La doncella (Jude Deveraux)

La doncella

El era sabio, fuerte y valiente.
Su destino era ser rey.
Ella era joven, hermosa, una princesa guerrera.
Su destino era amarlo.

Pero cuando se conocieron sólo eran un hombre y una mujer consumidos por una pasión tan súbita y tan profunda que el mundo estalló con el primer beso. Después, cuando el beso aún ardía en sus labio, Jura descubrió que aquel caballero no era otro que el odiado príncipe Rowan, un usurpador al trono.
Furiosa, Jura, decidió ser la enemiga de ese príncipe cuyo hermoso rostro la atormentaba de día y de noche. Pero nada detendría a Rowan decidido a ganar  la guerra… y nada lo detendría en su afán de conquistar a la valiente y bella Jura, para convertirla en su esposa, su reina, su amor…

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La Praga de Kafka (Klaus Wagenbach)

Pocos autores de la Literatura Universal pueden identificarse con una ciudad de manera tan estrecha como Kafka con Praga. Él mismo señalaba que "Praga no te deja. […].Esta madrecita tiene garras".

Las especiales circunstancias de la Praga de finales del siglo XIX y principios del XX siempre han sido citadas como el caldo de cultivo de una especial sensibilidad que afloraría en diversas artes, entre ellas la Literatura, con figuras brillantes entre las que destaca por encima de todas ellas Franz Kafka.

Capital del reino de Bohemia e integrada en el Imperio Austrohúngaro, con una minoría de población de lengua y cultura alemana -muy activa social y económicamente-, y otra minoría judía (dentro de la cuál volvía a repetirse la división anterior, si bien con un mayor peso del componente alemán), Praga era un ciudad en cuyas calles se cruzaban las manifestaciones de los trabajadores de los barrios obreros periféricos, de los nacionalistas checos o las esporádicas explosiones de persecución antisemita.

Su centro histórico ha sido conversado en bastante buen estado, pese a los bombardeos durante la II Guerra Mundial y el urbanismo que la siguió, lo que nos permite hacernos una idea cabal de cómo era esa Praga en la que vivió Kafka. Aclararemos que este interés va poco más allá de la curiosidad del lector que desea conocer algo mejor a uno de sus autores favoritos, ya que contemplar el portal de su casa natal o la fachada del edificio al que acudió como estudiante de instituto, apenas si nos dice algo de su escritura.

Hecha esta salvedad, volvemos al libro escrito por Wagenbach para satisfacer esa curiosidad histórica y acercarnos más al hombre, que no a su obra, para lo que desglosa metódicamente todos aquellos lugares que tuvieron cierta relevancia en la vida del autor checo, acompañando una foto de la época cuando es posible, ubicándola en un mapa (de hecho dos, uno con lel nombre de las calles en alemán y otro en checo) y describiendo su situación y estado actual.

El texto, como no puede ser de otra manera, recoge ciertas notas biográficas esquemáticas que permiten seguir adecuadamente a aquellos que no estén familiarizados con la vida de Kafka. La relación de lugares descritos. Asimismo, se acompañan algunos textos del propio Kafka (tomados de su correspondencia, diarios o incluso de obras de ficción como Descripción de una lucha) con los que se pretende dotar de mayor viveza y realismo las descripciones de Wagenbach.

Este breve libro se organiza temáticamente en cuatro bloques. El primero de ellos (“Las casas") enumera las diferentes viviendas en las que Kafka vivió o escribió, tratando de aclarar en cada caso qué obras principales fueron escritas en cada uno de esos inmuebles. Wagenbach no deja escapar la oportunidad de hacer precisiones en los lugares debidos. Por ejemplo. la vista desde la ventana de la habitación de Kafka en la casa del Barco pudo ser tomada para la confección de la escena final de La condena.

Wagenbach llega hasta el punto de aclarar la situación actual de muchos de esos inmuebles o de facilitar información sobre cómo acceder a algunos patios interiores de las viviendas (en ocasiones, el acceso es más fácil desde otros portales) o en destacar la belleza de las escaleras centrales para acceder a los diferentes pisos.

Por supuesto, que en este apartado aparecen también las casas de Max Brod, el salón literario de Berta Fanta o los diferentes locales en los que Hermann Kafka regentó su floreciente negocio de comercio al por menor y posteriormente al por mayor, así como la temible ubicación de la fábrica de asbestos que tanto problemas y angustia ocasionó al escritor. Kafka era socio capitalista con el fin de completar la participación de su cuñado (proviniente de la dote de su esposa, Elli Kafka) y de poder controlar los aspectos económicos de la misma. La participación de Kafka (con dinero prestado de su padre) fue sugerida por éste mismo (a fin de cuentas, había estudiado Derecho) por lo que no es muy correcto afirmar como hace Wagenbach, que aceptó dicha participación después de mucha insistencia de su padre.

