EL LOBO ESTEPARIO (Hermann Hesse)

Leí El lobo estepario por primera vez cuando era casi un niño, porque un amigo mayor, devoto de Hesse, me lo puso en las manos y me urgió a hacerlo. Me costó mucho esfuerzo y estoy seguro de no haber sido capaz de entrar en las complejas interioridades del libro. Ni ésta ni ninguna de las otras novelas de Hermann Hesse figuraron entre mis libros de cabecera, en mis años universitarios; mis preferencias iban hacia historias donde se reflexionaba menos y se actuaba más, hacia novelas en las que las ideas eran el sustrato, no el sustituto, de la acción.

A mediados de los sesenta hubo en todo el Occidente un redescubrimiento de Hermann Hesse. Eran los tiempos de la revolución psicodélica y de los flower children, de la sociedad tolerante y la evaporación de los tabúes sexuales, del esplritualismo salvaje y la religión pacifista. Al autor de Der Steppenwolf, que acababa de morir en Suiza —el 9 de agosto de 1962— le sucedió entonces lo más gratificante que puede sucederle a un escritor: ser adoptado por los jóvenes rebeldes de medio mundo y convertido en su mentor. Yo veía todo aquello prácticamente al otro lado de mi ventana —vivía entonces en Londres, y en el corazón del swing, Earl’s Court— entretenido por el espectáculo, aunque con cierto escepticismo sobre los alcances de una revolución que se proponía mejorar el mundo a soplidos de marihuana, visiones de ácido lisérgico y música de los Beatles. Pero el culto de los jóvenes novísimos por el autor suizo-alemán me intrigó y volví a leerlo.

Era verdad, tenían todo el derecho del mundo a entronizar a Hesse como su precursor y su gurú. El ermitaño de Montagnola —en cuya puerta, al parecer, atajaba a los visitantes un cartel del sabio chino Meng Hsich proclamando que un hombre tiene derecho a estar a solas con la muerte sin que lo importunen los extraños— los había precedido en su condena del materialismo de la vida moderna y su rechazo deja sociedad industrial; en su fascinación por el Oriente y sus religiones contemplativas y esotéricas; en su amor a la Naturaleza; en la nostalgia de una vida elemental; en la pasión por la música y la creencia en que los estupefacientes podían enriquecer el conocimiento del mundo y la sociabilidad de la gente.

Tal vez El lobo estepario no sea la novela que represente mejor, en la obra de Hesse, aquellos rasgos que la conectaron tan íntimamente con el sentir de los jóvenes inconformes de Europa occidental y de Estados Unidos en los sesenta porque en ella, por ejemplo, no aparece el orientalismo que impregna otros de sus libros. Pero se trata de la novela que muestra mejor la densa singularidad del mundo que creó a lo largo de su vasta vida (tenía ochenta y cinco cuando murió) y de esa extensa obra en la que, salvo el teatro, cultivó todos los géneros (incluido el epistolar).

Apareció en 1927 y la fecha es importante porque el sombrío fulgor de sus páginas refleja muy bien la atmósfera de esos países europeos que acababan de salir del apocalipsis de la primera guerra mundial y se alistaban a repetir la catástrofe. Se trata de un libro expresionista, que recuerda por momentos la disolución y los excesos de esas caricaturas feroces contra los burgueses que pintaba por aquellos años, en Berlín, George Grosz, y también las pesadillas y delirios —el triunfo de lo irracional— que, a partir de esa década, la de la proliferación de los ismos, inundarían toda la literatura.

Como no se trata de una novela que finja el realismo, sino de una ficción que describe un mundo simbólico, donde las reflexiones, las visiones y las impresiones son lo verdaderamente importante y los hechos objetivos meros pretextos o apariencias, es difícil resumirla sin omitir algo y esencial de su contenido. Su estructura es muy simple: dos cajas chinas. Un narrador innominado escribe un prefacio introduciendo el manuscrito del lobo estepario, Harry Haller, un cincuentón con el cráneo rasurado que fue pensionista por unos meses en casa de su tía, en la que dejó ese texto que es el tronco de su novela. Dentro del manuscrito de Harry Haller surge otro, una suerte de rama, supuestamente transcrito también: el Tractat del Lobo Estepario, que misteriosamente le alcanza a aquél, en la calle, un individuo anónimo.

