LAS ARENAS DE MARTE (ARTHUR. CHARLES CLARKE)

Martin Gibson es un conocido escritor de novelas de ciencia ficción en la Tierra, que se embarca hacia Marte en el Ares. Esta nave va a ser la primera de toda una línea de pasajeros y carga regular y de gran capacidad que acercará más la Tierra y su vecino rojo. La presencia de Gibson en la nave como único pasajero se explica para que escriba artículos sobre la misma y el viaje interplanetario, de cara a dar buena imagen del mismo entre la gente. A bordo del Ares, le acompaña la tripulación, formada por el capitán Norden, el oficial Hilton, el doctor Scott, y el físico Mackay, además de Jimmy Spencer, aprendiz y estudiante, el más joven de la nave. Tras tres meses de viaje, en los que todos llegan a conocer bien a Martin, llegan a Marte, encontrando como primer contratiempo el hecho de no poder detenerse en Fobos como de costumbre, sino en Deimos.

Una vez en la superficie, Gibson se pone en contacto con el Jefe Principal de Marte, Hadfield, que le da carta blanca para investigar por toda la ciudad de Puerto Lowell, la mayor de Marte. Hay que decir que a estas alturas, la presencia humana en el planeta rojo es muy reducida, con sólo un par de ciudades importantes bajo cúpulas, Puerto Lowell y Puerto Schiaparelli, y que la atmósfera, por ser tan tenue, no es respirable sin la apropiada máscara. Se ha descubierto abundante vida vegetal en Marte, pero ningún animal, como se esperaba por la baja presión.

Es preciso saber que por una sorprendente casualidad, Jimmy es hijo de Gibson, de una aventura que tuvo en su breve tiempo de universitario, cuando era joven. Para compensar de alguna forma al chico por su ausencia durante años, y sin que llegue a enterarse de su identidad real, empieza a ayudarle en todo lo que puede, especialmente cuando el joven y la hija de Hadfield, Irene, se enamoran.

Gibson propone una pequeña excursión por los alrededores de la ciudad, lo cual les lleva inesperadamente a un complejo de investigación sobre plantas que no se les permite visitar. Procura no darle mayor importancia al hecho, y lo olvida.

Cuando algún tiempo después marchan en un vuelo hacia Puerto Schiaparelli, sufren un accidente, y se ven forzados a aterrizar en una de las muchas zonas que el hombre aún no ha pisado. Explorándola, encuentran un bosquecillo con unas curiosas plantas que contienen gas, surcado de senderos. Sin embargo, tardan algo en darse cuenta de que los senderos, no se hacen solos. Tras revisar el lugar con cuidado, encuentran un pequeño grupo de animales marcianos, que se dedican a comer de esas plantas llenas de oxígeno que éstas extraen del suelo. Aunque no parecen prestarles mucha atención a los humanos, uno de ellos se encariña con Gibson, y se acaba yendo con ellos. Recibe el nombre de Scuic, y supone toda una revolución en las teorías sobre la vida marciana.

A su regreso a Lowell, Gibson empieza a oír rumores sobre el misterioso Proyecto Aurora, del que nadie desea hablar. Mientras investiga, se encarga también de hablar con Hadfield sobre el romance de Jimmy e Irene, para obtener el visto bueno del que técnicamente sería pariente suyo si se realiza el compromiso. Cuando Hadfield empieza a confiar en Gibson, y deja de verlo como un estorbo, decide tenerlo más al tanto de lo que ocurre, y le muestra el interior de la mencionada estación de investigación: por lo visto, las plantas de las que Scuic se alimenta ya habían sido descubiertas y cultivadas para encontrar una variedad que pudiera ser útil a efectos de terraformación (palabra que no se usa explícitamente en la novela) Sin embargo, no le habla del Proyecto Aurora.

Sólo cuando faltan unas pocas horas para que dichos planes se lleven a cabo, Gibson consigue atar todos los cabos: para que las plantas productoras de oxígeno funcionen, se precisa mucha luz, que el apartado Marte apenas recibe en cantiad suficiente del Sol. Por tanto, y mediente ingeneiría nuclear (basándose en unas hipotéticas reacciones de mesones) se convierte a Fobos en una nueva luminaria para Marte, que pasa a recibir suficiente luz y calor como para que las plantas se desarrollen tanto como se precisa. Naturalmente, el secreto en torno a esto se mantenía porque era algo que la Tierra no había aprobado.

Gibson llegó a Marte como un observador temporal que iba a dar su opinión sobre el lugar para atrae a más gente allí. Sin embargo, acaba sintiéndose parte de la comunidad, por lo que al final de la obra ha decidido quedarse allí a vivir durante más tiempo del pensado, y trabajar por la prosperidad de la colonia.

