El bosque de la larga espera ( Hella H. Haasse)

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Hella S. Haasse (Java, 1918) es la gran autora holandesa del siglo XX y probablemente la autora de narrativa histórica viva más importante. Autora también de ensayos, poesía y teatro, ha sido galardonada con numerosos premios nacionales e internacionales, traducida a casi todas las lenguas europeas y su obra es objeto de estudio en las universidades de los Países Bajos. Entre sus obras más destacadas se encuentran las novelas históricas Los señores del té, La ciudad escarlata y Un gusto a almendras amargas.

El bosque de la larga espera es uno de los frescos medievales más impresionantes y completos que ha dado la literatura del siglo xx, sólo comparable a El puente de Alcántara. Centrada en la guerra de los Cien Años, a caballo entre los siglos XIV y XV, por sus páginas desfilan un rey loco y su implacable esposa, un príncipe (Carlos de Orleans) que hereda de su padre la disputa que enfrenta a su familia con la poderosa casa de Borgoña, los reyes de Inglaterra que reclaman tierras en Francia, Juana de Arco y la batalla de Azincourt, entre otros grandes y pequeños personajes que, en su conjunto, ofrecen una imagen fascinante de unos años decisivos tanto para Francia como para Inglaterra.

 impresionante novela. Muy bien escrita, muy bien ambientada, estupenda recreación psicológica de la mentalidad de los personajes que desfilan por sus páginas. Una joya.

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Veinte tochos, ningún tostón

Veinte tochos, ningún tostón

JOSE ÁNGEL GONZÁLEZ
 

Adiós a la añeja excusa de siempre: "No tengo tiempo". Hay por delante horas, días, incluso largas semanas de dulce tedio. Le proponemos que, de una maldita vez, se atreva con algunos de los grandes novelones y deje de lado los libritos leves, en extensión e intensidad, como kleenex higiénicos.

Hay aquí una veintena de propuestas de peso. En todos los sentidos: 16.600 páginas y bastantes kilos, pero también alto calibre literario para cargar el espíritu de aventura, palabras y luz. Veinte tochos, pero ningún tostón.

– Louis-Ferdinand Celine, Viaje al fin de la noche. Rabiosa y lúcida. Debiera leerse por decreto a los 15 años, pero nunca es tarde para bajar a la desesperanza. Furiosamente divertida, antibélica y nihilista. Predice el sin futuro del punk y el nirvana de beber alcohol de garrafa sobre una acera urbana tapizada de vómitos. Edhasa. 640 págs., 22,50 €.

– Fiodor M. Dostoievski, Crimen y castigo. ¿Necesita usted recordar que el verano tiene un irremediable final y el invierno siempre regresa? Asuste a su vecino de bronceado con la desventura de Raskólnikov y, de paso, juzgue su dilema: culpa o expiación. No se merece la catalogación de ser humano quien no la haya sufrido. Debolsillo. 700 págs., 9,95 €.

– François Rabelais, Gargantúa, Pantagruel. Aquellos que sitúan el umbral del escándalo en el vello púbico de Henry Miller, harían bien en repasar la obra de este médico y sacerdote del xvi: desde el mejor material para limpiarse el culo tras la defecación, hasta la ingesta inmoderada de todo alimento y bebida. Satírica desmesura. Cátedra. 700 págs. (2 vols), 19,20 €.

– Robert Musil, El hombre sin atributos. Pesimista pero sarcástica, cubista pero social. Musil arranca todas las caretas del obsceno disfraz cultural del siglo xx, cómplice de la barbarie que culmina en la II Guerra Mundial. Monumental tragicomedia que Musil dejó, tras 12 años de trabajo, bellamente inconclusa. Seix Barral. 1.560 págs. (2 vols), 59 €.

– Sir Thomas Malory, La muerte de Arturo. "Quien crea que Arturo no existió debe ser tratado como un necio", advierte el prólogo. Así debe ser tomada esta epopeya –la primera escrita en lengua inglesa–: con la credulidad que merecen los mitos. Todos los héroes artúricos en su esplendor. Los capítulos finales son hermosísimos. Siruela. 979 págs. (2 vols), 50 €.

– Joseph Conrad, Lord Jim. Otro de los trágicos héroes de Conrad, tantas veces mal clo-nados por el cine y las novelillas de poca monta. "He visto orillas misteriosas, aguas inmóviles, tierras de oscuras naciones (…) Pero todo mi Oriente cabe en aquella visión de mi juventud: un destello de sol sobre una orilla extraña", dice el protagonista hablando por todos nosotros. Pre-Textos. 508 págs, 25 €.

