El libro me ha resultado aburrido y pesado. De hecho, lo he compaginado con otro y lo dejé de leer durante días debido a que no me enganchaba en absoluto.
El punto de partida no puede ser más interesante, aunque como es casi lugar común en este tipo de novelas, hay dos tramas paralelas que se juntan al final, pero de un modo insatisfactorio, ya que si elimináramos una de ellas, la del pasado, no afectaría para nada al argumento. En esta se narra la huida de Praga de los padres de la viuda, en la cual el autor no nos ahorra vicisitudes: persecuciones, cañonazos, naufragios en el hielo (eso sí, muy plásticos), etc…
El autor parece dominar bien la historia del siglo XVII, y también los temas herméticos, pero los explica de un modo un poco tedioso, con largas parrafadas que solo sirven para hacer un compendio de los conocimientos de la época, que pueden resultar más o menos interesantes, pero no hacen avanzar la trama. Es como si el autor quisiera mostrar todo lo que ha investigado para el libro y no se midiera en absoluto.
Aunque parece realizar un esfuerzo en la descripción del personaje principal, Inchbold, que cuenta el relato en primera persona, todo se queda a medias; nos cuenta su vida en fascículos, pero eso no tiene ninguna función narrativa.
Además, el autor empieza el libro de la peor de las maneras posibles, con larguísimas descripciones tanto de lugares como de la biografía del protagonista. A lo largo de todo el libro el exceso descriptivo se repite, logrando un texto denso e impenetrable, que no está mal escrito, de todas formas. Esto, unido a los pocos diálogos, hace que la lectura se alargue y canse.
Además, la investigación de Inchbold resulta a veces un poco farragosa de seguir, por no mencionar los “golpes de suerte” que le hacen descubrir ciertos locales en Londres y otras pistas.
En cuanto a la otra trama, pues la verdad aburre soberanamente, sobre todo porque no se le ve el objetivo.
El final es lo único movidito, una escena de lo más “gótico”, con destrucción de mansión incluida, agua por todas partes, gente huyendo, disparos… Muy heavy.
Lo mejor: las descripciones de la mansión de Alethea, la biblioteca, los volumenes que heredó de su marido, y algunas anécdotas históricas.
Lo peor: la manera tan plomiza de narrar.
No me ha despertado el interés en ningún momento, aunque podría gustar a adictos al género y a personas interesadas en la historia.
Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.
Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.
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El hombre del salto (Don DeLillo)
Es un tópico afirmar que el siglo XXI dio comienzo el 11 de septiembre de 2001 con los atentados contra las Torres Gemelas, por tratarse de un cambio en el paradigma que había definido la relación entre las naciones durante el siglo anterior, poniendo de manifiesto el poder de pequeñas minorías fanatizadas y la fragilidad de las temerosas sociedades occidentales.
Como todo acontecimiento traumático, el atentado requirió de inmediatos y urgentes análisis políticos, periodísticos o psicológicos que, en su práctica totalidad, carecen de vigencia pocos años después. El análisis profundo de las causas del atentado y, principalmente, de las consecuencias y los cambios que dicho atentado han traído y traerán a nuestras vidas, no será posible en tanto no transcurra el tiempo necesario para «tomar distancia» como suelen decir los historiadores.
Pero entonces, ¿qué nos queda entre tanto? La Historia con su lento discurrir, o los medios de comunicación con sus intereses creados y el afán por el titular perfecto, no permiten llegar a un conocimiento satisfactorio. Algunos señalan a la Literatura como un camino de conocimiento válido sobre nuestros propios sentimientos, como el medio idóneo a través del que se puede comprender una sociedad, un sentimiento, un tiempo. Más allá de hechos probados, la Literatura sería capaz de acercarnos a una verdad más cierta (o que se percibe vívidamente como tal). Sólo la Literatura habla en el lenguaje del Hombre y desvela y hace comprensibles las relaciones que otras disciplinas segmentan y aíslan con el efecto de una pérdida de la visión del todo.
No este el lugar para juzgar la corrección de dicha hipótesis defendida, entre otros, por uno de los mayores adalides de la novela moderna, Milan Kundera. Bástenos con señalar que El hombre del salto se presenta como uno más de los intentos por avanzar en este sentido en relación a los atentados de Nueva York (la lista de autores que ha asumido el riesgo de escribir al respecto incluye a escritores de la talla de Paul Auster, John Updike, Martin Amis, Ken Kalfus, …) y quizá sea el más logrado hasta la fecha.
