FANTASMAS (CHUCK PALAHNIUK)

Este año, el Grupo Editorial Random House Mondadori, nos ha traído una de las novelas más originales y refrescantes de los últimos tiempos. Fantasmas destaca por sobre toda la producción anterior de Chuck Palahniuk (Portland, Oregón, 1964) como una novela que no da una vuelta de tuerca al género que trabajara Boccaccio, Chaucer o Saint-Laurent, sino que la retuerce hasta hacerla saltar. Al nombrar a sus predecesores nos vendrá a la boca el Decamerón, Los cuentos de Canterbury o la menos conocida La sobremesa. Éstas son obras cuyos personajes desgranan anécdotas de diversa índole, o bien para animar el cotarro o bien para contar alguna intimidad que les viene traumatizando desde hacía tiempo. En esta línea argumental se asienta Palahniuk, mostrándonos a un grupo de aprendices de escritor que se inscriben a un taller de escritura liderado por el enigmático Brandon Whittier, un joven afectado con el síndrome de progeria de Hutchinson-Gilford, que le hace “envejecer a un ritmo siete veces más rápido de lo normal”. El taller que nos ofrece Palahniuk entra dentro de esa obsesión del autor por combatir la globalización a través de la creación de clubes, como ya vimos en sus anteriores trabajos. No obstante, el retorcimiento de tuerca mencionado, hace que el bautizado “Mesías de la Posmodernidad” también critique duramente el posicionamiento de asociación, abofeteando las conciencias sin ningún pudor y a todas luces con gran rechifla.

En Fantasmas los aprendices de escritor van a parar a una casa aislada del mundo exterior, y allí, como si de un preparatorio de reality show se tratara, los participantes se irán eliminando hasta que sólo quede uno (ésa es la intención). La obsesión de los escritores es sobrevivir de esa lucha delirante, vencer y presentarse ante el mundo con una historia única, una experiencia que les convertirá en héroes en todos los medios de información. En definitivas cuentas, es la respuesta a esa pregunta que nos hemos hecho muchos en los últimos años: ¿Y si se hiciera un Gran Hermano con escritores? El resultado podría ser escalofriante.

La narración de Palahniuk queda fragmentada en 24 capítulos que son, en cierto modo, prólogos a los relatos que les siguen. Y aquí, amigos, nos encontramos con la maravilla: los relatos no dejarán a nadie indiferente, y más de uno abandonará la lectura salpicado por la grima que transpira cada página. Solamente el primer relato, Tripas, hará pensar al lector no iniciado en lo macabro, si es aconsejable para él seguir con la lectura de este libro. Palahniuk nos avisa desde el principio, apenas leídas diez páginas. Los 23 relatos que componen el libro son las confesiones de los aspirantes a escritor, participantes de un show anónimo cuya recompensa está al final de los tres meses de reclusión, y en estas narraciones, los participantes, desgranan sus fantasmas, sus secretos más atroces, en una competición donde la locura se alza como única vencedora.

Si Bret Easton Ellis se afianzó como el novelista más truculento de los noventa, Palahniuk deja en pañales al gurú del dirty realism, demostrando que la literatura es un arma cargada de futuro, arma que más que nunca necesitamos ante esta guerra sin cuartel que vivimos día a día contra la alienación consumista y vacía del occidente de hoy.

Jorge de Barnola

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HARRY POTTER Y EL CÁLIZ DE FUEGO (J. K. Rowling)

Así es como, bien entrada la novela, J. K. Rowling, declara la guerra a Harry Potter, al lector y a los últimos restos de la infancia de los personajes. Sólo una palabra de una maravillosa sonoridad e inequívocamente malvada, de ese tipo de maldad que provoca un ligero escalofrío de excitación. Los personajes han crecido, el lector ha crecido y Rowling ha crecido en su dominio de la escritura y la trama.

Se ha dicho (yo incluido) que las novelas de Rowling son algo más oscuras de lo que permitiría suponer el público al que van dirigidas (sí, me repito, lo mismo dije de la anterior). No es que tengan esa cosa de "terror para jóvenes" que muchas colecciones tienen como reclamo debido al éxito de determinados tipos de libro (con mis saludos al señor Stine, al que encuentro muy divertido) en el mercado infantil y juvenil. Me temo que lo de Rowling es aún peor. Mucho peor. No importa que el protagonista sea un niño (preadolescente en esta) o que haya momentos de humor genuinamente inspirado o pequeñas batallas diarias típicas de estudiantes, exámenes, peleas en el patio y juego sucio en los deportes. Ni siquiera importa lo que yo opine acerca de lo buena que es esta novela, está por encima de lo que un ignorante como yo pueda opinar. Lo único que puedo decir justificadamente es lo siguiente:

Esta es una magnífica novela acerca de la vida en tiempos de guerra.