La novela no transcurre en un mismo nivel de realidad. Comienza en uno objetivo, «realista», y termina en lo fantástico, en una suerte de happening en el curso del cual Harry Haller tiene ocasión de dialogar con uno de aquellos espíritus inmarcesibles a los que tiene por modelos: Mozart (antes lo había hecho con Goethe). A lo largo de la historia hay, pues, varias mudas cualitativas en las que la narración salta de lo objetivo a lo subjetivo o, para permanecer dentro de lo literario, del realismo al género fantástico.

Pero la racionalidad no se altera en estas mudanzas. Por el contrario: los tres narradores de la novela —el que introduce el libro, Harry Haller y el autor del Tractat— son racionalistas a ultranza, encarnizados espectadores y averiguadores de sí mismos. Y es esta aptitud, o, acaso, maldición —no poder dejar de pensar, no escapar nunca a esa perpetua introspección en la que vive— lo que, sin duda, ha convertido a Harry Haller en un lobo estepario. Con esta fórmula, Hesse creó un prototipo al que se pliegan innumerables individuos de nuestro tiempo: solitarios acérrimos, confinados en alguna forma de neurastenia que dificulta o anula su posibilidad de comunicarse con los demás, su vida es un exilio en el que rumian su amargura y su cólera contra un mundo que no aceptan y del que se sienten también rechazados.

Sin embargo, curiosamente, esta novela que se ha convertido en una biblia del incomprendido y del soberbio, del que se siente superior o simplemente divorciado de su sociedad y de su tiempo, o del adolescente en el difícil trance de entrar en la edad adulta, no fue escrita con el. propósito de reivindicar semejante condición. Más bien, para mostrar su vanidad y criticarla. Con El lobo estepario, Hesse hacía una autocrítica. Había en él, como lo revela su correspondencia, una predisposición a transmutarse en lobo salvaje y, como a su personaje, también lo tentó el suicidio (cuando era todavía un niño). Pero, en su caso, ese perfil arisco y auto-destructivo de su personalidad estuvo siempre compensado por otro, el de un idealista, amante de las cosas sencillas, del orden natural, empeñado en cultivar su espíritu y alcanzar, a través del conocimiento de sí mismo, la paz interior.

Lo que fue el anverso y el reverso de la personalidad de Hermann Hesse son, en la biografía de Harry Haller, dos instancias de un proceso. En el transcurrir de la ficción, El lobo estepario va perdiendo sus colmillos y sus garras, desaparecen sus arrebatos sanguinarios contra esa humanidad a la que desea «una muerte violenta y digna» y va aprendiendo, gracias a su descenso a los abismos de la bohemia, el desarreglo de los sentidos y su encuentro con los inmortales, a aceptar la vida también en lo que tiene de más liviano y trivial. Cabe suponer que, al reanudar su existencia, luego de la fantasmagoría final en el teatro mágico, Harry Haller seguirá el mandato de Mozart: «Usted ha de acostumbrarse a la vida y ha de aprender a reír.»

«Casi todas las obras en prosa que he escrito son biografías del alma —afirmó Hesse en uno de sus textos autobiográficos—; ninguna de ellas se ocupa de historias, complicaciones ni tensiones. Por el contrario, todas ellas son básicamente un discurso en el que una persona singular —aquella figura mítica— es observada en sus relaciones con el mundo y con su propio yo.» Es una afirmación certera. El lobo estepario narra un conflicto espiritual, un drama cuyo asiento no es el mundo exterior sino el alma del protagonista.

