El verano del pequeño San John (JOHN CROWLEY)

El verano del pequeño San John

El título (Engine Summer) es un juego de palabras con «Indian Sum-mer» y, por cierto, la cultura surgida después de la catástrofe que este libro describe tiene un vago parecido con la de los indios nor-teamericanos.  El narrador se llama Junco que Habla, y otros personajes llevan nombres como Pintada de Rojo y Siete Manos.  Todos viven juntos en una apacible comunidad consumidora de drogas, llamada Belaire Pequeña.  Francamente, los dos primeros capítulos son difíciles de seguir, pues el lector se pierde en un mar de nombres extraños y una topografía manifiestamente mal definida.  Pero vale la pena perseverar, pues pronto esta obra se convierte en una novela de ciencia ficción de excepcional sensibilidad y belleza.  Su autor, el norteamericano John Crowley (nacido en 1942), había publicado previamente dos novelas de cf – The Deep (1975) y Beasts (1976)-, y desde entonces se hizo famoso por su maravillosa novela fantástica: Pequeño, Grande (1981).

El libro es la autobiografía oral, o apología, de Junco que Ha-bla.  Estas gentes, que se llaman a sí mismas voceros de la verdad, son magníficas narradoras de cuentos.  Parece que fueron comple-tamente analfabetas, aunque muy civilizadas, y entre ellas goza de gran estima el comadreo.  Junco nos relata su infancia, haciendo muchas digresiones para recoger los cuentos folklóricos que han formado su visión del mundo.  A los individuos, muertos hace ya mucho tiempo, que han construido las vastas autopistas («»Y esto, ¿para qué sirve?», pregunta Junco cuando ve una carretera por pri-mera vez.  «Para matar gente», responde simplemente Siete Ma-nos»), los conoce como Ángeles; y a los héroes que han venido des-pués, los fundadores de la cultura, los llama Santos.  Junco tiene la esperanza de que un día también él sea recordado como Santo.

Se enamora de una chica frívola conocida como Una vez al día.  Otra tribu empieza a comerciar con los habitantes de Belaire Pequeña, y Una vez al día se va con ellos.  Varios años después, Junco decide buscarla.  La búsqueda es lenta y tortuosa.  Pasa muchos meses en compañía de un Santo que vive encaramado en un roble.  Este hombre puede leer («Tiempo, vida, libros», es una frase conmovedora que descifra en el título de un viejo tomo de siglos atrás), y le habla a Junco de la incomprensible sociedad de los viejos tiempos, anteriores a la Tormenta.  Junco medita sobre las maravillas del pasado:

Ah, qué populoso era el mundo en aquellos tiempos; lo imaginaba tanto más vivo que en estos períodos de calma en que nada cambia y el alumbramiento de una idea nueva puede arrastrarse durante muchas generaciones.  En aquellos tiempos las cosas se comenzaban y concluían en una sola vida, las grandes fuerzas se entrechocaban y eran devoradas por otras nuevas.  Era como una carrera monstruosa entre la destrucción y la perfección; tan pronto como una parte del mundo era conquistada, la Conquista se volvía contra los conquistadores, como la carretera que los mataba a miles; y del mismo modo, los sueños mecánicos que los ángeles llevaron a cabo con un trabajo y un ingenio inconcebibles, esos sueños que se propagaban por el aire como semillas volantes, durante todo el día, y que pasaban invisibles a través de las paredes y los muros de piedra, y los cuerpos de los propios ángeles cuando se sentaban a esperarlos, y que aparecían simultáneamente ante todos los ángeles para prevenirlos o instruirlos, un sueño soñado por todos para que todos pudieran actuar de común acuerdo… Y todo se precipitó cuando la Tempestad se hizo inminente.  La Tempestad era el fin de la carrera; las soluciones eran cada vez más extravagantes y más desesperadas, y los desastres más tre-mendos, y los ángeles soñaron entonces los sueños más descabella-dos, que viviríamos eternamente, o casi, que abandonaríamos la Tierra, esta Tierra estragada, y que flotaríamos en ciudades suspendidas entre la Tierra y la Luna para siempre…

Es una visión perturbadora de nuestro propio mundo; la apa-ci-ble, encantadora y otoñal narración de Crowley nos sorprende hasta el revelador final, cuando Junco encuentra de verdad a un «Ángel».  Dista mucho de ser un relato convencional de aventuras de cf.  Mejor será describirlo como un poesía en prosa.