El segundo bloque temático (La carrera de funcionario) visita las sedes de las diferentes instituciones educativas por las que pasó Kafka (escuela primaria, instituto, las diversas dependencias de la Universidad alemana e incluso los lugares en los que realizó el año de prácticas obligatorio).

De ahí pasamos a la sede de la Assicurazzioni Generali, entidad de seguros de origen italiano, en la que Kafka comenzó a trabajar gracias a una recomendación, y cuya larga jornada laboral resultaba incompatible con sus aficiones literarias lo que le llevó a buscar otro empleo, como funcionario, en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo, la temible "oficina" de la que ya escapó hasta su jubilación anticipada por su tuberculosis.

En ambos empleos (y en la fábrica de asbestos) se forjó la representación de la Vida, frente a Literatura, del mundo real, frente al mundo en el que Kafka soñaba, esa idea según la cuál, las condiciones perfectas para desarrollar su escritura, se daban en lo más profundo de un túnel, sin ruidos y al que la comida fuera colocada por un sirviente silente al otro lado de una puerta en el extremo del túnel.

Pese a los agrios comentarios de Kafka sobre su vida laboral, no debemos olvidar que en el Instituto alcanzó puestos de cierta responsabilidad y gozó de la confianza de sus superiores. Finalmente, tampoco se puede pasar por alta que su trabajo técnico es una pequeña clave que explica determinados aspectos de su obra.

El tercer apartado (Paseos predilectos) recoge tres itinerarios que pretenden dar testimonio de alguno de los largos y hermosos paseos que Kafka acostumbraba a dar por las tardes, solo o en compañía de algún amigo, antes de la cena y de encerrarse en su cuarto a escribir.

El primero de ellos (subida al monte San Lorenzo) prácticamente es el itinerario que recorre el protagonista de Descripción de una lucha y parte de la estatua de Carlos IV en la plaza de los Cruzados hasta lo alto del monte San Lorenzo lo que, además de permitirnos disfrutar de unas hermosas vistas, nos ofrece la posibilidad de contemplar los restos de la muralla del hambre (en la que pudo hallar inspiración para componer La construcción de la muralla china o visitar el emplazamiento de la cantera de Strahov, lugar al que fue conducido Joseph K. para ser ejecutado.

Los otros dos paseos (del Belvedere al parque Chotek y Malá Strana y el Jardín botánico y Troja) son otra oportunidad excepcional de recorrer la Praga de la época de principios de siglo (bastante bien conservada) y de hacerse una idea del concepto de "paseo" que Kafka tenía y ponía en práctica.

Finalmente, el último apartado (Lugares literarios y de esparcimiento) trata de compensar la imagen de escritor solitario y atormentado en favor de un Kafka que frecuentaba cafés literarios, salas de conferencias y conciertos, proyecciones de películas, etc.

Se ubican muchos de los cafés frecuentados por Kafka en su juventud, como el mítico Café Savoy (donde conoció la tradición del teatro yiddish), el Café City, el Louvre, el Corso y el Arco.

También aparecen las bibliotecas y librerías que frecuentaba, así como las dos escuelas de natación, donde practicaba en verano con su bote de remos por el Moldava.

Tampoco olvida Wagenbach la ubicación de las primeras salas de cine de Praga, o el Rudolfinum o la Casa de la Municipalidad, centros culturales de primer orden incluso hoy en día o los lugares en los que Kafka realizó lecturas públicas de sus obras o presentó las de otros (como la sede del Antiguo Ayuntamiento Judío.

Fiel hasta el extremo a su intención de no dejar un cabo suelto, también se nos facilitan indicaciones para visitar el cementerio judío de Straschnitz donde Kafka fue enterrado en junio de 1924.

La Praga de Kafka es un libro para apasionados de la obra de este autor que quieran aproximarse a su escenario vital. Lectura imprescindible por su carácter práctico para quien vaya a visitar Praga con la idea de rendir tributo a su genial escritor o para quienes, conociendo ya la ciudad, quieran evocar los lugares ya visitados.

Wagenbach es un gran experto en Kafka y ha escrito varias libros al respecto, llegando a recopilar todas las fotografías conocidas en las que aparece dicho autor (Franz Kafka. Imágenes de s vida). Tuvo la suerte de trabajar en la editorial S. Fischer en el momento en el que se preparaba la publicación de El proceso, hecho que le marcó de manera definitiva. Tiempo después se independizaría fundando varios sellos editoriales de diverso contenido con un compromiso político muy profundo.

