El diario de Samuel Pepys (Samuel Pepys)

¿Qué pensaría de un hombre que odiase el deporte y prefiriese tocar la viola o el flautín?
¿Alguien que reconocía adorar a su esposa pero a la que le era infiel unas cuantas veces por semana? ¿Un invitado lo bastante grosero como para desgarrar la carne con sus dedos, mantener relaciones con esposas ajenas pero con inquietudes suficientes como para dominar el latín, el francés o el español? ¿Alguien que se consideraba a su mismo de clase alta pero a quien le costaba deshacerse de unas libras para comprar un vestido a su mujer? ¿O de alguien que arrease una bofetada a su esposa por caprichosa o a una criada por dejar la puerta abierta? Cabría pensar en alguien indigno y, por supuesto, no en un británico pero, así fue. En un pasado no muy lejano los británicos no eran tan selectos, su gobierno no era tan protocolario y el país no gozaba de una economía envidiable.

La de Pepys es la historia de un hombre humilde que gracias a su valía personal e incuestionable inteligencia llegó a ser la de uno de los personajes más relevante de la Corte inglesa durante el reinado de Carlos II. Alguien políticamente correcto y con don de gentes, capaz de relacionarse de igual modo con un noble o cortesano que con un tabernero o una criada. He aquí al personaje más indicado para narrar la vida cotidiana de la Inglaterra del siglo XVII. Alguien que frecuentaba las tabernas y los camerinos de las actrices de teatro con igual asiduidad que la corte. Es por eso que el legado que Pepys nos dejó es el retrato más fiel y sincero de aquel momento: un país en manos de un monarca irresponsable, mujeriego y derrochador. Una economía que se tambaleaba y sobrevivía gracias a la dura carga de los impuestos. Una corte que vivía ajena a todo esto y un parlamento atemorizado, prestamista del monarca, preocupado únicamente por sus riquezas.

A los veintisiete años, siendo ya miembro de la Secretaría de Marina, comenzaría la redacción de este diario que concluiría diez años más tarde debido a una enfermedad de la vista que lo estaba dejando ciego. El mayor castigo, porque para Pepys la redacción de su diario suponía la declaración abierta de los vicios de su tiempo, el examen de conciencia personal, la crítica descarnada a político incapaces, la confesión de sus aventuras amorosas.
Esto, impensable en la época que le tocó vivir, fue posible gracias a que lo escribió en un sistema de tipografía inventado en 1620 por Shelton, un oscuro profesor londinense. El libro permaneció inédito hasta 1825 en que el reverendo John Smith tomó la iniciativa de su traducción, labor que le llevó tres años. La obra se componía de 6 tomos con más de 3000 páginas a lo que se sumaba la complejidad de anotaciones en una jerga multilingüe referida, en la mayoría de los casos, a sus aventuras amorosas. Poco después sería traducido al francés y no es hasta el 2003 que aparece la primera edición española de la mano de la editorial Sevillana Renacimiento. La traducción ha sido hecha por Norah Lacoste e incluye el prólogo a la edición francesa de Paul Morand.

La obra ha gozado, desde el momento de su traducción al inglés, de una gran relevancia para las letras anglosajonas y es que no se trata de un diario convencional. En él hay datos de vital relevancia para historiadores, por ejemplo, ya que recoge con fidelidad y exactitud momentos fundamentales en el pasado histórico de la nación: la guerra contra Holanda por las posesiones en Oriente, la peste que durante un año desoló el país, el incendio de Londres que destruyó gran parte de la ciudad.
A Pepys le tocó vivir un momento fundamental en la historia de su país y él, como espectador de primera fila, nos lo revela con fidelidad y todo lujo de detalles.

Sus opiniones sobre arte y literatura – era un crítico radical y exigente, sobre todo con la obra de Shakespeare – hospitalidad, cortesía y etiqueta, menús, gobierno y leyes, medicina y salud, festejos y celebraciones – como la suntuosísima coronación de Carlos II tras la restauración – trabajos y profesiones, economía personal y estatal, lugares, personajes públicos de la vida del momento – como su adorada lady Castlemine, amante pública del rey por largos años y a quien Pepys deseaba profundamente – religión, ciencia y tecnología, medios de transporte u costumbres son temas recogidos en sus páginas y de un incuestionable valor histórico.
Pero no sólo a historiadores han interesado los Diarios. Es evidente que en el momento de la escritura Pepys no perseguía una intención literaria, no contaba con que existiesen lectores futuros de sus confesiones. Es por eso que su prosa se aleja fácilmente de la suntuosidad propia de los narradores de su época. En ocasiones la escritura se vuelve telegráfica, escueta y precisa. Pero, a pesar de esto, su redacción es hermosa y cuidada en otros pasajes: su viaje por los alrededores de Londres, la precisión con que describe el control de los barcos que traían mercancías de las colonias, los suntuosos menús, sus paseos por el parque, las exquisitas conversaciones sobre arte o música, sus días de compra. Asistimos a la vida un ciudadano respetable, a sus labores públicas y a las no tan públicas.

Desestimada la función literaria de su obra ¿Cual podría ser entonces su intención? Parece claro que únicamente utilizaba la pluma como un desahogo personal, una especie de confesor secreto y callado. El Diario se revela como un milagro, esas cosas que ocurren de vez en cuando y que se mantienen para la posteridad. Su autor sabía de la gravedad de sus confesiones y de las consecuencias que tendría el que se diera a conocer: personajes públicos, miembros del gobierno, el Rey mismo son dilapidados en críticas realistas y claras. Sus opiniones sobre todos estos personajes no podía compartirlas con nadie más que con él mismo, y con su diario.

La selección de Renacimiento recoge los momentos históricos más destacados narrados escrupulosamente, numerosos pasajes de sus aventuras eróticas – que Pepys cuenta sin ningún pudor – y gran cantidad de anécdotas sobre la vida y costumbres de la época y de su entorno. Tras la conclusión del Diario, la vida de Pepys sufriría cambios de una gran importancia: Elisabeth Pepys moriría poco después de concluir el diario. Él no volvería nunca a contraer matrimonio pero no cabe duda de que sus aventuras continuaron. Su trabajo en la Marina daría paso al Parlamento Británico y a la P de la Real Sociedad. Su tesoro económico aumentó considerablemente beneficiando a él mismo y a sus familiares más cercanos.

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El sí de las niñas (Leandro Fernández de Moratín)

En su época (s.XIX), los matrimonios no entendían de sentimientos, sino que eran simplemente una imposición familiar. De aquí viene el drama de esta magnífica obra. Moratín, a parte de crear un libro de gran calidad literaria, intenta y desde luego consigue, hacer pensar, moralizar… lanzar un mensaje lleno de sentido y absolutamente necesario para con su contexto cronológico y social.

