TRUMAN CAPOTE. LA BIOGRAFÍA (Gerald Clarke)

“Se llora más por las plegarias atendidas
que por las no atendidas” (Santa Teresa)

La vida de Truman Capote puede relatarse en torno al pensamiento de Santa Teresa. Su ansia fue siempre alcanzar el reconocimiento y la aceptación que de niño le negaron sus padres. Con su padre tuvo escaso trato y éste siempre terminaba en una decepción más grande que la anterior. Con su madre tuvo que vivir encerrado en habitaciones de hotel donde veía cómo mantenía relaciones con otros hombres o cómo llegaba bebida y maltrecha. Durante los años que pasó en la casa familiar de Monroeville con sus tías tuvo que vivir inmerso en las relaciones tormentosas que mantenían esas tres mujeres y su tío, y que tan bien reflejaría en “El arpa de hierba”.

Pero su afán de aceptación social y de poder económico, era común a su madre quien le enseñó y transmitió tales valores como objetivos vitales, sobresaliendo de la vulgaridad.; el estilo y la clase eran la clave para elevarse en busca de ese reconocimiento.

La madre de Truman alcanzaría el tan ansiado triunfo mediante el matrimonio con Joe Capote de quien Truman tomaría su apellido; pero la plegaria atendida no logró evitar que murieses alcohólica y destrozada por las continuas sospechas, más o menos certeras, de infidelidades de su marido y su posterior bancarrota. Truman no vio en ello el aviso y la premonición. Por aquel entonces su fama de escritor ya había cruzado fronteras, su ingenio, sus ocurrencias y, sobre todo, las compañías de las que gustaba rodearse (entre lo más selecto de la sociedad de la época) eran la prueba de que él sí lo había conseguido.

Su cima literaria llegó con “A sangre fría”, el espeluznante relato de un crimen en el interior de los Estados Unidos, sin motivo aparente y con una violencia gratuita sin igual. Truman no sólo trabó conocimiento con el entorno de las víctimas (llegó a convertirse en una figura local en Holcomb) sino que mantuvo una larga e intensa relación epistolar y presencial con los dos asesinos, llegando incluso a presenciar su ahorcamiento.

Pero, al mismo tiempo, el crimen permitió que contemplara el reflejo de lo que pudo haber llegado a convertirse. Uno de los asesinos (Perry Smith) era la viva imagen de lo que pudo haber sido Truman de no haber abrazado la religión de la Literatura, salvándole de algún modo. Sus infancias se parecían demasiado como para no sentirse aterrado y culpable por ello; alcohol, abandono, malos tratos, empujaron a Truman y a Perry por caminos diferentes, pero, al fin, Truman vislumbró una fina línea que le separaba del asesino de los Clutter.

Pero la Literatura que le había salvado hasta entonces, y que le dio (precisamente con esta obra) su gran triunfo, no le logró salvar de sí mismo. Exultante tras el éxito de “A sangre fría” pero dolido por el escaso reconocimiento de los críticos profesionales, se planteó llevar adelante un viejo proyecto (emulación de la obra de Proust “En busca del tiempo perdido”). Describir a la alta sociedad de su tiempo y dejar al descubierto su triste condición valiéndose de su privilegiado status de acompañante y bufón se le antojó como su mayor contribución al Arte. Nadie como él aunaba conocimiento y talento para llevar a buen fin esa obra que dejaría al mundo boquiabierto y supondría su consagración definitiva junto a los más grandes autores de todos los tiempos.

Los capítulos publicados de esta obra (“Plegarias atendidas”) supusieron la condena de Truman al ostracismo social y al alejamiento de los círculos por los que hasta ese momento se movía como centro de todas las atenciones y confidencias. El rechazo pasó a convertirse en norma de obligado cumplimiento para todos aquellos, criticados o no, que antes habían otorgado su confianza a Truman.

Desconcertado, creyendo que su talento estaba por encima del orgullo de sus amigos y despreciando su inteligencia (creyó que ninguno de ellos llegaría a reconocerse), vio cómo, poco a poco, su vida se iba convirtiendo en una farsa de sí mismo.