– Stendhal, La cartuja de Parma. Última novela publicada en vida por Stendhal y eterna enemiga de su otra gran obra, Rojo y negro. La opción de La cartuja… garantiza más pasión. La prosa de Stendhal, el gran maestro del realismo a pies juntillas, sigue siendo un asombro. La descripción de la batalla de Waterloo resulta insuperable. Mondadori. 608 págs, 22 €.

– Charles Dickens, Los papeles póstumos del Club Pickwick. Primera novela del gran Dickens, publicada cuando el autor tenía 24 años, esta sátira sobre la filantropía no concede tregua. ¿Necesita usted reír? Éste es su libro. El viejo verde Tupman y el gafe Winkle están entre los mejores payasos de la literatura. Mondadori. 832 págs, 29 €.

– Charles R. Maturin, Melmoth el errabundo. Balzac, Thacke-ray, Poe y Lovecraft celebraron el deambular de Melmoth, mezcla de Mefistófeles, dandi y vampiro, tras su pacto con el demonio. Sobre esta escenografía, la perversidad y el sufrimiento son la materia con la que trabaja el clérigo irlandés Maturin, quizá el mejor de los escritores góticos de su tiempo. Valdemar. 1.056 págs., 16,40 €.

Herman Melville, Moby Dick. Borges la llamó "la novela infinita" porque "página por página el relato se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos". ¿Qué más añadir? Una advertencia: no es un libro sobre ballenas, sino la eterna historia de la batalla contra el Mal. Leerla es tan necesario como inhalar o alejarse de las entidades bancarias. Alianza. 880 págs., 8 €.

José Lezama Lima, Paradiso. Humedad sexual e imaginería barroca para una pieza avanzada (1966) y catártica. Un resumen de la cubanía y, como ella, un palmeral denso de metáforas. No conviene tratar de entenderlo todo, sino nadar con inocencia en una novela que, sin dejar de serlo, refresca el paladar como si se tratase de pura poesía. Alianza. 608 págs., 30 €.

Anthony Burgess, Poderes terrenales. Divertidísimo ajuste de cuentas del cascarrabias Burgess. Todos salen mal parados: Joyce, Kipling, T. S. Eliot, Kubrick, la Iglesia católica, Satanás y la mafia gay. La novela más panorámica del compulsivo fumador (80 pitillos /día), experto en sexo, borracho y afilado crítico de todas las formas del cinismo. El Aleph. 1.008 págs., 26,90 €.

Roberto Bolaño, 2666. La obra póstuma del llorado Ro-berto Bolaño –acaso el más brillante de los escritores en castellano del último medio siglo– es al tiempo feroz, di-vertida y suma-mente triste. Un tour de force sobre la muerte, la literatura y los asesinados sin nombre (en este caso, las mujeres de Ciudad Juárez). Sublime. Anagrama. 1.128 págs., 20 €.

Don Delillo, Submundo. En ocasiones, a DeLillo le pierde su demasiada presente genialidad. Aquí, sin embargo, la historia contada a través de las pequeñas historias de los sin nombre aparente fluyen con magia: Frank Sinatra, el siniestro Edgar Hoover, Lenny Bruce, Capote, una pelota de béisbol, los neoartistas de la posmodernidad… En fin, usted y yo. Circe. 712 págs., 30 €.

Cormac McCarthy, Suttree. Uno imagina a los personajes de McCarthy invariablemente sin afeitar, con lumbalgia y una gran herida en el alma. En esta novela temprana, muy anterior a la fama que llegó de Hollywood, no hay excepción: Cornelius Suttree es una especie de Ulysses en Knoxville (Tennessee). Húmeda y cana-lla. El lado bar-budo de la vida. Mondadori. 568 págs., 25 €.

Robertson Davies, Trilogía de Deptford. Uno de los espacios en blanco más sangrantes de los catálogos editoriales españoles está, al fin, cubierto. La obra del canadiense Robertson Davies –una calibrada mezcla de novela psicológica jungiana y crónica negra– es de lectura entretenida y prosa inteligente. Libros del Asteroide. 900 págs. (3 vols), 57,86 €.