Don DeLillo parte del centro mismo de la acción y su novela arranca con el protagonista surgiendo de una nube de polvo y cascotes, herido por diminutos fragmentos de cristal, desorientado, confuso y con un maletín en la mano. Keith, ha logrado escapar de la torre en la que acaba de impactar el primer avión y apenas es consciente de lo que ocurre a su alrededor. Cuando un viejo camión de portes para a su lado y el conductor se ofrece para acercarle a cualquier lugar, con tono firme e indubitado, facilita la dirección de la casa de su ex-mujer.
Lianne, abrumada por los atentados, acepta el retorno del marido sin conocer los motivos ni sus intenciones. La vida conyugal parece retomarse, Keith acompaña al hijo común al colegio, vuelve a hacer el amor con Lianne, pero realmente nada es ya lo mismo. Todos los personajes parecen vagar por la novela igual que lo hace el protagonista en las primeras páginas: entre brumas y tinieblas, escombros y ceniza, sin saber muy bien a dónde dirigir sus pasos, vacíos.
Veamos. Justin, el hijo del matrimonio, vive distante de sus padres, lo que puede ser normal en un niño de esa edad que trata de forzar sus primeros signos de independencia. Sin embargo, con dos vecinos, se arma de prismáticos con los que vigila el cielo a la búsqueda de nuevos aviones suicidas; han oído las palabras de Bill Lawton (versión infantil del nombre Bin Laden) quien les ha advertido de que estén pendientes porque los aviones volverán.
Lianne trata de sobrellevar como puede la tensión posterior a los atetados y, en su afán por comprender qué ha ocurrido, decide asumir la revisión y corrección de un libro que parece profetizar el ataque a las torres y del que una editorial prepara un lanzamiento apresurado aprovechando el momento. El regreso de Keith remueve escenas de su pasado dejándola en expectativa respecto a su futuro personal. Los trastornos que advierte en su hijo (mezclando el regreso del padre, los atentados, su creciente aislamiento) y la enfermedad de su madre, alteran un delicado equilibrio emocional que acaba por traicionarla en ocasiones.
El propio Keith parece retraerse socialmente, querer romper con su pasado pero no para iniciar una nueva vida, un proyecto que le haga recuperar la ilusión desvanecida una mañana de septiembre, más bien parece decidido a instalarse en ese momento. Entabla una peculiar relación con Florence, quien resulta ser la dueña del maletín que Keith aferraba creyendo ser suyo cuando volvió a la vida. Entre ambos hay un punto de conexión, los atentados, la experiencia de descender por las escaleras decenas de pisos, sin luz, en silencio o entre gritos, mientras subían los bomberos, sangrando, pisándose unos a otros, sin saber qué ocurre y comprendiendo que algo ha escapado a su control, al control de todos. Sólo entre ellos parece haber comunicación cierta sobre su experiencia, dicha comunicación se revela imposible con otros que no la han vivido.
El resto de personajes filosofa sobre el significado de los atentados, sus causas y consecuencias. La actual pareja de la madre de Lianne, Martin, cuyas dudosas relaciones con el terrorismo en alemania le hacen resultar aún más delirante, plantea un choque de civilizaciones, el fracaso americano y occidental para comprender fenómenos ajenos, pero resulta fatuo frente a una pareja (Keith y Florence) que hacen el amor sin amor, sólo por la necesidad de contacto con alguien que siente lo mismo, vacío y frío.
Y entre todos ellos, recurrentemente, aparece un personaje que simula una caída, que simula la postura, tantas veces reproducida por la televisión, de un hombre que cae de las torres en una postura imposible. Este artista callejero, o concienciador, o provocador, sacude conciencias con su exhibición, en particular la de Lianne, y es a él a quien parece hacer referencia exclusiva la traducción del título de la novela al español (él es claramente el hombre del salto), perdiendo la calculada ambigüedad del título original (Falling Man) que englobaría igualmente al protagonista, en su caída a los infiernos, en la pérdida de su inocencia, como un ángel caído, incapaz de recuperar el pasado, para siempre perdido.
Los propios terroristas realizan apariciones esporádicas en la obra desde la perspectiva de uno de los protagonistas menores de los ataques. Desde la experiencia en una escuela coránica en alemania hasta el momento previo al estallido del avión, Don DeLillo humaniza a los terroristas en el sentido de dotarlos de intenciones, hacerlos creíbles, dibujar sus rostros, pero evitando en todo momento hacer comprensibles o justificables sus actos o procurar que resulten agradables al lector y forzar la contradicción entre el individuo considerado aisladamente de sus acciones.
