Conversaciones con Kafka (Gustav Janouch)

Conversaciones con Kafka es una obra peculiar. Recoge las conversaciones mantenidas entre 1920 y 1924 por el autor del libro (entonces un joven con inclinaciones literarias y artísticas) con Kafka. Esta extraña amistad nace de la relación laboral del padre de Janouch con Kafka (ambos eran funcionarios del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo) a quien admira y respeta por sus opiniones y comportamiento. De este modo, Janouch tendrá acceso directo al despacho de Kafka los días en que acuda a visitar a su padre, observándole en su entorno laboral y acompañándole de vuelta a su casa en la Plaza Vieja. Según la relación se vuelve más estable, el joven acompañará a Kafka en alguno de sus paseos vespertinos.

Entre los estudiosos serios de la vida y obra del autor checo este libro no goza de excesivo crédito. Quizá se deba a que Kafka dejó un enorme corpus escrito en forma de correspondencia y diarios que ofrece una ingente información de primera mano sobre su vida y pensamiento. Otra importante razón es que las conversaciones que aquí se recogen aparecen desligadas de contexto, en muchas ocasiones como una acumulación de aforismos agrupados temáticamente. Que el copista de los mismos fuera un joven que sentía una gran admiración por su maestro pero que difícilmente tenía capacidad para reflejar de manera objetiva y alejada del tumultuoso espíritu juvenil, las precisas observaciones de Kafka, es otro argumento en contra de dar plena confianza a lo recogido en el texto.

En la propia introducción del autor se recoge otro hecho sorprendente que explica la diferencia entre la primera versión del libro, publicada por Max Brod, y la edición definitiva con nuevas conversaciones. Según informa Janouch, los párrafos suprimidos en la versión de Brod no fueron rechazados por éste sino que la persona que hizo las copias a máquina para enviarlas a la editorial, suprimió (quizá por ganar tiempo, o porque no eran de su gusto), numerosos pasajes. Las hojas que contenían estas partes hicieron su aparición años después en casa de Janouch, donde siempre habían estado guardadas sin ser consciente de ello. Se ha sugerido la posibilidad de que la adición en la edición definitiva haya sido "adulterada" para incluir reflexiones que puedan apoyar la tesis de un Kafka visionario, profeta de los desastres de la Guerra, el Holocausto o el Comunismo.

Dudas aparte, lo cierto es que este libro nos ofrece una imagen de Kafka algo diferente a la habitual pero, en esencia, totalmente acorde con lo que se sabe de él. Su gravedad y su seriedad a la hora de expresar sus opiniones, sus convicciones sobre el papel de la Literatura en la sociedad o su visión del judío de principios del siglo XX, alejado del gueto pero incapaz de hallar un lugar bajo el sol en el nuevo mundo que está surgiendo son una constante de su pensamiento a través de sus obras de ficción, diarios, correspondencia o estas conversaciones. .

Hay otras escenas que pueden resultar más sorprendentes, como las visitas a iglesias, a las que parece aficionado. Igualmente, Kafka se revela como un consumado conocedor de Praga, de sus recovecos y callejones, sus patios oscuros y los pasadizos más recónditos o la casa en que residieron pintores, políticos o músicos; todo ello le es familiar, como si fuera el cronista de la ciudad. También emerge un Kafka conocedor de la ciencia de su época; en las conversaciones utiliza símiles y metáforas tomadas de la mecánica de los fluidos, los fotones, etc. No parece que se trate, por tanto, de una persona totalmente entregada a sus reflexiones y a sus escritos, ajena del mundo y sus avances.

Esta imagen, que tanto ha distorsionado su figura, se suele ejemplificar con una entrada de su diario en la que coloca al mismo nivel un suceso trivial con la entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial contra Austria-Hungría. Por contra, el Kafka que aquí se nos presenta está muy pendiente de la actividad política de su época por el nacimiento de la República Checa tras el desmembramiento del Imperio Austrohúngaro, las corrientes sociales más extremas, las manifestaciones sindicales o, incluso, el movimiento sionista (su amigo Brod se presentaba a las elecciones por un partido que aspiraba a obtener un escaño por esta opción).

