La tarde del dinosaurio (Cristina Peri Rossi)

Lo hemos detectado: en la actualidad, hay cierta decepción por la calidad literaria; los cientos de novedades semanales, además de aturdir al lector, en muchos casos le decepcionan. Y un lector decepcionado puede convertirse en un lector perdido. SEGUNDO ASALTO es una apuesta de Tropo Editores por recuperar aquellos títulos que pudieron morir sin conocernos, aquellos autores que serán clásicos mañana. Como botón de muestra, en noviembre de 2007 lanzamos el libro "Museo de la soledad" de Carlos Castán. Ahora, en abril de 2008, le toca el turno a “La tarde del dinosaurio”, de Cristina Peri Rossi.

 

Publicada inicialmente en 1976, "La tarde del dinosaurio", con uno de los escasos prólogos escritos por Julio Cortázar (salvo la Antología del Premio Cervantes 2007, Juan Gelman, publicada en Visor, el disco de tangos de Susana Rinaldi y un libro fotográfico sobre Buenos Aires), que la saluda como una de las voces más fascinantes de la narrativa breve. Citando a Julio Cortázar en su texto de presentación Invitación a entrar a una casa: “Se diría que escritores como Cristina Peri Rossi repiten sin saberlo el oscuro arquetipo del palacio de Barba Azul: habitaciones, corredores de espejos, puertas condenadas o prohibidas, siempre puertas para aquellos que prefieren el horror y la muerte a la renuncia de no abrirlas. Un cuento termina y otros empiezan en la habitación siguiente”. Dice, a continuación, citando a un cineasta aragonés: “Como en Cría cuervos, la película de Carlos Saura, la sola mirada de la infancia triza para siempre una sociedad obstinada en seguir negando lo que es”. Ocho historias de hermanas y playas, de fotografías y desamor, que sufrieron la censura española en 1976 (Editorial Planeta) y que fueron recuperadas en 1984 (Plaza y Janés).

 

“Pensó que si hubiera llevado su pequeña máquina fotográfica (regalo de su padre número dos el día de su último cumpleaños; su padre número uno le regalaba cosas más originales y menos ambiciosas: una caja de fósforos de Teruel, un sello de la guerra de España, o simplemente nada) hubiera podido tomar una magnífica fotografía, una fotografía de gran efecto” (“La tarde del dinosaurio”).

 

Cristina Peri Rossi es, indiscutiblemente, una de las grandes  escritoras hispanoamericanas, y aunque ha destacado en casi todos los géneros, quizá sea el cuento donde ha demostrado mayor originalidad, destreza y versatilidad. Nació en Uruguay, en 1941. En 1974, tras haber publicado dos libros de narrativa, se vio obligada a abandonar su país debido al golpe militar. Desde entonces reside en España, donde ha publicado varios libros que han gozado de una exitosa acogida por parte de la crítica y el público tanto en España y Latinoamérica como en los distintos países donde han sido traducidos. Compagina su trabajo de escritora con seminarios en universidades tanto en España como en el extranjero, y colabora con artículos en periódicos y revistas. En 1994 recibió la beca Guggenheim para la literatura de ficción. Su obra literaria se desarrolla en el campo de la poesía: Evohé (1971), Descripción de un naufragio (1974), Diáspora (1976), Lingüística general (1979), Europa después de la lluvia (1987), Babel Bárbara (1992), Otra vez Eros (1994) Aquella noche (1995) e Inmovilidad de los barcos (1997) y como narradora: Viviendo (1963), Los museos abandonados (1968), El libro de mis primos (1969), Indicios pánicos (1970), La tarde del dinosaurio (1976), La rebelión de los niños (1980; Seix Barral, 1988), El museo de los esfuerzos inútiles (1983), La nave de los locos (1984), Una pasión prohibida (1986), Solitario de amor (1988), Cosmoagonías (1989), Fantasías eróticas (1991), La última noche de Dostoievski (1993), Desastres íntimos (1997), El amor es una droga dura (1999), los ensayos Cortázar (2001) y Cuando fumar era un placer (Lumen, 2003), que será editado próximamente en alemania, Estado de Exilio, en Visor (2003), una recopilación de relatos titulada Por fin solos (Lumen, 2004), Estrategias del deseo, (Lumen, 2004) Poesía Reunida (Lumen, 2005),  y Habitación de hotel (XI Premio de Poesía Ciudad de Torrevieja 2007).