En cuanto al estilo, podemos afirmar que El hombre del salto logra su objetivo plenamente. Los personajes, en especial los que han vivido la experiencia directa de los atentados, y el propio narrador, se expresan de un modo peculiar, alusivo (o elusivo en muchas ocasiones), con abundantes repeticiones que parecen no tener otro sentido que ganar tiempo para mejorar la precisión de lo descrito. Las metáforas abundan sin ralentizar la acción, las palabras siempre parecen tener varios significados, al igual que los comportamientos no suelen ser lo que parecen, conformando un peculiar tono que atraviesa toda la novela de irrealidad, provisionalidad onírica. Y este efecto es, sin duda, uno de los mayores logros de la novela.
El hombre del salto, pese a su brevedad, presenta numerosos personajes que juegan un papel importante (no hemos comentado nada respecto de los antiguos compañeros de partida de poker semanal de Keith, su destino tras los atentados o el propio futuro de Keith) e inicia muchos hilos argumentales que no siempre son rematados o incluso que parecen carecer de justificación dentro de la estructura de la novela. Sin embargo, si es cierto lo que afirmábamos al comienzo de este comentario, si la novela debe orientar la búsqueda de una explicación, de un porqué (no necesariamente racional), si realmente aspira a la comprensión, quizá sea el mejor modo de aproximación.
Podemos no comprender los motivos de Keith, de Florence o quizá la novela no ayude a ello, pero también sus vidas quedan truncadas, su discurso coherente y lineal ha quedado roto, como lo quedan algunas de las historias que Don DeLillo describe en la novela. Quizá no entendamos el porqué de ciertos elementos del libro, su justificación o su sentido, pero quizá así es la realidad que debemos afrontar, la irracionalidad, el absurdo, el vacío, todo ello forma parte de un mundo que queremos comprender y que, así visto, la novela refleja adecuadamente. Quizá lo que pueda resultar extraño en las páginas de un libro, es aceptado sin reflexión en la vida diaria y sólo la lectura nos lo revela.
Por ello creo que esta novela ganará peso, cobrará fuerza con el tiempo, se releerá con un ánimo diferente y, quizá, se vea si su vaticinio fue el correcto; si su forma, su estructura, su lenguaje perduran. Mientras tanto, nos queda el placer de acercarnos a un modo de novelar original, en la línea de su autor, que combina aspectos modernos con elementos clásicos.
Confieso que he leído
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Nicho de Reyes (Tobías Grumm (David Mateo) )
Terribles incursiones de seres negros y crueles, los orcos, perturban la paz del reino de Abisinia. Acuciado por las noticias de matanzas, crímenes y violaciones en masa, el Rey se decide a intervenir y reune un ejército de nobles de la región. Entre tanto, su propia familia es refugio de pasiones e intrigas. Su hijo menor, Elvor, un chico siniestro con afición a la magia, se somete a extraños rituales, al tiempo que escucha voces que lo aleccionan; su hermana, Ikra, que siente una gran atracción sexual por él (al parecer mutua) se siente desconcertada por su comportamiento huraño y tenebroso; y Galendor, el hermano mayor, llamado a ser el futuro rey, desea ponerse a prueba en la batalla junto a su padre. Temerosa de las intenciones de Elvor, Ikra encomienda al noble Sir Yavin que proteja a Galendor… El ejército parte hacia el bosque de Twentie donde tendrá lugar el enfrentamiento con las criaturas diabólicas…
Confieso que empecé a leer este libro con todas la prevenciones posibles, a pesar de la curiosidad que me despertaba el hecho de que un autor español se atreviera con un género dominado por autores anglosajones. No me gusta mucho la fantasía heroica (dejando aparte \»El señor de los Anillos\»); para colmo, ya había leído en la web del autor el prólogo y uno de los capítulos, de una farragosidad increíble, que me hicieron temer lo peor. Sin embargo, al final no me ha disgustado demasiado.