Hombre de vasta cultura, Leandro Fernández de Moratín, fue un polifacético autor que se atrevió con varios géneros. Así, escribía poesía, prosa y ante todo, teatro. Con la comedia: “El sí de las niñas” Moratín quiere, sobretodo, educar. Para ello hace una fuerte crítica a las familias que se mueven por interés, así como a los jóvenes que aceptan el matrimonio para lograr la estabilidad económica deseada.

En cuanto a contexto, tras el esplendor y la expresividad del teatro Barroco del siglo XVII se instala una nueva concepción artística, caracterizada por la contención. Se trata del Neoclasicismo del siglo XVIII. Así, el teatro Neoclásico, haciendo honor a su nombre, se ajusta a las normas clásicas. Una de éstas, muy relevante, es la observación de la regla de las tres unidades: de tiempo, de acción y de lugar. Además, busca moralizar y/o educar al público. Nos referimos a la época ilustrada, cuyo exponente literario es “El sí de las niñas”. En ésta, Leandro Fernández de Moratín transmite, a través de lo teatral, su crítica óptica acerca del amor por conveniencia. Al autor le debemos el haber sentado las bases del teatro español contemporáneo.
En la época de la Ilustración, también conocida como Siglo de las Luces, la tendencia general es la de seguir los dictados no del corazón sino de la razón. Se creía firmemente en la evolución de la ciencia, en la cual hallamos muchas respuestas. De este modo, mirar la realidad con la cabeza fría implica también hacer una crítica a todas las creencias establecidas.

Con respecto a la localización espacial, los hechos ocurren en un lugar concreto, en una posada de Alcalá de Henares. Dentro de esta posada, la acción se concentra en una sala de paso, en el primer piso. Se trata de un lugar espacioso, que consta de una escalera para bajar al piso de abajo. Y aunque casi todo ocurra en este lugar, la verdad es que se hacen referencias continuas a otros sitios y a anécdotas ocurridas allí como son los lugares de procedencia de los protagonistas.

La localización temporal puede ser considerada como lineal. Todo empieza un día a las siete de la tarde y termina a las cinco de la mañana del día siguiente. Sin embargo, hay algún que otro flashback. Algunas retrospecciones, saltos al pasado, que sin duda, enriquecen la obra. Ejemplo de ello es, cuando el acto tercero, don Carlos cuenta cómo, cuándo y dónde conoció a Paquita.

En cuanto a argumento, la joven Paquita ha recibido la formación de un convento de monjas de Guadalajara y no ha tenido la oportunidad, aún, de conocer el mundo. Es inocente e inexperta. Por parte de su madre, se encuentra destinada a un hombre mayor, don Diego. Pero Paquita está totalmente enamorada de don Carlos, un militar, sobrino del anciano. Todo esto sucede en una posada, a la que asiduamente acude don Carlos para evitar la boda de Paquita, sin conocer la verdad: que ésta está prometida con su propio tío. Pero cuando consigue enterarse de todo, don Carlos renuncia a su amor. No obstante, el anciano resulta ser un hombre de bien que acaba entendiendo a la joven pareja y entonces se acaba sacrificando por ello. Así, da su bendición a doña Francisca y a don Carlos, en contra de doña Irene y de su déspota voluntad.

El tema que toca Moratín está muy en la línea de la mentalidad de entonces. Y es que retrata una de las tribulaciones de finales del siglo XVIII que es el extremo respeto que hay hacia las autoridades y las normas establecidas. También está el tópico del amor verdadero, en contraposición al amor interesado. Se cuestiona además el papel de la mujer en la sociedad. De hecho, en los artículos de prensa se expone el rol de la mujer en la familia, el acceso que tiene a la formación. Todo ello se exhibe en un momento histórico, el 23 de marzo de 1776 cuando Carlos III obliga a los hijos menores de 25 años a aceptar la decisión paterna sobre el hecho de casarse.
El estilo de Moratín tiene el poder de arrancarnos una sonrisa en más de una ocasión. El autor saca en todo momento su lado más cómico, aunque eso sí, nunca deja de penetrar en los problemas más controvertidos de la época. Por otro lado, el diálogo tiene un papel muy significativo en esta obra. Casi toda la acción se nos presenta a través de éste. Además, las grandes soluciones de los conflictos que se nos exhiben vendrán a partir del diálogo.

El lenguaje se puede calificar de moderno, ya que tampoco dista mucho del castellano actual y se entiende todo sin ningún problema. Además éste tiene una fuerza dramática muy considerable. Luego, cada personaje tiene su propia habla, quedando así perfectamente caracterizado.

A modo de conclusión, “El sí de las niñas” puede considerarse, en cierto modo, como una biografía del propio Moratín. Y es que a él mismo, cuando era un muchacho, le tocó vivir un caso muy parecido al relatado en el libro. Así, de joven se enamoró de Sabina Conti, la cual tuvo que contraer matrimonio con su primo hermano, el autor Gianbattistta Conti, que rondaba la cuarentena. Esta vivencia, que indudablemente marcó a Moratín está muy bien desarrollada en “El sí de las niñas” y en “La niña y el viejo”.

Terminaremos, finalmente con un famoso fragmento de la obra: “Paquita hermosa, (la abraza) recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre… No temo ya la soledad terrible que amenaza mi vejez… Vosotros (tomando de las manos a Paquita y don Carlos) seréis delicia de mi corazón; y el primer fruto de vuestro amor… sí, hijos, aquél…, no hay remedio, aquél es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos, podré decir: a mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la causa”. Sin lugar a dudas una gran obra de la literatura.

 

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Herzog (Saul Bellow)

Herzog

Aunque Saúl Bellow había publicado antes seis novelas, algunas de las cuales —The Adventures of Augie March y Henderson the Rain King, sobre todo— fueron bien recibidas por la crítica, fue Herzog (1964) la que lo hizo famoso. El extraordinario éxito de esta novela en Estados Unidos, donde, un cuarto de siglo después de su aparición, todavía se reimprime con frecuencia, es un fenómeno intrigante. Cierto, es la mejor novela de Bellow y una de las más ambiciosas de la moderna narrativa norteamericana, pero no hay en ella, por lo menos de primera impresión, ninguno de los ingredientes que caracterizan al best-seller. Es una novela libresca, atiborrada de citas y referencias filosóficas, científicas, históricas y literarias, muchas de las cuales están fuera del alcance del lector común, ése que no lee para preocuparse, aprender o enriquecerse (ésos son los lectores impuros) sino sencillamente para divertirse. Lo curioso es que ha sido entre los lectores puros donde Herzog triunfó de manera arrolladura, en tanto que los críticos académicos aceptaban la novela con reticencias o la acusaban de nihilista, conservadora, antifeminista o de caricaturizar abusivamente el mundo judío. Tal vez la explicación del misterio resida en el humor que transpiran los monólogos de Herzog aún en sus momentos más dramáticos, en las burlas, juegos de palabras, sabrosas invectivas y grotescas ocurrencias que salpican su desesperación y su angustia, aliviándolas e imprimiéndoles un aire casi juguetón. Ése es uno de los mayores logros de Bellow en el libro: haber conseguido vestir con las alegres prendas de la comedia, una historia que es, de un lado, trágica y, del otro, un severo cuestionamiento de la cultura intelectual —la cultura de ideas— como instrumento para enfrentar la vida corriente, los problemas del hombre común.

