A través de las mirillas

Cuando te acercas a un libro de Claudia Bürk te puedes esperar un torrente de imaginación hilado por una gran mente preparando historias exclamantes, sorprendentes y desde luego conmovedoras. En esta ocasión, la autora toma un camino diferente, se aleja de lo puramente metafísico y se adentra en relatos arriesgados, duros, sexuales e incluso repulsivos.

Nada que ver, en realidad, con la vida recatada, sana y altruista que dice llevar la autora. Sin embargo, se trata de un libro de relatos de historias muy elaboradas, muy descriptivas, al límite de lo humano. ¿Cómo escribir así cuando no lo has vivido? Ese, así lo creo firmemente, es el veradero talento literario.

Llama la atención que la autora iba para monja católica en su pasado.

Conociendola en persona, la tengo por muy recta y ante todo pudorosa, nada de lo que escribe parece identificarla y a su vez, muchas cosas lo hacen. Es un arte cómo mezcla cosas propias con cosas totalmente ajenas al vivir propio. Cuando leí «La sonrisa del payaso» casi salto del sillón: puro sexo, casi pornográfía. Según comenta la autora, lo ha escrito como rebeldía ante las constantes críticas por escribir de manera demasiado noña y angelical.

¡Pues vaya valentía al escribir tal relato!

Resulta del todo inquietante el hecho de que nunca se nos desvele la realidad al completo a pesar de que el narrador parezca ser omnisciente. Esto se debe a que la autora utiliza en todo momento la perspectiva de sus personajes, narrando en primera persona. Es ésto tan propio de Claudia Bürk: hace creer al lector que capta sus secretos, cuando en realidad jamás habla de sí. Un hábil juego del despiste, como ya lo demostró en «Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot» en 2011.

Por tanto, en todo lo que leemos percibimos siempre una verdad oculta, sesgada y parcial. El lector debe deducir, suponer y nunca dejar de leer entre líneas…Es algo que vengo observando, como quedó dicho, en todos los trabajos literarios de Claudia Bürk.

El libro en sí critica con sus historias los juicios que nos hacemos sobre los otros. La autora pretende advertir y escandalizar, (si, ésto último como elemento clave y protesta).

Escandalizar, tal y como logra en “La sonrisa del payaso” -se que insisto mucho en este escrito- . Claudia Bürk acaba por darle a ése relato un profundo giro psicológico que duele y descoloca por completo. Somos testigos de las miserias ajenas, de lo que juzgaríamos en la vida real, de lo feo y sucio.

Para concluir, diré que lo que me ha llamado más la atención en  A través de las mirillas es la habilidad con la que la autora utiliza el cambio de la perspectiva narrativa y lo que esto provoca en el lector: cambia el tono, el estilo, y la forma de narrar con cada relato. También destacaré esa naturalidad con la que ha escrito “La sonrisa del payaso”, ¿qué pensará su familia al leerlo? Imagino que hasta eso es propósito. Pues alguien que fuera monjita en su pasado y escribe tales barbaridades consigue chocar y dejarme perplejo.

Me gustó como el personaje en “El escritor frustrado” reflexiona sobre la propia creación literaria. Con Detrás de las mirillas I  he de decir que me confundí bastante y fue necesario una segunda lectura para comprender la ocultación de una verdad. Y finalmente diré que, como he venido observando en los demás libros y novelas de Claudia Bürk, en ningún momento descuida el argumento que, en definitiva, es lo que mantiene atento al lector y hace que éste continúe leyendo.

Recomiendo, pues, este libro a todo aquel aficionado a la literatura que busque, además de deleitarse con la lectura, que es lo fundamental, contribuir con la compra de ésta obra a que muchas personas puedan volver a sonreír. Pues cabe mencionar,  que el libro está íntegramente dedicado a personas en exclusiones sociales y afectadas por la crisis, además de que la autora destina el 100% de los beneficios a tal fin, así como a la ayuda de animales a través de donaciones. Recientemente hizo una donación de esos beneficios a Cáritas y así la autora pretende seguir adelante. Es notable, en estos tiempos que corren que alguien renuncie a todas las ganancias para donarlas íntegramente a otros.

 

Librito

CRISIS COMO OPORTUNIDAD

*
Arno Geiger, El vell rei a l’exili,,
Trad. de Ramon Montón,
Ed. Proa, Barcelona, 2013, 199 págs.
*
Geiger (Todo nos va bien)
por Anna Rossell
*

Entrañable este pequeño libro del austriaco Arno Geiger (Wolfurt –Austria-, 1968), de quien en España conocemos «Todo nos va bien»(El Aleph, 2006), publicada también el mismo año en catalán por el sello Empúries, «Tot ens va bé», una de sus novelas más logradas, galardonada en 2005 con el Deutscher Buchpreis de los editores alemanes, uno de los más prestigiosos en esta lengua.
Como ya hiciera entonces a partir de la herencia de la casa familiar del protagonista, el autor se sumerge de nuevo en el pasado. Parece como si Geiger se sintiera especialmente cómodo en este registro, aquél que a partir de los objetos, detalles y gestos da pie a la reflexión y a la reconstrucción de la historia, la de su país o la personal, ligadas entre sí.