Pero todas estas corrientes sociales, políticas o ideológicas, producían un gran recelo y miedo en Kafka, no por los fines que perseguían, sino por lo que suponen de anulación del individuo. El Hombre, ese ser rico, con matices, capaz del bien y del mal por su propia elección, queda en un segundo plano por el peso de la masa que le instruye de modo que todo atisbo de pensamiento pasa a un segundo plano. Es la masa enfervorecida la que destruye la libertad del individuo imponiendo su propia Ley, su propia forma.

El pensamiento paradójico de Kafka lo abarca todo y corrige las apreciaciones apresuradas de su joven contertulio. Siempre un matiz, cuando no, una opinión en principio disparatada sobre las cuestiones más diversas, sean la Literatura, el Arte, la Vida o la Muerte, y todo ello con la precisión linguística que le es propia. De este modo no se priva de corregir cualquier posible malinterpretación que de sus palabras pueda hacer Janouch (“El lenguaje es el ropaje de lo indestructible que hay en nosotros; un ropaje que nos sobrevive”).

Por las líneas del libro afloran detalles humanos de gran valor, como la información de que al tiempo que defendía judicialmente causas a favor del Instituto, sufragaba de su bolsillo la defensa jurídica del trabajador afectado, como forma de justicia equilibradora salvaguardando al mismo tiempo su lealtad al Instituto y a su propia conciencia.

Conversaciones con Kafka nos permite conocer la relación de Kafka con su compañero de despacho a quien respeta pese a la escasa simpatía que éste le profesa; también podemos llegar a comprender cómo su trabajo en el Instituto le causaba tanto malestar y rechazo pese a su desempeño siempre correcto e incluso ejemplar.

 

Las paradojas de Kafka están muy unidas a su característico sentido del humor que la imagen vulgarizada de su figura ha obviado totalmente en favor de un ser tenebroso y depresivo. Por contra, Janouch (igual que Max Brod) pone de manifiesto las numerosas ocasiones en que sus conversaciones terminaban en una carcajada, o al menos en el especial modo de carcajear que tenía Kafka.

 

Este libro no será de interés para aquellos que pretendan acercarse a conocer al autor checo, antes bien, les confundirá por su estilo meramente acumulativo y algo desordenado, así como por la seriedad de muchas de las reflexiones que en él se contienen. Para aquellos conocedores de la persona y obra de Kafka el libro puede ser un extraordinario contrapunto con el que disfrutar con cada una de las reflexiones que en él se contienen pues, aunque no hubieran sido pronunciadas por Kafka (al menos en su literalidad), éste las habría suscrito totalmente.

 

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El mundo (Juan José Millás)

El Mundo

Juan José Millás.

Premio Planeta 2007.

 

Cuando uno empieza aun libro de Juan José Millas cuenta al menos con la garantía de que la novela va a estar bien escrita. Y este último Premio Planeta no defrauda en ese sentido. El libro está bien planteado, bien llevado, y como la tipografía es de las que agradece la vista, las doscientas páginas se disfrutan con gusto.

Si me permiten el símil gastronómico, es una obra del tipo queso de Burgos, que difícilmente encontrará paladar que la rechace. Y alimentar, alimenta.

En cuanto a lo que nos relata Millás, supongo que el éxito del empeño dependerá mucho de la sensibilidad del lector, pero está claro que trataba de componer un libro empático, una de esas obras sentimentales, al borde del kitsch, donde las reacciones son obligatorias, las emociones forzosas, y la respuesta emocional del lector se impone casi por prescripción facultativa.

Y aún así, el libro está logrado. Tal vez demasiado cerca de las cenizas de Ángela, de Frank Mc Court, pero sin el tremendismo de la vida irlandesa. Posiblemente demasiado próxima a veces de algunos de los móviles, de los recursos de trama, e incluso de las anécdotas y los fetiches del irlandés, pero donde McCourt nos habla de profunda miseria, hambruna y patetismo, Millás lo suaviza para contarnos lo que fue el frío interior y exterior de ina infancia casi desafecta, surrealista, que justifica por retorcidos vericuetos los posteriores devenires creativos del autor.

Los personajes son vagorosos y afantasmados, como su existencia, un tanto gris, pero aún asís e mantienen perfectamente sobre las tablas, conduciendo un hilo narrativo que va y viene en el tiempo entre los estupores del pasado y las manías del presente.

