La nave de un millón de años (Poul Anderson)

Poul Anderson

La obra que nos ocupa constituye una novela de ciencia ficción poco convencional. En la inmensa mayoría de los casos, la ciencia ficción, por pura lógica, se ubica en el futuro. Sin embargo, “La nave de un millón de años” no sólo no se circunscribe al futuro, sino que en su mayor parte consiste en un largo recorrido por la historia de la humanidad, siguiendo las visicitudes de un reducido grupo de personajes. Dichos personajes, además, generalmente se mantienen ajenos al devenir histórico, es más, procuran ocultarse. No en vano, la peculiaridad que une a estos personajes, y que da sentido al conjunto de la obra, es su inmortalidad. A diferencia del ser humano normal, el cual, con la posible excepción de David Beckham, acaba indefectiblemente muriendo tras un período de tiempo relativamente corto, estos personajes, producto de una extraña anomalía cuyos orígenes no se explican nunca claramente en la novela (pero parecen obedecer a una insospechada evolución de la especie, en plan “X-Men”), nunca mueren por enfermedades, ni tampoco envejecen, y cuentan, además, con una capacidad de recuperación sorprendente ante las heridas, así que sólo las condiciones más extremas (el hambre, la sed, la falta de oxígeno, una ensalada de tiros, un avión lleno de moros piraos, etc.) pueden acabar con ellos.

La idea es buena, y además, bien llevada. Puede que algunos de Ustedes recuerden, entre horribles pesadillas, una de las películas / sagas más infames con que nos martirizó el cine de los 80: “Los inmortales”. Ya saben: diálogos, totalmente gratuitos, de tipos duros; absoluta ausencia de rigor histórico; efectos especiales ridículos; vestuario inverosímil con una abundancia de cuero mayor que en “La Ostra Azul”; años 80, vaya. Pero, por fortuna, “La nave de un millón de años” no cae en esos errores. El rigor histórico, hasta donde puedo enjuiciarlo, es bastante aceptable. Tan sólo he detectado un error de importancia referente a la fecha de destrucción de la biblioteca de Alejandría, que es íntegramente imputada a los árabes, cuando es bien sabido que siglos antes ya los cristianos se habían hecho cargo de la mayor parte del trabajo. Naturalmente, es obvio que los estrechos límites de mis conocimientos no me permiten enjuiciar gran número de datos que puedan resultar inexactos, pero esto puede compensarse fácilmente con el infinito volumen de mi pedantería, recordando, si es preciso agrandarlo aún más, la mítica frase del Comendador de los Creyentes respecto de lo innecesario de preservar los exiguos fondos de la Biblioteca: “si está en el Corán es superfluo, y si no lo está es pecaminoso”, así que quemadlo todo, vaya.

A lo que íbamos: la novela está bastante bien resuelta, aunque uno se queda con ganas de más al tratarse de un arco temporal tan ambicioso (desde la época de la diáspora griega, hacia los siglos VIII-VI a.c., hasta un futuro indeterminado), que nos es relatado, además, de un modo fragmentario por diversos personajes que abarcan espacios geográficos muy variados (por desgracia, los inmortales no se limitan a aparecer en la cuenca mediterránea, como debería ser). Por otra parte, resulta por momentos irritante la absoluta falta de relevancia que se confiere a España y lo español (posiblemente porque en España la presencia de inmortales nunca habría sido motivo de sorpresa para sus conciudadanos: recuerden a Manolete y a Fernando Hierro), combinada por el vuelco que da el ritmo de los acontecimientos tan pronto como América es descubierta por los europeos, e incluso antes (uno de los inmortales es un ridículo chamán indio): a partir más o menos del XVIII casi toda la narración se desarrolla en la Tierra de la Libertad, primando a inmortales absurdos (el citado chamán o una ex esclava negra) sobre otros mucho más interesantes (en particular, un inmortal romano que ha sobrevivido sin problemas más de 2.000 años limitándose a formar parte de las sucesivas Administraciones romana, bizantina y otomana en calidad de chupatintas, pero que sólo aparece al final de la novela).

En realidad, el principal problema de esta novela estriba en que surge de la conjunción de dos novelas complementarias: la primera relata la historia de los inmortales desde “los albores de la Humanidad” (la invención de la tauromaquia) hasta la actualidad; la segunda, mucho más breve, nos ubica en un futuro más o menos remoto surgido precisamente a partir del momento en que los inmortales revelan su naturaleza, lo cual permite en pocos decenios extender los beneficios de la inmortalidad a todo el mundo. El efecto de dicho maná, lejos de resultar beneficioso, provoca que los inmortales de nuevo cuño caigan en la molicie y el hedonismo de una civilización perfectamente dirigida por supercomputadoras y totalmente volcada al placer, lo cual, a su vez, convierte a los inmortales “de toda la vida”, los protagonistas de la primera novela, en la carne de cañón ideal, en tanto individuos desubicados en este mundo, para acometer la exploración espacial a velocidades que respetan el límite de la velocidad de la luz (total, dado que son inmortales, qué más les da pegarse veinte años en una nave espacial). La idea es original pero, nuevamente, está resuelta de manera un tanto precipitada (da la sensación de que el autor está hasta los huevos de sus personajes y busca deshacerse de ellos metiéndolos en otro planeta cuanto antes), con la aparición de otras formas de vida inteligente incluida. Pero contando con estas carencias, sigue siendo una novela recomendable (si bien a lo largo de casi todo el relato la carga de ficción es mucho mayor que la de “ciencia” propiamente dicha, que sólo aparece al final), sobre todo dado su ridículo precio (5 €).