Jimmy e Irene formalizan su compromiso, y marchan a la Tierra para que ella pueda ver todo lo que haber vivido en Marte no le ha permitido conocer. Los demás tripulantes del Ares regresan a su puesto, y el futuro de Marte se presenta alentador: se calcula que en 50 años, la atmósfera sería respirable gracias a las plantas y Fobos.

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uN GUIJARRO EN EL CIELO (ISAAC ASIMOV)

Debido a un improbable y fortuito fenómeno nuclear Joseph Schwartz, un sexagenario sastre de mediados del siglo XX, es trasladado más de 50.000 años hacia el futuro hasta el siglo IX de la Era Galáctica. La Tierra que encuentra Schwartz es una especie de "ghetto" donde la radioactividad ha hecho inhabitable la mayor parte de su superficie (tema que Asimov desarrolla detalladamente en la novela Robots e Imperio de la Saga de la Fundación). La escasez de recursos ha obligado a imponer un riguroso control de natalidad y la eutanasia forzada de los mayores de 60 años.

El argumento entrecruza, entre otras, las vidas del físico-médico terráqueo Affret Shek, del baronniano Bel Arvardan (investigador científico del Instituto Arqueológico Imperial) y de Balkis, el todopoderoso Secretario del Primer Ministro de la Tierra. Una conspiración encabezada por este último amenaza con diezmar la población de la galaxia con el virus de la fiebre de radiación para el que sólo los terráqueos tienen defensas.

Aturdido por su incomprensión de lo sucedido, tomado por casi todos como un idiota y con el comportamiento de un antihéroe a lo largo de casi todo el relato, Schwartz usa finalmente sus recién adquiridas destrezas para desbaratar la conspiración.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Médula (Robert Reed)

Médula es otro de esos libros terriblemente aburridos con los que la ciencia-ficción contemporánea nos castiga una y otra vez a quienes nos empeñamos en amar a este género, casi siempre a causa de las satisfacciones que nos dio en las décadas pasadas. Cómo este tipo de larguísimas y soporíferas naderías consiguen prosperar entre el mismo público que defiende el valor como escapismo de este tipo de literatura es una incongruencia verdaderamente misteriosa para mí.

La verdad es que casi todo alrededor de Médula tenía mala pinta. Es de un autor que es publicado por primera vez en castellano por La Factoría, lo que si nos atenemos meramente a precedentes estadísticos, ofrecía más o menos un ochenta por ciento de posibilidades de que el libro resultara ser un rollo. Va de objetos grandes, de ésos que van por el espacio y ocasionalmente chocan, y hace que la cf de objetos grandes que chocan no me da ninguna alegría desde la última novela de la Cultura de Iain Banks, sin que exista otro referente de interés en este muy especializado subgénero precisamente desde la anterior novela de la Cultura de Iain Banks. Sin embargo, había dos razones que me impulsaron a la lectura: una, que los relatos de Robert Reed a los que he tenido acceso están claramente por encima de la media, con una atractiva combinación entre temáticas de cf estrictas y un manejo correcto de los recursos literarios. Otra, que el libro había resultado finalista en el Hugo, lo que no es mucho decir, pero suele ser un dato de interés en ciertas circunstancias. Por ejemplo, cuando la obra finalista corresponde a un autor que no forma parte de la lista de los obvios, y que por tanto sólo puede haber llamado la atención de los votantes por su calidad.

Pero Médula realmente destroza las expectativas a una velocidad superior a la de la luz. En el prólogo -¿qué sería de una novela actual de cf sin un prólogo misterioso, preferiblemente impreso todo él en una cursiva que nos haga sentir incómodos en la lectura?- se nos informa de que la acción se va a desarrollar en el interior de una gigantesca nave espacial, de origen desconocido, de cinco mil millones de años de antigüedad y grande realmente más allá de la imaginación. Los terrestres la encuentran, la conquistan, y la dan exactamente el tipo de uso que cualquiera podría haber imaginado (o no): la convierten en lugar para hacer cruceros interestelares, a las órdenes de una jerarquía de inmortales que, realmente, no aprenden nada sobre la vida a lo largo de su prolongada existencia.

Así que la novela se plantea como una especie de Cita con Rama a lo bestia, aunque lo malo es que su desenlace también recuerda al de otra obra de Arthur C. Clarke -que no revelaré, por si acaso alguien se siente motivado a leer el libo después de todo, aunque sí avanzo que es un final bastante más idiota que la propia novela en general, que simplemente es poca cosa-. Eso sí, un Cita con Rama actualizada para los tiempos que corren, con personajes femeninos dominantes y liberados que se cepillan a extraterrestres pajarunos y ese tipo de cosas.