La intención es doble: por un lado el lector es puesto sobre aviso de que ciertas guerras no acaban nunca (más o menos desde que lector empieza a leer la primera página), en cualquier momento el enemigo puede presentarse a la hora del té. Y por otro lado, en esta novela mucha gente recuerda lo que hizo en su última guerra. Y por qué. Tanto es así, que esta novela no tendría sentido sin esos recuerdos.

No es sólo que algunos personajes hablen de lo que les pasó, como sufrieron o a quienes perdieron: los recuerdos son necesarios -aunque tengamos que fisgar, como Potter, en la mente de los demás- para explicar el mundo que rodea a Potter, hallando la explicación a comportamientos quizás cómicos, quizás grotescos… pero terriblemente justificados en los contextos que Potter va descubriendo, contextos que el lector descubre con el personaje.

¿Otra vez revisionismo histórico dentro de la ficción de Rowling? Constantemente, pero con una habilidad que ya quisieran para sí muchos de los que tienen números uno en las listas de bestsellers. De todas formas, cualquier lector adulto de la serie que no se haya dado cuenta de que el mundo de Harry Potter está en guerra, es que no lo ha leído bien: cada libro es una batalla ganada o perdida… Rowling tiene la habilidad de configurar el mundo sobre el que escribe de manera que cada vez que lo hace, lo hace más coherente, reservándose, eso sí, los mejores trucos para el final. Y desviando la atención con autentico oficio de prestidigitador.

Echemos un vistazo al título: Harry Potter y el cáliz de fuego. Si nos ceñimos a la fórmula de los libros anteriores (especialmente a los dos primeros), esperaremos que el cáliz de fuego sea un artefacto mágico que de alguna manera permea la trama, en una de las variantes de la épica del género fantástico: obtención del talismán, destrucción del mismo o ambas cosas (como la Piedra Filosofal del primer libro o la Cámara de los Secretos del segundo). Nada de eso. El cáliz de fuego es un McGuffin como la copa (perdón por la repetición) de un pino. Y nadie puede acusar a Rowling de engañar al lector. Si uno termina la novela y queda defraudado, sólo tiene que releerse los capítulos del Mundial de Quidditch para comprender que el McGuffin estaba preparado desde la primera página y que al lector se le han dado todas las oportunidades posibles para adelantarse a los acontecimientos. Y a Potter también. Exactamente las mismas oportunidades. El lector y el personaje trabajan sobre los mismos problemas con la misma cantidad de información, solo para que ambos se den de cabeza contra la pared (¿Cómo no me habré dado cuenta antes?). Rowling hace gala de una escritura tan retorcida que da la impresión de que bien podría haber escrito ella solita un clásico moderno de la novela negra, pero no lo hace porque considera que esto es mucho más divertido (y le da más dinero).

¿Qué otros rasgos destacaría yo de la escritura de Rowling? Los nombres de los personajes. Rowling le da a sus personajes nombres que cuadran perfectamente con sus cualidades principales. Severus Snape. Draco y Lucius Malfoy. Lord Voldemort. Nombres que despiertan la antipatía del lector una vez que ha hecho las pertinentes conexiones. Parece que Rowling juega muy bien con la tradición medieval inglesa de la fábula y el mistery play y sus encarnaciones de maldades y virtudes humanas que se desenmascaran a sí mismas nada más abrir la boca.

Pero lo que en otro autor se convertiría en un estorbo, la tendencia a tipificar "nominalisticamente" los personajes, Rowling lo convierte en un elemento que juega a su favor. Si podemos reconocer a un determinado tipo de mal por su nombre… ¿qué pasa cuando la autora insiste en dar nombre cargados de significado semántico pero moralmente neutros…? Rompe, como ha hecho siempre, las reglas sin violar ningún tipo de contrato con el lector. El lector ni siquiera se da cuenta de que ahí había una "regla", una pequeña convención narrativa hasta que ésta desaparece.