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Vivo o muerto (Varios)

Vivo o muerto es una apuesta de Tropo Editores por recuperar para la literatura un género tan clásico como los cuentos de vaqueros. Con prólogo de José Luis Borau (un artículo publicado en Heraldo de Aragón, en 1954) y Anselmo Núñez Marqués, en Vivo o Muerto hacen su especial homenaje al Spaguetti Western autores como los premio Nadal Francisco Casavella o Felipe Benítez Reyes, el argentino Norberto Luis Romero, Hilario J. Rodríguez, José María Latorre, o los aragoneses Carlos Castán, Manuel Vilas, Mario de los Santos, Patricia Esteban Erlés y Óscar Sipán.

“Pero los vaqueros son como nosotros querríamos ser. La gracia y la originalidad son virtudes poco masculinas. Estos hombres duros,  curtidos, nobles e impetuosos, hacen lo que nosotros habríamos querido hacer siempre en vez de sumar en una oficina,  estudiar un texto o poner una tuerca. Son independientes, valerosos, decididos, se juegan todo a la cara de una moneda y saben cantar canciones con una guitarra. No tienen problemas amorosos, que es una de las cosas que más odiamos los hombres. Ven una muchacha al llegar al poblado y ya saben que va a ser para ellos, que les va a querer. Hasta llegar al beso final no hay otro inconveniente que vencer a los bandidos, rescatar el dinero robado o adivinar quién mató a su hermano. Es decir, problemas sencillos, de los que se pueden resolver sin andarse en zarandajas ni complicaciones. Sólo con la fuerza y la destreza”.

JOSÉ LUIS BORAU
(Director, productor, guionista, actor, crítico de cine y académico de la RAE)

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LISTADO DE AUTORES:
PRÓLOGO JOSÉ LUIS BORAU Y ANSELMO NÚÑEZ MARQUÉS
José Luis Borau es director, guionista, actor, productor y crítico de cine. Actualmente compagina la p de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) y el sillón B de la Real Academia de la Lengua Española. Con “Brandy” (1963) arrancó su carrera en el cine y en un género: el spaghetti-western.
Anselmo Núñez Marqués es  licenciado en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y Doctorado en Arte Contemporáneo. Autor del libro “Western a la europea… Un plato que se sirve frío”.
        
FRANCISCO CASAVELLA

Francisco Casavella inicia su trayectoria literaria a los 28 años con la novela El Triunfo (Versal, 1990, Premio Tigre Juan). A ésta le seguirán Quédate (Ediciones B, 1993), Un enano español se suicida en Las Vegas (Anagrama, 1997) y la novela juvenil El secreto de las fiestas (Anaya, 1997). Su última obra es la trilogía El día del Watusi (Mondadori, 2002), formada por "Los juegos feroces", "Viento y joyas" y "El idioma imposible", un fresco de la Barcelona, del último cuarto de siglo XX, desde el chabolismo del tardofranquismo hasta las Olimpiadas y los escándalos financieros de los 90. Fue guionista de Antártida, primera película de Manuel Huerga (1995), y en la actualidad escribe para distintos periódicos y revistas. Ha sido traducido a varios idiomas. En 2008 gana el prestigioso Premio Nadal con Lo que sé de los vampiros.
Dos de sus novelas han sido llevadas a la pantalla: Volverás (Antonio Chavarrías, 2002), adaptación de Un enano español se suicida en Las Vegas, y El triunfo (Mireia Ros, 2006).

FELIPE BENÍTEZ REYES
Poeta, novelista y ensayista español nacido en Rota (Cádiz). Excelente dominador del lenguaje, que abarca desde el neo-simbolismo de su primera época hasta la gran versatilidad de sus trabajos poéticos posteriores, está considerado como una de las voces más influyentes del panorama literario español. Es autor de los libros de poemas, Paraíso manuscrito (1982), Los vanos mundos (1985), La mala compañía (1989), Poesía (1992), Sombras particulares (1992, Premio Loewe), Vidas improbables (1994, Premio Nacional de Poesía 1996), Paraísos y mundos (1996), El equipaje abierto (1996) y Escaparate de venenos (2000). En todos ellos se ven influencias de los poetas de la generación del 27 (Lorca, Aleixandre, etc). Ha obtenido entre otros los premios, Luis Cernuda, Ojo Crítico, Loewe, de la Crítica y Nacional de Literatura. Su labor como novelista y ensayista es también notable, sobresaliendo su primera novela, Chistera de duende (1991).  Premio Nadal 2007 por Mercado de Espejismos.
HILARIO J. RODRÍGUEZ
 