Su vida sentimental (siempre compleja) pasó a ocasionarle un sinnúmero de problemas al empeñarse en escoger a sus parejas entre hombres incapaces de valorar su obra, vulgares, física e intelectualmente quizá como forma de asegurarse un control sobre ellos (prueba de que la confianza en sí mismo comenzaba a fallarle). Sus borracheras y su continuo coqueteo con pastillas y drogas acabaron por convertirle en un asiduo de las clínicas para desintoxicación probando todo tipo de tratamientos contra el alcohol y otro tipo de adicciones.

Su triste final supuso la definitiva extinción de una voz propia en el mundo literario que, seguramente, pudo habernos dejado mucho más de lo que nos legó y que, sin embargo, aportó a la literatura de la segunda mitad del siglo XX un soplo de originalidad que basta para situarle entre los mejores autores de su generación.

La biografía capital de Truman Capote está escrita por Gerald Clarke. A lo largo de sus numerosas páginas construye el mapa genético del niño afeminado que lucha por hacerse un hueco en el mundo, pese a todos los obstáculos, y lo consigue. Nos describe el proceso creativo de sus primeros trabajos y las dificultades para dar con finales adecuados; su talento para la vida social y su afán por rodearse de mujeres con clase (al final de sus tiempos confesaría que la clase, como él la entendía, ya no existía, y que las nuevas clases privilegiadas sólo tenían dinero y carencia del mínimo estilo y clase. Nos describe sus relaciones íntimas, alumbrando la parte privada de su vida, de la que tanto dependía y que pudo ser la clave de sus últimos años.

El libro está escrito en la más pura tradición anglosajona lo que la convierte en seminovela de apasionante lectura, al tiempo que cuenta con una voluminosa anotación agrupada en sus últimas páginas, que sustenta la credibilidad del trabajo.

No todos los autores presentan una simbiosis entre vida y obra. En el caso de Truman Capote, y tal vez con la excepción de “Desayuno en Tiffany´s”, esa dependencia es total por lo que la lectura de esta biografía permite un nuevo acercamiento a la narrativa de Capote desde una nueva perspectiva.

¿Hubiera sido más feliz en el caso de no haber visto atendidas su plegarias y haber llevado una vida menos pública y brillante?. La respuesta que él nos habría dado sería, sin lugar a dudas, que no.

Confieso que he leido

Memphis Blues Again

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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TESTAMENTVM (José Guadalajara)

Segunda novela histórica publicada por este autor, medievalista, que cuenta además con otros libros dedicados a ensayos históricos.
Se trata de una novela ambientada en el siglo XV, en la época del rey Enrique IV de Castilla, aunque más bien toda ella transcurre en el mismo año: 1475.

La historia oscila en torno al posible testamento de este rey, las intrigas alrededor del mismo y, sobre todo, el enigma de si, después de todo, hizo o no testamento. Este asunto fue crucial para la Historia de España, pues a la muerte de Enrique IV se declaró una guerra entre los partidarios de su posible hija Juana la Beltraneja y los de Isabel la Católica, hermana del difunto rey.

Tiene una intriga constante, una búsqueda de ese documento clave a través de una serie de indicios que su protagonista trata de interpretar para recuperarlo. Hay un personaje que actúa de contrapunto y que me parece muy bien elaborado: un italiano rudo y, a la vez elegante, llamado Ruffinato, muy bien caracterizado y que sosprende por su personalidad.
Juan de Oviedo, que es su protagonista, es un personaje sensible y sagaz, atrevido, que además vive una romántica historia de amor. Fue secretario de Enrique IV y ahora lo es de Juana la Beltraneja.

La novela está muy bien documentada y su lectura se hace ligera, porque su estilo, para los que les guste disfrutar con las palabras, resulta muy atrayente. Además de la historia central, la novela no es solo un argumento sin más, sino que tiene otros muchos aspectos interesantes que hacen que descubramos la mentalidad medieval y nos internemos en sus luchas de poder, reflexiones y contenidos humanos.
Es una novela curiosa y muy entretenida.

