Belinda (Anne Rice, bajo seudónimo de Anne Rampling)

El escritor e ilustrador de libros infantiles Jeremy Walker conoce y se enamora de Belinda, una muchacha de dieciséis años.

Novela escrita por Rice en 1985 bajo el seudónimo de Anne Rampling y dedicada a sí misma, entre una novela de vampiros y otra.

La historia comienza cuando un hombre de cuarenta y cuatro años se enamora de una muchacha de dieciséis y ella le corresponde.

Relatada en primera persona, durante las primeras 390 páginas conocemos la relación desde el punto de vista de Jeremy. Relata su amor apasionado, sin sentimiento de culpa y no basado únicamente en el sexo.
El protagonista pinta cuadros de su amada desnuda, comenzando con una visión casi infantil de ella y llegando, al final del libro, a representarla como una mujer.

Durante casi doscientas páginas parece que la novela va del romance y poco más, aunque el narrador hace alusión a ciertos traumas pasados y se insinúa el posible pasado de Belinda, a la que comienza a investigar con la excusa de protegerla.

Le sigue una segunda parte (unas ciento sesenta páginas) en que la propia Belinda nos relata su dramático pasado y luego varios cientos de innecesarias páginas más, eternas, en que Walker intenta ayudar a la joven.

Al final resulta que la novela no es una simple revisitación de Lolita, sino que Rice se mete en el mundo del cine de los años setenta y ochenta, de las grandes estrellas y su forma de comportarse.
Su argumento no es en absoluto original, menos aún leyendo la novela veinte años después de haber sido escrita, cuando ya nada nos asombra y casi ni escandaliza.

Al menos no es una novela del todo previsible, y que no se recrea en describir morbosas escenas de sexo, ya que es casi la parte de la relación entre los protagonistas que menos describe.

Lo malo es casi todo. Comenzando con el hecho de que dedica más de setecientas páginas en contar un argumento mínimo. La autora no parece conocer la técnica de la elipsis y se recrea en describir minuciosamente escenas que no sólo son aburridas, sino también innecesarias para la comprensión de la historia, a veces repetitivas y casi siempre demasiado banales y utilizadas en muchas novelas y películas.

Al principio parece que se insinúa un misterio en el pasado del protagonista, pero en realidad no lo hay; luego, lo que cuenta Belinda no es otra cosa que lo que él ya ha averiguado por si mismo (bien resumido por la autora mediante noticias de periódicos etc) aunque esta vez abarrotado de detalles y, cosa sorprendente, diálogos y situaciones que la joven parece recordar en todo detalle tiempo después de que sucedieran, algo del todo increíble.

Novela fallida, eterna, que no ha soportado el paso del tiempo y sólo correctamente escrita.

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La celestina (Fernando de Rojas)