Es quizás ese terrible prólogo lo peor de la novela, capaz de echar para atrás al más valiente. El autor, que ha creado una historia completa y detallada para su mundo imaginario, nos la cuenta toda de golpe, de forma apelotonada, con gran acumulación de nombres, hechos y situaciones, imposible de asimilar, de tal forma que la única manera de leer esa parte es \»en diagonal\» o mejor, no leerla, pues no aporta, que yo haya visto, nada a la historia (de hecho, yo no la he leido esta vez; la salté directamente). Otro detalle que desagrada, sobre todo en ese prólogo, es la heterogenidad de los nombres, que a veces parecen tomados de otras obras del género (y las situaciones también, es como una mezcolanza de Dragonlance, Tolkien y otros), y otras veces deformaciones humorísticas un tanto fuera de lugar. De todas formas, esto no tiene mucha importancia, porque, como digo, no hace falta leerse esa parte para entender el libro.
Pasado ese primer escollo, Grumm nos presenta la localización y a sus personajes, quizás con un exceso de verborrea que hace muy pesado ese inicio. El autor describe mucho y con minuciosidad, llegando incluso a contar el número de pulseras que lleva cierto personaje y mil detalles no muy necesarios para la comprensión. En las descripciones de lugares, tres cuartos de lo mismo.
Creo que es precisamente en este detalle donde se nota que el autor es primerizo: en lugar de hacer elipsis y cortar, cuenta y cuenta sin mesura, intercala historias, y lo peor, explicaciones innecesarias acerca de los personajes y de sus motivos, que el lector debería ir viendo a través de sus actos. Por otra parte, las escenas se alargan en exceso, y llegan a ser repetitivos algunos diálogos. Los capítulos, huelga decirlo, son eternos, lo cual hace que sea difícil abarcarlos en una sesión de lectura. También se cargan mucho las tintas sobre ciertos aspectos y ciertas escenas, en especial sobre el carácter \»siniestro\» de Elvor, y su relación con la hermana, de una tensión sexual demasiado elevada, pero que no explota, inexplicablemente, pese a que ambos personajes son descritos como carentes de escrúpulos de esa índole. La adjetivación, a veces muy excesiva, contribuye al efecto de exageración: \»Muchos de los allí presentes ahogaron lastimeros sollozos. Las imágenes que se presentaban ante sus ojos eran desgarradoras. Los salvajes acorralaban a las tropas del rey y caían sobre ellas violentamente. Los soldados eran masacrados vilmente por unas criaturas de aspecto monstruoso\»
Sin embargo, la historia es interesante y está contada con pasión (aunque se notan las influencias de otros libros, e incluso de películas, como la saga de Star Wars, con la que tiene marcadas similitudes en lo que toca a la conversión de Elvor al \»lado oscuro\»). Se nota que el autor cree en su obra, y en su mundo y lo describe con emoción y sentimiento. Suple los pequeños fallos técnicos con ese aliento propio de los autores que se abren camino. Quieres saber qué pasa con los personajes, se te hacen bastante visibles dentro de su estereotipo, sobre todo Ikra y Elvor (Galendor está menos construido, pese a tomar más protagonismo al final; de sir Yavin, que se intuye tendrá un gran protagonismo en el resto de la saga, se sabe mucho de su vida, pero poco de su psicología). Además, consigue que el lector se involucre en la trama, yo creo que porque se detiene bastante en narrar la parte de las relaciones humanas, algo que suele descuidarse en este tipo de novelas, más centradas en la fantasía propiamente dicha. También mete sueños y visiones quizás con una intención de \»flashforward\», para anticipar de forma velada hechos que sucederán más adelante (Ikra sueña con una mujer que abandona dos bultos, dos bebés se intuye, etc, etc… y eso da por pensar que quizás sea ella y dos posibles hijos; no nos olvidemos que echó un polvete con el sir Yavin…; sea como sea, eso abre expectativas para la segunda parte)
En cuanto al ritmo, es un poco lento, debido a la acumulación de descripciones ya mencionada. Yo diría que sobre la mitad de la novela hay otro escollo importante en ese aspecto, que es la batalla, un episodio clave en la trama y el cual produce un giro argumental que aunque previsible, no deja de ser astuto. Y digo que es escollo porque para contarla se tira páginas y páginas. Eso hace que la posible fuerza de ese punto argumental se diluya un poco hasta que llega la \»revelación\», donde de nuevo remonta el interés.
Si el libro tuviera la mitad de páginas sería una más que digna novela de aventuras heroicas. Incluso tal y como está, si se leen un poco por encima, ejem, las parrafadas que no aportan nada, está bastante presentable y yo diría que es mejor que la pesadísima saga de \»Añoranzas y Pesares\», que tuve que dejar en el tomo cuatro o cinco, y mucho mejor que la Dragonlance, aunque la obra de Weis y Hickman es mucho más ligerita y más ágil en cuanto a forma de escritura (también, por qué no decirlo, más \»pobre\» en su calidad). De todas formas veo muchas palabras y páginas para un argumento escueto ( y algo tópico) que seguramente se desarrollará en siguientes tomos, pues deja el final muy abierto.