En su discurrir hacia desvelarnos los secretos que se esconden en el interior de la supernave, así como los conflictos que se establecen entre los diferentes extraterrestres -conseguidamente raros, en algunos casos-, lo que me resulta más molesto como lector es el ocasional tono pseudo poético que alguien ha intentado introducir en la historia, no sé si el autor o la traductora con su extraña afición a la construcción de las frases en órdenes no convencionales sintácticamente. Una elección de registro verdaderamente extraña, y que desde luego no ha conseguido resultado alguno. Comparar los momentos en los que Reed se pone importante con relatos de Bradbury, o con los cuentos en los que Heinlein estaba inspirado por esa vía, produciría auténtico sonrojo.

En fin, nada de nada, una vez más. Sólo espero que entre todos se consiga hacer una criba de las decenas de novelas de autores poco conocidos publicadas por La Factoría en los últimos años, y que parecen no haber tenido impacto alguno en la crítica. Me gustaría saber cuáles de ellas realmente merecen el dinero que cuestan. Seguro que debe haber algunas, pero personalmente me siento abrumado por su número -y precio-, además de que parece que he tenido la mala suerte de topar siempre con algunas de las que no valen la pena.

Julián Díez

www.biblipolis.org

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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Mareas de luz (Gregory Benford)

A la hora de abordar una continuación o alguna de las partes siguientes de una serie de ciencia-ficción, siempre se corre el peligro, normalmente confirmado, de encontrarse con un considerable descenso de calidad con respecto a lo anteriormente leído de la misma. Seguramente el ejemplo más popular sea Dune, de Frank Herbert, y toda la saga posterior, aunque cualquier lector habitual del género podría, seguramente, dar otros títulos en el mismo orden de cosas. Para ser justos, hay que decir que esto no es un defecto exclusivo de la ciencia-ficción (me vienen a la memoria, por ejemplo, las continuaciones de El médico de Noah Gordon), pero es quizá en este género y en el de fantasía donde más se da el vicio de alargar el éxito logrado con una novela, convirtiéndola en una trilogía, pentalogía o vaya usted a saber. Afortunadamente, no todas las macroseries tienen su origen en la búsqueda del vil metal y en alargar lo inalargable. Hay algunos autores que, arrebatados por una idea gigantesca, imposible de expresar en una sola novela, deciden crear la serie como un todo, no como una retahíla de continuaciones sin sentido, sino como algo global, una gran novela en realidad, dividida en varias partes. Sólo en esos casos se puede dar el milagro de que uno de los capítulos posteriores sean superiores a lo anteriormente leído. El libro que nos ocupa es un ejemplo de ello.

Mareas de luz ocupa el cuarto lugar en la hexalogía imaginada por Gregory Benford, y sin embargo es mejor novela que las tres anteriores. En realidad, cada una de ellas es diferente de las demás, pero significativamente complementaria, hasta tal punto que quien cierre finalmente esta cuarta novela tendrá la sensación de que algo grande, un collage enorme, comienza a tomar forma y sentido en su cabeza.

ocupa el cuarto lugar en la hexalogía imaginada por Gregory Benford, y sin embargo es mejor novela que las tres anteriores. En realidad, cada una de ellas es diferente de las demás, pero significativamente complementaria, hasta tal punto que quien cierre finalmente esta cuarta novela tendrá la sensación de que algo grande, un enorme, comienza a tomar forma y sentido en su cabeza.

Dentro de la rama que explora la gran aventura de la Familia Bishop, la novela narra las vicisitudes sin fin de Killeen y la Familia en un nuevo planeta en el que habrán de luchar al lado de otros humanos, gobernados por un megalómano -que finalmente resultará ser otra cosa-, contra una nueva especie más poderosa incluso que los mecs, y a los que los humanos dan el nombre de cíbers, Para éstos, los componentes de la Familia no son más que una molestia insignificante a la que exterminar. Poseedores de una increíble tecnología capaz de "domar" cuerdas cósmicas con las que sangrar los distintos planetas por donde pasan, los cíbers pretenden desvelar el misterio que ata a los mecs con los múltiples cuasares de la galaxia, totalmente ajenos, por otra parte, a la importancia que los humanos tienen en su propia herencia genética.