Hilario J. Rodríguez (Santiago de Compostela, 1963) es licenciado en Filología Anglogermánica y en Filología Hispánica. Durante varios años dio clases de lengua, literatura e inglés en España, República de Irlanda, Gran Bretaña y Estados Unidos. Ha ganado varios certámenes literarios y ha publicado la colección de relatos Aunque vuestro lugar sea el infierno y muy recientemente la novela Construyendo Babel (editorial Tropismos). Como crítico 

cinematográfico, colabora con Dirigido por, Imágenes de actualidad o Abc, y es director adjunto de la revista Versión original. Entre sus libros, cabe destacar Eyes Wide Shut: Los sueños diurnos, Museo del miedo, Lars von Trier: El cine sin dogmas (finalista del premio al Mejor Libro del Año de la Asociación de Críticos Cinematográficos) y El cine bélico: Una propuesta de análisis (de próxima aparición en la editorial Paidós).
NORBERTO LUIS ROMERO
Norberto Luis Romero nació en Córdoba, Argentina (1951). Es director y profesor de cine. En 1983 publica en Editorial Noega, de Asturias, su primer libro de cuentos, Transgresiones, y en 1988 el mismo libro aparece en Argentina publicado por Alción Editora. Tras un largo silencio aparece en 1996 “El momento del unicornio”, en Ediciones Nobel, de Asturias, simultáneamente con su primera novela Signos de descomposición, en la editorial Valdemar, de Madrid, donde en 1999 publica su segunda novela “La noche del Zeppelín” y en 2002 la tercera: “Isla de sirenas”. En 2003 la novela “Ceremonia de máscaras”, en Laertes, Barcelona. En "Leaping dog press", Virginia, “The Last night of carnaval”, libro de relatos en traducción de H. E. Francis; y en 2005, "Editorial Egales" de Madrid, publica la novela “Bajo el signo de Aries”. En 2007, "Ediciones Amargord", en su colección de minilibros "1003 libros para cruzar la noche", publica el cuento Capitán Seymour Sea.

CARLOS CASTÁN

Barcelona, 1960. Es autor de los libros Frío de vivir (Zócalo, 1997;  Emecé, 1997;  Salamandra, 1998. Traducción al alemán: Gern ein Rebell. Nagel&Kimche: 2000), Museo de la soledad. (Espasa, 2000; Círculo de Lectores, 2001; Tropo Editores, 2007) y Sólo de lo perdido (Destino, 2008).

MANUEL VILAS
Manuel Vilas nació en Barbastro en 1962. Ha publicado la novela Dos años felices y una serie de relatos sobre la vida contemporánea reunidos en La región intermedia. Es autor de los libros de poesía El rumor de las llamas, El mal gobierno, Las arenas de Libia, El cielo y Resurrección (XV Premio Gil de Biedma). Autor de las novelas Zeta, Magia y España.
JOSÉ MARÍA LATORRE
Nacido en Zaragoza, actualmente reside en Barcelona. Coordina la revista «Dirigido» y dirige la colección de libros «Programa Doble». Colabora en revistas y periódicos de España e Italia sobre temas de literatura, cine y música y ha escrito dieciséis guiones para televisión a partir de clásicos de la literatura fantástica. Su guión para el cortometraje "El sistema de Robert Hein", a partir de un cuento de Pere Calders, obtuvo el premio de la Generalitat catalana.
Novelista, ha publicado cuentos en las revistas de España "Turia", ”Clarín” "La Mosca", "Revista de Literatura Rey Lagarto", "Quimera", "Penthouse", "Trébede", "Rolde", "Prima Littera" y cuentos que es hoy en día. Ella esgrime los siguientes argumentos para justificar un latrocinio tan especializado: “elemental, queridos, los libros de relatos son más fáciles de ocultar en  el bolsillo de un abrigo e infinitamente mejores que las novelas que se escriben actualmente en  aqueste país”. Espera  poder robar su primer libro publicado, “Manderley en venta” (TROPO EDITORES, 2008), en cualquier gran superficie o pequeña librería de viejo, a principios del próximo año. Premio Isabel de Portugal de Narrativa 2007,  Premio Universidad de Zaragoza de Narrativa 2007, Premio “Tierra de Monegros” 2007.
MARIO DE LOS SANTOS 
Nacido en Zaragoza, en 1977. Doctor por la Universidad de Zaragoza. Autor de las novelas Al final de la cebada (Zócalo, 2004) y "Cuando tu rostro era niebla" (Onagro, 2008). Ganador del Premio de Novela Fundación 2009 con "La brújula del universo" (Huerga y Fierro, 2008).
OSCAR SIPÁN.
Nacido en Huesca, en 1974. Galardonado en numerosos certámenes literarios, entre los que destacan el VIII Certamen Literario Alfonso Martínez-Mena 2008, de Alhama de Murcia, el XXXV Premio Ciudad de Villajoyosa 2007, IX Premio de Libro Ilustrado para Adultos 2006, que convoca la Diputación de Badajoz, el Premio “Don Alonso Quijano 2006, Málaga, el Premio Paradores de Turismo de España 2003, el Premio Odaluna de Novela 1998 de Albacete o el XVII Premio Isabel de Portugal 2002. Autor de los libros “Rompiendo corazones con los dientes” (Premio Odaluna, 1998), Pólvora Mojada (Premio Isabel de Portugal 2003), Leyendario (2004), Escupir sobre París (2005), Tornaviajes (2006, Premio Búho), Guía de hoteles inventados (Premio de libro ilustrado para Adulto 2006, Diputación de Badajoz), Leyendario, Criaturas de agua (2007). En 2008 publicará “Avisos de derrota” (Beca de creación, Ayuntamiento de Zaragoza 2008).
*****
Prólogo