En el libro anterior no rompe esa regla: Sirius Black (presente también en este libro) es un nombre de poder, pero no necesariamente malvado, de forma que Rowling manipula alegremente al lector de un lado a otro pero sólo porque este se deja manipular… O el mismísimo Severus Snape, profesor de pociones y villano confeso… ¿O no? Severus es severo y actúa con flagrante mala fe, pero no hay en él la auténtica maldad que Rowling reserva para otros personajes. Me confieso mucho menos listo que Rowling: cuando en este libro se acerca un acontecimiento que el avispado lector de la serie puede presuponer que va a ocurrir (¡ algo que tiene que ocurrir para que haya libro!) Rowling se las arregla para aparentar que no va a ocurrir hasta que coge de sorpresa al lector. ¡Y eso que estaba sobre aviso!

Si yo fuera el tipo de crítico (no es que me autodenomine así, pero es el único sustantivo que cuadra con escribir este tipo de reseña) que admite a regañadientes que una obra como ésta es buena aunque lo niegue en público, posiblemente estaría empeñado en hacer un lamento por la formidable (o por lo menos pasable) escritora que ha perdido la literatura "seria". Pero como soy de otra manera y además la literatura es el único mundo donde el sabio Doctor Pangloss puede invocar a Leibniz sin equivocarse, decretando que "todo ocurre para mejor en el mejor de los mundos posibles", pues entonces los libros de Harry Potter son lo mejor en un mundo que puede convertir momentáneamente en el mejor de los mundos posibles. Al menos durante lo que tarda uno en leerlo. Creo que no puedo decir nada más.

Xavier Riesco Riquelme

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Cronopaisaje (Gregory Benford)

Estamos en 1998. El mundo está sumido en un gran desastre ecológico. Los gobiernos imponen restricciones y burocráticamente intentan paliar el desastre. En esta situación, el físico John Renfrew propone una solución: enviar un mensaje por medio de taquiones -hipotéticas partículas que de existir viajarían a velocidades superiores a la de la luz- al pasado para advertirles de la catástrofe por venir.

De esta forma entra en el argumento otro mundo más: la California de 1962 donde Gordon Bernstein detecta accidentalmente esas emisiones. El problema está en mantener por un lado los mensaje en medio de un mundo que se desmorona y por otro en convencer al mundo de que se están recibiendo mensajes del futuro.

Según el autor, el tiempo es el tema rara vez comentado pero siempre presente de esta novela. Enviar un mensaje al pasado significa asumir que existe una continuidad en el tiempo, que el tiempo es de alguna forma un ente sólido. El tiempo como objeto es ese cronopaisaje al que hace referencia el título de la novela. Y sobre ese fondo se desarrolla el drama humano. Cronopaisaje es un intento de mostrar que el tiempo es uno de los problemas fundamentales de la física moderna. Cronopaisaje intenta hacernos ver que ese problema nos afecta a todos.

La imagen omnipresente en la novela es la de las ondas. El autor juega continuamente con imágenes oceánicas (juego que por supuesto se pierde en la traducción, ya que en español las palabras \’ola\’ y \’onda\’ no evocan el mismo fenómeno) mezclando las ondas de probabilidad de la mecánica cuántica con las olas del mar. Los personajes se dan cuenta de que viven en el espacio tiempo que es "Un gran animal en el oscuro mar" y en ese mar de probabilidad dónde somos como olas "rompiéndose en una blanca espuma".

Pero también se trata de una novela sobre la comunicación, o sobre la imposibilidad de la misma. No sólo el futuro intenta hablar con el pasado, sino que los personajes intentan hablar entre sí, sin alcanzarse o sin entenderse. Renfrew no consigue conectar con el burócrata Peterson del que depende para conseguir el dinero que mantenga el experimento en marcha. Gregory Markham (el alter ego de Gregory Benford en la novela, y el lector deberá recordar durante la lectura que Gregory Benford tiene un hermano gemelo) vive sólo para sus ecuaciones. Gordon intenta comunicarse con su madre, que vive en el universo de Nueva York, muy lejos del nuevo mundo de su hijo. Gordon Berstein debe además enfrentarse al mundo académico de la universidad para la que trabaja y a la difícil y compleja (aunque quizá sea complicada) relación que mantiene con su novia Pam.

Esta novela, en suma, puede disfrutarse de varias formas. El análisis de la vida académica muestra la ciencia tal y como es: un producto creado por seres humanos, con todas sus grandezas y miserias. Los personajes son todos grandiosos. Cada uno intenta su manera de adaptarse a los cambios por venir. Algunos intentan mantener la apariencia de orden, mientras que otros luchan hasta el final por lo que creen.