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Orgía en Azul Por Eve Gil

Sigo siendo y nunca dejaré de ser una aprendiz con pocos materiales, pero entusiasta. Una mujer curiosa buscando por las esquinas.
L.Z

La poesía de Lina Zerón es producto altamente flamable, que exige un trato delicado. La llamo producto no en sentido comercial sino para describir hasta qué punto es cuerpo y sustancia. Más que palabras impresas son palabras tatuadas en papel de carne. Quizá por ello sus compatriotas mexicanos han optado por mantenerla lejos: la sexualidad femenina asusta, ofende, pone nerviosos a los señores críticos. Paradójicamente, una sociedad tan conservadora como la árabe ha aclamado, mimado y alabado a esta poeta nacida el 30 de octubre de 1959, en la ciudad de México, quizá porque algo en su poesía —la musicalidad, la invocación frutal, su implícito rechazo al sofisticamiento occidental—remite al Medio Oriente. Es Lina oasis en medio de la poesía artificial-institucional, esa especie de sociedad hermética a la que los lectores de alma sencilla no tienen acceso: Lina, poeta de carne y nervios, habla de lo que nos es familiar y cotidiano, y lo hace con el lenguaje de todos los días, el de la cocina, la tele, la cama, la escuela. Es la suya la poesía que todo humano trae en la sangre, aunque a lo largo de su vida luche por purificarse de ella: enamoramiento, placer, dolor, cansancio, maternidad, lactancia, decepción… temas por lo general desdeñados por quienes consideran que la sabiduría no contempla menstruaciones ni besos. Para Lina la poesía es algo tan suyo como las largas, rizadas pestañas que mira en el espejo cada mañana: “De pequeña, a los 8 años mi madre comenzó a darme lecturas, comenzó con las Fábulas de Esopo, yo debía buscar el significado de las palabras que no conociera, luego fue Mujercitas, Hombrecitos, La Edad de la Inocencia, Demian, etc. La poesía es cotidiana en mi casa, mi abuelo escribía, mi madre también escribe, y mi hermano el mayor. En las tertulias de casa, nos enviaban a la cama pero yo no dormía, escuchaba la voz de mi madre declamando, luego me enteré que la mitad de esa poesía era suya, así comenzó mi gusto por la poesía.”
Lina, que empezó escribiendo décimas a la comida cuando tenía ocho años, es adorada también en el Caribe; traducida en alemán y en francés. Ha publicado la mayoría de su obra en el extranjero, concretamente en Cuba, España, Colombia y Francia, a excepción de la serie de tres libros titulados Luna en abril (CIEN Editores, 1997, 98 y 99). Ella misma se encargó de recopilar la poesía publicada en ediciones foráneas en el libro Los colores del tiempo (Linajes editores, 2005), el cual ha ido incrementándose con cada nueva edición. Recuerdo haber adquirido una edición previa a esta, sin conocer todavía a su autora: su escritura me pareció amorosa en el más estricto sentido sabiniano, es decir, que se desgarra muriéndose del gusto. Tras la relectura se fortalecieron mis primeras impresiones, volví a asombrarme de que Lina, poeta del siglo XXI, escribiera como las poetas “de antes”, como la nada fatua Rosalía de Castro, como la trémula Delmira Agustini, expresando, sin embargo, sensaciones y sentimientos que los ingenuos creen extintos cuando en realidad transcurren entre líneas, callados. Lina se desborda por todas sus contemporáneas, sin ningún tipo de pudor, ni moral ni estético. Es el volcán que se deslava en nombre de todas las que, por cobardía o por esnobismo, callamos. Simplemente se sienta a escribir lo que le dictan su corazón o su deseo, lo cual no significa que no respete a la palabra, antes bien, se viste de Palabra, como cuando, mujer-palabra escribe: “María,/ Madre del cielo y de todas las hembras,/ manifiesta tu poder en la Tierra:/ Convierte en rosas las heridas de Tu Hijo,/ no dejes que la cruz que lo sostiene/ se transforme en puñal para salvarnos./” Y a lo anterior agrega nuestra poeta, que hace de los remates inesperados el distintivo máximo de su poesía: “Líbranos de la discriminación de nosotras mismas.” (“Talibán II”, p. 63).