Quizás la mejor virtud del texto sea su mesura, la calculada contención de sus críticas y la exquisita construcción de los personajes, todos al borde del colapso, pero supervivientes, hasta los muertos, en la gloria triunfante de un recuerdo entre lo afectuoso y lo ceñudo, sin llegar nunca al resentimiento a que tan acostumbrados nos tienen otros autores.

Millás critica pero no maldice. Millás describe desde su óptica personal, personalísima, una época, un ambiente humano y social, y un escenario casi kafkiano en ocasiones, pero tiene el buen tiento de dejar que sea el lector quien pronuncie el veredicto.

La novela, en suma, gustará a los lectores de Millás, y a los que no habiéndolo sido antes se consideren aficionados al intimismo.

Y el tendero, memorable. Por supuesto.

 

Javier Pérez

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Orgía en Azul Por Eve Gil

Sigo siendo y nunca dejaré de ser una aprendiz con pocos materiales, pero entusiasta. Una mujer curiosa buscando por las esquinas.
L.Z

La poesía de Lina Zerón es producto altamente flamable, que exige un trato delicado. La llamo producto no en sentido comercial sino para describir hasta qué punto es cuerpo y sustancia. Más que palabras impresas son palabras tatuadas en papel de carne. Quizá por ello sus compatriotas mexicanos han optado por mantenerla lejos: la sexualidad femenina asusta, ofende, pone nerviosos a los señores críticos. Paradójicamente, una sociedad tan conservadora como la árabe ha aclamado, mimado y alabado a esta poeta nacida el 30 de octubre de 1959, en la ciudad de México, quizá porque algo en su poesía —la musicalidad, la invocación frutal, su implícito rechazo al sofisticamiento occidental—remite al Medio Oriente. Es Lina oasis en medio de la poesía artificial-institucional, esa especie de sociedad hermética a la que los lectores de alma sencilla no tienen acceso: Lina, poeta de carne y nervios, habla de lo que nos es familiar y cotidiano, y lo hace con el lenguaje de todos los días, el de la cocina, la tele, la cama, la escuela. Es la suya la poesía que todo humano trae en la sangre, aunque a lo largo de su vida luche por purificarse de ella: enamoramiento, placer, dolor, cansancio, maternidad, lactancia, decepción… temas por lo general desdeñados por quienes consideran que la sabiduría no contempla menstruaciones ni besos. Para Lina la poesía es algo tan suyo como las largas, rizadas pestañas que mira en el espejo cada mañana: “De pequeña, a los 8 años mi madre comenzó a darme lecturas, comenzó con las Fábulas de Esopo, yo debía buscar el significado de las palabras que no conociera, luego fue Mujercitas, Hombrecitos, La Edad de la Inocencia, Demian, etc. La poesía es cotidiana en mi casa, mi abuelo escribía, mi madre también escribe, y mi hermano el mayor. En las tertulias de casa, nos enviaban a la cama pero yo no dormía, escuchaba la voz de mi madre declamando, luego me enteré que la mitad de esa poesía era suya, así comenzó mi gusto por la poesía.”
Lina, que empezó escribiendo décimas a la comida cuando tenía ocho años, es adorada también en el Caribe; traducida en alemán y en francés. Ha publicado la mayoría de su obra en el extranjero, concretamente en Cuba, España, Colombia y Francia, a excepción de la serie de tres libros titulados Luna en abril (CIEN Editores, 1997, 98 y 99). Ella misma se encargó de recopilar la poesía publicada en ediciones foráneas en el libro Los colores del tiempo (Linajes editores, 2005), el cual ha ido incrementándose con cada nueva edición. Recuerdo haber adquirido una edición previa a esta, sin conocer todavía a su autora: su escritura me pareció amorosa en el más estricto sentido sabiniano, es decir, que se desgarra muriéndose del gusto. Tras la relectura se fortalecieron mis primeras impresiones, volví a asombrarme de que Lina, poeta del siglo XXI, escribiera como las poetas “de antes”, como la nada fatua Rosalía de Castro, como la trémula Delmira Agustini, expresando, sin embargo, sensaciones y sentimientos que los ingenuos creen extintos cuando en realidad transcurren entre líneas, callados. Lina se desborda por todas sus contemporáneas, sin ningún tipo de pudor, ni moral ni estético. Es el volcán que se deslava en nombre de todas las que, por cobardía o por esnobismo, callamos. Simplemente se sienta a escribir lo que le dictan su corazón o su deseo, lo cual no significa que no respete a la palabra, antes bien, se viste de Palabra, como cuando, mujer-palabra escribe: “María,/ Madre del cielo y de todas las hembras,/ manifiesta tu poder en la Tierra:/ Convierte en rosas las heridas de Tu Hijo,/ no dejes que la cruz que lo sostiene/ se transforme en puñal para salvarnos./” Y a lo anterior agrega nuestra poeta, que hace de los remates inesperados el distintivo máximo de su poesía: “Líbranos de la discriminación de nosotras mismas.” (“Talibán II”, p. 63).