Casado dos veces y dos veces divorciado; autor de Romanticismo y cristianismo, un ensayo que causó cierto impacto en los círculos académicos; padre de dos hijos —uno de cada una de sus ex esposas—, Herzog, que tiene 47 años y pertenece a una familia de inmigrantes judíos rusos que se establecieron primero en Canadá y luego en Chicago, es un hombre presa de la ansiedad, en los umbrales del extravío y la paranoia. Su separación de Madeleine, quien lo echó de la casa después de engañarlo con Valentine Gersbach, a quien Herzog tenía por su mejor amigo y confidente, ha sido, por lo visto, demasiado fuerte para él, un golpe que no consigue encajar. La experiencia lo ha descentrado, puesto en un estado de total confusión y confinado en sí mismo. En la soledad de su conciencia, Herzog se desdobla, para entablar un diálogo consigo mismo, haciendo un recuento de su vida, de sus desgracias y errores, o intenta un imposible diálogo —mediante cartas imaginarias— con todas las personas vivas o muertas —familiares, amigos, enemigos, políticos, científicos, celebridades, etc.— a las que de un modo u otro considera responsables de su infelicidad.

La novela está narrada, con breves fugas al mundo objetivo, desde esa intimidad malherida y doliente del personaje, esa subjetividad a la que el sufrimiento y el rencor vuelven a menudo un narrador sospechoso: la conciencia de Herzog. Éste no es el único narrador de la historia, aunque sus monólogos ocupen la mayor parte del relato; hay también un narrador omnisciente que narra a Herzog, desde muy cerca de él y según la técnica del estilo indirecto libre. A menudo la barrera entre el narrador-personaje que monologa en primera persona y el narrador omnisciente que narra desde la tercera se evapora —el yo se confunde con el él— y el lector experimenta una especie de vértigo, pues en esos instantes el mundo ficticio se vuelve absoluto desorden. Se tiene entonces la impresión de que el entrevero de identidades entre quien narra y quien es narrado simboliza el colapso definitivo de la mente de Herzog. Pero son sólo amagos de anarquía; la realidad ficticia pronto se recobra y reaparece, organizada y estable, aunque siempre falaz.

¿Por qué falaz? Porque la lastimosa historia de Herzog nos es contada desde el punto de vista del propio Herzog, quien de este modo hace a la vez de juez y parte de lo que le ocurre. ¿Debemos creerle a pie juntillas, como finge creerle todo lo que dice y cuenta ese narrador omnisciente, discreto y servil, que jamás osa contradecirlo ni enmendarlo aun en los momentos en que a todas luces Herzog exagera o miente? Sí, debemos creerle. Porque, en las falsedades y truculencias de Herzog, en la distorsión de la realidad a la que lo inducen su rencor y su impotencia —como ocurre con las mentiras de que está hecha toda ficción— se esconde una verdad profunda. Una verdad secreta e inasible, huidiza como el azogue, que trasciende lo episódico y no se puede verificar objetivamente, una verdad sutil cuya silueta sólo se delinea a través de las fantasías (las mentiras) que ella misma inspira.

A medida que progresa la historia, el lector va descubriendo, en los melodramáticos lamentos del personaje, en su patética necesidad de ser oído, compadecido y justificado que se transparenta tan claramente en esas cartas que fantasea sin llegar nunca a escribir, que el culpable de su drama no es su ex mujer, como él cree. Ni su desleal amigo Valentine Gersbach, ni el repulsivo abogado Himmelstein, el deshonesto psiquiatra Edvig o las decenas de personas a las que su neurosis acusa de ser cómplices, en la enmarañada conjura para hacerlo desgraciado, sino él mismo. O, mejor dicho, alguien que, sin ser él mismo, se halla tan incorporado a su personalidad, tan absorbido en su ser, que es el rasgo que mejor lo define.

Ocurre que Herzog, antes que cornudo o masoquista, incluso antes que judío, es un intelectual. Su conciencia razonante está siempre en movimiento, ordenando el mundo que lo rodea y las relaciones con los demás, e, incluso, sus propios sentimientos y deseos. Es un hombre hecho de ideas, como otros lo son de instintos o convenciones; en Herzog, las ideas hacen las veces de epidermis, frontera obligatoria que todo debe cruzar antes de llegar a su cerebro o a su corazón. Aunque él no acabe nunca de entenderlo, nosotros, confidentes de su historia, lo advertimos: el fracaso de Herzog no es haber sido incapaz de conservar a Madeleine o de escribir la obra maestra que anhelaba o de establecer una relación creativa y durable, sino su impericia para funcionar normalmente en el mundo, su ineptitud para adaptarse a la vida tal como es. Ésa es la fuente de todas las desgracias que le ocurren; éstas son apenas consecuencias de la desarmonía radical entre Herzog y la sociedad. Su fracaso es el de las ideas que lo habitan y que se han convertido en su segunda naturaleza: ellas no sirven para vivir. El tipo de cultura que él encarna aparece irremediablemente en entredicho con los requisitos básicos para triunfar o tener una vida normal en el mundo de Herzog.

Éste, pues, eligió mal. Sus hermanos, en cambio, hombres de negocios o constructores, como Will y Shura, son ahora ricos y perfectamente adaptados, acaso felices. La pobre familia de inmigrantes no lo ha hecho mal, desde los duros días en que el padre contrabandeaba whisky; en una sola generación ha trepado muchos peldaños en la pirámide social de América. Pero Herzog se equivocó: esa cultura humanista por la que optó —las laboriosas meditaciones filosóficas, los afanes históricos— sólo le hubiera servido, en la realidad que vive, si hacía de ella —como hace el oportunista Gersbach o como, sin duda, hará Madeleine una vez que se doctore— una técnica de promoción, una herramienta para conseguir poder dentro de la jungla académica, es decir, algo que se ejercita, se enseña y se ostenta. Pero el ingenuo de Herzog ha hecho algo distinto: ha creído en ella, ha practicado esa cultura como una religión, la ha convertido en su moral. Ése es el crimen que está pagando: haber transubstanciado en su vida unas ideas que la cultura del mundo contemporáneo volvió ficciones, algo cuya función social es ahora decorativa. La realidad es impermeable a los valores humanistas, a las ideas y creencias que encarna Herzog y la calamitosa historia de su vida ilustra esta otra calamidad: la de una tradición intelectual que, aunque aletea en los recintos universitarios, se conserva en las bibliotecas y entusiasma todavía a algunos excéntricos como el protagonista de la novela, tiene cada vez menos asidero en la vida colectiva e influye menos en la marcha de la sociedad.