¿Quién es Harry Haller? Aunque su vida anterior apenas es mencionada, algunos datos transpiran de sus reflexiones que permiten reconstruirla. Fue un estudioso de religiones y mitologías antiguas, cuyos libros lo hicieron conocido; su pacifismo y sus ideas hostiles al nacionalismo le ganan ataques y vituperios de la prensa reaccionaria; sus convicciones políticas equidistan por igual de «los ideales americano y bolchevique» que «simplifican la vida de una forma pueril». Estuvo casado pero su mujer lo abandonó; tuvo una amante, a la que no ve casi nunca. Sus únicos entusiasmos, ahora, son la música —sobre todo Mozart— y los libros. Ha llegado a la mitad de la vida y está, al comenzar su manuscrito, al borde de la desesperación, tanto que lo ronda la idea de poner fin a sus días con una navaja de afeitar.

¿Cuáles son las razones de la incompatibilidad entre El lobo estepario y el mundo? Que éste ha tomado un rumbo para él inaceptable. Las cosas, que objeta son incontables: la prédica guerrerista y el materialismo rampante; la mentalidad conformista y el espíritu práctico de los burgueses; el filisteísmo que domina la cultura y las máquinas y productos manufacturados de la sociedad industrial en los que presiente un riesgo de esclavización para el hombre. En el mundo que lo rodea, Harry Haller ve destruidos o encanallados todos esos principios e ideales que animaron antes su vida: la búsqueda de la perfección moral c intelectual, las proezas artísticas, las realizaciones de aquellos seres superiores a los que llama «los inmortales». Cuando mira en torno, Harry Haller sólo ve estupidez, vulgaridad y enajenación.

Pero cuando contempla el interior de sí mismo, el espectáculo no es más estimulante: un pozo de desesperanza y de exasperación, una incapacidad radical para interesarse por nada de lo que colma la vida de los demás. Quien rescata a Harry Haller de esta crisis existencial y metafísica no es un filósofo ni un sacerdote sino una alegre cortesana, Armanda, a la que encuentra en una taberna, en una de sus incesantes correrías nocturnas. Ella, con mano firme y sabias coqueterías le hace descubrir —o, tal vez redescubrir— los encantos de lo banal y los olvidos dichosos que brinda la sensualidad. El lobo estepario aprende a bailar los bailes de moda, a frecuentar las salas de fiesta, a gustar del jazz y vive un enredo sexual triangular con Armanda y su amiga María. Conducido por ellas asiste a ese baile de máscaras en el que, transformado el mundo real en mágico, en pura fantasía, vivirá la ilusión y podrá dialogar con los inmortales. Así descubre que estos grandes creadores de sabiduría y de belleza no dieron la espalda a la vida sino que construyeron sus mundos admirables mediante una sublimación amorosa de las menudencias que, también, componen la existencia.

Por una de esas paradojas que abundan en la historia de la literatura, esta novela que fue escrita con la intención de promover la vida, de mostrar la ceguera de quienes, como Harry Haller, prisionero del intelecto y de la abstracción, pierden el sentido de lo cotidiano, el don de la comunicación y de la sociabilidad, el goce de los sentidos, ha quedado entronizada como un manual para ermitaños y hoscos. A él siguen acudiendo, como a un texto religioso, los insatisfechos y los desesperados de este mundo que, además, se sienten escépticos sobre la realidad de cualquier otro. Este tipo de hombre, que Hesse radiografió magistralmente, es un producto de nuestro tiempo y de nuestra cultura. No se dio nunca antes y esperemos que no se dé tampoco en el futuro, en la hipótesis de que la historia humana tenga un porvenir.

