Las puertas de Anubis, de TIM POWERS

anubisEste libro sobre viajes en el tiempo, la antigua magia egipcia y violentas bribonadas en el Londres de comienzos del siglo xIx es una farsa alegre, un mero entretenimiento. Según palabras de un crítico del Times Literary Supplement, es un «cuento, una novela de aventuras, convulsionada por persecuciones y explo­siones … una obra de intriga sobrenatural… un misterio litera­rio … una gran historia de horror … Tramada con maníaco fer­vor, ejecutada con estimulante destreza como alma que lleva el dia-blo, Las puertas de Anubis (The Anubis Gates) es la obra de un virtuoso, un despliegue de maravillosos fuegos artificiales …» Gran elogio, en verdad. Considerando esta efusiva respuesta y el hecho de que el libro ganó el primer premio Philip K. Dick a la mejor novela original en rústica de ese año, uno se siente tenta-do a buscar sus defectos. Tim Powers (nacido en 1952) es un autor norteamericano, y su intento de captar las voces britá­nicas del siglo xIx a menudo fracasan; me cuesta creer que una joven inglesa de 1810 usase expresiones como «I guess» [conje-tu­ro] y «goddamn» [maldito o maldición]. A veces esto es fan-tasía histórica desarrollada en un descuidado estilo de Holly-wood, y aunque Powers dedica algún esfuerzo a evocar el espí-ritu del período, su prosa tiene una lamentable tendencia a diluirse cuando la acción se hace cada vez más densa y más rápida. Pero uno está dispuesto a perdonar todo esto en pro de la narración.

El personaje principal es un académico literario norte-ame­ricano llamado Brendan Doyle. Experto en el movimiento ro­mántico y en particular una autoridad sobre la obra de un poe­ta menor llamado William Ashbless, Doyle es contratado para la organización de un excéntrico hombre de negocios que tiene un modo de viajar al pasado. Trabaja allí como una especie de guía turístico: acompaña a un grupo de amantes de la litera-tura que han pagado un millón de dólares cada uno por el privi-legio de escuchar una conferencia de Samuel Taylor Coleridge, pro­nunciada por el gran hombre mismo en una taberna de Lon­dres en 1810. Pero el misterioso empresario, sin embargo, tiene una agenda secreta: busca la inmortalidad, y para lograr tal fin quiere encontrar a Joe Cara–de–Perro, un hirsuto asesino que aterroriza el Londres de Coleridge. Parece que este hombre prodigiosamente velludo tiene habilidad para cambiar de cuer­po, una habilidad conferida por la magia del Antiguo Egipto. Como víctima inconsciente de varios planes contrapuestos, el antiheroico Brendan Doyle pronto se encuentra atrapado en 1810, incapaz de volver a su propio tiempo y perseguido por una proliferación de gárgolas amenazantes, entre ellas un he­chicero apergaminado, un siniestro rey de los mendigos en muletas y, por supuesto, el incalificable Joe Cara–de–Perro. En­fermo y empobrecido, Doyle es amparado por una joven que se hace pasar por un muchacho mendicante. También se encuen­tra con Lord Byron. Pero su mayor esperanza es tomar contacto con el poeta William Ashbless, cuya vida y obra conoce tan ínti­mamente. Por desgracia, Ashbless no aparece en Londres el día indicado (en los registros históricos) y Doyle está obligado a convertirse en Ashbless…

La trama se hace cada vez más compleja e incluye un mayor salto hacia atrás en el tiempo, al Londres del siglo xvII y un viaje mágico a Egipto, antes de llegar a un desenlace que vincula todo con una lógica satisfactoria aunque enloquecida. El con­junto constituye una narración muy agradable, una mezcla bien equilibrada de humor y horror, adornada con muchas revela­ciones astutas y una simpática serie de cosas grotescas. Todo lector recordará, en particular, las escenas en las alcanta-rillas y los ríos subterráneos de las metrópolis del siglo xIx: este reino subterráneo de los mendigos está lleno de enanos, magos, pa­yasos, locas cuchicheantes e invenciones tan encantadoras como los muchachos del tamaño de una cuchara, minúsculos hombres que navegan por el obscuro Támesis en mitades de cás­caras de huevos «equipados con minúsculas antorchas, más-tiles de paja y velas de papel plegado».