 

 

             Hace dos años di por concluido un afanoso e inolvidable viaje de algo más de un lustro, en el que me propuse rescatar tempranas pasiones y en ello desentrañar el misterio de mi cinefilia adolescente.
             Recuerdo que el planteamiento inicial estuvo cargado de incertidumbres sobre el camino a seguir, pues descarté posibilidades como la de tomar la muy lejana ruta de Alderaán o la del Planeta Prohibido -antiguos anhelos-, quizá impelido por una cuestión de modestia tecnológica o de visado. Descarté igualmente aquella otra que conducía a la recóndita floresta de Sherwood o a las más exuberantes selvas de Mompracem, tal vez porque sentí haber rebasado ya la edad de las utopías libertarias o simplemente por evitar andar entre las ramas de una ficción definitivamente ajena, atendiendo a las mutaciones de un temperamento, el mío, cada vez más escéptico y reaccionario.
            Fue así que decidí buscar otras añoranzas no menos arraigadas, pero más cercanas, adentrándome en el territorio proscrito del Western patrio o mediterráneo, más conocido como Spaghetti Western. Bautizado así de forma maliciosa y despectiva por quienes elevaban a la categoría de Séptimo Arte sólo aquellos productos que consideraban representativos de la tradición o bien de la innovación, si se trataba de una determinada escuela o generación definida por su progresismo ideológico. Los mismos que con alambicadas justificaciones seudo filosóficas, moralistas y recurriendo de forma impúdica a un criterio tan subjetivo como el estético, terminaron por condenarlo al ostracismo, desatando una corriente menospreciativa sin precedentes. Un clima de opinión que afectó, incluso, al gremio de realizadores europeos, al punto de que un amplio sector renegara de esa caterva de atrevidos colegas que había osado recrear aquí, en el viejo continente, la iconografía del género americano por excelencia. (Recuerdo, con menos severidad, declaraciones como las de Damiano Damiani al subrayar –por si acaso- que su película “Yo soy la revolución” no era un western, pese a utilizar sin ambages todos sus clichés, además de otros surgidos de la chistera del inolvidable Sergio Leone).
           Elegí, en definitiva, ese camino, por todo lo dicho y porque las exigencias de nuevos tiempos cinematográficos, marcados por el desarrollo de los denominados “efectos especiales”, terminaron relegando al olvido, a vagar por las tinieblas de la historia del cine, a un género con el estigma de impostor.
           Sí, sopesando motivos relacionados con el carácter, se me antojó entonces que este era un rumbo prometedor: suponía ir contra corriente, afrontar causas perdidas y frecuentar poéticas decadentes (“En otro tiempo, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones y en el que se derramaban todos los vinos”  resonaba Rimbaud).
            Asumí que para desmontar prejuicios y descifrar secretos habría de rehacerme a cada andanada desmitificadora. El compromiso requería convicción, la senda a seguir estaba desdibujada, pero yo conservaba en lo profundo de mi memoria y en el vértice de mi retina imágenes, y éstas me acercaban ese prurito arrebatado de infancia del que todos presumimos cuando nuestro físico nos la niega rotundamente.
            Como si de un viaje iniciático se tratara, me propuse participar de una historia pasada sin saber bien cómo, poniéndole a mi corazón freno y marcha atrás, para recalar en aquellas aventuras del Oeste vividas en el cine hacía treinta años. Y comencé por irrumpir en sus fotogramas rayados, visitando decorados mantenidos y rehabilitados por obra y gracia de asistencia, viejos y curtidos especialistas como Paco Ardura o Rafael Molina. Pero allí, el eco de voces pasadas, tan sordo como el crujir de la madera o el vaivén chirriante de sus puertas, transmitía una nostalgia fantasmagórica. Rastreé a pie algunos de los desolados parajes, ramblas, desfiladeros e incluso dunas de la geografía hispana por donde transcurrieron aquellas emocionantes galopadas, adornadas por el énfasis musical de Ennio Morricone, en busca de vestigios de antiguos ranchos, fuertes o minas abandonadas, pero entre la ventisca encontré ruinas y, en el peor de los casos, una magnificente soledad. E intenté capturar encuadres, localizaciones y realizar comparativas de escarpados perfiles paisajísticos mudados por la desgaste del tiempo (emulando -dicho sea de paso- la pericia de Carlo Gaberscek), aunque sólo alcanzara a ver y reconocer cuando cerraba los ojos.
            Y lejos de estar vacío en espíritu por tan sutiles hallazgos, me propuse -costase lo que costase- averiguar el paradero de aquellos héroes impertérritos y villanos despiadados que en algún momento, por exigencias del guión, tuvieron que abandonar aquel territorio, para colgar -como confesara Robert Hundar- el cinturón y el Colt en un clavo cercano a la puerta de sus casas. Aquella generación maldita de actores de rostro y de raza. Y sí, aunque no eran pocos los que habían quedado ya en el camino -y no precisamente abatidos por las balas-, encontré a otros soportando el anonimato con frágil dignidad y con el consuelo de estar vivos, pero derrumbándose en gratitud ante la simple y sincera manifestación de admiración. Lamentando y maldiciendo los derroteros de una industria que les fue olvidando al dar la espalda a ese género en el que terminaron encasillados. Ni siquiera esa experiencia, que fue un auténtico descenso a los infiernos, resultó prosaica o decepcionante, pese a asistir a sus anécdotas adulteradas y olvidos no deliberados, a sus rencores y rivalidades no disimuladas, a sus achaques y cicatrices mal restañadas. La silicosis que arrastraría de su primera época de minero, nunca fue impedimento para que un septuagenario Frank Braña presumiera de sus 17 fracturas acumuladas por saltar del caballo y realizar acrobacias y machadas propias de un actor que siempre dio la cara al riesgo, a la profesión; sin embargo, la traiciones sufridas le devoraban el hígado cada mañana.
           Aquel universo en el que la ficción y la realidad estaban tan engarzadas, que resultaba en sus arrabales, en sus reliquias, entre bastidores tan desconcertante y decadente a la par que apasionante, era el Spaghetti Western en estado puro. Extinto pero presente. Contenía definitivamente una arrebatadora carga poética, más allá de lo que intuí al comienzo del camino, a la que no pude resistirme. Y según lo previsto, me entregué a ese intento particular de rehabilitación a través del relato de lo que fue, de lo que fueron y de lo que dejó en mí. No obstante, cuando ya, reconfortado por el esfuerzo, se imponía el regreso, en aquel rojizo atardecer de la última página, sentí que había tenido que pagar un precio, el de haber latido tan cerca: aquella emoción vibrante, ingenua, contagiosa y vital que para mí había destilado el western desde su ficción, terminó por transformarse en taciturna melancolía. Quizá también atendiendo a las mutaciones de un temperamento, el mío, cada vez más escéptico y reaccionario.