Pero resumir Herzog como una novela que describe simbólicamente la muerte lenta de la cultura humanista en la civilización industrial moderna, sería hacerle un flaco servicio. Porque, aunque también es eso, es, sobre todo, una novela, una vida ficticia que seduce al lector por la riqueza de su verbo (algo de ello se ha perdido en la traducción al español), por su ironía y su comicidad y por la densa atmósfera social, espléndidamente dibujada, por la que evoluciona el desbaratado intelectual Moses Elkanah Herzog.

No es cierto que una novela profunda no pueda ser al mismo tiempo pintoresca. Ésta lo es, en abundancia, con sus impresionistas imágenes de Manhattan —su vida callejera, sus tribunales de justicia, sus apartamentos—, de Chicago, de la campiña de Massachusetts, o con la vivida reminiscencia de la aclimatación de una familia judía rusa a la vida norteamericana. El amargo pesimismo que subyace a la historia, está contrapesado por ciertos personajes risueños, como el científico Lucas Asphalter, que trata de salvar de la muerte, haciéndole respiración artificial boca a boca, a un mono tuberculoso, o el malsonante leguleyo Himmelstein, la caricatura más deliciosa y perversa del libro.

Pero la criatura más pintoresca de la novela es el propio Herzog, quien, a la vez que un símbolo, es también una personalidad concreta pletórica de vitalidad. Estrafalario, ansioso, desbocado, impráctico, inteligente, melodramático, cultísimo, tortuoso y tierno, nos deja una impresión muy fuerte, aunque contradictoria. Es imposible no compadecerlo, porque es verdad que sufre, y, sobre todo, porque su desgracia es haber creído en las «grandes ideas» y haberlas usado como norte de su propia vida. Pero, de otro lado, no hay duda que buena parte de sus problemas se los ha buscado él mismo; e, incluso, es probable que no pueda vivir sin ellos. Porque a Herzog le gusta sufrir casi tanto como plañir, qué duda cabe. ¿Por qué seguiría tan enamorado de Madeleine, si no fuera así? Las mujeres que son dóciles y tiernas con él, como la japonesa Sono Oyuki, o que harían cualquier cosa por hacerlo feliz, como Ramona, a él lo dejan tibio, se desencanta de ellas muy pronto. En cambio, Madeleine, que lo domina y lo maltrata, que lo explota, se le ha metido en el fondo del alma y es probable que nunca la saque de allí.

¿Esa vocación masoquista y plañidera es suya o heredada? Buena parte de la autopsia intelectual a que Herzog se somete tiene por objeto averiguar si las raíces de lo que le ocurre se hunden en la tradición judía de la que proviene, una tradición que él ha abandonado sólo a medias, pues ella reaparece continuamente en sus reacciones y en su memoria. ¿O es más bien el choque de aquella tradición con la cultura moderna norteamericana, la difícil coexistencia de ambas en su persona, lo que hace de Herzog el ser escindido y desambientado que es?

La pregunta no tiene una respuesta en el libro. Acaso Herzog no quiera encontrarla, para poder continuar sufriendo, o, más bien, para seguir exhibiendo su dolor. Ambas cosas no son idénticas ni se implican la una a la otra, pero ambas se relacionan en su caso de una manera muy estrecha. Una interpretación posible es que Herzog sufra para exhibir su dolor ante el mundo, que sea —sin darse bien cuenta de ello— ante todo un histrión. Exhibiéndolo, su dolor se neutraliza a sí mismo, se vuelve otro, un dolor público, para los demás, que se ha emancipado de su fuente y convertido en espectáculo. Acaso el intelectual, el masoquista, el desesperado Herzog sea un hombre de teatro que se ignora, alguien que ha hecho de su vida una representación escénica, una tragicomedia que lo distrae (igual que a sus lectores) del mundo real y lo (nos) marea de ficción.

La alusión al teatro no es gratuita. Al terminar la última página de Herzog el lector queda con la misma sensación dulzona y melancólica con la que sale el espectador de una pieza teatral que le gustó. Aquella historia ocurrió, pero, en realidad, no ocurrió: fue sólo teatro. Una brillante y fugaz simulación de la vida, no la vida; una fantasmagoría que nos engañó, al conmovernos como si hubiera sido realidad auténtica. ¿Es un acierto o una derrota del autor que el lector quede con esa sensación de haber leído sólo una magnífica novela?

Tal vez sea injusto formular semejante pregunta. En efecto ¿por qué exigirle a una novela ser algo más que una obra de ficción? Porque hay ciertas novelas —muy pocas, en relación con tantas que se escriben— perturbadoras para el género. Al leerlas son capaces de persuadirnos de que, contaminados y trastornados por la hirviente fuerza de sus páginas, literalmente desertamos la miserable realidad de nuestros días para habitar esa otra, más rica y perfecta (a veces más cruel y temible), nacida de la fantasía y la palabra, que de alguna manera nos cambió. Aunque es imposible demostrarlo, los lectores de La cartuja de Parma, de La guerra y la paz o de Luz de agosto saben que regresaron al mundo real distintos de lo que eran antes de emprender la ficticia aventura. La existencia de ese puñado de anomalías en la historia de la literatura hace que seamos tan injustos como para exigir de las novelas no sólo que sean, como ésta, excelentes novelas, sino todavía algo más.

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El pabellón azul, Ramón Pernas

El pabellón azul, Ramón Pernas

Tropo Editores 2009; Colección 2ºAsalto

Tamaño: 23×15 cm., Encuadernación rústica

211 páginas, 18 euros

Género: Novela, Ficción

ISBN: 978-84-96911-15-4

Tropo Editores entorna las puertas de

«El pabellón azul», de Ramón Pernas, dentro de la Colección Segundo Asalto, la novela que marca de manera definitiva la trayectoria literaria de Ramón Pernas.

Escritor y gestor cultural, la fusión entre Ramón Pernas y las letras está escrita en su mapa genético: creció entre libros y ha hecho de ellos su profesión y una fuente inagotable de placer. Su segunda novela,

EL PABELLÓN AZUL. SINOPSIS

«El pabellón azul», de Ramón Pernas, dentro de la Colección Segundo Asalto, la novela que marca de manera definitiva la trayectoria literaria de Ramón Pernas. «El pabellón azul», ahora recuperado por Tropo, cuenta con el mérito de ser el punto de despegue del escritor gallego, que se considera «un contador de historias», «un heredero más» de la tradición oral y del realismo mágico gallego, de Cunqueiro, Camba, Fernández Flórez o Cela.

El galicismo militante del autor convierte cada página en un espacio imaginario que envuelve como la bruma a los protagonistas de una historia cargada de emoción y nostalgia, en un estilo sencillo y ajustado a la subjetividad de los recuerdos revividos por el narrador y protagonista.