La mayor preocupación de Lina, que pudiera explicar su popularidad allende nuestras fronteras, es la de establecer un vínculo irrompible con el lector. No es que se desviva por ganarse el amor de su lector, simplemente se lo gana y ya. Sus poemas son muy conversacionales, nos involucran íntimamente. De ahí el empleo del lugar común al que ella misma alude en un poema: su empleo no le causa el menor remordimiento, antes bien, lo domestica, lo vuelve su aliado y hasta lo incorpora a manera de chiste, porque para Lina la poesía no es objeto de veneración (quizá por haber crecido con ella como connatural) sino un instrumento para traducir lo que le hierve en el pecho. Y un lugar común reelaborado, desfigurado, revuelto, zarandeado, deja de ser común: “¿Remordimientos yo?/ Qué va/ Si para dormir exhausta/ cuento mis pecados cotidianos/ en vez de borreguitos negros”. La elocuencia en tan escasas palabras logra el efecto avasallador de la carcajada repentina pero también de una conciencia de poder sobre la palabra que otorga la capacidad de convertirnos en signo al reproducirla. Dice Lina: “Escribir poesía es fluir en la vida, es un gozo, una necesidad, un algo cotidiano repleto de magia. Cuando sufro escribo, leo y releo lo escrito y así sano mi alma, es como si fuera al psicoanalista leer lo que he escrito muchas veces hasta que supero ese dolor.”
El lazo afectivo lector/escritor es en gran medida el centro de su hasta ahora única novela publicada, Posdata para Ana (Amarillo Editores, México, 2003), editada originalmente en La Habana, Cuba y luego en México, escrita a cuatro manos con Phil Manzaneque, autor catalán de prosa definitivamente rompedora, donde una escritora de nombre Julia, en la que es posible localizar guiños autobiográficos, incluyendo ojos color miel, revela a su hija su pasión cibernética por un misterioso admirador del que poco a poco iremos conociendo su pensamiento, sus motivos, su biografía. Humberto, como Julia, es poeta, pero a diferencia de ella, que es casada y madre de familia y empieza a zozobrar en la insatisfacción marital, él vaga por el mundo sin tener la certeza de donde lo sorprenderá la noche. No es, de hecho, la única diferencia: él es más retórico que poético; ella es una poeta pura sangre que se defiende de las arremetidas teóricas de aquel. Pero más allá de una poco convencional historia de amor en que los amantes se enamoran no de personas sino de intelectos, Lina expresa a través de Julia su interesante visión del ejercicio poético: “(…) no confundas querido fauve la piedra con las ondas que produce, ni es el mismo material, ni están en el mismo estado, ni tienen nada en común. La relación de la piedra y el agua es una relación física, como lo es la relación del individuo con su entorno y como lo es la del autor con su obra.” (p. 124)
Aunque hay de todo en la poesía de Lina Zerón, hasta política (¡hasta eso!), es el erotismo lo que pesa más. Un erotismo que, como en la vida práctica (por llamarla de algún modo) es rico en matices, desde el orgasmo hasta la vastedad del lecho vacío, y si bien el título habla de colores, es el azul el que predomina desde el sensual derriére de la portada de Los colores del tiempo, el azul que entinta los besos y hasta la nostalgia, centro mismo de la llama: el corazón del fuego palpita azulmente. Lina es mujer azul, color de la alegría, de la obsesión, del océano y de los listones de la infancia. Finalmente no escribe por rebeldía sino por amor (aunque la rebeldía levante de pronto la cabeza); el amor cotidiano, el que duerme en la almohada adjunta, y lo insólito: se declara amor a sí misma, el mayor de los escándalos y las audacias, porque se supone que las mujeres somos obras de arte inacabadas que por consiguiente no podemos gustar de nosotras, más aún, se supone que debemos aborrecer nuestro cuerpo y vivir corrigiendo defectos (o fingir ante la sociedad que los corregimos, da igual)… pero como a Lina le importa un comino lo que los demás esperan de nosotras, le canta a su propia belleza, a su propia madurez y a su propio genio. Como señala el poeta Óscar Wong en su hermoso prólogo al libro que nos ocupa: “Yo la he visto luchar acurrucada en una piedra pugnando por emerger a la hostilidad del mundo, como una oruga ansiosa de metamorfosearse en mariposa (…) ha sabido crear un lenguaje propio de una frescura inigualable.”Pero… ¿es posible escribir poesía erótica y ejercer una crítica socio política al mismo tiempo? En la más pura tradición de Margaret Randall, Fina García Marruz o Gioconda Belli (no es casual que mencione exclusivamente féminas: a ellas se les da mejor esta exótica combinación), Lina Zerón no concibe la separación cuerpo/alma como tampoco que el cuerpo erótico y el cuerpo político tengan que desarrollarse en distintas direcciones, sin coincidir jamás. Su libro Ciudades donde te nombro (Ediciones Unión, Col. Sur, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, El Vedado, Cd. de La Habana, 2006), donde, haciendo justicia al título, recorre el territorio del cuerpo amado asociándolo a una serie de ciudades no nombradas pero reconocibles (y no precisamente por sus lugares comunes); donde más allá del regodeo verbal-visual y la descripción de paisajes o reflejos, la poeta evoca la atmósfera política y sensual y la huella