 

             Pasados –como dije- dos años de aquella experiencia, tengo la fortuna de asistir como espectador de excepción, a esta nueva propuesta literaria de revisitación, que nos asalta con una consigna determinativa, “Vivo o muerto”. Un título que nos invita a frecuentar una vez más -desde la imaginación- aquella poética, a riesgo de hacernos partícipes de su decadencia y de una épica marcada por el exceso, la precariedad y el desafío de la existencia: Si estas vivo, dispara, de otra forma prepárate la tumba.
         “Vivo o muerto” proclama rotundamente, como en aquellos pasquines de SE BUSCA, la reivindicación de esta temática de la única forma posible, desde la dualidad  de un universo primario y salvaje en el que todo se divide o se encuadra en dos categorías. Si a esos extremos añadimos algunos de los rasgos distintivos del temperamento latino, tales como la pasión o la venganza, estos cuentos del Spaghetti Western prometen acercarnos el aroma y la aventura de una frontera no muy lejana, sin dejar a nadie indiferente.
            Por experiencia sé que no es fácil evocar y recrear con palabras un mundo que apenas necesitaba de ellas, tan elocuente en sus primeros primerísimos planos, en su laconismo sentencioso, en su aridez, en su letárgica desolación. Pero, la prosa luminaria de esta obra coral nos concede nuevamente la magia de sus imágenes y de su iconografía, proponiéndonos diversos caminos a seguir más allá de la realidad (también con historias posibles detrás de las bambalinas).
           Un regalo, en fin, que incita a quienes dormitamos con el sombrero calado hasta las cejas, a alzar la mirada, con lánguida cadencia, hacia ese nostálgico horizonte por donde siempre se pone el sol.

 

 

Anselmo Núñez Marqués

 

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LA COCINA CANÍBAL, DE ROLAND TOPOR

LA COCINA CANÍBAL, DE ROLAND TOPOR
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Las recetas de La cocina caníbal harían las delicias del menú de Hannibal Lecter: el hombre es el mejor alimento para el hombre.