La mayor preocupación de Lina, que pudiera explicar su popularidad allende nuestras fronteras, es la de establecer un vínculo irrompible con el lector. No es que se desviva por ganarse el amor de su lector, simplemente se lo gana y ya. Sus poemas son muy conversacionales, nos involucran íntimamente. De ahí el empleo del lugar común al que ella misma alude en un poema: su empleo no le causa el menor remordimiento, antes bien, lo domestica, lo vuelve su aliado y hasta lo incorpora a manera de chiste, porque para Lina la poesía no es objeto de veneración (quizá por haber crecido con ella como connatural) sino un instrumento para traducir lo que le hierve en el pecho. Y un lugar común reelaborado, desfigurado, revuelto, zarandeado, deja de ser común: “¿Remordimientos yo?/ Qué va/ Si para dormir exhausta/ cuento mis pecados cotidianos/ en vez de borreguitos negros”. La elocuencia en tan escasas palabras logra el efecto avasallador de la carcajada repentina pero también de una conciencia de poder sobre la palabra que otorga la capacidad de convertirnos en signo al reproducirla. Dice Lina: “Escribir poesía es fluir en la vida, es un gozo, una necesidad, un algo cotidiano repleto de magia. Cuando sufro escribo, leo y releo lo escrito y así sano mi alma, es como si fuera al psicoanalista leer lo que he escrito muchas veces hasta que supero ese dolor.”
El lazo afectivo lector/escritor es en gran medida el centro de su hasta ahora única novela publicada, Posdata para Ana (Amarillo Editores, México, 2003), editada originalmente en La Habana, Cuba y luego en México, escrita a cuatro manos con Phil Manzaneque, autor catalán de prosa definitivamente rompedora, donde una escritora de nombre Julia, en la que es posible localizar guiños autobiográficos, incluyendo ojos color miel, revela a su hija su pasión cibernética por un misterioso admirador del que poco a poco iremos conociendo su pensamiento, sus motivos, su biografía. Humberto, como Julia, es poeta, pero a diferencia de ella, que es casada y madre de familia y empieza a zozobrar en la insatisfacción marital, él vaga por el mundo sin tener la certeza de donde lo sorprenderá la noche. No es, de hecho, la única diferencia: él es más retórico que poético; ella es una poeta pura sangre que se defiende de las arremetidas teóricas de aquel. Pero más allá de una poco convencional historia de amor en que los amantes se enamoran no de personas sino de intelectos, Lina expresa a través de Julia su interesante visión del ejercicio poético: “(…) no confundas querido fauve la piedra con las ondas que produce, ni es el mismo material, ni están en el mismo estado, ni tienen nada en común. La relación de la piedra y el agua es una relación física, como lo es la relación del individuo con su entorno y como lo es la del autor con su obra.” (p. 124)
Aunque hay de todo en la poesía de Lina Zerón, hasta política (¡hasta eso!), es el erotismo lo que pesa más. Un erotismo que, como en la vida práctica (por llamarla de algún modo) es rico en matices, desde el orgasmo hasta la vastedad del lecho vacío, y si bien el título habla de colores, es el azul el que predomina desde el sensual derriére de la portada de Los colores del tiempo, el azul que entinta los besos y hasta la nostalgia, centro mismo de la llama: el corazón del fuego palpita azulmente. Lina es mujer azul, color de la alegría, de la obsesión, del océano y de los listones de la infancia. Finalmente no escribe por rebeldía sino por amor (aunque la rebeldía levante de pronto la cabeza); el amor cotidiano, el que duerme en la almohada adjunta, y lo insólito: se declara amor a sí misma, el mayor de los escándalos y las audacias, porque se supone que las mujeres somos obras de arte inacabadas que por consiguiente no podemos gustar de nosotras, más aún, se supone que debemos aborrecer nuestro cuerpo y vivir corrigiendo defectos (o fingir ante la sociedad que los corregimos, da igual)… pero como a Lina le importa un comino lo que los demás esperan de nosotras, le canta a su propia belleza, a su propia madurez y a su propio genio. Como señala el poeta Óscar Wong en su hermoso prólogo al libro que nos ocupa: “Yo la he visto luchar acurrucada en una piedra pugnando por emerger a la hostilidad del mundo, como una oruga ansiosa de metamorfosearse en mariposa (…) ha sabido crear un lenguaje propio de una frescura inigualable.”Pero… ¿es posible escribir poesía erótica y ejercer una crítica socio política al mismo tiempo? En la más pura tradición de Margaret Randall, Fina García Marruz o Gioconda Belli (no es casual que mencione exclusivamente féminas: a ellas se les da mejor esta exótica combinación), Lina Zerón no concibe la separación cuerpo/alma como tampoco que el cuerpo erótico y el cuerpo político tengan que desarrollarse en distintas direcciones, sin coincidir jamás. Su libro Ciudades donde te nombro (Ediciones Unión, Col. Sur, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, El Vedado, Cd. de La Habana, 2006), donde, haciendo justicia al título, recorre el territorio