Thomas Pynchon, V. Los lectores de Pynchon no conocemos su cara –sólo existe una foto–, pero sabemos bien que está como una cabra. Este fue su debut (1963) y la locura era palpable: la búsqueda circular, en tiempo y forma, de V. y todas sus encarnaciones. Emborracha más que toda la cerveza que sea usted capaz de beber. Tusquets. 520 págs, 22 €.

Lawrence Durrell, Cuarteto de Alejandría. Cuatro tomos, cuatro puntos de vista y un mismo escenario: Alejandría, viciosa y tórrida. Una saga sen-sual que huele a sábanas e invoca el placer de todos los sentidos. Una recomendación del autor: "Ríete hasta que duela y sufre hasta la risa". Trágica, pero rebosante de vida. Edhasa (4 vols). 1.176 págs., 39,80 €.

Wilkie Collins, La dama de blanco. Genio de muchos recursos y maestro de la trama Wilkie Collins, autor de la inolvidable La piedra lunar, también merecedora de estar en esta lista, apasiona con anzuelos de altura. Esta novela victoriana y gótica es tóxica. De propina, uno de los más atractivos villanos: el Conde Fosco. Punto de Lectura. 896 págs., 12,80 €.

John Cheever, La familia Wapshot. El Shakespeare de los suburbios abandona aquí su registro habitual y presenta una saga trazada con tiralíneas (y trufada de algo parecido al realismo mágico en el espacio mítico de Saint Botolphs) sobre una familia de clase alta, sus promesas incumplidas y tenebrosos secretos. Engancha desde la primera línea. Emecé. 624 págs., 24 €.

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NOSTALGIA GEOMÉTRICA DEL CAOS, (Rafael Gonzalo Verdugo)

Nostalgia geométrica del Caos, Rafael Gonzalo (Gonzaver Ediciones, 2001) Rústica hilo. 104 pags.
 www.rafaelgonzalo.es

Puedes solicitar un ejemplar por tan sólo 8€ en la siguiente dirección:  rafagonzalo@gonzaver.com
Rafael Gonzalo es el autor del libro de aforismos “Nostalgia geométrica del Caos”, una singular combinación de profundidad de pensamiento y poesía, donde la ciencia, la historia, el arte y otros conceptos principales aparecen revisados con una expresión de fondo metafórico y una mirada certera y heterodoxa.

  Lo que el lector puede apreciar en estas páginas, lo que le seduce y emociona es la pirueta del hallazgo y el juego de palabras, la vuelta de tuerca de la greguería, las metáforas en ráfaga y la inversión surrealista de las frases hechas para ver qué sale, y siempre sale algo imaginativo y deslumbrante. He aquí algunos ejemplos: “El deber es el derecho del revés”; “Las mujeres no quieren sexo ni seso: lo que quieren es amor”; “Dios es tan humilde que ni siquiera existe”; “La angustia de la página en blanco se combate con humor negro”; “Es justo violar toda ley, a condición de fecundarla”; “La vida y el amor están determinadas por reacciones no sólo químicas, sino también alquímicas, con su azar inexplicable”; “Quien no tiene sueños, tiene dueños”, etc.

Pero no sólo eso: también descubrimos el punto de vista original, muy personal del autor, que suponen sus consideraciones acerca del lenguaje (“Se hablan en el mundo cerca de ¡5.000 lenguas! ¿Cómo decir exactamente lo que se quiere decir?”); o sobre los avatares históricos (“Si la Historia la escriben los vencedores, la Historia es siempre la versión de Caín”); o sus subversivas propuestas para el nuevo milenio (“Que la ciencia abandone atribuciones religiosas y aspiraciones proféticas y regrese al amparo de su vocación generosamente descriptiva: no existen leyes naturales basadas en certezas, sino leyes científicas basadas en probabilidades –la naturaleza no tiene leyes, es libre”).

