Un año después de que esta novela apareciese como libro original en rústica, fue filmada por Jack Arnold con el título de pacotilla El increíble hombre menguante. La película tuvo un éxito relativo, y desde entonces las reimpresiones del libro de Mathe-son han tendido a poner la palabra «increíble» en la cubierta. Esto es paradójico, pues la principal baza de Matheson es, de hecho, el grado de credibilidad que llegó a dar a una premisa absurda. Hay que olvidar la nube de vaporizador radiactivo que desencadena el inexorable proceso de contracción del protago-nista; sólo es un pretexto superficial de «ciencia ficción» para algo que es fundamentalmente una vigorosa fantasía psicoló-gica. Disfrutemos de los plausibles detalles domésticos que siguen, mientras el protagonista descubre que ya no es un hombre para su mujer y termina por convertirse en un escurridizo insecto debajo de los pies de ella. Toda la trama es como una fábula de Kafka en el marco de una Exposición de Hogares Ideales.
Mientras está de vacaciones haciendo un crucero en barco, Scott Carey queda expuesto a la radiación. Pocas sema-nas más tarde, empieza a perder peso y altura. Hace repetidas visitas al médico antes de dar la noticia a su mujer. Ella queda horrorizada: «¿Menguando?… Pero, eso es imposible». Carey le confirma que es verdad. «No sólo estoy perdiendo altura. Cada parte de mí parece estar contrayéndose. Proporcionalmente.» Ya ha pasado de una altura de 1,82 metros a otra de 1,72. A medida que transcurren los días sigue contrayéndose, constantemente. Pasa por varios tests médicos, pero los facultativos están desconcertados. En la calle, los niños empiezan a tomarlo por otro niño, y se ve obligado a abandonar su empleo, mientras que su mujer sale a trabajar: «Permanecía a su lado, rodeándole la espalda con el brazo, deseoso de consolarla pero sólo capaz de mirarla al rostro y luchar fútilmente contra la abrumadora sensación de ser mucho más pequeño que ella». Es como si volviera a la infancia y su mujer se convirtiese en una figura materna.
Sin embargo, Carey no ha perdido sus impulsos sexuales de adulto. Cuando su mujer rechaza sus insinuaciones, se siente «endeble y absurdo comparado con ella, un grotesco enano que pretende seducir a una mujer normal». Cuando se contrae hasta una altura de menos de sesenta centímetros, su frustración aumenta. Espía a una adolescente que ayuda en la casa, pero siente pánico cuando ella lo ve, y echa a correr como un niño travieso. Mantiene una breve amistad con la enana de un circo, pero hasta ella adquiere las proporciones de una giganta a su lado. Pronto llega a tener apenas dieciocho centímetros de altura, y vive en una casa de muñecas que su mujer le ha proporcionado solícitamente. Un día se aventura a salir al jardín, donde es amenazado por un enorme pájaro y arrojado al sótano a través de una ventana rota. Desde ese momento, Carey no existe para el mundo; es demasiado pequeño para escapar del sótano, que se extiende ante él como un terreno desconocido y lleno de peligros, y demasiado insignificante para hacerse oír. Ahora está enteramente solo, obligado a buscar alimentos como un Robinson Crusoe debajo de las tablas del suelo, aterrorizado por las arañas y siempre contrayéndose. Llega a ser tan minúsculo que puede trepar por una tela de araña y escapar nuevamente al aire libre. Allí encuentra una sensación de paz bajo las estrellas: aprende a aceptar su suerte, mientras sigue contrayéndose hasta llegar a nuevos mundos de encantamiento y posibilidades.
Richard Matheson (nacido en 1926) es más conocido hoy por su trabajo en la televisión. Desde que escribió el guión para El increíble hombre menguante ha colaborado en la elaboración de muchas otras películas, incluyendo una notable historia de terror de Steven Spielberg, El diablo sobre ruedas (Duel) (1971). Pero ha seguido escribiendo otras obras, entre ellas una memorable novela de viajes por el tiempo titulada Bid Time Return (1975). Es uno de los principales escritores norte-americanos de literatura fantástica.