del cuerpo amado asociándolo a una serie de ciudades no nombradas pero reconocibles (y no precisamente por sus lugares comunes); donde más allá del regodeo verbal-visual y la descripción de paisajes o reflejos, la poeta evoca la atmósfera política y sensual y la huella que cada una deja en la memoria de su piel: “En la noche las ánimas crepitan de horror/ en esta ciudad de cenizas esparcidas/ y los retratos familiares desfilan con pancartas/ ¡No mi hija, ni una muerta más!” (p. 46). Lina Zerón es, en este sentido, una poeta tradicional que le canta al amor pero también una poeta con un discurso politizado que no caduco sino de vanguardia. Entre las poetas de su generación es muy difícil encontrar tal conciencia de la situación del mundo y, más difícil aún, que esa conciencia sea dirigida no por una ideología sino por el deseo. Lina se dirige al cuerpo, propio y ajeno, como cualquier otro se dirigiría a la Patria, con una suerte de reverencia erotizada. La voz poética de Ciudades donde te nombro contempla el sexo del amante con la misma franqueza con que contempla la belleza natural de una ciudad, de un litoral. La feminidad y el feminismo se manifiestan sin revestimientos ni complejidades. Por vez única se fusionan en una sola cosa: “En esta ciudad cada minuto muere una canción de cuna/ de una hija que no nacerá/ por el pecado de ser hembra./ La extraerán mil cuchillas del útero de su madre/ y por estirpe podría ser emperador si hombre fuera/ pero es luna, es mar, es loba, es mujer.” (p. 62). En su libro de relatos, Minicrónicas de listón y otros cuentos (Editorial Nido de Cuervos, Colección Nuevas Corónicas, Lima, Perú, 2007), Lina muestra una faceta que no se advierte siquiera en su novela, donde la poeta rebasa a la novelista. En Minicrónicas esto no sucede pues para empezar se da prioridad a la imaginación por encima de los elementos antes enumerados: Mujer estufa. Mujer escoba. Mujer plancha. Mujer armario. “Hembra-domésticos” ¿Y tú, quien eres?, La respuesta de Lina Zerón dejará helados a más de dos: Mujer libro. ¿Qué futuro le espera a una Mujer Libro en una sociedad donde la enseñanza multimedia pretende desplazar a la lectura, hasta en las escuelitas destempladas? Mucha pantalla y pocas nueces, diría el inmenso bardo. La Mujer libro que es Lina Zerón se le impone enérgica a quienes insisten en vernos a las mujeres como estufas, planchas, escoba… o computadoras (supongo que así nos ven a las escritoras) y deja fluir libremente su congénita ironía, para nada imperceptible en su poesía pero potenciada en sus relatos. El relato aludido, “Marido y mujer”, es una sátira de ese mundo que ingenuamente creímos dejar atrás y que sin embargo pervive en los discursos políticos, obispales y de fanáticos antiabortistas: “(…) una mujer nace el día de su boda y muere cuando muere el marido: todo lo demás es para la vida o prepararse para la muerte (…)” (p. 86) Con Minicrónicas de listón y otros cuentos, Lina incursiona de lleno y con artillería pesada en el género narrativo, abriendo con una serie de relatos tan breves que son casi aforismos (y ella llama mini-crónicas) y recuerdan a su poesía que mucho tiene de narrativa y de aforística. Nuevamente sale a relucir su ausencia de temor, que no de respeto, a las palabras devaluadas, de suyo relacionadas con lo femenino: menopausia, amor, enamoramiento, pasión, deleite, dolor, cocina, aunque como en su poesía les imprima una significación política, es decir, feminista.
En su retorno a la poesía con Consagración a la piel (Ediciones Atenas, Barcelona, 2007), Lina Zerón se nos presenta en plena madurez de sus facultades poéticas y humanas. Hay, si eso es posible, mayor rotundez en sus versos, mayor voluntad de vincularse con referentes literarios y de recrear la poesía misma. Se trata de la más inconcebible declaración de amor a sí misma que por eso involucra a todas las mujeres en una especie de carnaval de palabras: “Benditas las que son tormenta, río sin cauce/ a las que llaman locas, revoltosas,/liberadas, feministas, /y son capaces de atropellar al viento con una mirada (…) Benditas las hembras con fracturas y fragmentos/ Benditas Nosotras, matriz del universo.” (p. 12). Merecedora de la Medalla de Oro, Montevideo, Uruguay en 2003 y del Premio Barcelona 2004, autora de una decena de libros publicados en el extranjero o costeados de su propia bolsa, Lina declara su independencia creadora no solo mediante al autoexilio de la escena institucional de la poesía mexicana, sino sobre todo de la autenticidad de su voz poética y la franqueza de sus ideales: “Vivimos en el patio trasero más grande del mundo…” (p. 39). Prepara la biografía de Claude Couffon, quien fuera traductor y amigo de los más grandes escritores latinoamericanos, entre ellos Octavio Paz y Julio Cortázar. Tuvo a su cargo la columna “La furia del pez” en El Financiero durante 5 años.  Es madre de dos hijos y una hija que recién obtuvo su maestría en España.