Un viejo titiritero que antes fue actor, director y empresario ambulante en diversos espectáculos de circo, cine y teatro en diferentes lugares de España y América permite a Pernas bucear en la memoria. Desde su infancia y adolescencia en Italia hasta su establecimiento en Buenos Aires, después de haber recorrido muchos pueblos y ciudades de La Argentina, Augusto Bordino, viudo, retirado y solo en Vilaponte, adonde vino a parar por influencia de su mejor amigo, recuerda toda una vida errante por Europa y América, la peripecia familiar de los Bordino y sus amigos, gentes con alma de cómicos y saltimbanquis que encarnan la libertad y la alegría de vivir en la incertidumbre de la lucha por la existencia, sin perder nunca la fidelidad a sus orígenes y a sus convicciones íntimas.

«El pabellón azul» destila amistad y el amor a la familia y al mundo del espectáculo, con saltos abismales entre el presente narrativo de tristeza y desanimo del narrador y protagonista en Vilaponte y su pasado nómada, de agitación y bullicio, en el circo, el teatro y otras diversiones. Un viaje sin retorno a la vejez y la soledad callada de un titiritero.

La crítica reconoce en él la ironía de Torrente, la poesía de Valle Inclán, la retranca de Fernández Florez, la magia de Cunqueiro y el soterrado humor de Camba. No podía ser menos, se le concedió el Premio Letras de Bretaña 2008 al conjunto de su obra literaria.

Pero para Pernas, poco vale un libro sin lector:

«Al lector quiero hacerlo cómplice, es un reto que me preocupa. Escribo siempre la novela que a mí me gustaría leer».

RAMON PERNAS

Ramón Pernas es licenciado en Ciencias de la Información. Su trayectoria laboral y vital transcurre inmersa en una vorágine de letras: periodista, crítico literario, guionista, director editorial, y apasionado confeso del circo y la bruma de su Galicia natal.

Como escritor ha publicado numerosos cuentos en volúmenes colectivos y es autor junto a José Mario Armero de

Actualmente dirige Ámbito Cultural de El Corte Inglés y colabora como articulista en La Voz de Galicia.

Cien años de circo en España. Se inicia en la novela con Si tú me dices ven (Espasa, 1996), a la que sigue El pabellón azul (Espasa, 1998), Paso a dos, Premio Ateneo de Sevilla en 1999 y finalista del Premio Nacional de Literatura, Brumario (Espasa, 2000), Libro de Actas (Espasa, 2003) y Del viento y la memoria (Espasa, 2006) y Poesía (in)completa. Es Académico de número de la Real y Pontificia Academia Auriense Mindoniense de San Rosendo, y Premio Puro de Cora de Periodismo.

«Pernas es un sentimental y sentimental es esta entrañable novela».

Nelson Marra. «Interviu».

«Ramón Pernas dota todo el relato de un tono de ensoñación y nostalgia que hipnotiza los sentidos».

Antonio Iturbe. «Que leer».

«Texto generado por la memoria con honda emoción y altas dosis de nostalgia y ternura»

Angel Basanta. «El cultural».

«La novela mas visceral e ideológica de un autor que pudiendo serlo todo, solo quiere ser escritor y vanguardia de un modo de pensar que muchos han olvidado»

Antonio Gomez Rufo. «La vanguardia».

«Esta novela está escrita con locuaz pasión, gotas de humor y magia y claridad de argumentos».

Luis Conde. «La esfera/El mundo de los libros».

COMUNICADO DE PRENSA

«Ramón Pernas ha construido esta novela con mimo y acierto»

Javier Goñi. Babelia/El Pais.

«Circo y literatura de calidad. Una de las mejores síntesis que se pueden imaginar»

Manuel Rivas (Presentador del libro).

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EL PABELLÓN AZUL. SINOPSIS

«El pabellón azul», de Ramón Pernas, dentro de la Colección Segundo Asalto, la novela que marca de manera definitiva la trayectoria literaria de Ramón Pernas. «El pabellón azul», ahora recuperado por Tropo, cuenta con el mérito de ser el punto de despegue del escritor gallego, que se considera «un contador de historias», «un heredero más» de la tradición oral y del realismo mágico gallego, de Cunqueiro, Camba, Fernández Flórez o Cela.

El galicismo militante del autor convierte cada página en un espacio imaginario que envuelve como la bruma a los protagonistas de una historia cargada de emoción y nostalgia, en un estilo sencillo y ajustado a la subjetividad de los recuerdos revividos por el narrador y protagonista.

Un viejo titiritero que antes fue actor, director y empresario ambulante en diversos espectáculos de circo, cine y teatro en diferentes lugares de España y América permite a Pernas bucear en la memoria. Desde su infancia y adolescencia en Italia hasta su establecimiento en Buenos Aires, después de haber recorrido muchos pueblos y ciudades de La Argentina, Augusto Bordino, viudo, retirado y solo en Vilaponte, adonde vino a parar por influencia de su mejor amigo, recuerda toda una vida errante por Europa y América, la peripecia familiar de los Bordino y sus amigos, gentes con alma de cómicos y saltimbanquis que encarnan la libertad y la alegría de vivir en la incertidumbre de la lucha por la existencia, sin perder nunca la fidelidad a sus orígenes y a sus convicciones íntimas.

«El pabellón azul» destila amistad y el amor a la familia y al mundo del espectáculo, con saltos abismales entre el presente narrativo de tristeza y desanimo del narrador y protagonista en Vilaponte y su pasado nómada, de agitación y bullicio, en el circo, el teatro y otras diversiones. Un viaje sin retorno a la vejez y la soledad callada de un titiritero.

La crítica reconoce en él la ironía de Torrente, la poesía de Valle Inclán, la retranca de Fernández Florez, la magia de Cunqueiro y el soterrado humor de Camba. No podía ser menos, se le concedió el Premio Letras de Bretaña 2008 al conjunto de su obra literaria.

Pero para Pernas, poco vale un libro sin lector:

«Al lector quiero hacerlo cómplice, es un reto que me preocupa. Escribo siempre la novela que a mí me gustaría leer».

RAMON PERNAS

Ramón Pernas es licenciado en Ciencias de la Información. Su trayectoria laboral y vital transcurre inmersa en una vorágine de letras: periodista, crítico literario, guionista, director editorial, y apasionado confeso del circo y la bruma de su Galicia natal.

Como escritor ha publicado numerosos cuentos en volúmenes colectivos y es autor junto a José Mario Armero de

Actualmente dirige Ámbito Cultural de El Corte Inglés y colabora como articulista en La Voz de Galicia.

Cien años de circo en España. Se inicia en la novela con Si tú me dices ven (Espasa, 1996), a la que sigue El pabellón azul (Espasa, 1998), Paso a dos, Premio Ateneo de Sevilla en 1999 y finalista del Premio Nacional de Literatura, Brumario (Espasa, 2000), Libro de Actas (Espasa, 2003) y Del viento y la memoria (Espasa, 2006) y Poesía (in)completa. Es Académico de número de la Real y Pontificia Academia Auriense Mindoniense de San Rosendo, y Premio Puro de Cora de Periodismo.

«Pernas es un sentimental y sentimental es esta entrañable novela».

Nelson Marra. «Interviu».