¿Es esta desnaturalización que ha operado la lectura que dieron sus lectores a este libro, algo que debamos lamentar? De ningún modo. Lo ocurrido con El lobo estepario debe más bien aleccionarnos sobre esta verdad incómoda de la literatura: un novelista nunca sabe para quien trabaja. Ni el más racional y deliberado de ellos —y Hesse no lo era—, ni aquel que revisa el detalle hasta la manía y pule con encarnizamiento sus palabras, puede evitar que sus historias, una vez emancipadas de él, adoptadas por un público, adquieran una significación, generen una mitología o entreguen un mensaje que él no previo ni, acaso, aprobaría. Ocurre que un novelista puede extraviarse y ser manejado extrañamente por aquellas fuerzas que pone en marcha al escribir. Como, en la soledad de la creación, no sólo vuelca su lucidez sino también los fantasmas de su espíritu, éstos, a veces, desarreglan lo que su voluntad quiere arreglar, contradicen o matizan sus ideas, y establecen órdenes secretos distintos al orden que él pretendió imponer a su historia. Bajo su apariencia racional, toda novela domicilia materiales que proceden de los fondos más secretos de la personalidad del autor. A ese envolvimiento total del creador en el acto de inventar, debe la buena literatura su perennidad: porque los demonios que acosan a los seres humanos suelen ser más perdurables que los otros accidentes de sus biografías. Fraguando una fábula que él quiso amuleto contra el pesimismo y la angustia de un mundo que salía de una tragedia y vivía la inminencia de otra, Hermann Hesse anticipó un retrato con el que iban a identificarse los jóvenes inconformes de la sociedad afluente de medio siglo después.

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El miedo de Montalbano (Andrea Camilleri)

A Andrea Camilleri se le dan muy bien las distancias cortas. Este siciliano se convirtió en 1998 en uno de los escritores más populares de Italia al publicar ‘Un mes con Montalbano’, una recopilación de 30 relatos. Y también domina las distancias largas, como bien saben los que han leído alguna de las siete novelas protagonizadas por el comisario Montalbano, o de sus narraciones históricas. En su último libro, ‘El miedo de Montalbano’ (Salamadra), podemos disfrutar de tres relatos largos y de otros tantos relatos cortos.

  • Empecemos por los cortos. En ‘Día de fiebre’ aparece con un vagabundo que no podría resistir que una vieja historia volviera a aflorar a la superficie. Además, Montalbano padece un acceso de gripe. El comisario, por cierto, se asemeja más a Maigret que a Carvalho, a pesar del homenaje de Camilleri a Vázquez Montalbán. Al parecer, llamó así al personaje por la novela ‘El pianista’, que no está protagonizada por el detective. En ‘Un sombrero lleno de lluvia’, Montalbano se encuentra en Roma con un antiguo amigo y con una inesperada jugada del destino.Y en ‘El miedo de Montalbano’ nos encontramos con Livia, la novia del comisario, y con el miedo a hundirse en los abismos del alma humana. En la nota final, Camilleri explica: «Los relatos cortos no pueden ser calificados como policiacos en sentido estricto; son más bien la historia de tres encuentros ocasionales y extraordinarios del comisario Montalbano».Los largos, en cambio son tres novelas cortas magníficas, repletas de muchos de los elementos tradicionales del género policiaco. En ellas, además, cobran tanta importancia como el caso en sí, como las muertes o los enigmas a los que se enfrenta Montalbano, las relaciones que éste mantiene con sus colegas y con las gentes que se cruzan en su camino. ‘Herido de muerte’ comienza cuando asesinan a un prestamista. ‘El cuarto secreto’, cuando Montalbano recibe un anónimo. ‘Mejor la oscuridad’, cuando un sacerdote le pide que escuche las últimas palabras de una anciana agonizante. 
  • Quién: Andrea Camilleri nació en 1925 en Porto Empedocle, provincia de Agrigento, Sicilia, y actualmente vive en Roma, donde imparte clases en la Academia de Arte Dramático. Durante 40 años fue guionista y director de teatro y televisión. En 1994 crea el personaje de Salvo Montalbano, el entrañable comisario siciliano protagonista de una serie que en la actualidad consta de siete novelas: ‘La forma del agua’, ‘El perro de terracota’, ‘El ladrón de meriendas’, ‘La voz del violín’, ‘La excursión a Tindari’, ‘El olor de la noche’ y ‘Un giro decisivo’.Cuatro años más tarde, una recopilación de 30 relatos titulada ‘Un mes con Montalbano’ se encarama al primer puesto en la lista de más vendidos y consagra a Camilleri como el escritor más popular de Italia. En 1999, repite su fenomenal éxito con dos libros más, ‘La Nochevieja de Montalbano’ y ‘El movimiento del caballo’, que llegan a ocupar el primer puesto en las principales listas de éxitos italianas. Hoy por hoy, Andrea Camilleri es uno de los autores más leídos de Europa.Además de los libros policiacos, Camilleri ha publicado ensayos sobre el espectáculo, crónicas sobre hechos históricos y novelas otras ambientadas en la Sicilia de finales del siglo XIX, como ‘La concesión del teléfono’, ‘La desaparición de Pato’, ‘La ópera de Vigàta’, ‘Un hilo de humo’ y ‘La temporada de caza’. Estas últimas se basan en hechos reales y presentan, a través de una sucesión de acontecimientos llenos de humor y comicidad, la realidad siciliana, que en sus rasgos esenciales es la misma hoy que hace 100 años. http://www.elmundo.es/elmundolibro/2004/12/02/libro_dia/1102001423.html
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    El último hombre (Raúl Blengio Brito)