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«Luchaba en todas las direcciones, su cuerpo se retorcía y debatía denodadamente. No había arriba ni abajo, ni luz ni aire …» La tercera novela de Golding puede ser considerada como una «fantasía póstuma», es decir, un cuento, no tanto sobre la vida futura, como del momento de la muerte. He tomado este útil término del crítico John Clute. En su recensión de Compañía de Sueños Ilimitada [68] (Foundation 19, junio de 1980), escribió: «Lo que yo llamaría la fantasía póstuma, aunque tal vez pronto pueda encontrarse una expresión mejor, se parece mucho a los
De lo sublime a lo ridículo. A diferencia de Mervyn Peake, Alfred Elton van Vogt (nacido en 1912) es el típico escritor de obras de ficción para revistas de poca calidad. Sus historias absurdamente extravagantes atraían en el tiempo de la guerra a los lectores de las influyentes revistas de John W. Campbell Astounding Science Fiction y Unknown Worlds, en las que durante unos años fue su principal colaborador. Los «casi invencibles animales extraños [de Van Vogt], los largos períodos de sus relatos, las paradojas temporales de las que está lleno, los superhombres casi mesiánicos que lograban sus metas a medida que avanzaban las narraciones y los imperios que dominaban, todo ello presentado en una prosa que utilizaba colores obscuros y toscos pero cuyo sorprendente sentido de lo maravilloso era transmitido con una onírica convicción. Las complicaciones de la trama por las que era bien conocido, y que han provocado mordaces burlas por su carácter ilógico y ridículo … son analizados más a fondo y sus efectos son mejor comprendidos cuando se consideran los repentinos cambios de perspectiva, de justificación y de escala como análogos a los movimientos de un sueño», según el admirable crítico John Clute, en The Encyclopedia of Science Fiction.
«Se regocijaba con el aroma de los hierbajos húmedos y la fragancia de las hojas caídas. Hasta le agradaba el rocío gélido que le salpicaba la velluda piel gris. Lejos del ruidoso sonido metálico y sibilante de la locomotora, se detuvo para escuchar los tenues crujidos de los ratones del campo y atrapó un grillo con un zarpazo de su delgada garra delantera … El júbilo le hizo levantarse, con una alegría transparente y vibrante que nunca había sentido. Elevó su hocico hacia la media luna que estaba ocultándose y lanzó un aullido trémulo y prolongado de puro deleite …» ¿El periodista Will Barbee está experimentando un sueño extraño pero estimulante, o es una realidad? Corre en libertad como un lobo en la noche, con todos sus sentidos despiertos como nunca lo habían estado antes. Una loba blanca lo llama, y parece hablarle con la voz telepática de una bella joven (y colega periodista) que se llama April Bell. Will Barbee ha conocido a April hace menos de veinticuatro horas, pero ya está chiflado por ella. Se encuentran en un
Según el excelente libro de Humphrey Carpenter The Inklings, el profesor J. R. R. Tolkien terminó su gran novela fantástica El Señor de los Anillos [16] en 1949. Sin embargo, el primero de sus tres volúmenes no apareció hasta 1954. Durante los cinco años en que esta obra maestra anduvo su lento camino desde la minuciosa revisión del manuscrito hasta la meta de la página impresa, el buen amigo y compañero de «atisbos» (inkling) de Tolkien, Clive Staples Lewis (1898–1963), lanzó no una sino siete exitosas novelas fantásticas para niños. Se las llama colectivamente «Las crónicas de Narnia», pues Narnia es el nombre de la tierra mágica descubierta por los jóvenes protagonistas de Lewis, una «subcreación» análoga a la Tierra Media de Tolkien. Carpenter nos dice que a Tolkien no le satisfacía, y le disgustaba intensamente el primero de esos libros, El león, la bruja y el armario (The Lion, the Witch and the Wardrobe): «La historia tomaba tan indiscriminadamente elementos de otras mitologías y relatos (faunos, ninfas, Papá Noel, animales que hablan, es decir, todo lo que parecía útil para la trama) que Tolkien consideraba la suspensión de la incredulidad, la entrada en un mundo secundario, sencilla-mente imposible. No servía, y sin más le volvió la espalda». No obstante, las historias apresuradamente escritas de Lewis han encantado a varias generaciones de niños y con frecuencia son releídas por los adultos. Se siguen vendiendo en abundancia, y el primer volumen ha sido adaptado como película de dibujos animados y como obra de teatro popular. Las otras novelas de la serie son El Príncipe Caspian (1951) , The Voyage of the «Dawn Treader» (1952) , El caballo y su jinete (1953) , The Silver Chair (1954) , El sobrino del mago (1955) y The Last Battle (1956) , todas ellas terminadas en marzo de 1953.