El lector puede apreciar además otro curioso juego. Al final, en el último capítulo, Gordon Bernstein está a punto de recibir un premios por su labor científica. En un momento comienza a hablarnos de su mujer y a recordar lo que sucedió después de la recepción del mensaje del futuro. Si el lector está atento, descubrirá que esos recuerdos aparentemente sin importancia recapitulan todo lo que ha sucedido en la novela.

Quizá la imagen más poderosa de esta novela sea la de unos estantes de cocina. Marjorie, la mujer de John Renfrew, le pide a su esposo que los coloque. John utiliza sus herramientas para asegurarse de que los estantes están perfectamente horizontales con respecto al suelo. Pero la casa está inclinada y da la impresión de que los estantes también lo están. De nada sirve que John Renfrew discuta los métodos empleados para montar los estantes, finalmente comenta: "la estantería está a plomo. Son las paredes las que están inclinadas" (p. 129). Más tarde, cuando el desastre se acrecienta, comprende que a veces son los estantes los que están inclinados y las paredes rectas.

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Darwinia (Robert Charles Wilson)

1912. STOP. Europa ha desaparecido. STOP. Reemplazada por jungla alienígena. STOP. Causa desconocida. STOP.

Eso es lo que pasa en Darwinia. Europa desaparece y casi todo el mundo cree que es un castigo de Dios por las teorías de Darwin, puesto que la desaparición de Europa esta acompañada de un milagro creacionista en forma de una indescriptible jungla que ocupa el lugar de la cuna de Occidente. El mundo, por supuesto, se tambalea. Los americanos se convierten en una teocracia, los restos coloniales aislados de los países europeos aspiran a reconstruir sus sedes originarias, como en el caso de los ingleses y su Nuevo Londres, reconstruido gracias a todos los ingleses que servían en las colonias del imperio. El conflicto es inminente entre el poder americano y los neo-colonizadores del continente perdido. Entre el único gobierno organizado de la civilización occidental y los desorganizados sucesores de Europa, poco más que bandidos que en muchas ocasiones infestan, como fantasmas recalcitrantes, los territorios a los que pertenecían sus "unidades geopolíticas". (Eso sí, cuando leí este libro y me pregunté ¿por qué Europa?, alguien contestó "porque con América ya se había hecho". Cierto. La Historia del Descubrimiento de América, claro).

Y, por si fuera poco, otro conflicto, mucho más brutal y siniestro está a punto de comenzar. La desaparición de Europa es sólo el primer paso en lo que es una guerra declarada a la especie humana. Una guerra en la que intervendrá una expedición americana al corazón de Darwinia, fantasmas de una Primera Guerra Mundial que nunca ocurrió y, a falta de mejores palabras para describirlos, posesiones diabólicas y posesos.

Poco se puede contar de este libro, ya que todo lo que se comente al respecto podría servir para destrozar la aventura, el misterio y la intriga de la que está lleno. La formula empleada es magnífica: comienza con un milagro de proporciones gigantescas, crea el ambiente, mete a los personajes, describe una invasión alienígena… y luego vete subiendo. Si creen que la desaparición de Europa es el eje central de toda la historia, están ustedes equivocados. Hay más mucho más en este libro, finalista al premio Hugo, una historia de sorpresas, combates a muerte y aventuras clásicas reminiscentes de A. C. Doyle. Las revelaciones no se ponen en marcha hasta la mitad del libro, cuando éste ha alcanzado su mayor impulso y es entonces cuando la cosmología megalomaniaca desplaza repentinamente el interés del lector desde un ambiente que hasta ahora parecía que iba a caer en el steampunk hacia un campo de batalla mucho más amplio. Quizás éste es el único problema del libro: que se trata de dos ambiciosas historias diferentes enlazadas por un único nexo de causalidad y que el choque entre ambas pretensiones fracasa un poco comparado con la enormidad de las ideas empleadas.

Me refiero a la historia principal en la que el protagonista, Guilford Law, se enfrenta a un viaje de exploración armado de su raciocinio y del de sus académicos compañeros -aunque sean científicos "creacionistas"- pero la narrativa fracasa en dotar a esta historia de coherencia propia porque, al revés de lo que insinúa, no es un viaje de descubrimiento, sino de revelación: los personajes hacen poca cosa para ganar el conocimiento, sino que este es revelado por potencias superiores, dando al traste con la primera parte del libro en ese sentido: la novela de investigación. La segunda parte de la novela adolece de un cierto "provincianismo" una vez revelados los grandes términos cósmicos en los que se mueve la narración, lo que hace un poco extraño la continuidad de la obra -pero sólo un poco. No demasiado. De todos modos tampoco importa tanto. Ni siquiera estoy seguro de que sea un fallo. Sólo, quizás, un exceso de ambición en un libro espectacularmente ambicioso.