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Berlin Noir I. Philip Kerr. «Violetas de marzo»

La novelas sobre nazis escritas por anglosajones ya me ponen en guardia, pero aún así, como esta me la regaló un amigo, decidí leerla. No es pesada. Se acaba pronto. Por ahñí, punto a favor
Esta novela, primera en lo que se pensó como una trilogía y va ya por tetralogía, trata de reflejar lo que era la vida en el Berlín dominado por los nazis, pero antes del comienzo de la Guerra. Es el momento de los juegos olímpicos, en 1936 y sñí, habéis acertado: no se salta ni un tópico, ni un Jesse Owens ni una puñetera obviedad de camino trillado: las contiene todas. Sin falta.

La idea en sí me pareció atractiva y me acerqué al libro con mente abierta y ganas de imbuirme en aquel ambiente difícil. La primera desilusión fue comprobar que el autor no estaba demasiado interesado en nada que no tuviese que ver con los tópicos conocidos por todo el mundo. Mi impresión después de unos cuantos patinazos graves (como llamar Marga a la mujer de Goebbels, en vez de Magda) fue que el autor se había documentado para escribir el libro viendo tres películas malas y cuatro documentales de la propaganda americana, y eso me molestó bastante.

Por lo demás, la trama avanza bastante lentamente, sin rumbo fijo ni dirección, y a simple golpe de comparación. Porque en cuanto a estilo, no se me ocurre otra manera de describirlo que decir que esta sería la obra que escribiera Chiquito de la Calzada si en vez de dedicarse al humor se hubiera dedicado a la novela negra. Comparación tras comparación, venga a cuento, o no, con medida y sin ella, y desgranando uno a uno, sin piedad, los tópico de lo malos que son los nazis, lo asquerosa que es la vida en un sitio donde ellos gobiernan y lo repugnante que es la gente que se afilia al partido.

 La novela es fría, maniquea, con personajes burdos, mal trazados y escenarios impensables. Las chicas quieren proque sí al detectuive, al que unasveces lepegan proque sí y otras veces le obedecen o le quieren porque les da la gana. Este, en resumen, es el rigos lógico del libro.

 Al final parece que se endereza un poco en algunas escenas con cierto gancho, pero la conclusión es que cualquier porquería de novela puede ser mejor novela que esta. Tengo las otras dos de Berlín Noir y estoy por regalarlas.

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Cántico a San Leibowitz (WALTER M. MILLER)

leibowitzAl igual que James Blish, Walter M. Miller (nacido en 1923) es un escritor de cf interesado por el cristianismo, pero se diferencian en que Miller es un creyente, no un agnóstico como Blish. Cántico a San Leibowitz (A Canticle for Leibowitz) es su única novela. Cuando se pu­blicó por primera vez no fue calificada como «cf», a pesar de que sus tres partes aparecieron originalmente (abreviadas) como novelas cortas en Magazine of Fantasy and Science Fiction. Miller escribió un buen número de cuentos para revistas norteamericanas de cf a lo largo de la década del cincuenta; las mejores aparecieron juntas en Condicionalmente humano (1962) y The View from the Stars (1964), pero cuando completó su novela dejó de escribir totalmente.

La historia comienza en los antiguos Estados Unidos de Amé­rica del Norte, seis siglos después de una devastadora guerra nu­clear. La primera parte de la novela se refiere a un incitante descu­brimiento hecho por el hermano Francis Gerard, un monje novicio. Al escarbar ciertas ruinas, encuentra un refugio contra la polución radiactiva que contiene unas pocas reliquias del beato I. E. Leibo­witz, legendario fundador de la Orden. El objeto más valioso es el anteproyecto de un viaje exploratorio, aunque entre las reliquias también encuentra una lista de alimentos y programas de carreras de caballos (ignora de qué se trata). Casi todos los libros y docu­mentos han sido destruidos durante la «Era de la Simplificación» que siguió a la guerra nuclear. Los hallazgos del hermano Francis, aunque fragmentarios, representan un valioso descubrimiento para los monjes, quienes, lenta y penosamente, a veces a ciegas, tratan de rescatar y preservar el disperso conocimiento del pasado. Fran­cis se pasa quince años copiando ese precioso documento, e ilu­minando su copia con oro batido, a pesar de que ignora por com­pleto lo que pueda significar. Luego parte en peregrinaje hacia Nueva Roma, y en el camino le roban la obra de su vida. Pero Lei­bowitz –un ex especialista en armas que un día aborreció los li­bros– es canonizado. Los descubrimientos de Francis no han sido inútiles.

