[Dictionnaire philosophique]. Obra publicada en 1764. La lucha contra toda forma de oscurantismo está llevada con un vigor polémico y una despreocupación, de acuerdo con los nuevos tiempos, bien distintos de aquellos en que las obras de Voltaire (v. Cartas filosóficas) eran quemadas por mano del verdugo.
La obra está ordenada en setenta y tres voces: Abraham, Alma, Amistad, Amor, Amor llamado socrático, Amor propio, Angel, Antropófago, Apis, Apocalipsis, Ateo y ateísmo, Bautismo, Bello y belleza, Bestias, Bien supremo. Bien (todo es), Carácter, Catecismo chino, Catecismo de la parroquia, Catecismo japonés, Cierto y certidumbre, Cadena de las criaturas, Cadena de los acontecimientos, China, Cristianismo, Cielo de los ángeles. Circuncisión, Convulsiones, Cuerpos, Crítica, Destino, Dios, Estados y gobiernos, Ezequiel, Fábulas, Fanatismo, Falsedad de la virtud humana, Fin y causas finales, Fraude, Gloria, Gracia, Guerra, Historia de los reyes hebreos y paralipómenos, ídolo e idolatría. Igualdad, Infierno, Inundación, Jefté, José, Libertad, Leyes, Leyes civiles y eclesiásticas, Límites del espíritu humano, Locura, Lujo, Materia, Malvado, Mesías, Metamorfosis y metempsícosis, Milagros, Moisés, Patria, Pedro, Prejuicios, Religión, Resurrección, Salomón, Sensación, Sueños, Superstición, Tolerancia, Tiranía y Virtud.
El número de las voces aumentó en ediciones sucesivas. A través del desarrollo de estos temas, el autor revela su concepción de la realidad, que puede definirse como un teísmo genérico, de líneas en verdad no muy precisas, que admite la existencia de un Ser infinito y supremo creador y — hasta cierto punto— ordenador del universo; pero excluye la posibilidad de toda determinación ulterior teológico dogmática.
Pero es superior al interés teórico el fin moral o más genéricamente el fin práctico social. Voltaire encuentra absurdo que Dios deba ocuparse por sí mismo de este pequeño mundo entre todos los mundos que ha creado, y que deba cuidarse particularmente de estos átomos que son los hombres hasta ocuparse continuamente, por ejemplo, de crear almas para todas las criaturas que nacen, o de contrariar sus leyes para probar su simpatía con milagros para unos centenares de personas privilegiadas. Por eso es contrario a toda religión que exija fe ciega en sus dogmas y fustiga ferozmente la hipocresía de los sacerdotes que mantienen al pueblo en la ignorancia. Su ideal es un mundo regido por la justicia, en el que los hombres tengan un poco de caridad fraterna (ésta es únicamente para él la virtud) y sirvan a Dios llevando vida honrada, sin meterse en cuestiones metafísicas que, en el fondo, no revelan sino la locura y la presunción de los llamados sabios.
Un gran fervor propio de la Ilustración empapa todo el Diccionario, que trata de someterlo todo al examen de la razón y cree mejor reservar escépticamente el juicio que ceder a los prejuicios. Por eso Voltaire abomina de la exaltación fanática que oscurece la claridad moderadora de la razón. Según él, el universo está ordenado por leyes inmutables, así es que todos los acontecimientos son necesarios y nada ocurre al acaso: el milagro es contrario a la lógica y por ello lo niega. No existe la libertad del querer, sino sólo la voluntad de obrar; por ello es justo reconocer los límites del espíritu humano; es preferible tener clara conciencia de ellos que querer sobrepasarlos para imponer al universo sistemas que de científicos no tienen sino las pretensiones. De ahí que Voltaire critique el concepto teológico de un cielo sobre nosotros, porque el llamado cielo tanto está encima como bajo nuestro globo. Algunas voces del Diccionario son simples «boutades», como algunas que se refieren al Antiguo testamento, por ejemplo las voces «Abraham» y «José», en las que el autor ironiza con desenfadada agudeza sobre el Libro Sagrado.
En otras, la ironía se refiere a las leyes positivas que, muy distintas de las inspiradas en el «derecho natural», a menudo son dictadas por el arbitrio y la violencia de los jefes y son susceptibles de ambiguas interpretaciones. En otras voces, por el contrario, el autor presenta una especie de programa de reformas, en las que se inspiran luego en gran parte los «cahiers» del Tercer Estado en 1789 (véase por ejemplo la voz «Leyes civiles y eclesiásticas»). Toda la obra está animada por una sed inextinguible de clarividencia lógica; reprueba todas las intemperancias metafísicas y dogmáticas, y ataca severamente a todo sospechoso de querer explotar en beneficio propio la ignorancia, manteniendo a tal fin el oscurantismo. El Diccionario pasa con admirable agilidad de estilo de la agudeza benévola al sarcasmo, y la limpidez del razonamiento y la frescura siempre renovada de la ironía constituyen su mayor mérito, haciendo de él una obra de arte, si bien, en lo referente al contenido ideológico, a veces el autor aparece encerrado en esa angostura de horizontes característica de ciertos aspectos de la Ilustración.
G. Alliney
Este gran señor de la inteligencia ejerce, sobre los que no la tienen, la fascinación que los revolucionarios sienten por los grandes señores que por la revolución traicionan a su propia causa. Voltaire es, sobre todo, el seductor de los imbéciles, el envenenador de la gente malsana, el Espíritu Santo de la chusma. (Barbey d’Aurevilly)