La Celestina es una obra literaria española que en sus primeras ediciones (¿1499?, 1500, 1501) fue titulada Comedia y, a partir de algunas ediciones de 1502, Tragicomedia de Calisto y Melibea. Ya en el siglo xvi fue impresa 80 veces en castellano, lo que revela una aceptación poco común, y muy pronto se tradujo al italiano, el alemán, el francés y el latín; también desde esa época empezó a utilizarse el título de La Celestina con que sería conocida para la posteridad, inspirado por la fuerza de su protagonista, la alcahueta por antonomasia.
TÍTULO=»\T1\»>El autor
Los orígenes de la obra continúan siendo poco claros, aunque se han podido establecer las fases principales de su publicación: las primeras ediciones ofrecen un texto en dieciséis actos, unos versos acrósticos en los que se dice que fue «acabado» por el bachiller F. de Rojas, nacido en La Puebla de Montalbán, y, a partir de la edición de 1500, una epístola del autor, que confiesa que halló el primer acto manuscrito y anónimo y lo continuó con quince más. A partir de las ediciones de 1502 incluye cinco actos nuevos (entre el XIV y el XV, con lo que pasó a tener 21) y presenta adiciones en algunos (menos en el primero y casi todo el segundo); en la citada epístola del autor se recoge la opinión de «algunos» según los cuales el autor del primer acto fue Juan de Mena o Rodrigo de Cota. A partir de una edición de 1526 se intercaló, entre los actos XVIII y XIX otro, llamado el «acto de Traso». Exceptuando esta última modalidad, en la impresión de las dos primeras fases de La Celestina intervino el bachiller, el cual siempre afirmó que el acto primero no era suyo y se atribuyó la paternidad del resto. A principios del siglo xx, la crítica adoptó la curiosa actitud de negar la veracidad de estas afirmaciones de Rojas, a quien unos consideraron autor del acto primero y del resto de la obra en veintiuno, y otros le atribuyeron del primero al XVI de la primera fase y le negaron los cinco intercalados y las adiciones que se advierten a partir de 1502. En la actualidad, se cree que Rojas fue veraz y que, por tanto, el primer acto de La Celestina es de un autor castellano desconocido, de fines del siglo xv, y el resto, tanto en la versión compuesta de dieciséis actos como en la de veintiuno con adiciones, se debe al bachiller.
TÍTULO=»\T2\»>La trama
La acción transcurre en tiempo contemporáneo al de la composición de la obra (finales del siglo xv) en una ciudad española (Salamanca, Toledo, Sevilla, parece que es intencionada esta vaguedad). El joven Calisto, rico, gallardo y culto, se enamora de Melibea, muchacha de condición similar, y al ser rechazado por esta, su criado Sempronio le aconseja que recurra a la mediación de una vieja tercera llamada Celestina, y el joven va en su busca. Pármeno, otro criado de Calisto, le pone en guardia contra Celestina, cuya ruindad le explica con todo detalle. Pero, llegada Celestina a casa de Calisto, con su hábil dialéctica y sus promesas se capta el favor de Pármeno, y recibe dinero de Calisto en pago de su futura tercería. Los dos criados y Celestina deciden aprovecharse todo lo posible de la dadivosidad del enamorado Calisto. Celestina, en la soledad de una habitación, conjura a Plutón untando con un ponzoñoso hechizo un ovillo, y luego se dirige a casa de Melibea, donde entra con la excusa de vender hilado. Al hallarse a solas con Melibea, le hace grandes elogios de Calisto, ante lo cual la muchacha reacciona airadamente, pero la alcahueta deja en su poder el ovillo. Al día siguiente Melibea manda llamar a Celestina y le confiesa su pasión por Calisto; así se concierta una cita de los dos enamorados para aquella misma noche. Acompañado de Sempronio y Pármeno, Calisto se encamina a medianoche a casa de Melibea y habla con ella a través de la puerta. Deciden verse la noche siguiente en el huerto, o jardín, de Melibea.
Por la mañana, Sempronio y Pármeno van a casa de Celestina para reclamarle la parte que les toca de las dádivas de Calisto, pero como se niega a darles nada, Sempronio la mata. Ambos huyen, pero son apresados por la justicia y decapitados en la plaza pública. Calisto, que ensimismado en sus pensamientos amorosos poco se preocupa de las muertes de Celestina, Sempronio y Pármeno, toma otros dos criados, Sosia y Tristán, y a las doce de la noche se encamina a casa de Melibea; con una escalera de mano entra en el jardín y allí gozan del amor.
Siguen los cinco actos intercalados a partir de las ediciones de 1502, según los cuales Elicia y Areusa, pupilas de Celestina y amantes de Sempronio y Pármeno, deciden vengar las muertes en la persona de Calisto y contratan a un rufián llamado Centurio para que lo mate. Tiempo después, cuando una noche se halla Calisto en el jardín con Melibea, unos compañeros de Centurio arman alboroto en la calle, lo que espanta a los criados Sosia y Tristán, que se ponen a gritar.
A partir de este momento, vuelven a coincidir los textos de las ediciones primitivas y el de las de 1502 en adelante: al salir del huerto, Calisto no acierta con los peldaños de la escalera, cae a la calle y muere. Los criados se llevan el cuerpo, y Melibea, desesperada, es consolada por su padre, Pleberio (que ignora todo el proceso de sus amores); ella pide ser llevada a la azotea alta de la casa y quedarse sola. Desde allí declara a su padre sus amores con Calisto y la muerte de este, y finalmente se arroja desde lo alto de la torre y se mata. Pleberio cuenta a su mujer, Alisa, lo ocurrido, profiere un largo lamento y maldice al amor.