Con La Praga de Kafka, Wagenbach ha logrado combinar información actualizada, ubicaciones precisas (nombre de las calles en alemán y checo numeradas en el mapa correspondiente, números de portal actuales junto al original de la época de Kafka), fotografías en blanco y negro, referencias biográficas y textos originales de una manera convincente y amena, evitando entrar en detalles excesivos que entorpecerían la lectura y dando sentido al subtítulo de la obra "Guía de Viajes y de Lectura".

Confieso que he leído

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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La cabra vocalista (Juan Marsé)

En este libro, poco conocido por no haberse reeditado desde los a os setenta, nos narra Juan Marsé las peripecias de unos feriantes que, con una cabra recorren los pueblos de Espa a, malviviendo de lo que le dan unos aldeanos a los que cada vez se les acorta más la curiosidad.

Fermín y Amparo, los due os de la cabra, ven como la proliferación de la televisión deja a la gente sin necesidad de maravillas y poco a poco se van sintiendo desplazados del mundo que conocían sin llegar a encontrar un nuevo hueco en la sociedad que está construyéndose, tanto en los tecnológico, como en lo político.

Hasta el sorprendente y trágico final, desfilan por el libro toda una serie de personajes fatigados, con ganas de vivir pero con apenas fuerzas para mantenerse en pie contra un destino que los lleva a arrastra una roca, cuesta arriba, como en el mito griego: la roca de su propia inercia.

A veces, a lo largo del libro, el lector tiene la impresión de que los personajes se enfrentan a una maldición que los impide mejorar, pero son ellos, ellos mimos en su personalidad más íntima, pues hay quien después de perder es perdedor y hay quien lo es antes.

Una obra interesante que resiste con dignidad el paso del tiempo.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Cómo la vida imita al ajedrez (Garry Kasparov)

Se trata de una interesante obra de ensayo en la que, con un título quizás demasiado cercano a las obras de autoayuda, describe las características e historia de la estrategia del ajedrez, buscando un paralelismo con las cualidades que son necesarias en otras facetas de la vida, como la empresa o el ajedrez. En sus distintos capítulos, ejemplificados con el estilo de diferentes campeones del mundo, va hablando de virtudes como la tenacidad, la paciencia, la agresividad y su control, y fundamentalmente de la necesidad detener una estrategia predefinida y el modo de hacer que las circunstancias cambien el modo de actuar, pero no los objetivos a alcanzar.

Pero que no espere quien se acerque a este libro encontrar fórmulas mágicas de ajedrecista para mejorar los propios problemas. Es un libro ante todo y sobre todo de ajedrez en el que, eso es cierto, se busca la raíz de a qué facetas se dirige la táctica del ajedrez, como la posibilidad de cambiar tiempo por material y material por tiempo.

Para quien le guste el ajedrez es un libro interesante, con constantes alusiones y anécdotas de loa grandes maestros. Para el que no conozca ese juego más que de lejos, es sólo un libro entretenido con algunas perlas nada desde ables, pero quizás demasiado obtuso.

www.javier-perez.es

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¿QUIÉN MATÓ A MI MADRE? (Edgar Borges)

