El uso de estos últimos está expresamente condenado y desterrado, sobre todo si se trata de sonetos, madrigales y canciones, por su efecto sincopado e inarmónico, a di­ferencia de los esdrújulos, que se prestan a especiales efectos de sonido y estilo, por lo que pueden ser usados con provecho. En el capítulo VI, dedicado a los versos libres, Ruscelli pretende basar sobre la autoridad de Petrarca la diferencia entre «versos» (li­bres) y «rimas». En cuanto a los versos agrupados en estrofas, según Ruscelli, la elección del metro es un delicado proble­ma de adecuación de la forma al asunto. El terceto es inadecuado para el poema he­roico; sólo es admisible en elegías, epísto­las, capítulos, etc. El colmo de la perfec­ción poética consiste, según Ruscelli (que fue un entusiasta cultivador, editor y co­mentarista de Ariosto), en la octava rima. A esta forma estrófica introducida en el italiano por Boccaccio (Teseida, v.), dedica una página verdaderamente inspirada, ana­lizando la elegancia y la riqueza de este medio expresivo, superior, según él, incluso a los versos libres de griegos y latinos.

Los capítulos sobre las terceras rimas (VIII), sobre los madrigales (IX), baladas y can­ciones (X) y sonetos (XI), además de al­gunas normas preceptivas, contienen pocas observaciones de particular relieve desde el punto de vista retórico. Los madrigales requieren variedad de versos largos y cortos, y sobre todo es necesario que ninguna ri­ma quede suelta (modelos preferibles a los del mismo Petrarca son los madrigales de Bembo y otros modernos). Para las baladas, divididas en «desnudas» y «vestidas» según sean de una o más estancias, el modelo ejemplar será siempre el dejado por Boccac­cio al terminar las jornadas del Decamerón (v.). Muy sumario es el tratado sobre la métrica de las canciones, para la cual Rus­celli se remite a Petrarca. Con poca dife­rencia sigue un breve análisis de la sextina. En cambio reserva grandes elogios al sone­to, a propósito del cual es notable la dis­cusión sobre lá «rotura» de los versos, ar­tificio estilístico que precisamente en el siglo XVI produjo la separación de la fórmula petrarquesca más rigurosa. El ca­pítulo XII, sobre las respuestas al soneto por rimas y por desinencias, completa el tratado, precisando no pocas normas que han sido convencionalmente respetadas en la república literaria clásica de Italia. El tratado termina con algunas páginas sobre los criterios que guiaron al autor en la recopilación de su diccionario. El Dicciona­rio de Ruscelli está rigurosamente ordena­do por orden alfabético.

Está dividido en tres partes: la primera comprende las rimas llanas y agudas, la segunda las esdrújulas y la tercera reúne en un vocabulario todas las palabras contenidas en la obra que re­quieren aclaración o comentario. Los vo­cablos usados por Petrarca preceden a to­dos los demás y llevan un número arábigo que indica la frecuencia con que aparecen en el Cancionero (v.) y en los Triunfos (v.). Casi siempre se señala el autor de las palabras no demasiado comunes (Dante, Boccaccio, Ariosto, Bembo, Sannazzaro, Tasso, Berni), con un expreso juicio e indica­ción sobre si la palabra ha de evitarse o no (como ocurre con frecuencia con las de Dante) o en qué género de composiciones es lícito adoptarlas. Los nombres propios, mitológicos, geográficos e históricos llevan siempre una explicación sumaria. Cuando la rima implica una desinencia nominal o verbal desacostumbrada o irregular, no fal­tan aclaraciones ni preceptos gramaticales u ortográficos. Ocasionalmente estos pre­ceptos se refieren a sencillos asuntos técni­cos no sólo para multiplicar la rima, sino para conseguir el número y la armonía del verso. Naturalmente, se trata de un vocabulario de palabras difíciles, recopi­lado con el expreso criterio propedéutico de conducir al escritor a una mejor selec­ción y a un uso más apropiado.

C. Muscetta