Pero ojalá todos escritores fracasaran de esta manera, por exceso de ambición antes que por mesura en sus propuestas.

Muy recomendable.

© Xavier Riesco Riquelme 2000

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Ubik (de Philip K. Dick )

 

Es, sin duda, la irrefrenable tendencia a la hipérbole, que se erige en característica común de las logias culturales, lo que ha conducido a la idea mítica (y, por ello, no contrastada críticamente) de que una obra más bien discretita, estimable por su brevedad, pero absolutamente prescindible como Ubik es «un clásico de la literatura contemporánea» (eslogan publicitario utilizado sin pudor por el contraportadista de la voluntariosa colección Solaris Ficción). Porque…, ¿qué es Ubik? Pues un libro de Dick, con todo lo que ello implica de realidades falsas, delirios conspirativos y veleidades teosóficas varias. Las aberrantes alucinaciones lisérgicas de Dick, que suelen ser presentadas por sus defensores como evidencias de su consumada habilidad para tratar temas trascendentes, como la naturaleza de lo real y lo fútil de la resistencia humana ante su incapacidad de comprender lo que le rodea, no son más que reminiscencias mal asimiladas (y peor interpretadas) de lo más superficial de la convulsa década de los sesenta, mixturadas con el pesimismo inherente a un tipo aquejado de delirios esquizoides. La renuncia a la realidad, la condena de lo existente y su sustitución radical por un mundo imaginario, que en otros escritores verdaderamente comprometidos impulsa denuncias de los aspectos más oscuros de lo conocido, se convierte en manos de Dick en juego metafísico, puro regocijo en la huida de una realidad poco halagüeña. En definitiva: vano e insustancial escapismo. La peripecia de Ubik es vertiginosa, enrevesada, mareante, pero se hace tan pesada, ha sido leída y vista tantas veces antes y después en tan variadas formas y soportes, que hasta produce en el lector un leve y disimulado bostezo. Y no es que el divertimento por el divertimento, el juego por el juego, sea malo en sí. Suficientes muestras hay de arte lúdico con gran valor. Pero es que Dick no consigue (al menos no lo consiguió conmigo) interesar lo más mínimo al que lee.

Ubik está escrita con la habilidad de alguien que se ha pasado muchos años dándole a la tecla y que conoce las clavijas que hay que apretarle al lector para desconcertarlo con juegos de cajas chinas e irrealidades dentro de otras irrealidades. Lo malo es que, desentrañada la sorpresa argumental, que no lo es tanto, conociendo la esquizofrenia paranoica de Dick y su temor por las maquinaciones totalitarias, apenas queda nada para el recuerdo. Ni belleza formal (aquí puede haber tenido algo que ver el traductor, no lo sé), ni trascendencia temática. Una de las cosas que convierten a una novela en un clásico es, precisamente, la capacidad de sobrevivir a sus contemporáneos, el tener la fuerza suficiente para mantener, aun habiendo sido copiada, plagiada, usada como inspiración mil y una veces, su esplendor en el tiempo (Romeo y Julieta es un caso paradigmático). Y Ubik fracasa, me temo, puesto que ha envejecido mal —un caso similar al de otros supuestos clásicos, como Las estrellas mi destino—. Se dirá que la importancia de Ubik radica en la influencia que ha ejercido sobre las generaciones posteriores de asalariados del género, la configuración que realizó de un mundo en el que nada es lo que parece y toda persona tiene algún secreto terrible que ocultar, aunque ni el propio sujeto lo conozca. Sin embargo, teniendo en cuenta que Ubik es simplemente un Dick de repertorio, muy inferior, a mi juicio, a otros libros de su amplia producción (menos valorados, en general), pienso que la influencia del «awubinable» no viene por sus novelas tomadas de una en una, sino por la enorme coherencia argumental a lo largo de toda su carrera: lo que realmente ha marcado a sus contemporáneos no es Ubik, ni El hombre en el castillo, ni Sivainvi, sino el conjunto casi homogéneo de ideas que atraviesa su obra desde el principio hasta el final. Lo malo es que, hoy por hoy, hay muchos que reclaman el padrinazgo de Dick sin haberlo leído nunca. Y ello va en detrimento de su propia supervivencia como recuerdo.

Alberto Cairo en www.gigamesh.com

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