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Médula (Robert Reed)

Médula es otro de esos libros terriblemente aburridos con los que la ciencia-ficción contemporánea nos castiga una y otra vez a quienes nos empeñamos en amar a este género, casi siempre a causa de las satisfacciones que nos dio en las décadas pasadas. Cómo este tipo de larguísimas y soporíferas naderías consiguen prosperar entre el mismo público que defiende el valor como escapismo de este tipo de literatura es una incongruencia verdaderamente misteriosa para mí.

La verdad es que casi todo alrededor de Médula tenía mala pinta. Es de un autor que es publicado por primera vez en castellano por La Factoría, lo que si nos atenemos meramente a precedentes estadísticos, ofrecía más o menos un ochenta por ciento de posibilidades de que el libro resultara ser un rollo. Va de objetos grandes, de ésos que van por el espacio y ocasionalmente chocan, y hace que la cf de objetos grandes que chocan no me da ninguna alegría desde la última novela de la Cultura de Iain Banks, sin que exista otro referente de interés en este muy especializado subgénero precisamente desde la anterior novela de la Cultura de Iain Banks. Sin embargo, había dos razones que me impulsaron a la lectura: una, que los relatos de Robert Reed a los que he tenido acceso están claramente por encima de la media, con una atractiva combinación entre temáticas de cf estrictas y un manejo correcto de los recursos literarios. Otra, que el libro había resultado finalista en el Hugo, lo que no es mucho decir, pero suele ser un dato de interés en ciertas circunstancias. Por ejemplo, cuando la obra finalista corresponde a un autor que no forma parte de la lista de los obvios, y que por tanto sólo puede haber llamado la atención de los votantes por su calidad.

Pero Médula realmente destroza las expectativas a una velocidad superior a la de la luz. En el prólogo -¿qué sería de una novela actual de cf sin un prólogo misterioso, preferiblemente impreso todo él en una cursiva que nos haga sentir incómodos en la lectura?- se nos informa de que la acción se va a desarrollar en el interior de una gigantesca nave espacial, de origen desconocido, de cinco mil millones de años de antigüedad y grande realmente más allá de la imaginación. Los terrestres la encuentran, la conquistan, y la dan exactamente el tipo de uso que cualquiera podría haber imaginado (o no): la convierten en lugar para hacer cruceros interestelares, a las órdenes de una jerarquía de inmortales que, realmente, no aprenden nada sobre la vida a lo largo de su prolongada existencia.

Así que la novela se plantea como una especie de Cita con Rama a lo bestia, aunque lo malo es que su desenlace también recuerda al de otra obra de Arthur C. Clarke -que no revelaré, por si acaso alguien se siente motivado a leer el libo después de todo, aunque sí avanzo que es un final bastante más idiota que la propia novela en general, que simplemente es poca cosa-. Eso sí, un Cita con Rama actualizada para los tiempos que corren, con personajes femeninos dominantes y liberados que se cepillan a extraterrestres pajarunos y ese tipo de cosas.

En su discurrir hacia desvelarnos los secretos que se esconden en el interior de la supernave, así como los conflictos que se establecen entre los diferentes extraterrestres -conseguidamente raros, en algunos casos-, lo que me resulta más molesto como lector es el ocasional tono pseudo poético que alguien ha intentado introducir en la historia, no sé si el autor o la traductora con su extraña afición a la construcción de las frases en órdenes no convencionales sintácticamente. Una elección de registro verdaderamente extraña, y que desde luego no ha conseguido resultado alguno. Comparar los momentos en los que Reed se pone importante con relatos de Bradbury, o con los cuentos en los que Heinlein estaba inspirado por esa vía, produciría auténtico sonrojo.

En fin, nada de nada, una vez más. Sólo espero que entre todos se consiga hacer una criba de las decenas de novelas de autores poco conocidos publicadas por La Factoría en los últimos años, y que parecen no haber tenido impacto alguno en la crítica. Me gustaría saber cuáles de ellas realmente merecen el dinero que cuestan. Seguro que debe haber algunas, pero personalmente me siento abrumado por su número -y precio-, además de que parece que he tenido la mala suerte de topar siempre con algunas de las que no valen la pena.