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Pequeño, grande, de JOHN CROWLEY

pequenogrande_previewEste título puede ser interpretado de muchos modos: lo «pe­queño» y lo «grande» son el campo y la ciudad, lo interno y lo externo, lo privado y lo público, lo mágico y lo humano. Y mu­cho más. El subtítulo fue puesto por el editor en la página del índice: allí nos enteramos de que la obra realmente se llama Pequeño, grande o El parlamento de las hadas (Little, Big; or, The Fairies’ Parliament). En verdad, trata de las hadas y del país de las hadas, la saga de una familia y una historia de amor múlti­ple. Quizás es también «la mejor novela fantástica de todos los tiempos» (en palabras de Thomas M. Disch) y «un libro que requiere por sí solo una redefinición de lo fantástico» (según Ursula Le Guin). Novela de arquitectónica sublimidad, Peque­ño, grande supera las palabras de la crítica.

El personaje principal es un joven de ciudad llamado Fumo Barnable, que se enamora de una chica de campo llamada Lla­na Alice Bebeagua. Abandonando su insípido trabajo en la ciu­dad, Fumo hace una excursión a bosquedelinde, el hogar de Bebeagua en Nueva Inglaterra. Y allí encuentra la magia, lite­ralmente. bosquedelinde es una confortable locura; el bisabue­lo de Llana Alice –autor de un texto del siglo xIx sobre casas quintas– «proyectó, a modo de ilustración conglomerada de las láminas de su ya famoso libro, el edificio de bosquedelinde, combinando en él varias casas de estilos diversos y dimensiones diferentes que chocaban entre sí …» Cerca de esta notable vi­vienda hay bosques que parecen habitados por gente diminuta que sólo es visible por el rabillo del ojo. Después de una boda al aire libre, Fumo y Llana Alice van a pasar su luna de miel en los bosques: «Fumo pensó que nunca se había asomado a nada que fuese tan secreta, tan recónditamente El bosque como ese lu­gar. Por alguna razón, el suelo estaba cubierto de un tapiz de musgo, y no de esa vegetación tupida e irregular –matorrales y brezos y chopos– que suele crecer en los confines de los bos­ques. Descendía hacia el interior de la gruta, los atraía hacia ella, hacia la susurrante penumbra».

Crowley evoca este país de las hadas con una consumada de­licadeza: nada es afirmado rotundamente, poco es lo que se expone a la plena luz del día. El lector se estremece ante las su­cesivas revelaciones, cuando el autor juega con magistral habi­lidad con las tensiones emocionales del temor reverente, el arrobamiento, el misterio y el encanto. En una de las retrospec­tivas históricas de la novela, conocemos al doctor Zarzales, uno de los antepasados de Llana Alice, y escuchamos su conferencia cómicamente pedante (pero docta) sobre la gente del país de las hadas:

 

–Nereidas, dríades, silfos y salamandras, así es como los divide Paracelso –dice el doctor Zarzales–. O sea (como diríamos nosotros) sirenas, elfos, hadas y diablillos o trasgos. Una es­pecie para cada uno de los cuatro elementos: sirenas para el agua, elfos para la tierra, hadas para el aire, diablillos para el fuego …

»En algunos casos se trata de hombres y mujeres pequeños, de entre treinta y noventa centímetros de estatura, perfecta­mente conformados, sin alas, y de hábitos más humanos … Y hay hadas–guerreras que montan corceles, y pookahs y ogros enormes, mucho más grandes que los hombres …

»El mundo habitado por estos seres … es un mundo total­mente distinto, y está contenido dentro de éste; … con una geografía peculiar que sólo puedo describir como infundibular. –Hizo una pausa, como para reforzar el efecto de sus pala­bras.– Con ello quiero decir que el otro mundo está com­puesto por una serie de anillos concéntricos, anillos que, a medida que se penetra más profundamente en ese otro mun­do, se van ensanchando. Cuanto más nos internamos, más grande es.