Un paseo por los entresijos del sistema de poder basta para que nuestro autor desvele los sobrefondos del progresismo y los derechos humanos, tolerantes con las libertades individuales siempre y cuando no pongan en peligro la primacía del Estado. Cuestiona el tabú de la democracia, que modifica lo adjetivo de la dictadura manteniendo lo sustantivo, y valora el fenómeno de la inmigración como mera “importación de pobres”, dentro de un sistema capitalista que se impone en la forma de “imperio absoluto de la producción”. Aboga por la medicina entendida como arte y no sólo como ciencia (“La medicina ha progresado de tal manera que ya no estamos seguros de nuestra propia muerte”). Comprende muy bien a una Iglesia fundada sobre la fe en “Cristo muerto, pero no en el vivo”. El amor le parece –y es una excelente definición– “la respuesta de la voluntad y la inteligencia ante la frustración de no ser todas las cosas”, y la libertad “el arte de gestionar los deseos”. Lamenta la falta de dimensión espiritual de nuestra época, donde la empresa de la filosofía se ha visto reducida a filosofía de la empresa. Y hace una fundamental defensa del insobornable poder libertario de la creación artística, o lo que es lo mismo, de la verdad de la ficción que nos permite superar la ficción de la verdad: “Hoy el arte se considera como un lujo, un objeto o una mercancía y no como un medio de moldear y canalizar nuestra vida emocional, con lo cual el criterio económico prevalece sobre el estrictamente artístico. Pero el arte es, ante todo, el lenguaje de las emociones, y si no las produce o las expresa intensamente no es arte sino artificio, artesanía, artefacto, artimaña… o artillería”.

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TIERRA FIRME DE LA FANTASÍA, (Rafael Gonzalo Verdugo)

Tierra firme de la fantasía, Rafael Gonzalo (Gonzaver Ediciones, 2004). Rústica hilo. 112 pags, 32 ilustraciones a color. www.rafaelgonzalo.es

Puedes solicitar un ejemplar por tan sólo 10€ en la siguiente dirección: rafagonzalo@gonzaver.com

Si tenemos en cuenta las escasas publicaciones originales dedicadas al aforismo y su poco menos que inexistente difusión, la aparición de este libro de Rafael Gonzalo supone todo un lujo para los amantes de este puntilloso género, donde profundidad de pensamiento y poesía se mezclan con gran equilibrio.

 A lo largo de una obra al mismo tiempo tan densa y ligera como ésta podemos disfrutar de afilados y brevísimos análisis acerca de la democracia y la sociedad del bienestar (considerada por nuestro autor como mero fascismo de entretenimiento), los estudios históricos (que a veces se dirían histéricos), la práctica y la teoría del arte, la ciencia, el lenguaje y una gran variedad de temas principales que aparecen revisados con una expresión de corte metafórico unas veces, conceptista otras, pero siempre sorprendente: “El arte es la verdad de la ficción que nos permite superar la ficción de la verdad”; “Cuando damos limosnas repartimos la pobreza, no la riqueza”; “Los enfermos mentales van creciendo al ritmo demandado por la producción de psicofármacos”; “El compromiso político ha hecho que ya no se tome en serio a los intelectuales”; “Con la liberación femenina, las mujeres han perdido la vergüenza, pero no el miedo”; “Los jirones de tela que se prenden en las alambradas son las banderas de la ley del inconformismo”; “Las nubes son puntos suspensivos escritos en la página del viento”; “Si uno tiene más razón que los demás, uno es mayoría”; “Quien cree haber hecho lo suficiente, no ha hecho todavía nada, por lo menos nada nuevo”; “La esperanza modifica los recuerdos”… son algunos ejemplos de estas frases rotundamente brillantes.

Pero además encontraremos una breve sección de agudas definiciones, ya habitual en nuestro autor y, salteando todo el libro, originales microrrelatos camuflados de lirismo. Valga este botón de muestra: “Ahora que te vas para siempre, déjame que te diga una cosa, solamente una última cosa: quédate”.


Dos artículos más extensos: un certero análisis del fenómeno de la televisión (“Llama la atención que el Estado, que gasta ingentes cantidades de dinero en educación, vuelve a gastar cantidades similares en embrutecer a la gente con la televisión”), seguido de un interesante paralelismo entre la práctica del arte y la investigación científica (“La ciencia, al igual que el arte, no se limita a copiar la naturaleza, sino que la reconstruye como hacen los niños con el mundo que los rodea”), ponen un brillante colofón a la obra, sin olvidar las 32 excelentes ilustraciones originales del propio autor, donde la realidad se ve superada y trascendida a un plano más expresivo, con más sugerencias y lecturas.

Al lector que rehuya la trivialidad y la intrascendencia le interesará muy especialmente la introspección implacable llevada a cabo por Rafael Gonzalo en unas páginas de insólita hondura. “Tierra firme de la fantasía” es una obra excepcional, inteligente y heterodoxa, de esa clase de libros que se escriben en legítima defensa.