TÍTULO=»\T3\»>El género
La Celestina, por su forma dramática, por algunos de sus rasgos estilísticos y técnicos y por los nombres de sus personajes, se inserta en una vieja tradición europea: la que, derivada de la comedia nueva griega, recogieron Plauto y Terencio y conservaron en latín los autores de la culta y minoritaria comedia elegíaca y, posteriormente, el teatro de los humanistas (también en latín). En esta tradición es frecuente el caso de dos jóvenes que consiguen hacer realidad su amor gracias a los criados y a la intervención de una alcahueta o tercera. Sin embargo, la obra española supone la ruptura con esta tradición. Destaca la clara intención moral de La Celestina, donde en oposición a sus precedentes latinos, medievales y humanísticos (en los que siempre triunfa el amor logrado con deshonestidad), todos los pecadores reciben el mayor de los castigos. Implacablemente, la muerte sin confesión, y por añadidura el desesperado suicidio de Melibea, castiga a los principales personajes de la tragicomedia, en lo que constituye una evidente lección moral, como atestiguan las palabras que aparecen en algunas de las ediciones primitivas: «compuesta en reprehensión de los locos enamorados […], fecha en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes», frases que adquieren su verdadero alcance si se considera que los jóvenes nobles vivían entregados al cuidado de sus criados, quienes les facilitaban todos los vicios cuando querían arrancarles dádivas. Es de advertir que la Inquisición jamás puso reparo ni introdujo enmienda alguna en las numerosas ediciones que se hicieron de La Celestina en España durante los siglos xvi y xvii. Sólo se prohibió a partir de 1793, a causa de los episodios amorosos que en la obra se describen, que habían pasado a ser inmorales para criterios más modernos, y de las blasfemias que profieren algunos de los personajes. Pero la lascivia y la blasfemia reciben, en la obra, el peor de los castigos; en ello reside su moralidad.
TÍTULO=»\T4\»>• Técnicas dramáticas
La obra está escrita en forma de diálogo dramático, a base de parlamentos de los personajes que intervienen en la acción, pero la falta de acotaciones escénicas que permitan advertir los movimientos de los personajes hace dudar de que fuera compuesta con la intención de ser representada (tampoco los argumentos que encabezan cada acto tienen carácter dramático) y existen testimonios de que en su época se llevara a las tablas. No obstante, se ha representado en teatro con un resultado excelente. En la obra, el diálogo se impone sobre lo que se podría llamar el decorado, sobre el movimiento y sobre el tiempo, de tal suerte que este se paraliza, para dejar hablar a los personajes largamente en una escena que transcurre en pocos segundos, o se acelera, cuando un diálogo de pocas líneas se produce en el espacio de dos horas. Por otra parte, a veces ocurre que dos personajes hablan en un lugar determinado (la casa de Calisto, por ejemplo), siguen dialogando por la calle y acaban su conversación en otro lugar (la casa de Celestina), sin que haya ni la más mínima fisura en el coloquio. Se trata de una técnica dramática que parece más cinematográfica que teatral, pero que, en realidad, obedece al propósito de los autores de cifrarlo todo en el diálogo, empeño que se impone a las conveniencias de tiempo, lugar y movimiento.
TÍTULO=»\T5\»>El lenguaje
La Celestina rompe también con la tradición secular al abandonar el latín para ser redactada en un castellano elegante, culto y a veces engolado en boca de Calisto y de Melibea, y otro popular en boca de Celestina, sus pupilas y los criados, con lo que se oponen dos mundos y dos ambientes, captados de la misma realidad. El autor del primer acto y el bachiller Rojas (supuestamente considerados como autores distintos) llevaron a cabo la auténtica revolución literaria de prescindir del latín, aunque no fueron capaces de renunciar a la tradición clásica que se refleja en los nombres de los personajes (Calisto, Melibea, Pármeno, Sempronio, Pleberio, Centurio, etc.), los cuales se mantienen fieles a los de las asistencia, viejas comedias de Plauto y Terencio.
TÍTULO=»\T6\»>El realismo
La Celestina se puede considerar una obra realista, donde todo transcurre con lógica y de acuerdo con las reacciones psicológicas de los personajes. Para el lector, el nexo con la realidad queda roto cuando advierte que el cambio de actitud de Melibea respecto a Calisto no se debe sólo a las eficaces palabras de Celestina, sino también, y principalmente, al ovillo hechizado que esta deja en poder de aquella, ovillo al que Plutón, o sea, el diablo, ha infundido un poder sobrenatural. La magia, pues, es aceptada por el bachiller Rojas como un elemento real, y ello no es de extrañar si se tiene en cuenta el gran número de procesos de brujas que se celebraron en el siglo xvi en toda Europa, y en algunos de los cuales, realizados en España, se encuentran conjuros muy parecidos al que Celestina realiza al invocar a Plutón.