    Se cuenta el destino del último hombre que queda en el planeta, aunque sin especificar las causas que llevaron a ese estado de cosas. «El Último» vive en una ciudad del futuro que funciona por puro automatismo y que no hace más que acentuar su propia soledad. La acción exterior es muy escasa, ya que no pasa de las vueltas que el protagonista da alrededor de una cama, tomar el desayuno, ir hasta la biblioteca, etc. En cambio, la acción interior es fundamental, y es la que va a ir pautando los distintos momentos de la novela. En base a un monólogo interior, que se destaca por su humor irónico, asistimos a una crítica demoledora de la sociedad humana con todo lo que tiene de inhumana y superficial. Hay también espacio para la especulación metafísica: la relatividad del tiempo analizada al promediar la novela podría interpretarse como un correlato de la futilidad de la sociedad y la vida humana.

          La función cardinal principal de la obra está pautada por la posibilidad de comunicarse —previo contacto telefónico— con una mujer para promover una eventual reconstrucción del mundo. Esta instancia es la que pone al protagonista —que «ya no se sentía Richard Mason, abogado, profesor, amante, frustrado, sino únicamente el Ultimo, el único, sin nadie o con nadie a quien defender, enseñar, amar, satisfacer»— en la disyuntiva de abrirse hacia otro ser para posteriormente empezar de nuevo, o encerrarse definitivamente en sí mismo. La resolución de este problema permite un final poético, contundente, efectivo y en todo acorde con el tono e intención del relato. La importancia de la acción de decidir queda subrayada por la presencia anterior del «decididor»:

          «…¿se echaría de nuevo sobre la cama, postergando con su gesto el puntual recambio de las sábanas, o sería preferible tomar asiento en la silla multiuso-lavilisto-funcional?

          Gruesas gotas de sudor empaparon su frente. Se le erizó la piel. Tomó con una la otra mano. Los riesgos del esfuerzo. La responsabilidad de adoptar por sí mismo decisiones. Tiempos difíciles todavía.

          El decididor llevólo de la mano dulcemente hasta la silla. Y el Ultimo se dejó caer de inmediato sobre su asiento ávido.»

          Los temas que se tocan son varios, la soledad, la «comunicación-in», el aborto, la religión, el consumismo, el exterminio del hombre por el hombre, etc. Pero todos giran en torno a un tema central: el fracaso del hombre como ser social.

          Blengio Brito utiliza el lenguaje con libertad, pero siempre dejando una llave al lector. Como un buen alfarero, modela la pieza entre sus manos sin permitir que se le desbarate. Podemos mencionar alternancia de primera y tercera persona, incorporación de fragmentos de periódico a la narración, juegos de palabras, neologismos creados a partir de palabras pegadas («escridormitorio», etc.), planteo de preguntas y análisis de posibles respuestas, retardos, etc. Después de leerla, es fácil admitir que el estilo empleado es el más conveniente para esta historia en particular.