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El problema de la vertebración del Estado en España (Santiago Mu&n

Mientras España se rompe, se va al garete, es vendida en almoneda a los pérfidos catalanes como solución de compromiso a entregársela al Islam (que lleva siglos reclamándola y ahora controla a nuestro Presidente) y sus políticos afilan refrendos estatutarios, recursos al Tribunal Constitucional y presión mediática, una serie de astutos profesores están copando las librerías con obras dedicadas a reflexionar sobre la cuestión con algo más de calma. No pretenden competir con Pío Moa o Gustavo Bueno, estandartes de la literatura españolista de consumo en sus diferentes nichos de mercado (libros para arrojar a la cabeza de Ministros traidores y obras de mesita de la tele para que las visitas sepan que estás generacionalmente desubicado, respectivamente), pero a este paso, como se generalice la cosa, no podemos descartar ninguna posibilidad. Tampoco que empiece a madurar, al fin, en España, un mercado para la literatura dedicada a la reflexión cultivada. Es que desde que se casan los maricones, la verdad, uno ya no se sorprende con casi nada, por inconcebible y pecaminosos que suene.

Imagínense los efectos terribles que algo así podría provocar en el debate territorial español e incluso en la lucha esencialista-identitaria tan cara a todos nosotros. Porque en vez de tirarse los trastos a la cabeza con el 36, nuestros representantes se verían obligados por culpa de la instruida ciudadanía, no sé, a repensar en serio la estructura de España en tanto que Estado, confrontar posiciones y ver quién se llevaba el gato al agua en plan democrático. Sería un cambio notable respecto a las opacas negociaciones con las que en la actualidad se ventilan estas cuestiones, gracias a un texto constitucional que deja todo abierto y a una tradición de negociación basada en el consenso y en minimizar daños que supone un permanente debate y una constante puja por mejorar posiciones competenciales. Vamos, un asco. Y yo tendría que vender en mercadillos para turistas mis banderas autonómico-independentistas por cuatro perras.

La obra de Santiago Muñoz Machado El problema de la vertebración del Estado en España es una excelente muestra de que el peligro, si bien latente, ahí está. Es decir, de que trabajos de mérito, completos, documentados, que aúnan el esfuerzo de explicar de forma general y entendible algunas de las más habitualmente ocultas en jerga especializada claves jurídicas del asunto con el rigor intelectual, existen. Otra cosa es que el debate público los tenga demasiado en cuenta o trasciendan del mundo de los especialistas o de una pequeña minoría interesada en estas cuestiones. Uno, que es optimista con estas cuestiones, cree que la aparición de estudios como el que reseñamos es una excelente noticia precisamente porque alientan la esperanza de que su misma calidad y claridad ayude enormemente a que este proceso de construcción de una cultura nacional se realice un día. Seguro que así será. Y que hasta las masas instruidas en la Guerra Civil del 34 por Pío Moa, en el fondo, contribuirán a ello. Cierto interés, que es el comienzo de todo, ya han demostrado. Algo es algo.

Frente a las muestras de preocupación y el dramatismo que acompaña a las mismas cuando se plañe la ruptura de España, Muñoz Machado se enfrenta al análisis del problema de fondo, las carencias de vertebración de España en tanto que Estado con cierta tranquilidad. Estudia las diferentes causas que pueden haber dado origen a su debilidad estructural y cómo la afirmación de la nación española no ha logrado históricamente superarlas. Lo hace comenzando, de la mano de Ortega, desde la constatación de la existencia de ese problema de vertebración de España que, a diferencia de lo que ocurrió en el resto de grandes naciones europeas, tan agudamente se plantea y del que ya desde principios del siglo XX se ha sido plenamente consciente.

El autor trata de buscar las raíces del caso de autos, para lo cual acomete una revisión de la evolución de la cuestión nacional y de los diferentes y sucesivos (unos más exitosos que otros) intentos conducentes a la creación de un Estado unitario y centralista a lo largo de los últimos trescientos años. Pero más allá de las más habituales indagaciones esencitarias, rayanas en la poesía, se centra en el análisis de los verdaderos esfuerzos de construcción nacional y de afirmación ciudadana, en lo que podríamos llamar, afrancesadamente, chantiers publics de la nation. A fin de cuentas, todo el análisis parte de la base de que un Estado se vertebra a partir de la existencia de objetivos ciudadanos comunes, de buenas infraestructuras, de comercio justo y libre, de derechos y garantías amparados en leyes iguales para todos que sean respetadas, más que en comidas de coco alemanas, rollos fichteanos y demás salidas de tiesto propias del idealismo romántico. Es decir, justamente de todo lo que no tuvo España desde que existe como tal en tanto que Estado moderno.