que cada una deja en la memoria de su piel: “En la noche las ánimas crepitan de horror/ en esta ciudad de cenizas esparcidas/ y los retratos familiares desfilan con pancartas/ ¡No mi hija, ni una muerta más!” (p. 46). Lina Zerón es, en este sentido, una poeta tradicional que le canta al amor pero también una poeta con un discurso politizado que no caduco sino de vanguardia. Entre las poetas de su generación es muy difícil encontrar tal conciencia de la situación del mundo y, más difícil aún, que esa conciencia sea dirigida no por una ideología sino por el deseo. Lina se dirige al cuerpo, propio y ajeno, como cualquier otro se dirigiría a la Patria, con una suerte de reverencia erotizada. La voz poética de Ciudades donde te nombro contempla el sexo del amante con la misma franqueza con que contempla la belleza natural de una ciudad, de un litoral. La feminidad y el feminismo se manifiestan sin revestimientos ni complejidades. Por vez única se fusionan en una sola cosa: “En esta ciudad cada minuto muere una canción de cuna/ de una hija que no nacerá/ por el pecado de ser hembra./ La extraerán mil cuchillas del útero de su madre/ y por estirpe podría ser emperador si hombre fuera/ pero es luna, es mar, es loba, es mujer.” (p. 62). En su libro de relatos, Minicrónicas de listón y otros cuentos (Editorial Nido de Cuervos, Colección Nuevas Corónicas, Lima, Perú, 2007), Lina muestra una faceta que no se advierte siquiera en su novela, donde la poeta rebasa a la novelista. En Minicrónicas esto no sucede pues para empezar se da prioridad a la imaginación por encima de los elementos antes enumerados: Mujer estufa. Mujer escoba. Mujer plancha. Mujer armario. “Hembra-domésticos” ¿Y tú, quien eres?, La respuesta de Lina Zerón dejará helados a más de dos: Mujer libro. ¿Qué futuro le espera a una Mujer Libro en una sociedad donde la enseñanza multimedia pretende desplazar a la lectura, hasta en las escuelitas destempladas? Mucha pantalla y pocas nueces, diría el inmenso bardo. La Mujer libro que es Lina Zerón se le impone enérgica a quienes insisten en vernos a las mujeres como estufas, planchas, escoba… o computadoras (supongo que así nos ven a las escritoras) y deja fluir libremente su congénita ironía, para nada imperceptible en su poesía pero potenciada en sus relatos. El relato aludido, “Marido y mujer”, es una sátira de ese mundo que ingenuamente creímos dejar atrás y que sin embargo pervive en los discursos políticos, obispales y de fanáticos antiabortistas: “(…) una mujer nace el día de su boda y muere cuando muere el marido: todo lo demás es para la vida o prepararse para la muerte (…)” (p. 86) Con Minicrónicas de listón y otros cuentos, Lina incursiona de lleno y con artillería pesada en el género narrativo, abriendo con una serie de relatos tan breves que son casi aforismos (y ella llama mini-crónicas) y recuerdan a su poesía que mucho tiene de narrativa y de aforística. Nuevamente sale a relucir su ausencia de temor, que no de respeto, a las palabras devaluadas, de suyo relacionadas con lo femenino: menopausia, amor, enamoramiento, pasión, deleite, dolor, cocina, aunque como en su poesía les imprima una significación política, es decir, feminista.
En su retorno a la poesía con Consagración a la piel (Ediciones Atenas, Barcelona, 2007), Lina Zerón se nos presenta en plena madurez de sus facultades poéticas y humanas. Hay, si eso es posible, mayor rotundez en sus versos, mayor voluntad de vincularse con referentes literarios y de recrear la poesía misma. Se trata de la más inconcebible declaración de amor a sí misma que por eso involucra a todas las mujeres en una especie de carnaval de palabras: “Benditas las que son tormenta, río sin cauce/ a las que llaman locas, revoltosas,/liberadas, feministas, /y son capaces de atropellar al viento con una mirada (…) Benditas las hembras con fracturas y fragmentos/ Benditas Nosotras, matriz del universo.” (p. 12). Merecedora de la Medalla de Oro, Montevideo, Uruguay en 2003 y del Premio Barcelona 2004, autora de una decena de libros publicados en el extranjero o costeados de su propia bolsa, Lina declara su independencia creadora no solo mediante al autoexilio de la escena institucional de la poesía mexicana, sino sobre todo de la autenticidad de su voz poética y la franqueza de sus ideales: “Vivimos en el patio trasero más grande del mundo…” (p. 39). Prepara la biografía de Claude Couffon, quien fuera traductor y amigo de los más grandes escritores latinoamericanos, entre ellos Octavio Paz y Julio Cortázar. Tuvo a su cargo la columna “La furia del pez” en El Financiero durante 5 años.  Es madre de dos hijos y una hija que recién obtuvo su maestría en España.