Julián Díez

www.biblipolis.org

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Literatura, imagen e imaginación

LA NUEVA ESPAÑA, 21 de marzo de 2007

Literatura, imagen e imaginación

fernando alonso vega

Si tenemos en cuenta las diferentes acepciones acerca de los términos, según el tiempo histórico y los enfoques de las diferentes escuelas, conviene acordar un concepto básico y general para la «Literatura». Acaso podría ser ésta: arte que emplea la palabra como instrumento. El lenguaje literario es estilizado y trascendente, y su destino, la perduración. La literatura es creación. Es la expresión por parte del autor de un mundo que él ha creado, real o imaginario, y que comparte con los demás.

Podríamos acordar igualmente la definición de «imaginación» como \’facultad de la mente para representar las imágenes reales o ideales». El pensamiento siempre va acompañado de imágenes , que constituyen siempre un mecanismo inductivo para captar nuestra atención.

La imaginación es un elemento mágico entre el pensamiento y el ser, se nutre de imágenes y constituye, por tanto, una relación de la imagen con la realidad. La imaginación supone dar a las ideas forma, claridad y adaptabilidad al mundo real. Por el juego de la imaginación, parece que podemos librarnos de las presiones físicas y sociales. Se dan en ella una intencionalidad y la existencia de un sentido simbólico latente en las imágenes. La ciencia de las imágenes analiza los fenómenos visuales, sus contextos y sus funciones. El ensueño, esa forma liberada de la imaginación, genera una soledad que no deja de ser una soledad poblada, pues todo ensueño permanece ligado a lo real y a lo social.

Asistimos en la actualidad a la omnipresencia de la imagen, al tiempo que la manida frase de « una imagen vale más que mil palabras» casi es innecesaria por su amplia aceptación. Del mismo modo, también ha venido siendo reiterada la idea de que «la imagen mata la imaginación». Seguramente, sin confrontarlas, nos hallamos en un tiempo que favorece la imagen, debido a la forma cotidiana de vivir. Las imágenes, representación de una cosa, constituyen un residuo de la percepción cuando la realidad estimulante desaparece del entorno

Comentemos algunos de los motivos para que esto se dé así. O se procure, que también podría ser: 1.-Se suele asociar la literatura a la lentitud, y la imagen a la velocidad. 2.-La literatura, a la soledad; la imagen también es percibida por el grupo. 3.-La imagen, a las ciencias; la imaginación, a las letras. 4.-La imagen, al instante; la literatura, a la perduración.

Literatura e imagen son, en el fondo, la misma cosa: de la lectura se va a la imagen, y de la imagen a la palabra: ambas sugieren, insinúan, pervierten, provocan y su procura no es otra que despertar sensaciones y sentimientos que hagan del mundo de los otros el nuestro propio y muchos más posibles.

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PARA QUIÉN ESCRIBO

 

SIGLO XXI, 15 de octubre de 2006 

Para quién escribo, la duda de siempre

El ganador del premio Nobel reflexionó recientemente en The New York Times

  Orhan Pamuk, Tomado de GDA, La Nación

Nueva York. Durante los últimos 30 años –desde que me convertí en escritor–, la pregunta que me han planteado con mayor frecuencia, tanto lectores como periodistas, es ésta: "¿Para quién escribe usted?" Sus motivos dependen de la época y el lugar, pero todos emplean el mismo tono de voz, suspicaz y desdeñoso.

A mediados de la década de 1970, cuando decidí convertirme en novelista, la pregunta reflejaba la difundida idea filistea de que el arte y la literatura eran lujos en un país no occidental pobre, aquejado por problemas premodernos. También incluía la insinuación de que alguien "tan educado y cultivado como usted" podría ser más útil a la nación como médico dedicado a combatir las epidemias o como ingeniero abocado a la construcción de puentes.