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La pasión de la nueva Eva, ANGELA CARTER

pasion Esta intensa fantasía sobre las posibilidades de la liberación de las mujeres es una novela malvada, «malvada» en su honestidad sobre los impulsos eróticos y sádicos, y los modos en que esos impulsos subvierten todos nuestros sueños utópicos. Puesta contra el marco de fondo de unos Estados Unidos de América en de­rrumbe, es una obra de puro terrorismo horripilante. Su tema tiene una ligera semejanza con Myra Breckinridge (1968) de Gore Vidal: el personaje principal, Evelyn, empieza siendo un hom­bre pero lo convierte en una mujer (y una mujer bella, además) una mujer cirujana que está loca, pero en mi opinión ésta es una novela mucho más impresionante.

El relato está narrado en primera persona y parece un sueño febril. Evelyn es un joven inglés al que le encantan las pelícu­las de Hollywood, sobre todo las viejas películas en blanco y ne­gro de Tristessa de Saint Ange, «»La mujer más bella del mun­do», la que interpreta una autobiografía simbólica en arabescos de kitsch e hipérbole … Hacía tiempo ya que Tristessa reinaba junto a Billie Holliday y Judy Garland en el panteón de las mu­jeres que desnudan con orgullo sus cicatrices, que exhiben una desesperación emblemática como un santo del medievo exhibe las llagas del martirio». La noche antes de partir para América, Evelyn observa a Tristessa en uno de sus papeles clásicos, y le rinde su «pequeño tributo de espermato-zoos». A su llegada a Nueva York, se encuentra sumergido en un mundo que es muy diferente de sus expectativas anacrónicas sobre la ciudad (basa­das en películas de los años cuarenta). No hay ninguna suge­rencia de que la novela se sitúe en el futuro; en cambio, expresa una obscura fantasía europea sobre América. Pues es la quinta­esencia de la Nueva York de los años setenta: una ciudad de ra­tas y atracadores, drogadictos y el refunfuñar de locos. Tiene más de Taxi Driver que de Un día en Nueva York.

Guerrillas negras están amurallando Harlem; rudas mu-jeres vestidas con cazadoras de cuero patrullan las calles, hostigando a los hombres. «A finales de julio hubo una avería en el sistema de desagües y los lavabos dejaron de funcionar … Las ratas eran gordas como lechones, malignas como hienas.» En esta atmós­fera corrupta pero embriagadora, se encapricha con una «sexy» joven de diecisiete años. Las fantasmagóricas escenas en las que la conoce, la sigue y la lleva a la cama están muy cargadas de erotismo. Como desagradable resultado de esto, cuando su amiguita queda embarazada, Evelyn decide insensiblemente abandonarla y escapar de Nueva York. Se marcha al centro alo­cado de América, en busca de la vaciedad… y de sí mismo: «El mundo se adelanta en el tiempo creando la ilusión del movi­miento, aunque nos movemos toda la vida por las galerías curvilíneas del cerebro hacia el corazón del laberinto interior».

 Su coche sufre una avería en el desierto, y él es capturado por una tribu de mujeres rebeldes que lo llevan a presencia de la jefa, en unas cámaras subterráneas. Esta monstruosa diosa de muchos pechos es llamada Madre por sus «hijas», y le gusta titularse a sí misma la Gran Parricida o la Gran Castradora. Va a trabajar sobre Evelyn con su bisturí de cirujana transformándo­lo en la magnífica Eva («Me despojó así de cuanto yo había sido y me dejó, en cambio, con una herida que en el futuro habría de sangrar una vez por mes, al mandato de la luna»). Amena­zada de fecundación con su propio semen, Eva escapa nueva­mente, pero es capturada otra vez por Zero el Poeta, creado mediante drogas (el último cerdo chauvinista macho), y su harén de esposas complacientes. Violada y maltra-tada por este personaje que parece Charles Manson, lo acompa-ña en su mi­sión de atacar el hogar de la actriz cinematográfica retirada Tristessa de Saint Ange. Así, finalmente Eva tiene el privilegio de conocer a la divina Tristessa y su terrible secreto.