          La crítica (no especializada en CF) la recibió con frases como: «original por su tema», «un extraño relato», «estamos ante un fenómeno singular y revolucionario», y no reparó en elogios. Ciertamente, el aficionado —que sabe mucho más que los críticos— podrá reconocer en ella algunos tópicos y lugares comunes: la ciudad automatizada que sobrevive a sus habitantes, la llamada telefónica que recibe el —hasta ese momento— ultimo habitante del planeta, etc. Sin embargo, por encima de estos detalles, resalta el estilo, la capacidad incisiva del autor en los temas propuestos, así como la complejidad del personaje.

          Es la única novela de cf. editada en nuestro país que logró dos ediciones, ambas agotadas. Además del mérito de la obra esto se debe a que la editorial trabaja con suscripciones.

     

    Raúl Alfredo Blengio Brito nació en 1929 en Montevideo. Abogado, Licenciado en Letras. Ha publicado trabajos sobre Kafka, Joyce, Herrera y Reissig, O’Neill y Feliberto Hernández. Escribió cuentos, poesías y dos obras de teatro, una de ellas Cuidado con los impuestos obtuvo una mención de la UNESCO en 1970. Sonetos irregulares fue premiada por la Intendencia Municipal de Montevideo en 1968.

     

    La próxima debería referirme a dos novelas de Tarik Carson: Ganadores y Océanos de Néctar. Sin embargo, voy a aprovechar la oportunidad no sólo para recordar las mismas, sino también para realizarle un homenaje a este extraordinario autor uruguayo que desde hace varias décadas vive y publica en Argentina. El homenaje incluirá su biografía, un repaso de todos sus libros, y una extensa entrevista. A todos los amigos, admiradores de este entrañable autor, o simplemente interesados en la buena literatura, los convoco para el próximo mes. Será algo especial.

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    El mercader de Venecia (William Shakespeare)

    El mercader de Venecia  es unaobra de teatro escrita por Shakespeare entre 1594 y 1597  aunque no llegaría a publicarse hasta1600. Su principal fuente es la Primera Historia del cuarto día en Il Pecorone, una colección de historias de Giovanni Fiorentino. Otras fuentes son el Zelanto, de Munday, y las Gesta Romanorum.

    Bassanio está muy enamorado de Porcia, pero necesita dinero para impresionar a su familia y conseguir que permitan el compromiso. Recurre a su amigo Antonio, un rico mercader de Venecia, pero quien por el momento no tiene el dinero que requiere Bassanio. Antonio decide recurrir ante el usurero judío Shylock, y para el pago ofrece como garantía una libra de su carne más próxima al corazón.

     

    Bassanio, un noble pero pobre veneciano, le pide a su amigo Antonio, un rico comerciante, que le preste 3.000 ducados que le permitan cortejar a la rica heredera Porcia. Antonio, que tiene todo su dinero empleado en sus barcos en el extranjero, decide pedirle prestada la suma a Shylock, un judío usurero. Shylock acepta dejar el dinero con la condición de que, si la suma no es devuelta en la fecha fijada, Antonio tendrá que dar una libra de su propia carne más próxima al corazón. Por voluntad de su padre, Porcia se va a casar con aquél pretendiente que, entre tres cofres (uno de oro, otro de plata y otro de plomo), escoja aquél que contiene su retrato. Bassanio elige el acertado, que es el de plomo y se compromete con Porcia. Ella, le da una alianza como muestra de amor, que Bassanio no deberá dejar nunca. Lo mismo que hace Nerissa (la criada de Porcia) con Graciano (un amigo de Bassanio).

    Llegan noticias de que los barcos de Antonio han naufragado y de que la deuda no ha sido pagada, con lo que Shylock reclama su libra de carne. Tal situación desemboca en un juicio presidido por el Duque de Venecia y al que asiste Porcia disfrazada de abogado y su criada Nerissa de ayudanta, dispuestas a defender a Antonio.