Es una fábula conmovedora, llena de pasión y de humor. La segunda parte del libro retoma la historia seiscientos años más tarde. Es una época de renacimiento, y de guerras entre los principa­dos. Al monasterio de San Leibowitz llega el más importante espe­cialista en ciencias naturales de entonces, un erudito aristócrata llamado Thon Taddeo. Se asombra al saber que los monjes han construido un arco galvánico, alimentado por los músculos de los novicios. Y se asombra aun más cuando examina la Memorabilia de Leibowitz: antiguos textos y anteproyectos, fragmentos de escri­tos científicos, ecuaciones matemáticas, que datan de mediados del siglo XX. Sobre la base de estos materiales, y confiando en su propio genio fríamente intelectual, Taddeo predice: «Dentro de un siglo, los hombres volarán por el aire en pájaros mecánicos. Carros de metal correrán a lo largo de carreteras de piedra construidas por el hombre. Habrá edificios de treinta plantas, buques que navegarán bajo el agua, máquinas para hacer todos los trabajos».

En la última parte de la novela, otros seis siglos después, las pre­dicciones de Taddeo han sido superadas. Una vez más, el mundo es capaz de fabricar armas nucleares, y de librar guerras en el espacio exterior. Cuando las bombas empiezan a caer, el último abad de la Orden Leibowitziana decide que algunos de los monjes abando­nen el planeta en una nave estelar, llevándose consigo la ya monu­mental Memorabilia. La historia se repite: el abad muere en medio de las ruinas del monasterio, mientras los monjes de San Leibowitz, y la fe cristiana, huyen para sobrevivir en el mundo de otra estrella. Es un final conmovedor para una novela excelente-mente escrita, rica en personajes y en detalles irónicos, y al mismo tiempo diver­tida y triste. Aunque algunos lectores critiquen su desenfadado contenido religioso, y especialmente su insistencia en la naturaleza caída de la humanidad, Cántico a San Leibowitz es una de las más importantes obras de la ciencia ficción moderna.

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Cuna de gato, de KURT VONNEGUT

Es la novela del ice–nine, una sustancia cristalina, artificial, produ­cida para ayudar al ejército norteamericano a salir de las zonas pan­tanosas. El único problema del ice–nine es que una pequeña can­tidad del producto podría congelar para siempre toda el agua del mundo.

Es la historia del doctor Felix Hoenikker, «padre de la bomba atómica», inventor del ice–nine, excéntrico jefe de una extraña fami­lia. Hoenikker muere antes de que comience la acción de la novela, aunque es uno de los personajes más importantes del libro. Es el tí­pico hombre de ciencia amoral, totalmente desinteresado por los seres humanos, obsesionado con sus juegos intelectuales.

Es también la historia de Bokonon, cuyo nombre real es Lionel Boyd Johnson, un anciano negro de la India occidental que funda la primera religión calipso del mundo (él admite alegre-mente que es un conjunto de mentiras). «Vivid por el foma que os hace valien­tes, buenos, sanos y felices», dice Bokonon. Y define el foma como «mentiras inofensivas».

Es también la historia de la República de San Lorenzo, la patria caribeña del bokonismo, una isla paradisíaca increíblemente pobre donde el inútil hijo del doctor Hoenikker, Frank, llega a ser «minis­tro de Ciencia y Progreso». El narrador innominado –«llamadme Jonah»– viaja a San Lorenzo para entrevistar a Frank y a otra gente, y de la noche a la mañana se encuentra ejerciendo la presi­dencia de la isla.

Es la historia de Mona Aamons Monzano, la hija –mestiza y llamativamente hermosa– de un arquitecto finlandés que ha cons­truido el único hospital de San Lorenzo. Practica regularmente el bokomaru, el masaje mutuo de los pies que conduce a la fusión su­blime de las almas a través de las plantas de los pies. Mona convierte al narrador al bokonismo, la única religión que da sentido a un mundo loco, loco.

Es además la historia de muchas otras cosas, ya que Cuna de gato (Cat’s Cradle) es una de las novelas de Kurt Vonnegut más imagina­tivas y más deliciosamente complejas. Se burla de la ciencia, de la religión, del patriotismo, de todo, y termina de la única manera en que probablemente puede concluir, es decir, con el Fin del Mun­do. Accidentalmente cae al mar un poco de ice–nine, frente a San Lorenzo, y todo se congela, provocando tornados que asuelan el mundo. El narrador sobrevive durante seis meses, en los que se ocupa de escribir sus memorias. Al final, lo único que le queda por hacer es seguir el último consejo de Bokonon: escalar una montaña y acostarse con la historia de la estupidez humana por almohada, ponerse ice–nine en los labios, hacer una horrible mueca de dolor y mofarse de Tú–Sabes–Quién.