  

 

 

INOCENTE EN APUROS

Coja a un inocente, desnúdelo, pisotéelo, dele patadas, mátelo,

córtelo en trozos de un mismo grosor y métalo en la olla con

un gran trozo de mantequilla, sal, pimienta, especias, chalotes

y perejil picado. Déjelo freír un tiempo, añada un trago de vino

blanco y un poco de caldo. Cuando el inocente empiece a hervir,

retírelo del fuego y sírvalo sobre un mantel bien apurado.

Cómalo discretamente mientras habla de otra persona.

 

 

AGENTE DE SEGUROS EN SU PÓLIZA

Sáquele el dinero y, si es necesario, hágale una pequeña incisión

en la cabeza para que no quede nada en el interior. Límpielo,

cepíllelo suavemente para no dañar la piel, lávelo para que

esté presentable. Deje que se haga en el caldo. Si el agente está

gordo hacen falta cuatro horas de cocción, si no, tres serán

suficientes.

Para servirlo, coloque una póliza de seguros en la fuente, decore

con monedas, carnés de identidad, flores y acompañe el

dinero con un largo silbido de admiración que a él apenas le impresionará

pero que a usted le hará bien.

Roland Topor (7 de enero de 1938 en París-16 de abril de 1997). Escritor, pintor, ilustrador y cineasta francés de origen polaco. Publicó dibujos y cuentos en las revistas Bizarre, Arts, Le Rire y Fiction. Junto con Fernando Arrabal y Alejandro Jodorowski, fundó del movimiento Pánico, vanguardia teatral de marcadas tendencias surrealistas y del teatro del absurdo. Influido por el cine de Luis Buñuel y por El Manifiesto del teatro de la crueldad de Artaud, en el Grupo Pánico se conjugan tres elementos básicos: terror, humor y simultaneidad.

Topor ha sido autor de piezas teatrales, director y actor, como en Autorretrato de un pornógrafo. Su novela El Quimérico Inquilino fue llevada al cine por Roman Polanski en 1976. Como actor ha participado en Nosferatu, vampiro de la noche (1979, de Werner Herzog) y El amor de Swann (1984, de Volker Schlöndorff). También ha diseñado la escenografía y el vestuario de obras teatrales y de óperas. Ha sido autor de dos películas de animación: Los caracoles (1966) y El planeta salvaje (1973), premio especial del jurado en Cannes. Además de sus trabajos en televisión (Téléchat: 156 episodios para niños con Henri Xhonneux), es autor de las piezas de teatro Joko festeja su cumpleaños (1975) y El invierno bajo la mesa, representada en Bruselas en 1996. Junto con Michel Ribes escribió la ópera Batallas, representada en 1983. Entre otras distinciones, obtuvo el Gran Premio de las Artes de la villa de París. La Cocina Caníbal fue publicado por primera vez en Francia por ediciones André Balland (París, 1970).

VÍDEOS ROLAND TOPOR:

                                                                  

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Los girasoles ciegos (Alberto Méndez)

El primer relato, o primera derrota, nos habla del capitán Alegría. Oficial del ejército fascista, Carlos Alegría se rinde a los republicanos cuando las tropas golpistas están entrando en Madrid. Postura que, lógicamente, no es entendida por ninguno de los dos bandos, pero que el oficial explica que toma, entre otras muchas razones aparentemente arbitrarias, porque sus correligionarios no querían ganar la guerra, sino matar al enemigo. Su entrega le acallará la mala conciencia de haber sido miembro de un ejército que, para vencer, ha tenido que cometer tantas atrocidades y crímenes Como dice Ramón Pedregal a propósito de una reseña sobre el libro: “El capitán Alegría es un Bartleby que cuestiona la norma de aquellos con los que vive y no puede abandonar su visión de lo que ocurre”.

La segunda derrota, quizá el relato más logrado y sobrecogedor de los cuatro, nos cuenta el breve periplo de un joven poeta que huye de los vencedores hacia las montañas asturianas en compañía de su mujer embarazada. En medio de la soledad y el frío la muchacha da a luz a un niño y muere tras el parto. A través de un diario íntimo, donde el adolescente deja escrito su miedo, se nos va poniendo en antecedentes de la vana lucha que emprende el joven padre para salvar la vida de su hijo.

El tercer relato, o tercera derrota, gira alrededor del soldado republicano Juan Serna. Cuando el presidente del tribunal que debe juzgarle y su mujer se enteran de que el soldado enemigo conoció y vio morir a su hijo (un ser abyecto que fue fusilado por sus múltiples delitos) le conminan a que hable y hable sobre ese hijo. Intentando arañar unos días más a la existencia, convierte al joven traidor en el héroe que quieren los padres. Mas la impostura pronto le asquea y cuenta la verdad. Verdad que indefectiblemente le llevará a la muerte.

La historia, o la cuarta derrota, que cierra el libro transcurre en la opresiva vida cotidiana del nuevo régimen. En ella se habla de Ricardo. Un “topo” al que toda la familia protege entre miedos y silencios. Desde el armario en el que vive encerrado contempla impotente y horrorizado el acoso libinidoso que sufre su mujer por parte de un diácono, profesor del hijo del matrimonio. El final es dramático y desolador.