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Puntas de lanza que iluminan de golpe (Alejandro Campos Oliver)

Leo Minicrónicas del listón y otros cuentos, (Colección Nuevas Crónicas, Editorial Nido de Cuervos, Lima, Perú, 2007) de la que conozco más como poeta errante: Lina Zerón. El libro, sobria y cuidadosamente editado, presume una segunda edición en menos de 3 meses. La primera sección, Minicrónicas del listón son una serie de estos cuentos vertiginosos, proteicos, heterogéneos que tanta afinidad tienen para la velocidad-lectura que delimita la vida cotidiana de las grandes ciudades.

Yo, comienzo a regocijarme con ojeadas de brincos a vuelo de pájaro en sus páginas y entre risas y pensamientos de digestión que ocasiona cada “ficción súbita”. Veo la lectura fragmentaria que la gente hace del periódico que regalan en el metro. Entiendo porque esta modalidad narrativa que tienen una hilera de nombres (minificción, ultracorto, brevísimos, textículo…) tiene tanto éxito y vitalidad hoy día.

Los “relámpagos” de Lina se inscriben demostrando porqué desde de la segunda mitad del siglo pasado son preferidos por los autores para abonar en los senderos de la crítica, la ironía, el humor y la sátira. Sus “retazos” no sólo evidencian una habilidad estilística depurada, sino esa intensidad expresiva y concisión de poeta oficiosa. Fronterizos con  la noticia periodística sigo leyendo.Trato de inquirir si Lina disfruta más mientras escribe o cuando los lee ante sus auditorios numerosos siempre atentos. Leo con espíritu de gozo dialogado. Y mientras el “relato vertiginoso” “Declaración absurda” me deja pensando, yo he pasado la estación donde tenía que hacer mi caída. Arriba, la lluvia me obliga a tomar taxi.

Llego a casa. Corroboro que en la página 17 comienzan los que remiten a este sabor sui generis de nuestra asqueante política mexicana. La inseguridad, la pobreza, y otros grandes hitos de nuestra “república democrática” son registrados en estos “híbridos literarios” donde “Sellos confusos” me hizo salivar con abundancia. Leo: “Por decreto de la Secretaría de Gobierno del Estado de Puebla queda prohibida la venta de los sellos postales que se emitieron con la fotografía del Gober Precioso, para evitar que los ciudadanos continúen confundiéndose al no saber de qué lado de la estampilla echar la saliva”.

El efecto súbito que producen algunas de sus “viñetas” es para reírse a boca tendida, verbigracia: “Cita a ciegas” o “Inquisitivo”. En la elucubración de un origen que le da vuelta de sombrilla por completo a nuestras creencias, sobresalen: “Jardinero inteligente” y “De suerte”.

“Entre almohadas” y “Maquillaje Perfecto” pueden decirnos porqué la actual creación literaria tiende a esfumar las fronteras entre género y género, por ejemplo: prosa y poesía. “Duda de color” podría ser incluso un microensayo. Otros de sus “microrelatos” nos muestran los mecanismos tradicionales que sustentan a los exitosos “cuentos cortos”: dualidad soñador-soñado, mundo real-mundo soñado, imagen real-imagen especular, la historia-el revés de la historia, el tiempo-la inversión del tiempo, etc.

Cuando leo emocionado algunos “minicuentos” a un amigo, veo triste que, cuando se trata de intertextos, de referentes literarios, brechas generacionales o tecnicismos  “los retazos” exigen cierta erudición literaria o al menos lectores refinados. Lo mismo debió suceder a los lectores Limeños frente a la falta de las referencias político-sociales de nuestro país. Llego a la conclusión entonces de que el estado de la literatura entre nuestra población puede ser el resultado más próximo a ser un indicador de nuestra “calidad educativa”. Desvarío un poco más, pero continúo leyendo.

Lo que sigue lo urdiría un día después en una sola sentada: La segunda sección del libro “Otros cuentos” la integran cuentos ya no tan cortos, digamos que ya hay cuentos superiores a las 400 palabras. Inician dos cuentos “El velorio” y “La luna en subasta”  estos no serán los únicos que exploran ese realismo mágico de códigos narrados de mundos que se convierten en ficciones que nos atrapan y uno no duda que ello suceda. Lina nos recuerda porqué los maestros del relato corto han sido y son los hispanoamericanos, superando, incluso a los autores en lengua inglesa. Lectora voraz de los autores del Boom Latinoamericano, la autora sabe la importancia de dejar ese agradable sabor agridulce del final inesperado.

“Boquita chiquita” nos enseña cuándo es considerable pensar en una cirugía plástica. “Hierba buena” nos muestra cómo es que una mujer puede volar como “mariposa en éxodo”, “El teléfono” consigue dejar una impresión persistente de interrogantes en el lector, antes y después de que la niña de aquella historia caiga como “flor sin tallo sobre el pavimento”. “En la telaraña de su pelo” evidencia la importancia de recordar los consejos del abuelo, sobre todo si de mujeres se trata. En “Tiro de gracia” se hilvana las palabras como en  una balsa de aceite y tiene un fin que hubieran deseado los amigos de Sócrates.

“Galería nocturna” es una bella historia de una musa -bidimensional de día y tridimensional de noche- y un pintor en que un día, harían sin saberlo “como nunca y como siempre” por última vez el amor. “La boutique del amor” ejemplifica la vacuidad en la que tenemos a un abismal concepto como lo es el amor. “Las primeras vacaciones” y “Mucho macho” me hace recordar porqué Cortázar apuntaba que un cuento es significativo “cuando quiebra sus propios límites con una explosión de energía que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta”; Lina sabe que la ingenua  intención de escribir, esa conmoción que motiva el origen del cuento es insuficiente, su estilo subyuga al lector con alevosía.