Un punto aparte es la edición, que es muy cuidada en su parte visual y muy poco en cuanto a corrección de textos. Se descubren cantidad de faltas de ortografía como \»rallo\» (rayo), \»vanal\» (banal), \»vasto\» (basto), \»bello\» (vello), \»pié\» (pie, ésta varias veces) y el uso de algunas palabras que parecen un poco fuera de contexto en un mundo así: masificación, paranormal, etc… E incluso frases mal construidas sintácticamente (\»De las paredes, forradas con murales de madera de roble, colgaban extraños aparatos que Galen era incapaz de comprender su uso o su procedencia, aún así un experto marino reconocería de inmediato instrumentos tan sofisticados como los astrolabios, sextantes…\»). Vamos, que no se han matado nada los de la editorial revisando.
Me ha hecho gracia el sistema de acceso a la Orden de caballeros de Luján, que explica sir Yavin, y que consiste en la superación de pruebas que parecen una oposición (incluso tienen un examen con preguntas, aunque no explica si es tipo test…) Suena bastante \»moderno\», aunque no carece de gracia.
En resumen, gustará a los fans de la fantasía heroica, pues no desmerece, e incluso está por encima, de otras del mismo género de autores anglosajones.
Quizás lo que da más miedo es pensar que solo es el primer tomo de una serie de ¡DOS TETRALOGÍAS! Y supongo que de 600 pp. para arriba cada tomo… De todas formas ¡ánimo para los autores españoles!
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La interpretación del asesinato (Jed Rubenfeld)
Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.
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Operación Shylock (Philiph Roth)
Apenas recuperado de los efectos alucinógenos del Halcion, un medicamento para combatir sus problemas de sueño tras una operación de rodilla, y previo a un viaje a Jerusalén para hacer una entrevista a su amigo, el escritor judío Aarón Appelfeld, con vistas a su posterior publicación en el New York Times, Philip Roth es informado de que alguien que se hace por él, está concediendo entrevistas a la prensa israelí y se propone la divulgación de una extraña teoría: el diasporismo.
La diáspora representa la expulsión del pueblo judío de la Tierra Prometida y su dispersión por el mundo. Frente a esta fuerza centrífuga, Thomas Herzl fundó el movimiento sionista que propugnaba, entre otras ideas, el regreso del pueblo elegido a Israel y la fundación de un estado judío como forma de acabar con el antisemitismo y la persecución a los judíos. Es conocido que las tesis de Herzl, pese a la incertidumbre y dudas que las rodearon en sus inicios, fueron ganando adeptos y finalmente se aceptaron internacionalmente tras el Holocausto.
La creación del estado de Israel, y el consiguiente desencadenamiento de sucesivas guerras ha supuesto uno de los mayores factores de inestabilidad en el mundo occidental moderno, hasta el punto de que el conjunto de pueblos árabes se opone a Israel y están dispuestos al exterminio judío, deseo que puede hacerse real cuando un país árabe tenga acceso a armamento nuclear. De ahí que surja una nueva teoría, el diasporismo, que defiende la necesidad de que los judíos de la diáspora, los hijos de los antiguos judíos europeos retornen a una Europa que les apoye y proteja, alejándolos así de su posible exterminio a manos de los árabes y de la inmoralidad de un Estado que, para sobrevivir, ha perdido toda referencia moral. De este modo los judíos, para seguir siéndolo, deben alejarse de su Estado, recuperando la idea del judaísmo tal y como se ha venido entendiendo a lo largo de la historia y que es, en esencia, el judaísmo de la diáspora, que ha traído al mundo logros como los que representan Freud, Einstein, Heine. Marx o Kafka, entre otras muchas brillantes mentes judías.
Cuando el Philip Roth auténtico viaja a Jerusalén se encuentra con el "falso" Philip Roth (idéntico físicamente, idéntico en su manera de actuar, en su voz, en su ropa, ..), pero hechizado por su némesis, evita denunciar a la policía la suplantación. Antes bien, el real Roth asume el papel del falso Roth y defiende entusiastamente el diasporismo ante un antiguo compañero de Universidad árabe al que reencuentra casualmente en la Ciudad Santa. Ambos Roth intercambian de continuo sus respectivas personalidades en una compleja competición mutua por anular al otro. El falso Roth acude a la habitación del hotel donde se hospeda el Roth verdadero, registrando sus pertenencias, éste se acuesta con la novia de aquél, etc.
