Diccionario filosófico, François-Marie Arouet

[Dictionnaire philosophique]. Obra publicada en 1764. La lucha contra toda forma de oscurantismo está llevada con un vigor po­lémico y una despreocupación, de acuerdo con los nuevos tiempos, bien distintos de aquellos en que las obras de Voltaire (v. Cartas filosóficas) eran quemadas por mano del verdugo.

La obra está ordenada en se­tenta y tres voces: Abraham, Alma, Amis­tad, Amor, Amor llamado socrático, Amor propio, Angel, Antropófago, Apis, Apocalip­sis, Ateo y ateísmo, Bautismo, Bello y be­lleza, Bestias, Bien supremo. Bien (todo es), Carácter, Catecismo chino, Catecismo de la parroquia, Catecismo japonés, Cierto y certidumbre, Cadena de las criaturas, Cadena de los acontecimientos, China, Cris­tianismo, Cielo de los ángeles. Circunci­sión, Convulsiones, Cuerpos, Crítica, Desti­no, Dios, Estados y gobiernos, Ezequiel, Fá­bulas, Fanatismo, Falsedad de la virtud hu­mana, Fin y causas finales, Fraude, Gloria, Gracia, Guerra, Historia de los reyes he­breos y paralipómenos, ídolo e idolatría. Igualdad, Infierno, Inundación, Jefté, José, Libertad, Leyes, Leyes civiles y eclesiásti­cas, Límites del espíritu humano, Locura, Lujo, Materia, Malvado, Mesías, Metamorfosis y metempsícosis, Milagros, Moisés, Patria, Pedro, Prejuicios, Religión, Resurrección, Salomón, Sensación, Sueños, Superstición, Tolerancia, Tiranía y Virtud.

El número de las voces aumentó en ediciones sucesivas. A través del desarrollo de estos temas, el autor revela su concepción de la realidad, que puede definirse como un teísmo gené­rico, de líneas en verdad no muy precisas, que admite la existencia de un Ser infinito y supremo creador y — hasta cierto pun­to— ordenador del universo; pero excluye la posibilidad de toda determinación ulte­rior teológico dogmática.

Pero es superior al interés teórico el fin moral o más ge­néricamente el fin práctico social. Voltaire encuentra absurdo que Dios deba ocuparse por sí mismo de este pequeño mundo entre todos los mundos que ha creado, y que deba cuidarse particularmente de estos áto­mos que son los hombres hasta ocuparse continuamente, por ejemplo, de crear almas para todas las criaturas que nacen, o de contrariar sus leyes para probar su simpatía con milagros para unos centenares de per­sonas privilegiadas. Por eso es contrario a toda religión que exija fe ciega en sus dogmas y fustiga ferozmente la hipocresía de los sacerdotes que mantienen al pueblo en la ignorancia. Su ideal es un mundo regido por la justicia, en el que los hom­bres tengan un poco de caridad fraterna (ésta es únicamente para él la virtud) y sirvan a Dios llevando vida honrada, sin meterse en cuestiones metafísicas que, en el fondo, no revelan sino la locura y la presunción de los llamados sabios.

Un gran fervor propio de la Ilustración empapa todo el Diccionario, que trata de someterlo todo al examen de la razón y cree me­jor reservar escépticamente el juicio que ceder a los prejuicios. Por eso Voltaire abomina de la exaltación fanática que oscu­rece la claridad moderadora de la razón. Según él, el universo está ordenado por leyes inmutables, así es que todos los acon­tecimientos son necesarios y nada ocurre al acaso: el milagro es contrario a la ló­gica y por ello lo niega. No existe la liber­tad del querer, sino sólo la voluntad de obrar; por ello es justo reconocer los lími­tes del espíritu humano; es preferible tener clara conciencia de ellos que querer sobrepasarlos para imponer al universo sis­temas que de científicos no tienen sino las pretensiones. De ahí que Voltaire critique el concepto teológico de un cielo sobre nosotros, porque el llamado cielo tanto está encima como bajo nuestro globo. Algu­nas voces del Diccionario son simples «boutades», como algunas que se refieren al An­tiguo testamento, por ejemplo las voces «Abraham» y «José», en las que el autor ironiza con desenfadada agudeza sobre el Libro Sagrado.

En otras, la ironía se re­fiere a las leyes positivas que, muy dis­tintas de las inspiradas en el «derecho na­tural», a menudo son dictadas por el arbi­trio y la violencia de los jefes y son susceptibles de ambiguas interpretaciones. En otras voces, por el contrario, el autor presenta una especie de programa de re­formas, en las que se inspiran luego en gran parte los «cahiers» del Tercer Es­tado en 1789 (véase por ejemplo la voz «Leyes civiles y eclesiásticas»). Toda la obra está animada por una sed inextinguible de clarividencia lógica; reprueba todas las intemperancias metafísicas y dogmáticas, y ataca severamente a todo sospechoso de querer explotar en beneficio propio la igno­rancia, manteniendo a tal fin el oscuran­tismo. El Diccionario pasa con admirable agilidad de estilo de la agudeza benévola al sarcasmo, y la limpidez del razonamiento y la frescura siempre renovada de la iro­nía constituyen su mayor mérito, haciendo de él una obra de arte, si bien, en lo referente al contenido ideológico, a veces el autor aparece encerrado en esa angos­tura de horizontes característica de cier­tos aspectos de la Ilustración.

G. Alliney

Este gran señor de la inteligencia ejer­ce, sobre los que no la tienen, la fascina­ción que los revolucionarios sienten por los grandes señores que por la revolución trai­cionan a su propia causa. Voltaire es, sobre todo, el seductor de los imbéciles, el en­venenador de la gente malsana, el Espíritu Santo de la chusma. (Barbey d’Aurevilly)