Este libro me lo he leido en un día, es impresionante. Son cuatro historias para mi la segunda El manuscrito encontrado en el olvido y la cuarta Los girasoles ciegos los deberían de leer cualquier persona interesada en saber como fué la guerra civil, pero no las grandes batallas, los capitanes y los soldados, sino el día a día de la gente de a pie con sus miedos y sus miserias intentando sobrevivir. Es desgarrados y consigue meterte en la piel de los que fuerón nuestros abuelos o bisabuelos, me extraña que nadie lo leyera, la película yo no la ví pero tuvo una cierta repercusión, y lo único que he visto abierto es un programa de radio. Tanto si os interesa el tema, como sino es un libro que hay que leer, por que aunque lo leas solo como si fuera una novela transmite muchas cosas.

Es el único libro escrito por Alberto Méndez murio en el 2004, lamentablemente nos hemos perdidos no se si muchos o pocos buenos libros, pero al menos tenemos uno.

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La Praga de Kafka (Klaus Wagenbach)

Pocos autores de la Literatura Universal pueden identificarse con una ciudad de manera tan estrecha como Kafka con Praga. Él mismo señalaba que "Praga no te deja. […].Esta madrecita tiene garras".

Las especiales circunstancias de la Praga de finales del siglo XIX y principios del XX siempre han sido citadas como el caldo de cultivo de una especial sensibilidad que afloraría en diversas artes, entre ellas la Literatura, con figuras brillantes entre las que destaca por encima de todas ellas Franz Kafka.

Capital del reino de Bohemia e integrada en el Imperio Austrohúngaro, con una minoría de población de lengua y cultura alemana -muy activa social y económicamente-, y otra minoría judía (dentro de la cuál volvía a repetirse la división anterior, si bien con un mayor peso del componente alemán), Praga era un ciudad en cuyas calles se cruzaban las manifestaciones de los trabajadores de los barrios obreros periféricos, de los nacionalistas checos o las esporádicas explosiones de persecución antisemita.

Su centro histórico ha sido conversado en bastante buen estado, pese a los bombardeos durante la II Guerra Mundial y el urbanismo que la siguió, lo que nos permite hacernos una idea cabal de cómo era esa Praga en la que vivió Kafka. Aclararemos que este interés va poco más allá de la curiosidad del lector que desea conocer algo mejor a uno de sus autores favoritos, ya que contemplar el portal de su casa natal o la fachada del edificio al que acudió como estudiante de instituto, apenas si nos dice algo de su escritura.

Hecha esta salvedad, volvemos al libro escrito por Wagenbach para satisfacer esa curiosidad histórica y acercarnos más al hombre, que no a su obra, para lo que desglosa metódicamente todos aquellos lugares que tuvieron cierta relevancia en la vida del autor checo, acompañando una foto de la época cuando es posible, ubicándola en un mapa (de hecho dos, uno con lel nombre de las calles en alemán y otro en checo) y describiendo su situación y estado actual.

El texto, como no puede ser de otra manera, recoge ciertas notas biográficas esquemáticas que permiten seguir adecuadamente a aquellos que no estén familiarizados con la vida de Kafka. La relación de lugares descritos. Asimismo, se acompañan algunos textos del propio Kafka (tomados de su correspondencia, diarios o incluso de obras de ficción como Descripción de una lucha) con los que se pretende dotar de mayor viveza y realismo las descripciones de Wagenbach.

Este breve libro se organiza temáticamente en cuatro bloques. El primero de ellos (“Las casas") enumera las diferentes viviendas en las que Kafka vivió o escribió, tratando de aclarar en cada caso qué obras principales fueron escritas en cada uno de esos inmuebles. Wagenbach no deja escapar la oportunidad de hacer precisiones en los lugares debidos. Por ejemplo. la vista desde la ventana de la habitación de Kafka en la casa del Barco pudo ser tomada para la confección de la escena final de La condena.

Wagenbach llega hasta el punto de aclarar la situación actual de muchos de esos inmuebles o de facilitar información sobre cómo acceder a algunos patios interiores de las viviendas (en ocasiones, el acceso es más fácil desde otros portales) o en destacar la belleza de las escaleras centrales para acceder a los diferentes pisos.

Por supuesto, que en este apartado aparecen también las casas de Max Brod, el salón literario de Berta Fanta o los diferentes locales en los que Hermann Kafka regentó su floreciente negocio de comercio al por menor y posteriormente al por mayor, así como la temible ubicación de la fábrica de asbestos que tanto problemas y angustia ocasionó al escritor. Kafka era socio capitalista con el fin de completar la participación de su cuñado (proviniente de la dote de su esposa, Elli Kafka) y de poder controlar los aspectos económicos de la misma. La participación de Kafka (con dinero prestado de su padre) fue sugerida por éste mismo (a fin de cuentas, había estudiado Derecho) por lo que no es muy correcto afirmar como hace Wagenbach, que aceptó dicha participación después de mucha insistencia de su padre.