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El tapiz de Malacia (BRIAN ALDISS)

tapiz«Podemos disfrutar del presente al mismo tiempo que somos insensibles a los achaques y la decadencia; pero el presente, como una nota musical, no es nada sino parte de lo que ha pa­sado y de lo que está por venir.» Esto escribía Walter Savage Landor en el siglo xIx. Brian Aldiss, prosista y poeta de fecundi­dad amenazada por la entropía, ha dicho que esta cita le parece resonante, y en verdad el sombrío sentimiento de Landor pare­ce estar subyacente en mucho del juego sexual superficial de la a veces desesperada joie de vivre de la ficción de Aldiss. Esto nunca fue más evidente que en su principal novela de literatura fantástica El tapiz de Malacia (The Malacia Tapestry).

 

Fue Bedalar quien habló después, con voz ensoñadora.

–Alguien me dijo que Satán ha decidido cerrar el mundo y que los magos están de acuerdo. Lo que sucederá no será desagradable, pero la vida ordinaria empezará a andar cada vez más lentamente, hasta que se detenga del todo.

–Como se detiene un reloj –sugirió Armida.

–Más bien como un tapiz –dijo Bedalar–. Quiero decir que un día como hoy, es posible que las cosas se agoten, se de­tengan y jamás vuelvan a moverse, de modo que nosotros, y todo, quedemos ahí colgados como un tapiz en el aire, para siempre jamás.

 

Armida y Bedalar son dos bellas jóvenes de ilustre cuna, cor­tejadas por los jóvenes actores, «saltimbanquis en un paisaje urbano», Perian de Chirolo y Guy de Lambant. De Chirolo es el narrador de la novela, un encantador joven despreocupado que se mueve con toda comodidad por una ciudad llena de riquezas y atractivo, miseria y peste. Malacia existió durante milenios, aparentemente sin cambios sociales. Es vagamente levantina y de una atmósfera medieval tardía (Bizancio es un vecino, los turcos son el enemigo, y la gente habla de la diosa Minerva y otros personajes de la mitología grecorromana, pero también

 

beben café). Los adivinos y sacerdotes abundan; todas las innovaciones mecánicas y las nuevas ideas están proscritas. Más notable aún es que por las calles andan dinosaurios do­mesticados, que son aceptados como los «antepasados» del po­pulacho de la ciudad; hombres y mujeres con alas revolotean por el cielo de las bóvedas a las agujas. Malacia es un vasto mer­cado y recinto ferial: actores, empresarios, titiriteros, artistas y artesanos compiten todos por los favores de la aristocracia. Ésta es una sociedad alegre pero estática, que cuelga (según las pa­labras de Bedalar) como un tapiz.

Para atraer a la encantadora Armida, De Chirolo se enre-da con un excéntrico inventor socialista, quien persuade al joven de que actúe en una obra de teatro «mercurizada» que será graba­da mediante una nueva máquina maravillosa, el «zahnoscopio». El inventor espera que esta rudimentaria forma de cine tenga un impacto revolucionario sobre la vida de Malacia. Sobrevie­nen los inevitables problemas. Es una novela larga y bien orquestada, y en toda ella Aldiss explora el tema del artista como intermediario en el continuo comercio entre la fecundi­dad y la entropía. La historia es contada a un ritmo tranquilo, y hay en ella mucho humor. En su punto culminante, De Chirolo va a la finca de la familia de Armida a cazar una «mandíbula del demonio» (es decir, un Tyrannosaurus rex) y consigue conocer­se a sí mismo. No se hace ningún intento de situar Malacia en algún universo lógico alternativo. El libro es una deliberada fantasía del anacronismo, un popurrí ahistórico. Es en parte una obra de fantasía heroica –a fin de cuentas, el protagonista mata un «dragón», y con ayuda de la «magia»–, pero es tam­bién una novela social, un cuento de amor y esnobismo, de hipergamia y tensión de clases. Sus ricos pasajes descripti­vos deben algo a Dickens y a Mervyn Peake. Brian Aldiss (naci­do en 1925), autor de muchos relatos de ciencia ficción y no­velas cómico–realistas, nunca volvió a escribir nada semejante.