De la Enciclopedia Espasa

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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EL LOCO DEL TAROT ( Lucero Balcázar )

   Una mexicana y un cubano se apasionan, El Tarot los ve, los piensa.  El cielo estrellado de Santiago de Cuba es el escenario donde los arcanos mayores, Las Copas, Los Bastos, Las Espadas y las estrellas escriben una historia de erótismo negro, azul.

   Las piernas del ser amado son la casa del corazón
el corazón guarda cartas, mensajes, igual que EL TAROT
Una mexicana y un cubano en Santiago de Cuba acomodan cada uno su juego, su azar.  La Tirada Celta, doce ilustraciones de pintores de México y cuba, dan rostro a cada uno de los Locos que llevamos dentro.  

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El clítoris de Camille (Diego Medrano)

Éramos una pareja de tres, ella, yo y la locura», dice Dante Cornellius, protagonista de esta turbulenta historia de un amor que, a la manera de Lolita, de Nabokov, o de El diablo en el cuerpo, de Radiguet, entra en la senda de la «necesidad mutua» desde la falta absoluta de convencionalismo de dos seres opuestos cuyo drama íntimo es el de la búsqueda de un refugio frente al desamparo, para seguir viviendo sus innumerables rarezas o sus cada vez más peligrosas patologías personales.

El clítoris de Camille es una búsqueda desesperada de la identidad a la vez que, sin perder un gramo de virulencia, una densa anatomía de delirio allá donde dos seres genuinamente delicados, especialmente atrofiados para la vida doméstica, confabulan una prodigiosa alianza in crescendo, sabiéndose fuertes al unirse y vulnerables al deshacer todos sus pactos.

Transgresión, erotismo, sensibilidad, locura y pasión perfilan esta novela, incapaz de dejar indiferente, por cuanto la crudeza y violencia de los innumerables giros y guiños que la componen provocan constantemente. Diego Medrano ha realizado un perfecto ejercicio de ilusionismo, tan lúdico como trágico, por medio del lenguaje, y ha logrado la admirable proeza de dar forma al diálogo pretendidamente racional de dos seres puramente irracionales.  

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Memorias secretas de una cantante (Wihelmine Schraeder-Devrient)

Una secuencia de cartas de exquisito contenido erótico integran Memorias secretas de una cantante. Dueña de anécdotas extraordinarias, la célebre cantante de ópera del siglo XIX, Wilhelmine Schöder Devriet, da nacimiento a un prolijo epistolario que destina a un amigo suyo, que para nosotros permanece en el anonimato, y a quien, a modo de confesión, decide relatarle hasta el más íntimo detalle de sus experiencias sexuales con hombres y mujeres.
Esta curiosa observadora, tan inteligente como inquieta, hace mención al "deseo como motor de la vida". Más allá de la poesía que pudiera llegar a tener esta frase, indudablemente tiene también un contenido lógico por el cual si un hombre y una mujer no se desean, no hay fruto alguno del encuentro. Además, es el factor que impulsa, al menos a esta fresca seductora, a ir en una insaciable búsqueda de nuevas formas de placer. No me animaría a decir que como mujer estuvo por encima de las de su tiempo, o que, de pronto, encajaría perfectamente en este siglo un tanto libertino; sin embargo, vale pensar que fue una mujer más que extravagante, y que todo aquello que deseara con viva convicción, iba entonces a conseguirlo.
Atreviéndose a todo, fuera de todo prejuicio y pudor, la voyeur, hace de su relato una historia simple y entretenida por cuanto revela, en muchas oportunidades, algunos pensamientos y deseos propios del común de la gente con respecto al sexo.
Es así mismo interesante la exposición que Wilhelmine propone a su destinatario (personaje que, cierta vez, fue un imposible objeto de su deseo): "el carácter sexual y ético se forman según las particulares circunstancias en que el amor nos es revelado". Esta afirmación invita, tal vez, a prensar que está justificando sus preferencias sexuales y sus insistencias en todo aquello que no está permitido por la sociedad de su época. En todo caso ¿quién puede juzgar a una mujer como esta? Una María Magdalena que no se arrepiente ni se avergüenza de nada; una Venus expuesta al amor heterosexual, al amor homosexual, la amor sádico, a participar en orgías, flagelaciones…
El deseo tiene muchas formas. A la manera de Wilhelmine, o a la manera característica de cada uno, habrá que aprender a aprovecharlas todas.

Por Agustina Jojärt

www.lamaquinadeltiempo.com

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