Sin embargo «El vell rei a l’exili», publicada también este año en español por El Aleph («El viejo rey en el exilio»), no es una novela, sino un ensayo intimista en el que Geiger nos ofrece un regalo lleno de ternura y esperanza, un texto biográfico en el que narra la relación de un hijo con su padre a partir del momento en que éste enferma de Alzheimer y se manifiestan sus primeros síntomas.
Lejos de desunir y destrozar las relaciones familiares, la enfermedad de August Geiger, que al principio, cuando los signos de la demencia no fueron convenientemente identificados,
amenazaba con aniquilar la paz y la armonía, se torna una maravillosa oportunidad de acercamiento y de aprendizaje, la ocasión que la vida brinda a la familia para conocer a un August distinto, a veces incluso más cercano. A un ritmo ralentizado, como si el tiempo de la narración se acompasara a la nueva vida del enfermo, Arno Geiger nos abre su intimidad y nos descubre, paso a paso, el nuevo y precioso vínculo que va naciendo entre él y su padre. En congruencia con el carácter reflexivo del libro, el autor sabe crear un ambiente interno sosegado que contagia al lector, que se adentra en la lectura con la plácida serenidad de quien asiste a una liturgia mágica.

Más allá del inestimable consuelo y de la ayuda que puede proporcionar a aquellos que se encuentren en una situación similar, el libro supone una gran enseñanza: mientras haya vida siempre habrá oportunidad. Ésta es la lección que aprende y transmite Arno. Él, que nunca tuvo una relación digna con su padre; él, que había convivido tantos años con August ignorando tantas cosas de su pasado y los motivos de sus rarezas, ahora intuye y descubre las claves de su distancia. La enfermedad le reta a encontrar un código distinto y él acepta el difícil desafío, un desafío del que sale airoso y enormemente enriquecido. Con exquisita sensibilidad y una capacidad de observación que sólo proporciona el afecto y la naturaleza delicada de quien escribe, Geiger se acerca a su padre intentando imaginar el caos mental que lo domina, los miedos a los que ha de enfrentarse, la inseguridad, la desorientación, la frustración. En un gesto de empatía hacia su padre, Arno evoca el mundo incomprensible que desde hace un tiempo habita August para comprenderlo y puebla su camino de aprendizaje de reflexiones que constituyen un verdadero tesoro. El libro, que está salpicado de preciosos diálogos entre padre e hijo o de voces diferentes a la del narrador, que el autor distingue del hilo narrativo en cursiva, adopta un carácter casi poético y con mucha frecuencia las afirmaciones o respuestas de August –supuestamente inconexas e incoherentes- se acercan a las inteligentes aserciones de un Kafka o un Thomas Bernhard, como el mismo autor apunta.
Reflejando el cambio psicológico de la voz narradora, el último capítulo adopta una cadencia distinta, un carácter más enumerativo en las reflexiones, que ahora se ven potenciadas por los diálogos con otros inquilinos del hogar de ancianos en el que ha empezado a residir August. La narración no termina con la muerte de August, sino que queda abierta, como abierta queda también la relación entre padre e hijo. Todo un homenaje de Arno a su padre, y un acto de inteligente humildad de quien sabe reconocer lo que vale la sencillez y leer los signos del cariño donde otros ven sólo confusión y desorden.

© Anna Rossell

UNA NOVELA CON ENCANTO

*
Urs Widmer, Herr Adamson,
Diogenes Verlag, Zürich, 2009, 200 págs.
*

cover-widmer
por Anna Rossell

Remarcable la naturalidad con la que este autor suizo muy entrado en años (Basilea1938) consigue empatizar con la agilidad mental y las aventureras ideas de un niño, y más que notable también la destreza con que maneja el registro lingüístico que corresponde a la temprana edad de su protagonista. Sólo una inteligencia joven puede lograrlo. Con estas habilidades Widmer consigue una novela fresca, seductora, simpática y ligera, que sin embargo no tiene nada de superficial, pues en este registro glosa una historia nada trivial sobre la vida y la muerte.