La irónica y, en última instancia, reconfortante marca de nihi­lismo de Vonnegut se hizo famosa con la publicación de su última novela, Matadero–5 (1969), aunque en ese libro no había nada que no hubiera dicho antes –con humor, astucia o patetis-mo– en Las sirenas de Titán y Cuna de gato, así como en la excelente novela Madre Noche (1961), que no pertenece a la cf. No creo que Vonnegut sea un sabio, pero no cabe duda de que es uno de los escritores más origi­nales de nuestro tiempo.

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Un caso de conciencia (JAMES BLISH)

concienEste libro combina elementos de ciencia dura (física, biología y quí­mica) con especulaciones teológicas, sociológicas e incluso litera­rias. El campo de referencia intelectual del autor es sorprendente. Brian Aldiss no exageraba cuando decía que Blish tenía «uno de los intelectos más poderosos (y una de las memorias más ricas, diría yo) que jamás se hayan dedicado a la ciencia ficción». Esto parece sor­prendente cuando uno recuerda que James Blish (1921–1975) fue un escritor del género de cf que se había fogueado en las revistas nor­teamericanas de segunda línea de los años cuarenta. Antes de dedi­carse a la literatura se había graduado en biología y había trabajado en una importante com-pañía farmacéutica. Hasta la aparición de Un caso de conciencia (A Case of Conscience) era conocido principal­mente por unas óperas del espacio bastante presuntuosas, los rela­tos de la serie «Okie», varios de los cuales formaron el libro Earthman, Come Home.

En Un caso de conciencia el escenario es un planeta llamado Lithia, y el personaje central, el padre Ramón Ruiz–Sánchez, es un biólogo jesuita. Junto con otros cinco científicos ha sido enviado a Lithia para determinar si el planeta puede servir como estación in­termedia para viajeros humanos. El planeta Lithia está habitado por una especie de reptil muy inteligente. Los lithianos crecen hasta alturas de seis metros y medio y se asemejan a los dinosaurios, pero son extraordinariamente amables y pacíficos. En realidad, Ruiz–Sánchez se entusiasma –y se aterroriza– al des-cubrir que la socie­dad de los lithianos es, según todas las apariencias, perfecta; no hay crímenes ni desigualdades ni infelicidad, y ninguna concepción de Dios.

Los lithianos viven en casas de barro, entre el mar y la selva. Nunca han tenido una época glacial, y apenas hay animales peli­grosos. En las costas gritan peces con pulmones, mientras que por los bosques deambulan pequeños lagartos saltadores y grandes reptiles. Hay muchos insectos y plantas venenosas, por lo cual el medio resulta incómodo para los seres humanos; pero a pesar de todo cabe la posibilidad de que Lithia sea en realidad un Edén habitado por hombres que no han conocido la caída ni el pecado. Hasta hay un árbol en ese paraíso que los lithianos conocen como el «Árbol del Mensaje». Es el centro de una sofisticada red de co­municaciones, y en la novela está memorablemente descrito: «Un gigante con aspecto de abeto californiano … Cuando los vien­tos recorrían el valle, el árbol cabeceaba y se inclinaba a uno y otro lado … Con cada movimiento, las raíces, que se extendían por debajo, sacudían y torcían el acantilado cristalino sobre el que habían construido la ciudad … A cada sacudida, el acantilado respondía con un amplio latido de ondas radiales…».

Ruiz–Sánchez llega a pensar que tanto los lithianos como su mundo son creaciones del demonio, una trampa que el Gran Ad­versario ha puesto a la humanidad. Blish no comparte esa opinión –la novela no es una fantasía religiosa, sino cf dura–, pero sondea la agonía de la conciencia de su héroe con considerable delicadeza. En el prólogo dice: «El autor … es un agnóstico sin posición en nin­guna de estas cuestiones. Mi intención ha sido escribir acerca de un hombre, no acerca de un cuerpo doctrinario».

Es una historia intrincada, atractiva, llena de reflexiones cien­tíficas y teológicas, cosa poco habitual en la cf norteamericana. Desgraciadamente, el impulso creativo decae en la segunda parte, cuando la acción se traslada otra vez a la Tierra, aunque incluya algunos pasajes espléndidos, como la descripción de la toma de conciencia de Egtverchi, un «bebé» lithiano, sin duda uno de los fragmentos más hermosos y poéticos de ciencia ficción que jamás se hayan escrito. Lo más notable de la obra posterior de Blish es la no­vela histórica Dr. Mirabilis (1964), acerca de fray Roger Bacon. A pe­sar de que para Blish fuera una continuación de A Case of Conscience, apenas puede considerársela cf.

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