Con esta nueva aventura, la epopeya de los Bishop adquiere tintes majestuosos en su constante lucha contra la plétora de seres superiores que se les van poniendo por delante, y a los que uno por uno van superando. La acción no decae en casi ningún momento, y los asistencia, viejos elementos, como los ya imprescindibles Aspectos (personalidades grabadas e implantadas en soportes cerebrales), ayudan a dar más profundidad si cabe a los ya conocidos personajes. Los elementos hard, más abundantes en esta novela que en las anteriores, son de una magnitud gargantuesca. Cuerdas cósmicas, enormes inteligencias orgánicas como el Sembrador del Cielo, cuyas maniobras en el planeta Nueva Bishop despiertan el sentido de la maravilla, las construcciones de los cíbers en órbita, la insolente maniobra del protagonista a través del eje planetario, o la de la misma cíber Quath, asida al enorme tallo espacial para escapar de la batalla con los protagonistas en su interior, sólo pueden ser propias de un autor con gran imaginación y enorme dominio del arte de contar y hacer creíble lo narrado. Todo esto se suma a los imprescindibles elementos propios del arco central de la serie, configurando un misterio cada vez mayor, con un apéndice final que sumerge al lector en una intriga a escala cósmica, y le empuja a querer saber más sobre ese universo.

Pero sin duda, el punto más logrado de toda la novela es la creación por parte de Benford de una especie enormemente interesante y magistralmente descrita, a la que los humanos llaman cíbers, y que el lector conoce como las podia. Auténticos ciborgs, mitad orgánicos, mitad máquinas, estos seres, que recuerdan en todo momento a gigantescas arañas (aunque lógicamente no se diga de manera expresa, puesto que los humanos de las familias nunca han visto una), constituyen, con su comportamiento y su creíble organización social, una de las más interesantes especies alienígenas que el género haya visto últimamente.

De todas formas, Mareas de luz no es un libro perfecto. Benford sigue insistiendo en castigarnos de vez en cuando con un par de páginas descriptivas de las suyas, a las que no hay manera de encontrar sentido literal, siendo imposible imaginarse espacialmente lo que nos quiere enseñar. Esto se hace patente especialmente en esta novela, donde llega a acompañar algunas acciones con dibujos, seguramente porque él mismo se da cuenta de lo farragoso de sus definiciones, como por ejemplo en la primera aparición y modo operativo de la cuerda cósmica. En mi opinión, el medio escrito debería bastarse y sobrarse para hacer llegar al lector lo que se quiere contar: cualquier cambio de formato siempre acaba sacando al lector de la historia.

Aun así, esto no parecen más que pequeñeces al lado de la alta calidad de esta obra. Quedan muchas preguntas por contestar en una serie que cada vez se revela más importante. Qqué pasó con los humanos? ¿Por qué en su momento de mayor gloria y poder -la llamada Era de los Candeleros, esas enormes ciudades en el espacio- comenzaron a decaer hasta llegar a la situación que se narra en los libros de los Bishop? ¿Qué extraños objetivos persiguen los mecs en el Centro Galáctico, y por qué su interés en hacerse con todos los cuasares de la galaxia? ¿Qué será de la familia Bishop? ¿Se encontrarán con Nigel Walmsley en el Centro Galáctico? ¿Qué más sorpresas esconde el pasado de las podia?

Una auténtica invitación para que todo aficionado al género consiga el siguiente volumen de la monumental serie del Centro Galáctico, Abismo frenético.

Santiago L. Moreno

www.bibliopolis.org

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Erasmus Darwin magister (Charles Sheffield)

En principio Erasmus Darwin Magíster podría parecer similar a Las crónicas de McAndrew. Pero un examen más atento nos revelará las diferencias. En Las crónicas de McAndrew el epónimo protagonista era una excusa para hablar de ciertos descubrimientos científicos (y no pretendo hacer una juicio de valor, la pretensión de tratar de los descubrimientos científicos me parece tan digna literariamente como cualquier otra, y construir un libro alrededor de una ciencia tan válido como hacerlo alrededor de un personaje). Erasmus Darwin Magíster nace de la fascinación con un intelecto. El libro es menos una recopilación de tres cuentos sobre un personaje común que una exploración del carácter de un hombre que en el siglo XVIII tenía muchas de las características de un hombre de ciencia moderno.

Y vean aquí; como un escritor de ciencia ficción dura, a los que se les achaca todas las maldades literarias posibles (y cuantos literatos no deberían fijarse más en la viga en el ojo propio), crea un libro que se sostiene prácticamente por completo sobre la personalidad del protagonista.

Y no quiero decir con ello que las historias que forman el volumen ("El demonio de Malkirk" sobre monstruos, "El tesoro de Odirex" sobre pueblos perdido y "El inmortal de Lambeth" sobre eso) sean aburridas. Ni mucho menos. Las tres son muy interesantes y desarrollan con inteligencia sus respectivos temas. Pero si este libro permite una segunda lectura, y todo buen libro debería permitir una, será por el protagonista Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin y fundador de la Sociedad Lunar que reunía a algunos de los mayores intelectos de su época.

Éste es claramente un libro escritor por amor y respeto. Es fácil, leyéndolo, que el lector sienta la fascinación de un escritor que escribe un libro sobre una persona, que a pesar de los siglos, compartía muchas de sus mismas inquietudes intelectuales.

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