Para conseguir esta sorprendente capacidad de identificación con su personaje Widmer hace nacer a su protagonista el mismo año que él, 1938. Ello le facilitará –y lo hará con éxito- el traslado a una edad, en la que la imaginación y la fantasía dan una perspectiva aguda y lúcida del mundo y de las vivencias, que se pierde en la edad adulta.
Narrada en primera persona, la novela es la historia de un abuelo, que en su nonagésimo cuarto aniversario -en el año 2032- tiene la ocurrente idea de grabar las memorias de su vida en cinta magnetofónica para su nieta, Annie.
Aprovechando el pretexto de una enfermedad en la que el abuelo-niño cae en los fantasiosos desvaríos del profundo estado de sopor en que lo sume la fiebre, se inicia una relación imaginaria del niño con el Señor Adamson, que a partir de este momento lo acompañará toda su vida. Así entramos en el mundo de juegos infantiles que transcurren en el jardín de su casa y en el de su inseparable amigo Mick, con quien juega a policías y ladrones y con el que imagina correrías de indios navajos de los cuales él es Gran Jefe.

La facilidad con que la dúctil mente infantil coadyuva la imaginación ante el sentimiento de encontrarse a las puertas de la muerte allana el camino a la curiosa relación que le unirá para siempre al Señor Adamson, personaje tan real como imaginario, que resultará ser el acompañante –en su caso, el del niño- que todos los humanos tenemos para conducir a cada vivo al mundo de los muertos cuando nos llegue la hora. Muerto en el preciso momento en que el niño vio por primera vez la luz, el destino de ambos quedará unido por este vínculo sagrado y ritual, por el que el Señor Adamson deviene no sólo un fiel compañero de juegos casi a la misma altura del pequeño, sino también una especie de consejero y protector. Ello permite al chico adentrarse sin traumas en el territorio de Tánatos al tiempo que se le facilita un nexo con los seres fallecidos, que, en su tarea de acompañamiento y tutela de los vivos, deambulan en un limbo a caballo entre los dos mundos hasta que no ven cumplida su misión.

La novela es así una ingeniosa aventura de principio a fin, pero también un ejercicio para abordar un tema tradicionalmente tabú de modo natural y desenfadado, un libro que leerán con gusto tanto jóvenes como adultos y que por su frescura, chispa y sentido del humor destaca en el panorama literario suizo, tradicionalmente más severo y adusto.

De Urs Widmer, que por su prolífica obra ganó el premio Friedrich-Hölderlin 2007 de la ciudad Bad Homburg, se han publicado en España El sifón azul (Círculo de Lectores, 1995), El amante de mi madre (Siruela, 2001), L’amant de la mare (Edicions La Magrana, 2001), El libro de mi padre (Salamandra, 2006). Herr Adamson está inédita en español.

 

© Anna Rossell

DE LA UTOPÍA SOCIALISTA A LA REUNIFICACIÓN ALEMANA

*
Etiquetas: Anna Rossell: Recensiones-Artículos, Eugen Ruge
*
Eugen Ruge, «En tiempos de luz menguante. Novela de una familia».
Traducción de Richard Gross,
Anagrama, Barcelona, 2013, 394 págs.
*
Maquetaci?n 1
por Anna Rossell

Encomiable esta novela de inspiración autobiográfica de Eugen Ruge (Sosva, Urales, 1954) que, de modo parecido a «La Torre», de Uwe Tellkamp –publicada también por Anagrama-, narra la evolución de la República Democrática Alemana a través de cuatro generaciones de una saga familiar, en este caso, a diferencia de la de Tellkamp, perteneciente a la nomenklatura. Partiendo de una historia que es la propia, Ruge arma con maestría la trama novelada de la que fue su vida y la de su familia, desde la emigración de los abuelos comunistas a México, pasando por su regreso para contribuir a la construcción de la nueva república alemana, hasta poco después de la caída del muro y la reunificación, ambientada ya en la nueva alemania, en la que crecerá el biznieto. El autor reúne a sus actores en escenarios idóneos para su fin, las fiestas familiares a las que asisten representantes gubernamentales, para mostrar la diferencia ideológica entre personajes y sobre todo entre generaciones. Medio siglo de historia desfila ante nuestros ojos: la construcción de la RDA, la huída de los hijos a Moscú, la deportación a un campo siberiano, la reestalinización, la perestroika y el final del sueño socialista.

Como avanza el título, que condensa bien el contenido, el lector asiste a la degradación del socialismo utópico, convertido en socialismo real, a través de los representantes de cada una de las cuatro generaciones. Sin embargo el autor no se debate con sus predecesores en un ajuste de cuentas. Lejos de afanarse en culpabilidades, aunque sin rehuir los naturales reproches políticos de los hijos a los padres, sabe dibujar con fino sentido del humor y distancia los defectos de sus personajes, consiguiendo una narración ecuánime y objetiva según el punto de vista de cada cual, al tiempo que muestra sin ira el trazo caricaturesco –sobre todo en el caso del patriarca de la familia- que tenían muchas actuaciones de la primera generación de adictos al régimen acólito de la Unión Soviética.