    Tras mucho discutir, Porcia da la razón a Shylock y admite que éste, por ley puede cobrarse la libra de carne. La dificultad está en que sólo puede ser carne y que no se puede derramar ni una sola gota de sangre. Después, Shylock es desenmascarado como conspirador y el Gran Duque le perdona la vida, pero le da la mitad de sus riquezas a Antonio y la otra mitad al Estado. Antonio le perdona su parte si el judío se hace cristiano y da en herencia sus propiedades a su hija Jessica, que se ha casado con Lorenzo (un cristiano), motivo por el cual se ha ido lejos y ha sido desheredada y el duque le indica que por medio de una multa era exonerado de la mitad que le iba a pertenecer al Estado. Este abogado (Porcia) junto a su ayudante (Nerissa) le piden como recompensa sus alianzas a Bassanio y a Graciano y ambos se la dan. Y cuando llegan a Belmont (casa de Porcia) los dos aparecen sin la alianza, pero al fin y al cabo ambas confiesan que fueron ellas las que ayudaron a Antonio. La obra termina con la llegada a puerto de los barcos de Antonio sanos y salvos.

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    LA COCINA CANÍBAL, DE ROLAND TOPOR

    LA COCINA CANÍBAL, DE ROLAND TOPOR
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    Las recetas de La cocina caníbal harían las delicias del menú de Hannibal Lecter: el hombre es el mejor alimento para el hombre.

      

     

     

    INOCENTE EN APUROS

    Coja a un inocente, desnúdelo, pisotéelo, dele patadas, mátelo,

    córtelo en trozos de un mismo grosor y métalo en la olla con

    un gran trozo de mantequilla, sal, pimienta, especias, chalotes

    y perejil picado. Déjelo freír un tiempo, añada un trago de vino

    blanco y un poco de caldo. Cuando el inocente empiece a hervir,

    retírelo del fuego y sírvalo sobre un mantel bien apurado.

    Cómalo discretamente mientras habla de otra persona.

     

     

    AGENTE DE SEGUROS EN SU PÓLIZA

    Sáquele el dinero y, si es necesario, hágale una pequeña incisión

    en la cabeza para que no quede nada en el interior. Límpielo,

    cepíllelo suavemente para no dañar la piel, lávelo para que

    esté presentable. Deje que se haga en el caldo. Si el agente está

    gordo hacen falta cuatro horas de cocción, si no, tres serán

    suficientes.

    Para servirlo, coloque una póliza de seguros en la fuente, decore

    con monedas, carnés de identidad, flores y acompañe el

    dinero con un largo silbido de admiración que a él apenas le impresionará

    pero que a usted le hará bien.

    Roland Topor (7 de enero de 1938 en París-16 de abril de 1997). Escritor, pintor, ilustrador y cineasta francés de origen polaco. Publicó dibujos y cuentos en las revistas Bizarre, Arts, Le Rire y Fiction. Junto con Fernando Arrabal y Alejandro Jodorowski, fundó del movimiento Pánico, vanguardia teatral de marcadas tendencias surrealistas y del teatro del absurdo. Influido por el cine de Luis Buñuel y por El Manifiesto del teatro de la crueldad de Artaud, en el Grupo Pánico se conjugan tres elementos básicos: terror, humor y simultaneidad.

    Topor ha sido autor de piezas teatrales, director y actor, como en Autorretrato de un pornógrafo. Su novela El Quimérico Inquilino fue llevada al cine por Roman Polanski en 1976. Como actor ha participado en Nosferatu, vampiro de la noche (1979, de Werner Herzog) y El amor de Swann (1984, de Volker Schlöndorff). También ha diseñado la escenografía y el vestuario de obras teatrales y de óperas. Ha sido autor de dos películas de animación: Los caracoles (1966) y El planeta salvaje (1973), premio especial del jurado en Cannes. Además de sus trabajos en televisión (Téléchat: 156 episodios para niños con Henri Xhonneux), es autor de las piezas de teatro Joko festeja su cumpleaños (1975) y El invierno bajo la mesa, representada en Bruselas en 1996. Junto con Michel Ribes escribió la ópera Batallas, representada en 1983. Entre otras distinciones, obtuvo el Gran Premio de las Artes de la villa de París. La Cocina Caníbal fue publicado por primera vez en Francia por ediciones André Balland (París, 1970).

    VÍDEOS ROLAND TOPOR:

                                                                      

                                                                                             www.tropoeditores.com

    Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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