“Palabras exactas” aguijonea en sus primeros renglones con sus analogías que atrapan de zarpazo. Es la historia fractal de un escritor que ha extraviado su inspiración, y busca por lo menos “crear una frase que mueva la montaña de la literatura”. Un joven prosista le enseña que la buena literatura, para hacerla hay que sentirla-vivirla, pero talvez lo importante sea que nos muestra como “La ficción es una reflexión sobre el mundo hecha a través de lo simbólico… La ficción es la primera sabiduría consciente de la humanidad, la primera manera de explicar la realidad” (José María Merino dixit). Y en este juego de realidades alternas que dejan asomar con frecuencia las atmósferas mágicas de Lina, logra condensar la verticalidad y horizontalidad del espacio en tensiones atmosféricas que cierran en cuentos efectivos y memorables.

En “Raíces de dolor” y “Crónica de una operación anunciada” expone su claridad entre el equilibrio de escribir y crear una prosa con motivos. Intuyo que en estos dos hay mucho de experiencia vital directa de la autora. “Enferma de mar” refiere los sueños de una cubana y sus andanzas por París, de una mujer que el mar poseía como a veces lo hace el viento a las flores del campo.

“Marido y mujer” sobresale y brilla por sí mismo. Merece mención aparte. Uno sencillamente termina aplaudiendo de pie este texto al finalizar su lectura. Todo su recorrido deja espacios de alta degustación estética, para el asombro e incluso para la meditación. Matizada de imágenes pasmosamente originales y donde los personajes tienen voz propia. El bulbo de la cuestión es que no sólo atrapa al lector desde el primero párrafo y no nos suelta hasta el final; o que parta y desarrolle el discurso en un punto interesante, álgido, sino que sus textos dejan heridas. Remueven el interior.

“Del color las piedras” también es espléndido ejemplo de su narrativa. Los psicoanalistas gozarán en sus intrincados símbolos. Deberían sencillamente, hacer un largometraje de él. Este cuento, el más extenso y el último del libro, también merece comentario aparte. Sólo destacaré que color verde debería leerse en todos los cuarteles militares del mundo y que color rojo es en verdad excitante…

La unidad de impresión que logra cada cuento de Lina Zerón nos deja efectos que iluminan de golpe. Uno sencillamente ríe, goza, sufre, teme, se excita, y habrá quien hasta se indigne. Pero ese es el éxito literario. Cada palabra, cada sustantivo, cada gesto están dibujados a su medida. Nos sumerge en un conflicto, en lugares inhóspitos, extraños, en situaciones tabú, religiosas, o donde uno sencillamente se siente incómodo, despistado. Sus cuentos son punta de lanza para derribar o cuestionar creencias, ideas, actitudes, funciones. Nos brindan a la sed de la experiencia, la riqueza de un basto contorno imaginativo. Su literatura es una caja de Pandora que despierta diversos latidos íntimos, donde encontramos cuentos vigorosos que cubren historias en poco tiempo, aportando novedad al lenguaje, originalidad, lograda verosimilitud. Donde lo nuevo y extraño se atreven a caminar por ciénagas, en el filo de lo posible e imposible, en la recreación y degustación literaria.

Lina Zerón hace al lector adicto a sus letras. Estoy seguro que más de cinco de sus cuentos sobrevivirán por la carrera del tiempo. Porque cuando uno se asombra con lecturas como estas siempre las tiene en la punta de la lengua para recomendarlas a un amigo. Eso sucede ahora en Perú. ¿Sucederá lo mismo aquí?

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LOS REINOS DORADOS\" DE HOMERO CARVALHO

"LOS REINOS DORADOS" DE HOMERO CARVALHO

Alcides Parejas Moreno

www.columnistas.net

 

Creo que no es aventurado afirmar que estamos viviendo una de las etapas más convulsionadas de la historia del país. Todos los días y en toda la geografía nacional hay varios conflictos que en su gran mayoría son provocados por el mismo gobierno en su afán de enfrentarnos a los bolivianos. Los conflictos se multiplican porque nuestro presidente no hace gestión, sino que se dedica a viajar para hacerse vitorear y cuando está en el país ocupa una buena parte de sus esfuerzos a enfrentarse a sus "opositores", especialmente a los cruceños. Todo esto hace que los bolivianos vivamos cabreados y que estemos perdiendo la esperanza porque el fututo es cada vez más incierto. En medio de esta desagradable situación me he encontrado con algo que me ha devuelto la esperanza y que hoy quiero compartir con ustedes, porque creo que vale la pena.

La semana pasada mi amigo Homero Carvalho me llevó de regalo su último libro, un poemario. Cuando lo tuve en mis manos empecé a experimentar una reacción en cadena. Después de mirar la tapa y hojearlo ligeramente, la belleza me invadió. Es un libro bellamente editado con ilustraciones de Valia Carvalho. El título –"Los Reinos Dorados"-me encantó. Creo firmemente, como dice Homero a lo largo de su poemario, que todos habitamos los reinos dorados; que todos somos parte de los reinos dorados; que los reinos dorados somos nosotros. El título fue mucho más que una invitación, fue una incitación a su lectura. Siempre he dicho que soy sordo para la poesía, que no se leer poesía. El libro me abrió los oídos! El resultado es un enamoramiento total. Enamoramiento de una bella pieza literaria que, además, es un luminoso homenaje a Antonio, el padre del autor, el que hablaba "con la misma pasión / con que se habla / de las mujeres amadas"; el que le aconsejó que escriba lo que le contó, "porque al escribirlo estarás marcando el camino".