Se ponga la fecha donde se ponga (sea en 1705, sea en 1802, sea en 1834), España como Estado moderno ha sido un fracaso desde sus orígenes. Y lo ha sido por la incapacidad o incompetencia de las estructuras estatales en afirmarse en la realización de todas esas tareas, en el mejor de los casos. Cuando no, en el peor, por la inexistente voluntad de acometerlas. Lo cual provoca que, en la época histórica en que los pasos del Estado constitucional han de suponer la uniformización de derechos y deberes, en España se consolidan cuando no constituyen situaciones de privilegio absolutamente excepcionales en el marco comparado. Que esos son los polvos de los que vienen los lodos actuales (desvertebración del Estado en España) es evidente: de la no formación de un estado unitario sólido cuando fue el tiempo histórico, en todas partes, de hacerlo (siglo XIX). A partir de ese momento, todo viene mal dado, pues ciertas regiones, sea por mor de tradición histórica y la aspiración a recuperar cotas de autogobierno perdidas, sea por desarrollarse industrialmente en mayor grado y desear contribuir en menor media al esfuerzo de solidaridad nacional, sea por lo que sea, el caso es que no se sienten ni integradas ni cautivadas por un proyecto nacional español que no sabe hacerse atractivo pero tampoco tiene capacidad para imponerse.

No puede ser de otra forma cuando, por lo demás, demuestra poco interés por sus ciudadanos y su mejora, por integrarlos en un proyecto de país, de nación, de mejora colectiva e individual. También esto último me parece un síntoma más de la debilidad, triste y brutal, del Estado español decimonónico. Y, la verdad, no faltan datos de todo tipo que demuestran la indigencia de los esfuerzos estructuradores de la nación española. Basta comparar las tasas, por ejemplo (testigo que a mí particularmente me gusta especialmente porque creo que es de enorme relevancia), de alfabetización a finales de siglo que Muñoz Machado comenta (las tasas de analfabetos en alemania – 5%; Inglaterra – 5%; Francia – 17%; Italia – 50%; España – 70%). Lo dicen todo sobre los resultados de los proyectos nacionales respectivos. Así como dan bastantes pistas sobre la naturaleza e intensidad de los esfuerzos de construcción nacional realizados en cada país.

Nos pongamos como nos pongamos, la España invertebrada mítica existe. Y es consecuencia de severas deficiencias de concepción del proyecto común. No de unos nacionalismos periféricos insolidarios y mendaces. Tampoco de un Estado fortísimo y represor que ha llevado a una reacción como la que tenemos. El problema es más bien que lo que nosotros teníamos en el siglo XIX era poco más que un remedo de Estado, una estuctura con pies de plomo que servía para más o menos garantizar la seguridad y el negocio de los amos del cortijo. Y así no se va a ninguna parte. A ese proyecto tampoco se han sumado nunca con excesivo entusiasmo las elites de los nacionalismos periféricos, que, al revés, han aprovechado su escualidez para consolidar situaciones de privilegio. Lo que pasa es que ¿hasta que punto se puede criticar apurar al máximo un modelo de rapiña y diferenciación?, ¿cómo cuestionar a los que han buscado y cultivado el privilegio, a través de la historia, de la cultura o de la mitología, cuando nada hacía el Estado por igualar y nivelar sino todo lo contrario?

Se ha llegado así hasta finales del siglo XX, culminando un centenio de, por fin, intentos de mejora y regeneración. Podemos incluso incluir algunas políticas de la Restauración entre ellos. Y a la II República. Y las pretensiones de ruptura con el franquismo. Todos ellos sistemáticamente respondidos, saboteados. La historia de España es desde hace un siglo, casi prácticamente en su totalidad, la historia de la reacción. De la reacción de los privilegiados, que en el fondo lo que han boicoteado sistemáticamente ha sido, precisamente, la construcción y afianzamiento de un Estado nacional fuerte. Porque precisamente a estos caciquillos y privilegiados de toda la vida es a los que más ha interesado que España haya sido una filfa de Estado. Que sirviera para mantener el orden público, más o menos y de esa manera, pero poco más. Así se evita que un Estado fuerte dé poder y formación a los menos favorecidos, incremente la justicia y la porosidad social, potencie la meritocracia… todas las medidas en definitiva propias de un Estado que quiere avanzar y fortalecerse y aspira a crear un circulo virtuoso con sus ciudadanos. Es un ejemplo paradigmático a estos efectos la Dictadura del Caudillo y su incapacidad, ni siquiera desde el totalitarismo y la represión, de construir nada sólido. Porque España esta gente no se la toma en serio, en general, como no sea para sabotear. La mítica y fanfarria españolista que acompaña a estas posiciones tiene tanta solidez como los orígenes del vasquismo a la sombra de Jaun Zuría y se explica de forma muy semejante: conservación de rentas y privilegios envueltas en banderas nacionales.