 

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Ruta de gloria, de ROBERT A. HEINLEIN

ruta deHeinlein fue el decano de los escritores de ciencia ficción nor­teamericanos, distinguido particularmente por su descripción realista, por no decir dura, de los desarrollos tecnológicos en un futuro cercano. Sin embargo, como ya hemos visto al co­mentar La desagradable profesión de Jonathan Hoag [21], también sentía inclinación por lo fantástico. En su vejez, escribió una se­rie de novelas que son más de literatura fantástica que de cien­cia ficción, un ejemplo reciente de las cuales es Job: A Comedy of Justice (1984), influida por James Branch–Cabell. La primera y quizá la más popular de sus obras fantásticas de su período tar­dío fue Ruta de gloria (Glory Road), un intento de elaborar una obra de aventuras afable, alegre y de estilo desconocido para los años sesenta, un juego escapista que evoca un mundo «donde no hay contaminación, ni problemas de trán-sito, ni explosión demográfica … ni guerra fría, ni bombas H, ni publicidad televisiva, ni conferencias en la cumbre, ni ayuda extranjera, ni impuestos ocultos, ni impuesto de la renta».

El personaje principal, E. C. Scar Gordon, un soldado nor­teamericano rudo y superficial, es herido cuando está de ser-vi­cio como «asesor militar» en el sudeste asiático. Todavía con poco más de veinte años, decide abandonar el ejército y obte­ner un título de alguna universidad europea para establecerse y llevar una buena vida cuando vuelva a su hogar. Mientras pasea por una playa nudista del sur de Francia, conoce a una bella (y musculosa) chica rubia que lo sorprende diciéndole: «Eres muy hermoso». Queda tan desconcertado por la observación que se olvida de preguntarle su nombre y su teléfono. Obsesionado por la joven y deprimido por la situación del mundo (como su creador, tiene sólidas ideas «libertarias» de derecha), Gordon decide que una segura carrera de clase media no es, después de todo, adecuada para él:

 

No quería volver a la escuela … Maldito lo que me importa ya tener garajes para tres coches y piscinas para nadar ni ningún otro símbolo de status o «seguridad». No hay ninguna seguri­dad en este mundo y sólo los redomados imbéciles y los rato­nes piensan que podría haberla.

En alguna parte de la jungla me había despojado de toda ambición de este género. Había sido herido demasiadas veces y había perdido todo interés por los supermercados y las sub­divisiones de las zonas residenciales, y esta noche era la cena de la Asociación de Padres y Maestros, no lo olvides, querido, tú prometiste…

Yo quería un huevo de Roe … Quería las lunas arroja-dizas de Barsoom. Quería Storisende y Poictesme, y a Holmes sacu­diéndome para despertarme y decirme: «El juego ha empeza­do». … Quería al Preste Juan, y Excalibur extraída por un brazo blanco–luna de un lago silencioso …

 

(Para ser un joven deportista de comienzos de los años sesenta, ha leído una sorprendente cantidad de obras de ficción ro­mántica de antaño.) Incapaz de hallar de nuevo a su «Helena de Troya» desnuda, responde al anuncio de un periódico que pide un hombre competente con todas sus armas e indomable­mente valeroso, y resulta que el anuncio es de su bella y tenta­dora rubia. Al parecer, necesita un paladín. «Será una gran aventura … y un tesoro mayor aún.» El atontado joven Gordon salta ante la oportunidad que se le presenta, y pronto se en­cuentra trasladado, mediante un «pentáculo de poder», a otro mundo, un mundo de héroes, heroínas y monstruos. Lo que sigue es una historia de espada y hechicería sumamente diver­tida, llena de chistes, afectados apotegmas, farsas, suaves estí­mulos sexuales, referencias a la literatura popular y una emo­cionante acción (aunque rebuscada). La narración es más im­portante que la trama, el modo de relatar la trama más importante que la trama misma. La voz de Heinlein puede ser demasiado intrusiva para algunos lectores; sin embargo, para el gran público sensible al intenso encanto de este libro, muestra al autor cerca de la cima de su buena forma.

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