¿Quién mató a mi madre? o cuando una novela eleva por encima de la realidad Por Andreu Martín (Publicado en Revista Cambio 16) Enfrentado a un crimen, a la llegada de dos misteriosos investigadores y a un interrogatorio que prácticamente monopoliza el desarrollo de la obra, Andreu Martín, autor de novelas negras como Prótesis o Juez y parte o Piel de policía, obsesionado por el realismo y la verosimilitud, topó con un texto que se resistía a encajar en los moldes previstos. Hasta que la magia del texto se impuso y el lector fue sustituido por otro Andreu Martín, el autor de Por amor al arte, Por el amor de Dios o Vampiro a mi pesar, el habitante de Cadaqués, tocado de tramontana y apasionado del surrealismo, el que distorsiona personajes y crea situaciones incoherentes para mejor contar la coherencia del mundo y, con ese nuevo pincel daliniano repinté la obra y, por fin, la comprendí y me zambullí en ella para descubrir nuevos placeres, mucho más próximo (supongo) a las intenciones del autor. La novela me elevó, así, por encima de la realidad, para llevarme a un fascinante mundo de sugerencias, insinuaciones y reflexiones donde no se trata de partir de enigmas para encontrar respuestas sino que directamente se parte de las respuestas para perderse entre enigmas. En la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges, el placer deriva precisamente de verse perdido y de cerrarse salidas, de manera que incluso la solución final es un triple o cuádruple portazo para terminar con la promesa “de que regresaría puntualmente en dos semanas” y de ello no se desprende una sensación desasosegante sino, desde mi punto de vista, una alegre predisposición de volver a empezar el juego con ánimos renovados. Cuando entramos en casa de los Rivera, ésta queda descrita como un decorado, una realidad manifiestamente distinta de un exterior que estamos dispuestos a ignorar. Nos instalamos en un decorado que queda fijado como una caja de luz flotando en medio de la nada, ajena a la realidad exterior. A partir de ahora, los personajes actuarán a su manera, levitarán, se moverán en apartes imposibles, hablarán entre signos de exclamación, el marido se disfrazará de la mujer, se nos hablará con naturalidad de agencias donde encontrar clones de sí mismos, el revólver del asesinato se alquila, serán hallados papelitos doblados invisibles para todos menos para uno aunque se encuentren en los lugares más visibles, convenciones todas ellas que me llevan al mundo onírico como los de Dalí, Chirico o Magritte. Microcosmos platónicos donde los interrogadores son como ángeles, ni policías ni periodistas, detectives contratados por la muerta y sus interrogatorios devienen diálogos en espiral sobre la locura y la vida. Lo que en una novela realista y convencional sería psicosis en este relato de género inclasificable se convierte en metáfora que nos lleva a la reflexión, a la paradoja, a la síntesis, a veces a la risa más desternillante, siempre a la sorpresa. Insisto en que, durante la lectura, he estado envuelto de esa sensación tan intrigante y desconcertante que provocan en el espectador los relojes blandos o el Ángelus de Millet repintado por el genio ampurdanés, las estatuas con cara de perro y las columnas truncadas en eriales calcinados de Chirico, el hombre del sombrero hongo de Magritte, el Rinoceronte o la Cantante calva de Ionesco. El sillón que ocupa el lector poco a poco será diván de psicoanalista donde cada una de las situaciones, réplicas, palabras del texto resultarán ser reinterpretaciones deformadas de la realidad que evocarán inevitablemente vivencias cargadas de significado y de sentimientos. La novela se lee con gran facilidad, incluso diría que pasión (una vez has sintonizado exactamente con las claves necesarias), aun cuando no recurre al truco habitual en la novela policíaca que yo conozco de plantear un enigma para capturar y retener la atención del lector. La pregunta ¿Quién mató a mi madre? sólo está en el título. En cuanto se inicia el interrogatorio, el lector percibe de inmediato que no se va a seguir un método policial de persecución de la verdad sino que se va a encontrar con un largo diálogo platónico que lo llevará más allá de lo policial para sumergirlo en la filosofía. He dicho al principio que me instalé en casa de los Rivera como si fuera un escenario de teatro. Efectivamente, el autor nos sitúa con una descripción parecida a la que se utiliza para iniciar las obras dramáticas: el balcón enfrente; entre la mesa y el balcón, hacia la izquierda, está Manuel… Detrás de la puerta, la única pared azul de la vivienda… Más adelante, cuando nos hable de las sorprendentes cenas poéticas de la familia Rivera, se nos explicará cuál es exactamente la posición que ocupa cada uno de los miembros. Los ruidos que vienen del exterior me parecen efectos producidos por anticuados tramoyistas, Dios mío, los golpes que propina Dina a su ordenador cuando trabaja: ¡se va a cargar el disco duro! No sé por qué (pero es virtud de esta novela inducir a pensamientos que se dirían ajenos a ella sin serlo), la situación de la novela me lleva a un decorado delirante que existe en el Museo Dalí de Figueres: aquella habitación que es un retrato de Mae West. Hay una chimenea, dos cuadros, un sillón, entre los cuales se puede caminar… Y, cuando se mira a través de un cristal distorsionador, se descubre que el sillón rojo son los labios, que la chimenea es la nariz, que los dos cuadros son ojos… Éste es el sabor que retengo en el cerebro después de la lectura de la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges. La constatación de que el concepto surrealismo no viene de sub-realismo, como el mal uso de la etimología nos podría llevar a pensar sino de la palabra francesa sur-realismo que quiere decir super-realismo, es decir, mirada desde arriba, desde lo alto, mirada de aquel que sobrevuela (de ahí que haya comparado los investigadores con ángeles) y que, desde el cielo, puede verlo todo con una distorsión que lo acerca mucho más a la verdad, puede verlo todo tan bien que incluso descubre que en el Ángelus de Millet había enterrado un cadáver.

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