El segundo bloque temático (La carrera de funcionario) visita las sedes de las diferentes instituciones educativas por las que pasó Kafka (escuela primaria, instituto, las diversas dependencias de la Universidad alemana e incluso los lugares en los que realizó el año de prácticas obligatorio).

De ahí pasamos a la sede de la Assicurazzioni Generali, entidad de seguros de origen italiano, en la que Kafka comenzó a trabajar gracias a una recomendación, y cuya larga jornada laboral resultaba incompatible con sus aficiones literarias lo que le llevó a buscar otro empleo, como funcionario, en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo, la temible "oficina" de la que ya escapó hasta su jubilación anticipada por su tuberculosis.

En ambos empleos (y en la fábrica de asbestos) se forjó la representación de la Vida, frente a Literatura, del mundo real, frente al mundo en el que Kafka soñaba, esa idea según la cuál, las condiciones perfectas para desarrollar su escritura, se daban en lo más profundo de un túnel, sin ruidos y al que la comida fuera colocada por un sirviente silente al otro lado de una puerta en el extremo del túnel.

Pese a los agrios comentarios de Kafka sobre su vida laboral, no debemos olvidar que en el Instituto alcanzó puestos de cierta responsabilidad y gozó de la confianza de sus superiores. Finalmente, tampoco se puede pasar por alta que su trabajo técnico es una pequeña clave que explica determinados aspectos de su obra.

El tercer apartado (Paseos predilectos) recoge tres itinerarios que pretenden dar testimonio de alguno de los largos y hermosos paseos que Kafka acostumbraba a dar por las tardes, solo o en compañía de algún amigo, antes de la cena y de encerrarse en su cuarto a escribir.

El primero de ellos (subida al monte San Lorenzo) prácticamente es el itinerario que recorre el protagonista de Descripción de una lucha y parte de la estatua de Carlos IV en la plaza de los Cruzados hasta lo alto del monte San Lorenzo lo que, además de permitirnos disfrutar de unas hermosas vistas, nos ofrece la posibilidad de contemplar los restos de la muralla del hambre (en la que pudo hallar inspiración para componer La construcción de la muralla china o visitar el emplazamiento de la cantera de Strahov, lugar al que fue conducido Joseph K. para ser ejecutado.

Los otros dos paseos (del Belvedere al parque Chotek y Malá Strana y el Jardín botánico y Troja) son otra oportunidad excepcional de recorrer la Praga de la época de principios de siglo (bastante bien conservada) y de hacerse una idea del concepto de "paseo" que Kafka tenía y ponía en práctica.

Finalmente, el último apartado (Lugares literarios y de esparcimiento) trata de compensar la imagen de escritor solitario y atormentado en favor de un Kafka que frecuentaba cafés literarios, salas de conferencias y conciertos, proyecciones de películas, etc.

Se ubican muchos de los cafés frecuentados por Kafka en su juventud, como el mítico Café Savoy (donde conoció la tradición del teatro yiddish), el Café City, el Louvre, el Corso y el Arco.

También aparecen las bibliotecas y librerías que frecuentaba, así como las dos escuelas de natación, donde practicaba en verano con su bote de remos por el Moldava.

Tampoco olvida Wagenbach la ubicación de las primeras salas de cine de Praga, o el Rudolfinum o la Casa de la Municipalidad, centros culturales de primer orden incluso hoy en día o los lugares en los que Kafka realizó lecturas públicas de sus obras o presentó las de otros (como la sede del Antiguo Ayuntamiento Judío.

Fiel hasta el extremo a su intención de no dejar un cabo suelto, también se nos facilitan indicaciones para visitar el cementerio judío de Straschnitz donde Kafka fue enterrado en junio de 1924.

La Praga de Kafka es un libro para apasionados de la obra de este autor que quieran aproximarse a su escenario vital. Lectura imprescindible por su carácter práctico para quien vaya a visitar Praga con la idea de rendir tributo a su genial escritor o para quienes, conociendo ya la ciudad, quieran evocar los lugares ya visitados.

Wagenbach es un gran experto en Kafka y ha escrito varias libros al respecto, llegando a recopilar todas las fotografías conocidas en las que aparece dicho autor (Franz Kafka. Imágenes de s vida). Tuvo la suerte de trabajar en la editorial S. Fischer en el momento en el que se preparaba la publicación de El proceso, hecho que le marcó de manera definitiva. Tiempo después se independizaría fundando varios sellos editoriales de diverso contenido con un compromiso político muy profundo.

Con La Praga de Kafka, Wagenbach ha logrado combinar información actualizada, ubicaciones precisas (nombre de las calles en alemán y checo numeradas en el mapa correspondiente, números de portal actuales junto al original de la época de Kafka), fotografías en blanco y negro, referencias biográficas y textos originales de una manera convincente y amena, evitando entrar en detalles excesivos que entorpecerían la lectura y dando sentido al subtítulo de la obra "Guía de Viajes y de Lectura".

Confieso que he leído

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