«Ramón Pernas dota todo el relato de un tono de ensoñación y nostalgia que hipnotiza los sentidos».

Antonio Iturbe. «Que leer».

«Texto generado por la memoria con honda emoción y altas dosis de nostalgia y ternura»

Angel Basanta. «El cultural».

«La novela mas visceral e ideológica de un autor que pudiendo serlo todo, solo quiere ser escritor y vanguardia de un modo de pensar que muchos han olvidado»

Antonio Gomez Rufo. «La vanguardia».

«Esta novela está escrita con locuaz pasión, gotas de humor y magia y claridad de argumentos».

Luis Conde. «La esfera/El mundo de los libros».

COMUNICADO DE PRENSA

«Ramón Pernas ha construido esta novela con mimo y acierto»

Javier Goñi. Babelia/El Pais.

«Circo y literatura de calidad. Una de las mejores síntesis que se pueden imaginar»

Manuel Rivas (Presentador del libro).

Para más información y fotos:

Prensa.

Cristina

Teléfono

: 692 05 53 05

Correo electrónico

: prensa@tropoeditores.com

«El pabellón azul», de Ramón Pernas, dentro de la Colección Segundo Asalto, la novela que marca de manera definitiva la trayectoria literaria de Ramón Pernas. «El pabellón azul», ahora recuperado por Tropo, cuenta con el mérito de ser el punto de despegue del escritor gallego, que se considera «un contador de historias», «un heredero más» de la tradición oral y del realismo mágico gallego, de Cunqueiro, Camba, Fernández Flórez o Cela.

El galicismo militante del autor convierte cada página en un espacio imaginario que envuelve como la bruma a los protagonistas de una historia cargada de emoción y nostalgia, en un estilo sencillo y ajustado a la subjetividad de los recuerdos revividos por el narrador y protagonista.

Un viejo titiritero que antes fue actor, director y empresario ambulante en diversos espectáculos de circo, cine y teatro en diferentes lugares de España y América permite a Pernas bucear en la memoria. Desde su infancia y adolescencia en Italia hasta su establecimiento en Buenos Aires, después de haber recorrido muchos pueblos y ciudades de La Argentina, Augusto Bordino, viudo, retirado y solo en Vilaponte, adonde vino a parar por influencia de su mejor amigo, recuerda toda una vida errante por Europa y América, la peripecia familiar de los Bordino y sus amigos, gentes con alma de cómicos y saltimbanquis que encarnan la libertad y la alegría de vivir en la incertidumbre de la lucha por la existencia, sin perder nunca la fidelidad a sus orígenes y a sus convicciones íntimas.

«El pabellón azul» destila amistad y el amor a la familia y al mundo del espectáculo, con saltos abismales entre el presente narrativo de tristeza y desanimo del narrador y protagonista en Vilaponte y su pasado nómada, de agitación y bullicio, en el circo, el teatro y otras diversiones. Un viaje sin retorno a la vejez y la soledad callada de un titiritero.

La crítica reconoce en él la ironía de Torrente, la poesía de Valle Inclán, la retranca de Fernández Florez, la magia de Cunqueiro y el soterrado humor de Camba. No podía ser menos, se le concedió el Premio Letras de Bretaña 2008 al conjunto de su obra literaria.

Pero para Pernas, poco vale un libro sin lector:

«Al lector quiero hacerlo cómplice, es un reto que me preocupa. Escribo siempre la novela que a mí me gustaría leer».

RAMON PERNAS

Ramón Pernas es licenciado en Ciencias de la Información. Su trayectoria laboral y vital transcurre inmersa en una vorágine de letras: periodista, crítico literario, guionista, director editorial, y apasionado confeso del circo y la bruma de su Galicia natal.

Como escritor ha publicado numerosos cuentos en volúmenes colectivos y es autor junto a José Mario Armero de

Actualmente dirige Ámbito Cultural de El Corte Inglés y colabora como articulista en La Voz de Galicia.

Cien años de circo en España. Se inicia en la novela con Si tú me dices ven (Espasa, 1996), a la que sigue El pabellón azul (Espasa, 1998), Paso a dos, Premio Ateneo de Sevilla en 1999 y finalista del Premio Nacional de Literatura, Brumario (Espasa, 2000), Libro de Actas (Espasa, 2003) y Del viento y la memoria (Espasa, 2006) y Poesía (in)completa. Es Académico de número de la Real y Pontificia Academia Auriense Mindoniense de San Rosendo, y Premio Puro de Cora de Periodismo.

«Pernas es un sentimental y sentimental es esta entrañable novela».

Nelson Marra. «Interviu».

«Ramón Pernas dota todo el relato de un tono de ensoñación y nostalgia que hipnotiza los sentidos».

Antonio Iturbe. «Que leer».

«Texto generado por la memoria con honda emoción y altas dosis de nostalgia y ternura»

Angel Basanta. «El cultural».

«La novela mas visceral e ideológica de un autor que pudiendo serlo todo, solo quiere ser escritor y vanguardia de un modo de pensar que muchos han olvidado»

Antonio Gomez Rufo. «La vanguardia».

«Esta novela está escrita con locuaz pasión, gotas de humor y magia y claridad de argumentos».

Luis Conde. «La esfera/El mundo de los libros».

COMUNICADO DE PRENSA

«Ramón Pernas ha construido esta novela con mimo y acierto»

Javier Goñi. Babelia/El Pais.

«Circo y literatura de calidad. Una de las mejores síntesis que se pueden imaginar»

Manuel Rivas (Presentador del libro).

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LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES (Junichiro Tanizaki), comentado por Mario Vargas Llosa

La casa de las bellas durmientes

La casa de las bellas durmientes

Leer una novela traducida de una lengua y una cultura tan distintas a la nuestra puede deparar sorpresas. Recuerdo haber quedado deslumbrado, hace años, por el final de una novela de Junichiro Tanizaki que leí en francés. La heroína, luego de padecer toda clase de tribulaciones, se encerraba en su casa a guisar un exquisito plato de pescado. Durante mucho tiempo me quedó rondando este final imprevisto, en el que el sufrimiento y la desazón de la pobre mujer desembocaban en un festín culinario. ¿No revelaba este insólito episodio los complicados refinamientos de una sensibilidad difícil de desentrañar para el occidental? Un amigo japonés destruyó mi poética lectura de la escena, revelándome que el pescadillo de la heroína era, en verdad, un veneno. Lo que yo creía exótica ceremonia de liberación resultó un vulgar suicidio.

Mientras leía el bellísimo relato de Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes, me he preguntado muchas veces cuánto se habría perdido en el trasiego de los signos originales a los recios vocablos españoles, cuántos matices, alusiones, perfumes, referencias o mensajes subliminales desaparecerían en el viaje lingüístico de una historia que, además de ser tierna, excitante y terrible, está tan cargada de simbolismo y de misterio como un texto de alquimia. Pero, en todo caso, lo que se ha conservado de ella es todavía mucho y el lector de nuestra lengua debe bucear en las densas aguas de esta ficción con el ánimo preparado para vivir una experiencia extraordinaria: la de una fábula extraña y seductora que documenta como pocas esa región profunda donde los deseos sexuales y las pulsiones de destrucción y de muerte se confunden, en contubernio inseparable.