En años posteriores, los que me preguntaban: "¿Para quién escribe usted?" estaban más interesados por descubrir qué parte de la sociedad era la que yo esperaba que leyera y disfrutara de mi trabajo. Sabía que esa pregunta era una trampa, porque si no contestaba: "Escribo para los miembros más pobres y oprimidos de la sociedad", me acusarían de proteger los intereses de los terratenientes turcos y de la burguesía. Y esto, a pesar del hecho de que cualquier escritor de buen corazón que fuera tan ingenuo como para afirmar que escribía para los obreros y los campesinos recibía rápidamente la respuesta de que era muy poco probable que sus libros fueran leídos por personas apenas alfabetizadas.

Treinta años más tarde, escucho más que nunca esa misma pregunta. Pero ahora tiene más que ver con el hecho de que mis novelas se traducen a más de 40 idiomas.
Durante los últimos 10 años, mis cada vez más numerosos interrogadores parecen preocupados de que yo pueda malentender la pregunta, de manera que suelen agregar: "Usted escribe en turco. Entonces, ¿escribe para los turcos, o ahora también piensa en el público más amplio al que llega gracias a las traducciones?" Y la pregunta siempre está acompañada por la misma sonrisa suspicaz y desdeñosa, que me lleva a la conclusión de que, si quiero garantizar la autenticidad de mi obra, debo contestar: "Sólo escribo para los turcos".

Antes de ocuparnos de la pregunta en sí misma, debemos recordar que la aparición de la novela como forma de arte coincidió con la emergencia del Estado-nación. Cuando se escribían las grandes novelas del siglo XIX, el arte de la novela era en todos los sentidos un arte nacional. Balzac, Dickens, Dostoievski y Tolstoi escribían para las clases medias emergentes de sus naciones, que podían abrir los libros y reconocer cada ciudad, cada calle, cada casa, cada habitación y cada silla; podían compartir los mismos gustos y discutir las mismas ideas.

En el siglo XIX, las novelas de esos grandes autores aparecían primero en los suplementos culturales de los periódicos nacionales, pues los autores le estaban hablando a la nación. Para fines del siglo XIX, leer y escribir novelas era participar en una discusión nacional cerrada al exterior.

Pero hoy la escritura de novelas conlleva un significado diferente, al igual que la lectura de novelas literarias. Hoy, los lectores esperan un nuevo libro de García Márquez, Coetzee o Paul Auster, de la misma manera que sus predecesores esperaban la nueva novela de Dickens… como si fueran las últimas noticias. El público lector de novelistas como éstos, a nivel mundial es mucho más grande que el público al que llegan sus libros en sus países de origen.

Los escritores escriben para su lector ideal, para sus seres queridos, para ellos mismos o para nadie. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que los escritores literarios de hoy también escriben para los que los leen. De modo que las preguntas incisivas y las sospechas sobre las verdaderas intenciones de estos escritores reflejan cierta inquietud sobre este nuevo orden cultural que ha logrado existencia durante los pasados 30 años.

La gente a la que este orden le resulta más perturbador son los representantes de las naciones no occidentales y de sus instituciones culturales. Los Estados no occidentales atormentados por las crisis, angustiados por su identidad nacional -y reticentes a enfrentar las zonas negras de su historia- se muestran suspicaces con los novelistas creativos que enfocan la historia y el nacionalismo desde una perspectiva no nacional. Según estos críticos, los novelistas que no escriben para su público nacional están exotizando su país para "consumo externo" e inventando problemas que no tienen una base en la realidad.

Existe una sospecha paralela en Occidente, donde muchos lectores creen que las literaturas locales deben seguir siendo locales, puras y fieles a sus raíces nacionales. Su secreto temor es que un escritor que se dirige a un público internacional y que hace uso de tradiciones externas a su propia cultura, termine por perder su autenticidad.

Y porque todos los escritores sienten un profundo deseo de ser auténticos es que todavía me gusta que me pregunten para quién escribo. Pero aunque la autenticidad de un escritor depende de su capacidad de abrir su corazón al mundo en el que vive, también depende de su capacidad de entender su propia posición cambiante dentro de ese mundo.

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