En los ultimos años la historia de España ha sido la de la contemporización exitosa con la reacción, a base de opacidad y de apelaciones al “consenso” que han permitido una especie de democracia otorgada, con grandísimos déficits participativos, pero que ha funcionado medianamente bien. Y que gracias a la entrada en la UE ha diseñado un entramado mínimo que no tiene marcha atrás. Comparado con lo que ha sido nuestra historia reciente, es para estar contentísimos. Si nos ponemos mínimamente exigentes o empezamos a utilizar a naciones desarrolladas como término de comparación, la verdad es que no tanto.

No llega a estos extremos Santiago Muñoz Machado, que hace bien en quedarse en una exposición más informativa y menos militante. Pero profundamente ilustrativa de esa tendencia histórica, desde la II República y la creación de la mano de Azaña de un Estado integral que tratara de acomodar las peticiones, esencialmente, de los nacionalismos vasco y catalán, al actual marco constitucional tan inspirado en ese modelo.

El problema es que tampoco con la Constitución de 1978 se afronta recto y por derecho la cuestión de la vertebración de España. La Carta Magna de la democracia es hija del compromiso y de la negociación entre bastidores, muy al margen de la ciudadanía y de la honradez intelectual de plantear los términos del problema y llegar a una solución, si fuere posible. Por el contrario, la estructura territorial del Estado, como solución de compromiso, queda desconstitucionalizada en la Constitución de 1978, preterida al desarrollo que, dentro de un marco de mínimos, realicen las propias Comunidades Autónomas.

Señala acertadamente Muñoz Machado que nada de los procesos de reforma estatutaria que el siglo XXI está alumbrando (desde el fallido vasco al aprobado tras profunda reformulación para Cataluña) es ajeno a la misma lógica histórica y constitucional española. Tan normal es que las regiones con grandes aspiraciones de autogobierno intenten apurar al máximo las opciones que un texto marco ciertamente vago y poco preciso concede, como que el resto de regiones pasen a continuación a copiar los avances, apelando a la dinámica del agravio comparativo. Esto es, más o menos, lo que ocurre con el actual Estatuto catalán, más allá de algunos excesos o de que su carácter prolijo esté o no justificado por la jurisprudencia dominante del Tribunal Constitucional (generalmente expansiva respecto de las competencias estatales). Tampoco, por otro lado, ha sido presentado desde Cataluña el texto como nada de diferente naturaleza o de aspiraciones mayores a las de, justamente, apurar al máximo lo constitucionalmente posible. El nuevo Estatut es, así, extremadamente consciente del escaso margen para la asimetría que el marco constitucional concede y de los problemas de ordenación que supone el establecimiento (o la aspiración de) de relaciones bilaterales con el Estado.

Conviene por ello situar el análisis de la actual situación en su correcto contexto histórico y jurídico. Y no dramatizar en exceso lo que no es la definitiva ruptura de España sino una muestra más de los problemas que suscita el carácter abierto del Título VIII de la Constitución, tampoco particularmente dramática porque no es en el fondo el Estatuto catalán un texto en desacuerdo con los principios y contenidos que inspiran la ordenación territorial en España. Cuestión distinta, claro, es hasta qué punto, si bien asumiendo que no podrá ser ya desde la uniformidad centralista propia del siglo XIX (pero que también había dejado de ser, entrado el XX, la posible solución tanto aquí como en los países de nuestro entorno), no conviene afrontar de una vez un intento solvente de vertebrar el Estado a partir de la confluencia de intereses y de la puesta en marcha de estructuras sólidas, claras, fijas, que permitan una mejor realización y consecución de afanes, por una vez, verdaderamente comunes.

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