El poemario de Homero Carvalho es un canto al mestizaje; un "canto a la sangre", como dice Ruber Carvalho. Un mestizaje altivo que, al contrario de otras culturas, tiene una relación amorosa con la naturaleza ("En los Reinos Dorados/ los hombres y la selva éramos uno"). Un mestizaje diverso en la inmensa geografía americana, pero que tiene un denominador común ("En los Reinos Dorados/ nacíamos con el don del entendimiento / cada nación hablaba su propia lengua / pero todos sabíamos que cuando / alguien decía Amarumayu / se refería al Río de las Serpientes".). Un mestizaje que estuvo mucho tiempo aislado del mundo, protegido de todos los males por el Arco Iris, pero que sin embargo tiene conciencia de la vecindad del mundo (" De vez en cuando / llegaba el viento del sur / recordándonos que no muy lejos / de nuestros límites estaba el frío"). Un mestizaje que a pesar del aislamiento siempre ha sido universal ("Mi padre habla nuevamente / para recordar que los Reinos Dorados / limitan con todos los reinos / y su capital no estaba en ninguna parte. / Nosotros lo sabemos / pero jamás lo diremos / me dice sonriendo y se sirve /un sorbo de refresco de achachairú / luego toma un puñado de almendras /y las va masticando sin prisa una a una"). Un mestizaje que, a pesar de los pesares y sin renegar de su pasado, antes al contrario asumiéndolo, es esperanzado ("Y el mundo sigue naciendo / en los territorios de los Reinos Dorados / en los bosques, sabanas, ríos y arroyos /germinan nuevas orquídeas, libélulas azules /etores escarlata, bejucos lluvia de fuego. / En los territorios / de los Reinos Dorados/ el mundo sigue naciendo / sin pasado que nos gobierne /

ni tristeza que nos condene / el mundo es hoy y nosotros / los amantes de este nuevo tiempo").Un mestizaje que nos muestra de manera luminosa el camino ("Nos dejaron sus palabras / y su sangre que como los ríos / se unen en alguna parte y / van a un solo destino").

Gracias, querido Homero, por tan bello libro que deberíamos leer todos los bolivianos para hacer reverdecer la esperanza.

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DONDE OLVIDO MI NOMBRE (Pablo Gianera)

"Donde olvido mi nombre", es el título del tercer libro de poesía de la escritora argentina Alejandra interpela ciertas certezas del lector. Porque ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción?