La anécdota de La casa de las bellas durmientes parece inspirada en la historia bíblica del anciano rey desfalleciente a quien, para devolverlo a la vida, hacían dormir con una muchacha núbil: «Era ya viejo el rey David, entrado en años, y por más que le cubrían con ropas, no podía entrar en calor. Dijéronle entonces sus servidores: «Que busquen para mi señor, el rey, una joven virgen que le cuide y le sirva; durmiendo en su seno, el rey, mi señor, entrará en calor.» Buscaron por toda la tierra de Israel una joven hermosa, y hallaron a Abisaq, sunamita, y la trajeron al rey. Era esta joven muy hermosa, y cuidaba al rey y le servía, pero el rey no la conoció».

Se trata de un viejo mito o ilusión, que merodea por todas las culturas, y que Eguchi, el protagonista de la historia, recuerda en una de esas noches tristes e intensas que pasa en la vivienda de las muchachas dormidas: «Desde la antigüedad, los ancianos habían intentado usar la fragancia de las doncellas como un elixir de la juventud.» El no es un anciano decrépito y ya muerto para el sexo, como su amigo Kiga, quien le revela la existencia de la casa secreta, suerte de monasterio sexual o claustro de la fantasía, donde los clientes van a pasar la noche junto a jóvenes narcotizadas. Tiene 67 años y una potencia viril aún activa pero declinante; los placeres que él busca allí, si pueden ser llamados así, tienen que ver tanto con la memoria y la imaginación como con el cuerpo. La casa se rige por reglas estrictas, que protegen la integridad de las muchachas, algunas de las cuales son vírgenes: no pueden ser estupradas ni torturadas. Pero, eso sí, están allí para que, caldeadas por la cercanía de los bellos cuerpos desvanecidos, las mentes de los ancianos perpetren con ellas todos los excesos. Eguchi sucumbe a la tentación algunas veces y fantasea crueldades y muertes excitantes para sus dóciles compañeras. Pero éstas son manifestaciones excepcionales. A él, las bellas durmientes, a las que contempla con minucia, arrobo y, sobre todo, desesperación, le reavivan los recuerdos, le devuelven los rostros y las voces de viejas amantes, momentos cruciales de su existencia en los que, desdichado o feliz, vivió la vida con plenitud cabal, o, como le sucede con el recuerdo de su hija menor, violada por un pretendiente y casada con otro, sintió vértigo ante la insondable complejidad del alma humana.

¿Goza Eguchi junto a las muchachas dormidas? Difícilmente podría hablarse en su caso de felicidad, en el sentido de contentamiento con el mundo, consigo mismo y con los demás. Por el contrario, las bellas durmientes con las que Eguchi puede soñar pero no hablar, que nunca lo han visto y que jamás sabrán que pasó la noche con ellas, le dan una conciencia terrible de su soledad así como la juventud y la fresca belleza de sus caras y cuerpos le hacen ver la irremisible decadencia, tristeza y fealdad de la vejez. Sin embargo, La casa de las bellas durmientes no es una obra de estirpe puritana, uno de esos «exiemplos» medievales llenos de feroces acoplamientos para mostrar el horror del pecado. Nada de eso: es un relato en el que el erotismo —es decir, el amor físico enriquecido por la fantasía y el arte de la ceremonia— desempeña un papel capital. La delicadeza de las descripciones del cuerpo femenino y de los turbulentos deseos o las tiernas sensaciones que él despierta configuran a menudo una atmósfera de una sensualidad subyugante en la que todos los objetos del rededor —la colcha eléctrica, el cuadro de paisaje otoñal, las cortinas de terciopelo carmesí y hasta el lejano romper de las olas— se impregnan de carnalidad y de deseo.

Pero, en esta historia, «la chair est triste, helas!», como, en el poema de Mallarmé. Porque quien la protagoniza es un hombre al que la decadencia física da una acerada conciencia de muerte y porque esta casa del sexo es también un lugar lleno de enigmas y rituales, donde, sin quererlo ni saberlo, las bellas muchachas y sus ancianos clientes parecen animar un complicado libreto que alguien, desde las sombras, prepararía para ellos y, presumiblemente, observaría representar.

El personaje más misterioso de esta novela misteriosa no son las muchachas complacientes ni los ancianos que las alquilan, sino la mujer de la posada. ¿Es la dueña o sólo administra el lugar? Ella habla del «hombre que posee la casa», pero a éste nunca lo vemos; ella, en cambio, está siempre allí y toma todas las decisiones. Sombra furtiva, mujer sin nombre, de unos cuarenta y cinco años de edad, cuya voz suena como «un murmullo glacial», la circunda un aura inquietante. En todas sus apariciones comunica una impresión de dominio y de sabiduría que trasciende los límites de una mera celestina. Ni siquiera la muerte de la muchacha morena la inmuta o descuadra su impecable cortesía; su única aprensión, en ese momento dramático, es que Eguchi, actuando de manera atolondrada, «llame la atención». Se diría que no es el escándalo lo que teme, sino la inobservancia de las formas, esas formas rigurosas, secretas —las podríamos llamar también artísticas— que organizan la vida y la muerte en este espacio reservado, con sus leyes y ritos propios, distintos de los del mundo exterior, que es la posada de las durmientes. La sensación del lector es que esta mujer mueve los hilos invisibles de ese pequeño mundo ceremonial, que ella es como su sacerdotisa suprema y los demás personajes los dóciles oficiantes de un rito que ella ha concebido y que sólo ella conoce a cabalidad.

El erotismo es fantasía y es teatro, sublimación del instinto sexual en una fiesta cuyos protagonistas son los oscuros fantasmas del deseo que la imaginación anima y que ansia encarnar, en pos de un placer escurridizo, fuego fatuo que parece próximo y es, casi siempre, inalcanzable. Se trata de un juego altamente civilizado, al que sólo acceden las culturas antiguas que han alcanzado un elevado nivel de desarrollo y muestran ya síntomas de decadencia. El erotismo es incompatible con el espíritu emprendedor y miliciano de los pueblos conquistadores, los que se hallan en pleno proceso de expansión y consolidación, o con las sociedades espartanas, fanatizadas por un dogma religioso o político. En ellas, las energías del individuo son requeridas por el ideal colectivo, y el sexo, fuente de desmoralización espiritual y cívica, es reprimido y confinado a una función reproductiva: traer hijos al mundo para hacer la guerra ó servir a Dios.