Si bien Ruge se integra a sí mismo en la ficción bajo la figura de Alexander Umnitzer –Sasha-, nacido como él en 1954 y como él emigrado al oeste en 1989, la narración no adopta como eje su punto de vista. Uno de los méritos de la novela es precisamente su arquitectura perspectivista, que no responde a un tiempo lineal, sino que organiza los capítulos saltando cronológicamente hacia delante y hacia atrás, sirviéndose para cada uno de un personaje central distinto.
Ruge, que a partir de 1989 se dedicó exclusivamente al teatro, hace gala de sus conocimientos dramatúrgicos, tanto en la organización escénica del material narrativo como en el virtuosismo que despliega en el dominio del estilo indirecto libre y de los diferentes registros que maneja en función de la edad y el carácter de sus protagonistas, estilo que vierte con muy buen tino al español la traducción de Richard Gross. Con gran diferenciación de matices, el autor compone un mosaico de caracteres que con magistral sutileza nos ofrece una panorámica de una buena parte de la historia europea del siglo XX.
Lejos de ofrecernos probaturas narrativas experimentales, Ruge centra sus esfuerzos en desarrollar con ingenio la técnica realista, que afina con rigor. Así el autor consigue con éxito plasmar ambientes –la atmósfera bohemia de los años 70 y 80 en el barrio de Prenzlauer Berg de Berlín oriental- o dar a conocer hechos fundamentales de la novela sin abordarlos de modo directo –la separación matrimonial de Alexander o el diferenciado espectro de personajes opuestos al sistema.

Ganador ya en 1993 de un premio literario el Schiller-Förderpreis del Land Baden Württemberg, cuando se publicó en su país de origen, en 2011, En tiempos de luz menguante fue merecedora del premio alemán de literatura más prestigioso, el Deutscher Buchpreis. Por la misma obra había ya recibido en 2009 el Premio Alfred-Döblin.

Eugen Ruge, que acaba de publicar en su país su segunda novela, Cabo de Gata (Rowohlt), es autor de numerosas obras dramáticas para la escena y la radio –muchas de ellas también premiadas-, así como traductor especializado en Chéjov.

© Anna Rossell

MÉXICO LINDO Y QUERIDO

*
Jorge Ibargüengoitia, «Las muertas»,
Joaquín Mortiz, México, 2012, 156 págs.
*
Las muertas
*
por Anna Rossell
*
Fruto de la más genuina tradición mexicana, esta novela de Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato –México-, 1928; Madrid –España-, 1983), nos sumerge en el mundo cicatero de un México que él conoce profundamente, la región que le vio nacer. Ubicada en los estados de Michoacán y Guanajuato en los años sesenta del siglo pasado, el autor pergeña una historia de venganza y enredo que entretiene e ilustra al mismo tiempo. Con su habitual sentido del humor, tan propio, Ibargüengoitia nos presenta como puro realismo lo que pudiera creerse un manido tópico de antiguas películas del oeste mexicano. Sus personajes, que ridiculiza con gran habilidad, son prototipos fruto de una larga tradición histórica que reproduce caracteres vividores, naturales de un México más actual de lo que muchos pudieran creer y desear. Hija del más rancio acervo novelístico mexicano, como se echa de ver por el título –»Las muertas»-, glosa una historia de disparate en la que la muerte es tan cotidiana como la misma vida y el enredo sórdido, el gesto habitual para burlar la ley. La novela, que comienza con un acto de venganza contra el panadero Simón Corona por parte de su examante abandonada, perpetrado por tres hombres y la mujer ofendida en su panadería, se despliega a partir de aquí en retrospectiva. Hacia atrás en el tiempo iremos descubriendo las razones que llevaron a Serafina Baladro a maquinar el desquite, así como las de los acompañantes a colaborar. Con este pretexto conoceremos la vida de las madrotas Serafina Baladro y su hermana Arcángela, sabremos de cómo medraron en el negocio de la prostitución fundando «La Casa del Molino» y «El Casino del Danzón», de cómo entra en acción el Capitán Bedoya y de las triquiñuelas que organizan las protagonistas con sus protegidas para salir airosas de los múltiples embrollos en los que se ven metidas.
Con el dislate y el sarcasmo por consigna, Ibargüengoitia muestra una radiografía de un México que, si bien tratado con jocosidad, no renuncia a la aspiración de crónica objetiva, pues el narrador desaparece tras los testimonios de una larga retahíla de personajes, que prestan declaración ante el Ministerio Público y que dan cuenta de este modo de todos los pormenores desde el punto de vista de cada uno. Así protagonistas y situaciones conforman cuadros a caballo entre el grotesco realismo y el surrealismo, a medio camino entre la comedia y la tragedia.
Ibargüengoitia es prolífico autor de artículos periodísticos, obras y ensayos teatrales, cuentos y novelas. Su novela Las muertas ha sido llevada a la ópera por Enrique González-Medina con el título de «Serafina y Arcángela».

Anna Rossell