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Puntas de lanza que iluminan de golpe (Alejandro Campos Oliver)

Leo Minicrónicas del listón y otros cuentos, (Colección Nuevas Crónicas, Editorial Nido de Cuervos, Lima, Perú, 2007) de la que conozco más como poeta errante: Lina Zerón. El libro, sobria y cuidadosamente editado, presume una segunda edición en menos de 3 meses. La primera sección, Minicrónicas del listón son una serie de estos cuentos vertiginosos, proteicos, heterogéneos que tanta afinidad tienen para la velocidad-lectura que delimita la vida cotidiana de las grandes ciudades.

Yo, comienzo a regocijarme con ojeadas de brincos a vuelo de pájaro en sus páginas y entre risas y pensamientos de digestión que ocasiona cada “ficción súbita”. Veo la lectura fragmentaria que la gente hace del periódico que regalan en el metro. Entiendo porque esta modalidad narrativa que tienen una hilera de nombres (minificción, ultracorto, brevísimos, textículo…) tiene tanto éxito y vitalidad hoy día.

Los “relámpagos” de Lina se inscriben demostrando porqué desde de la segunda mitad del siglo pasado son preferidos por los autores para abonar en los senderos de la crítica, la ironía, el humor y la sátira. Sus “retazos” no sólo evidencian una habilidad estilística depurada, sino esa intensidad expresiva y concisión de poeta oficiosa. Fronterizos con  la noticia periodística sigo leyendo.Trato de inquirir si Lina disfruta más mientras escribe o cuando los lee ante sus auditorios numerosos siempre atentos. Leo con espíritu de gozo dialogado. Y mientras el “relato vertiginoso” “Declaración absurda” me deja pensando, yo he pasado la estación donde tenía que hacer mi caída. Arriba, la lluvia me obliga a tomar taxi.