El siglo erótico por excelencia, en Occidente, es el siglo XVIII. Siglo escéptico, de desmoronamiento de todas las certidumbres religiosas, científicas y sociales, en el que los ideales y los condicionamientos colectivos se derrumban y el individuo emerge, agigantado, autónomo, liberado de la placenta social y de la coyunda religiosa. La sociedad no se ha disgregado, pero sus instrumentos de control sobre los individuos se hallan tan debilitados y descompuestos que cada cual puede, de acuerdo a sus medios o talentos, tener la vida que le plazca; y la Iglesia, que nominalmente sigue siendo la guardiana de la moral y las costumbres, ha perdido tanto poder y se halla tan relajada y disuelta que, más bien, en lugar de velar porque los instintos humanos permanezcan constreñidos, contribuye a desbocarlos. Disociado de los fines utilitarios y morales de la mera reproducción, el amor torna a ser el territorio privilegiado del placer y un derecho recién descubierto que el individuo hace suyo y proclama a los cuatro vientos, en tratados filosóficos, en poemas y ficciones picarescas, pero, sobre todo, practicándolo, en las formas más barrocas y fantasiosas, ornamentándolo y complicándolo hasta lo indecible. Esta bella fiesta sensual significa, sin duda, de un lado, un gran salto liberador para el hombre, al que la sociedad devuelve, en lo que al sexo se refiere al menos, parte de aquella soberanía que toda sociedad debe recortar y codificar para hacer posible la coexistencia, la vida colectiva. Pero, de otro, significa también llenar las calles y las casas de la ciudad de unos demonios insaciables, de esas bestias ávidas —los deseos humanos— que, sin ataduras ni frenos —y, más bien, estimulados por la moral reinante— no pueden ser jamás satisfechos, pues sus apetitos y exigencias crecen vertiginosamente hasta poner en peligro la existencia misma de la vida gregaria. El erotismo, que comienza siendo, siempre, una fiesta regocijada y feliz, suele terminar en lúgubres o sangrientas hecatombes, porque para el deseo en libertad no hay otro límite que la muerte, como muestran esas atroces devastaciones en que terminan siempre las orgías de las novelas de Sade.

En la civilización industrial moderna el erotismo ha sido, por lo general, despojado de toda carga subversiva, esa vocación contestadora de lo existente —la transgresión de las reglas que regulan la vida en sociedad— que le es connatural, y transformado en un entretenimiento anodino, domesticado y comercial, en una suerte de caricatura de sí mismo. Salvo en el caso de ciertos individuos que lo practican a salvo de miradas indiscretas, en la cata-cumba, como lo que en verdad es: un juego exaltante y peligroso en el que el hombre puede enriquecerse y alcanzar una cierta plenitud; pero también destruir a los demás y destruirse.

Esto está maravillosamente mostrado por Kawabata en La casa de las bellas durmientes: «Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana. En la oscuridad del mundo están enterradas todas las variedades de transgresión», reflexiona el narrador, tan cerca de la conciencia de su personaje que este sombrío pensamiento podría ser del propio Eguchi. La ceremonia que los ancianos vienen a oficiar a la posada es agridulce y patética. Acostados junto a jóvenes insensibles, rememoran su potencia perdida, el fuego vital que incendió antes sus noches con mujeres como éstas, y que ahora es ceniza. El sueño profundo y artificial en el que están sumidas sus compañeras de lecho, garantiza la discreción y pone a salvo a los clientes del ridículo que sentirían, tal vez, al sentirse observados por ellas en los escarceos anodinos a los que sus cuerpos fofos y arruinados las someten. Protegidos de la vergüenza y de la humillación, en ese aposento donde, extrañamente, al mismo tiempo que las muchachas cambia el paisaje que decora la pared, juegan un rato con esos apacibles contornos femeninos y luego se duermen, ayudados por somníferos que forman parte, también, de los servicios de la casa. En las imágenes del sueño tienen, sin duda, los momentos más gratificantes de la noche, cuando el simulacro de goce que protagonizan parece más próximo a ser realidad. Pero esa ilusión puede deshacerse en la muerte, como le ocurre al viejo Fukura, quien pasa de éste al otro mundo en una de esas noches de figurado erotismo.

El sexo es la piedra de toque que revela lo que hay de feo y de triste en la vejez. Comparando su cuerpo con las pieles tersas y frescas, con las formas duras y elásticas de sus acompañantes, Eguchi tiene una conciencia acentuada de su decadencia física, del avance anticipado de la muerte por sus músculos y sus articulaciones. Y esa sensación roe y mata su placer apenas despunta. Pero, en su caso, lo que hay de obsceno y de innoble en los ritos que perpetra con las jóvenes dormidas, se atenúa por la delicadeza de sus recuerdos, por la elegancia y finura de ciertas imágenes que ha preservado su memoria y que la vecindad de las muchachas desnudas actualiza en su conciencia. Como aquel árbol de camelias, cuatricentenario, que vio con su hija menor en un templo de Kyoto, y cuyos racimos de flores de cinco colores diferentes eran tan espesos que tapaban el sol. La descripción es la más conmovedora del libro y también una de las más misteriosas porque, en el estado de la exaltación en que se encuentra el espíritu de Eguchi, los pétalos de la camelia dejan de ser castos y parecen animarse con su tenue «zumbide de abejas», de una tierna e inconsciente sensualidad, como la muchacha que duerme al lado del protagonista.

El pensamiento de la muerte ronda a Eguchi desde hace mucho, pues ya de joven había propuesto a una de sus amantes suicidarse juntos. Aquí esa tentación se reaviva, ante el espectáculo de las muchachas narcotizadas que ya parecen haber efectuado el tránsito y llamarlo desde la otra orilla. En pocas novelas se ha descrito más persuasivamente que en ésta esa pulsión de muerte que parece estar inevitablemente agazapada en la entraña del sexo, por lo menos cuando éste ha dejado de ser simple cópula animal, y se halla ennoblecido por la fantasía y la vocación de teatralidad con que lo cultivan las culturas más avanzadas. Curiosamente, estos progresos de la «civilización» en materia sexual reintroducen en la vida en sociedad una fuente de desquiciamiento y de violencia de los que suelen estar exonerados los pueblos primitivos: entre éstos no se dan, casi, los «crímenes del amor», los que sí florecen, en cambio, en las sociedades donde impera la libertad y donde retroceden los prejuicios y las servidumbres y donde la ciencia ha comenzado a derrotar a la enfermedad y a la ignorancia.

Breve, bella y profunda, La casa de las bellas durmientes deja en el ánimo del lector la sensación de una metáfora cuyos términos no son fáciles de desentrañar. ¿Qué esconde esta historia que, obviamente, no se agota en sí misma? ¿La paradoja de que el sexo, la fuente más rica del placer humano, sea también un pozo tétrico de frustraciones, sufrimientos y violencias? ¿Cómo, en este dominio, la civilización no puede desprenderse de la barbarie? Una novela no tiene por qué dar respuesta a estas preguntas; si sabe suscitarlas, como transpiración natural e inevitable de una fantasía que nos mantiene subyugados durante la lectura y luego pervive y se enriquece en el recuerdo, ha cumplido con creces su función y debemos agradecérselo.

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