El título resulta perturbador, desapacible, y, a la vez, depara algo parecido al consuelo. Hay allí algo que, por fuera de la primera persona, interpela ciertas certezas del lector. Muchos de ustedes recordarán que la inteligencia alucinada de Georg Christoph Lichtenberg propuso el problema existencial de un cuchillo sin hoja al que le falta el mango. En la misma línea, podríamos preguntar, con menos autoridad pero igual absurdo: ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien, para matizar: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción? La materia prima de la literatura  (esto es algo que Roland Barthes sabía muy bien) no es lo innombrable sino lo nombrado. Toda tentativa de escribir implica siempre un promiscuo concubinato con un lenguaje anterior, con una clasificación nominal que la historia, el mundo y los otros nos imponen como algo dado. No se trata entonces, como podría pretender un romanticismo desvelado, de exhibir el blasón de una palabra conquistada al silencio. Por el contrario, el modesto triunfo del poeta consiste acaso en restituirle a la palabra su fondo de silencio en la estridencia de las cosas. ¿Cómo articular una voz audible en la selva espesa de una lengua corroída? 
El método que elige Alejandra se inscribe en el más puro arte de la crítica. “Es éste/ mi trabajo/ en el río:/ separo/ las piedras/ del oro”, se lee en “Lenguaje”, la segunda parte del libro. No es casual que las otras dos partes se llamen “Huesos” y “Mundo”. Entre los huesos y el mundo está el lenguaje, “la tumba/ del lenguaje”, para ser más exactos. Los huesos, la insistencia en ese resto reverberante, en ese vestigio que ha perdido la carne, que está más allá de la carroña, y que, sin embargo, pervive, no es nueva en los poemas de Alejandra. Pero aquí los huesos devienen casi una opción, la opción por la renuncia al nombre como contracara de la sobrenominación.    
         Donde olvido mi nombre enuncia y postula la existencia de un lugar, una topografía en la cual, justamente, se olvida un nombre, el propio. Nada que ver con los éxtasis místicos. Lejos de cualquier excepcionalidad, casi podría decirse, como dijo alguien, que los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía. ¿Pero qué pasa cuando la obra propone olvidar el nombre que sostiene esa biografía? Si la identidad vacila es porque se mira en el retrato adulterado por la corrupción del lenguaje. “Perdí mis rasgos/ y toda cortesía/ desde que habito/ en las sobras/ del lenguaje”. Porque, esto no es ninguna novedad, el lenguaje está muerto. En un ensayito de 1969, el poeta cubano Virgilio Piñera hablaba ya con alarma del enorme número de palabras muertas; denunciaba allí la inoperancia literaria de palabras tan sencillas como salón, tetera, frazada o escoba. Así las cosas, no queda más que la ilusión adánica de inventar una lengua nueva, o bien, como aquí, “reparar las sílabas/ deshechas por la duda”. Con esas “sílabas que ya nada nombran”, Alejandra crea, y se crea, en “una lengua de retazos”. La novedad ocurre cuando, en la intemperie de la hoja, esos retazos se iluminan con la incandescencia de la epifanía.  
Esa epifanía irradia aquí su propia fragmentación. Los poemas estallan en la página como apariciones de un presente detenido que, sin embargo, condensan un pasado que los antecede y un futuro que los prolonga. Pero nada sabemos de esas temporalidades tácitas. Esos tiempos son el enigma. Y el poema, la respuesta a una pregunta que se desconoce. O, más lógicamente, la pregunta por una respuesta que se ignora. Por ejemplo, la pregunta por lo que fue. Los versos de Alejandra son tímidas miniaturas verbales rodeadas de silencio, se reconocen y se reflejan en “el espejo del silencio”. Pero ese silencio no es la simple ausencia de palabras y de sonidos. Es más bien el espacio que se abre alrededor de las palabras, la inminencia de la palabra que va llegar y el eco de la palabra que, ya dicha, se repliega. Es de ahí, de esa zona ciega, de donde procede el sentido. Se trata de una zona de tensión que antes pudo resolverse en el grito, pero que adopta ahora la forma de una música discontinua, una secuencia de acordes en tono menor que registran un drama asordinado.   
Sugerí hace un momento que los versos eran tímidos. Quisiera agregar ahora que, como pasa siempre con los tímidos, estos versos son también capaces de la mayor dureza e impiedad. Las líneas que, a modo de pórtico, arrancan al libro de la nada conducen a uno de los núcleos dramáticos de la poesía de Alejandra: el dolor de lo que se pierde, “ese fragmento de la ciudad que fuimos”. El desamparo del que se habla no es ya solamente histórico –como en Río partido, su primer libro– sino sobre todo, si se me permite la grosería, cósmico: “Lo trae el invierno, y también la luz que traviesa una madeja de ramas”. Pero esta poética es dura también por su resistencia a ciertas estéticas dominantes en el colorido panorama de la poesía argentina actual. Secados ya los barros más oscuros del neobarroco (para el que, sin más, estaba bien todo aquello que menos se entendiera), algunos poetas catódicos atendieron el canto de sirena del tecno-populismo; otros, en cambio, creyeron que para hablar de poesía era necesario cultivar la reacción. La poética de Alejandra no es en absoluto aquiescente o claudicante frente a este dilema circunstancial. Antes que nada, elude dos peligros: la palabra ungida y las cómodas luminarias del vale todo. Con Donde olvido mi nombre, Alejandra le da continuidad a la voz reconocible de sus libros anteriores, atados a éste por el hilo frágil de la intimidad. Porque creo que de eso se trata: de la escritura de una épica de la intimidad. Lo hace, además, sin caer en las convenciones de la vieja lírica sentimental. Vuelve a mostrar que es capaz de unir la claridad con el misterio, capaz de exhibir una pericia prosódica que, de tan delicada, se percibe con la misma felicidad de algunos sueños, y de permitirse aun el uso imprevisto, prehistórico, de la palabra “crústula”. Y, lo más importante, confía en que esa palabra, y todas las demás que hacen sus poemas, tiene, todavía, sentido, y que ese sentido puede, también todavía, transmitirse. Si no fuera así, no se explicarían estos versos, posiblemente los más hermosos del libro, que me gustaría citar: “si dedicara/ mi tiempo errante/ a estas sobras/ extraería al fin/ las latas con anzuelos/ el paraguas anaranjado/ las letras caligráficas”. A propósito, una duda: ¿hará juego ese paraguas con el vestido anaranjado del poema “Marinamente” de Río Partido? 
“Si digo agua, ¿beberé?”, preguntó una vez otra Alejandra. Y esta Alejandra le contesta: “La palabra/ fuego/ me abriga”. La pausa del corte de verso introduce una indecisión. ¿Es la palabra “fuego” la que abriga? ¿O la palabra es fuego y por eso abriga? Queda en los lectores la respuesta. En cualquier caso, permanece la demanda  de volver al grado cero y construir de nuevo “casas de palabras en medio de la nada”. Alejandra Correa constata aquí que el verdadero olvido de sí consiste, paradojalmente, en el acto valiente de seguir nombrando. Tal vez sea ésa la guerra que no termina.

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