Llego a casa. Corroboro que en la página 17 comienzan los que remiten a este sabor sui generis de nuestra asqueante política mexicana. La inseguridad, la pobreza, y otros grandes hitos de nuestra “república democrática” son registrados en estos “híbridos literarios” donde “Sellos confusos” me hizo salivar con abundancia. Leo: “Por decreto de la Secretaría de Gobierno del Estado de Puebla queda prohibida la venta de los sellos postales que se emitieron con la fotografía del Gober Precioso, para evitar que los ciudadanos continúen confundiéndose al no saber de qué lado de la estampilla echar la saliva”.

El efecto súbito que producen algunas de sus “viñetas” es para reírse a boca tendida, verbigracia: “Cita a ciegas” o “Inquisitivo”. En la elucubración de un origen que le da vuelta de sombrilla por completo a nuestras creencias, sobresalen: “Jardinero inteligente” y “De suerte”.

“Entre almohadas” y “Maquillaje Perfecto” pueden decirnos porqué la actual creación literaria tiende a esfumar las fronteras entre género y género, por ejemplo: prosa y poesía. “Duda de color” podría ser incluso un microensayo. Otros de sus “microrelatos” nos muestran los mecanismos tradicionales que sustentan a los exitosos “cuentos cortos”: dualidad soñador-soñado, mundo real-mundo soñado, imagen real-imagen especular, la historia-el revés de la historia, el tiempo-la inversión del tiempo, etc.

Cuando leo emocionado algunos “minicuentos” a un amigo, veo triste que, cuando se trata de intertextos, de referentes literarios, brechas generacionales o tecnicismos  “los retazos” exigen cierta erudición literaria o al menos lectores refinados. Lo mismo debió suceder a los lectores Limeños frente a la falta de las referencias político-sociales de nuestro país. Llego a la conclusión entonces de que el estado de la literatura entre nuestra población puede ser el resultado más próximo a ser un indicador de nuestra “calidad educativa”. Desvarío un poco más, pero continúo leyendo.

Lo que sigue lo urdiría un día después en una sola sentada: La segunda sección del libro “Otros cuentos” la integran cuentos ya no tan cortos, digamos que ya hay cuentos superiores a las 400 palabras. Inician dos cuentos “El velorio” y “La luna en subasta”  estos no serán los únicos que exploran ese realismo mágico de códigos narrados de mundos que se convierten en ficciones que nos atrapan y uno no duda que ello suceda. Lina nos recuerda porqué los maestros del relato corto han sido y son los hispanoamericanos, superando, incluso a los autores en lengua inglesa. Lectora voraz de los autores del Boom Latinoamericano, la autora sabe la importancia de dejar ese agradable sabor agridulce del final inesperado.

“Boquita chiquita” nos enseña cuándo es considerable pensar en una cirugía plástica. “Hierba buena” nos muestra cómo es que una mujer puede volar como “mariposa en éxodo”, “El teléfono” consigue dejar una impresión persistente de interrogantes en el lector, antes y después de que la niña de aquella historia caiga como “flor sin tallo sobre el pavimento”. “En la telaraña de su pelo” evidencia la importancia de recordar los consejos del abuelo, sobre todo si de mujeres se trata. En “Tiro de gracia” se hilvana las palabras como en  una balsa de aceite y tiene un fin que hubieran deseado los amigos de Sócrates.

“Galería nocturna” es una bella historia de una musa -bidimensional de día y tridimensional de noche- y un pintor en que un día, harían sin saberlo “como nunca y como siempre” por última vez el amor. “La boutique del amor” ejemplifica la vacuidad en la que tenemos a un abismal concepto como lo es el amor. “Las primeras vacaciones” y “Mucho macho” me hace recordar porqué Cortázar apuntaba que un cuento es significativo “cuando quiebra sus propios límites con una explosión de energía que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta”; Lina sabe que la ingenua  intención de escribir, esa conmoción que motiva el origen del cuento es insuficiente, su estilo subyuga al lector con alevosía.

“Palabras exactas” aguijonea en sus primeros renglones con sus analogías que atrapan de zarpazo. Es la historia fractal de un escritor que ha extraviado su inspiración, y busca por lo menos “crear una frase que mueva la montaña de la literatura”. Un joven prosista le enseña que la buena literatura, para hacerla hay que sentirla-vivirla, pero talvez lo importante sea que nos muestra como “La ficción es una reflexión sobre el mundo hecha a través de lo simbólico… La ficción es la primera sabiduría consciente de la humanidad, la primera manera de explicar la realidad” (José María Merino dixit). Y en este juego de realidades alternas que dejan asomar con frecuencia las atmósferas mágicas de Lina, logra condensar la verticalidad y horizontalidad del espacio en tensiones atmosféricas que cierran en cuentos efectivos y memorables.

En “Raíces de dolor” y “Crónica de una operación anunciada” expone su claridad entre el equilibrio de escribir y crear una prosa con motivos. Intuyo que en estos dos hay mucho de experiencia vital directa de la autora. “Enferma de mar” refiere los sueños de una cubana y sus andanzas por París, de una mujer que el mar poseía como a veces lo hace el viento a las flores del campo.

“Marido y mujer” sobresale y brilla por sí mismo. Merece mención aparte. Uno sencillamente termina aplaudiendo de pie este texto al finalizar su lectura. Todo su recorrido deja espacios de alta degustación estética, para el asombro e incluso para la meditación. Matizada de imágenes pasmosamente originales y donde los personajes tienen voz propia. El bulbo de la cuestión es que no sólo atrapa al lector desde el primero párrafo y no nos suelta hasta el final; o que parta y desarrolle el discurso en un punto interesante, álgido, sino que sus textos dejan heridas. Remueven el interior.

“Del color las piedras” también es espléndido ejemplo de su narrativa. Los psicoanalistas gozarán en sus intrincados símbolos. Deberían sencillamente, hacer un largometraje de él. Este cuento, el más extenso y el último del libro, también merece comentario aparte. Sólo destacaré que color verde debería leerse en todos los cuarteles militares del mundo y que color rojo es en verdad excitante…

La unidad de impresión que logra cada cuento de Lina Zerón nos deja efectos que iluminan de golpe. Uno sencillamente ríe, goza, sufre, teme, se excita, y habrá quien hasta se indigne. Pero ese es el éxito literario. Cada palabra, cada sustantivo, cada gesto están dibujados a su medida. Nos sumerge en un conflicto, en lugares inhóspitos, extraños, en situaciones tabú, religiosas, o donde uno sencillamente se siente incómodo, despistado. Sus cuentos son punta de lanza para derribar o cuestionar creencias, ideas, actitudes, funciones. Nos brindan a la sed de la experiencia, la riqueza de un basto contorno imaginativo. Su literatura es una caja de Pandora que despierta diversos latidos íntimos, donde encontramos cuentos vigorosos que cubren historias en poco tiempo, aportando novedad al lenguaje, originalidad, lograda verosimilitud. Donde lo nuevo y extraño se atreven a caminar por ciénagas, en el filo de lo posible e imposible, en la recreación y degustación literaria.

Lina Zerón hace al lector adicto a sus letras. Estoy seguro que más de cinco de sus cuentos sobrevivirán por la carrera del tiempo. Porque cuando uno se asombra con lecturas como estas siempre las tiene en la punta de la lengua para recomendarlas a un amigo. Eso sucede ahora en Perú. ¿Sucederá lo mismo aquí?

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NARSÚ Y EL COLLAR MÁGICO (Miguel Ángel Villar Pinto)

Tras haber salvado de la muerte a un príncipe de los mares, Narsú recibe en agradecimiento un collar mágico. Sin embargo, tan valioso regalo atraerá sobre él envidias que le forzarán a abandonar su hogar y adentrarse en tierras lejanas de oriente, donde conocerá a una misteriosa princesa, la clave para desvelar el enigma de una estatua encantada, unida al collar.

«Ambientada en un oriente fantástico, Narsú y el collar mágico es una novela infantil que continúa la temática iniciada por el autor en su colección de cuentos Leyendas de Arabia, inspirada en Las mil y una noches. Una gran aventura en un mundo extraordinario y exótico.»

Reseña Editorial

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