Ambos acuden a las sesiones del juicio que tiene lugar para encausar a un ciudadano norteamericano de origen ucraniano a quien todas las fuentes apuntan como el despiadado Iván el Terrible, tristemente célebre en el campo de Treblinka. El juicio parece representar una justificación de los poderes del estado judío que no quiere dejar de jugar la partida del victimismo mientras comete atrocidades sin nombre. Víctimas o verdugos en ambos bandos actuando del modo que reprochan al otro campo.
Finalmente el falso Roth, que no ha conseguido ser aceptado por el verdadero, desaparece de escena y el Mossad propone a Philip Roth realizar una misión en Grecia gracias a la publicidad e interés que ha levantado el diasporismo en aquellos que parecen apoyar la causa árabe.
Esto es, en esencia, lo principal de un argumento complejo y con numerosas ramificaciones e implicaciones que van desde lo anecdótico, hasta las más profundas reflexiones sobre el estado de Israel, el papel de la revuelta palestina o el juego de espejos entre verdad y mentira.
La novela es lo suficientemente rica en detalles como para poder aproximarse a ella desde numerosos puntos de vista. Quizá uno de los más genéricos y que permite explicar la mayor parte de sus páginas es la idea de la dualidad. Casi cada elemento de la novela y cada personaje se explica por dicha dualidad. Dos Philip Roth que, por momentos, se fusionan al asumir uno el papel del otro. El árabe compañero de facultad de Roth en su juventud es ahora partidista y fanático, reproduce inconscientemente el esquema de lucha y odio que heredó de su padre y trata de inculcar en su hijo la misma semilla que rechazó en su juventud.
Los inofensivos taxistas árabes parecen capaces de las mayores atrocidades, mientras un fiero soldado israelí aprovecha la oportunidad de confesar a Roth sus contradicciones morales más profundas al tener que servir como soldado en un conflicto que apenas siente como propio mientras sueña con el fin de su servicio militar para emigrar a los Estados Unidos. Los más aguerridos defensores de la causa palestina parecen por momentos confidentes de los servicios secretos judíos y las locuras altruistas de un viejo inválido sobreviviente de los campos de concentración nazis que desea financiar con un millón de dólares el diasporismo, resultan no ser tan desinteresadas como se presumía.
Incluso la realidad histórica posterior a la redacción de la novela parece jugar a este festival de equívocos. Demjanjuk, el sospechoso de ser Iván el Terrible, aparenta ser un inofensivo hombre de familia, acompañado en el juicio por su hijo, representación de la vida familiar y religiosa que vivía en Estados Unidos. Roth lo considera, precisamente por esa normalidad, culpable de los terribles hechos que se le imputan Sólo quien ha cometido tales crímenes, quien ha vivido todas las emociones y furias en tan pocos años, como Iván el Terrible, puede quedar agotado y satisfecho, asumiendo una vida totalmente gris e inocua. Su vulgaridad es la mayor prueba de su culpabilidad. Y sin embargo, tras la inicial condena a muerte será absuelto al demostrarse que su condena se basó en pruebas falsificadas por la KGB.
Operación Shylock toma su nombre del personaje de El mercader de Venecia, la famosa obra de Shakespeare en la que aparece el prototipo de judío según los cánones del antisemitismo. Shylock es el prestamista judío que financia a Antonio, a quien odia, con el compromiso de que, en el caso de no recuperar su dinero, podrá cobrarse una libra de carne de Antonio. Pero de verdugo, pasa igualmente a víctima cuando el Dux de Venecia descubre que Shylock está involucrado en una conspiración contra su poder lo que da lugar a la conversión de verdugo en víctima y al inolvidable discurso: ¿El judío no tiene ojos? ¿El judío no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No es alimentado con la misma comida y herido por las mismas armas, víctima de las mismas enfermedades y curado por los mismos medios, no tiene calor en verano y frío en invierno, como el cristiano? ¿Si lo pican, no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos? ¿Si nos hacéis daño, no nos vengaremos?”.
Shylock representa al judío avaro, egoísta pero, al tiempo, representa a la víctima del odio gentil y es esta contradicción la que planea constantemente sobre este libro de Roth. Desde el punto de vista de Roth, empeñado en ofrecer su visión del judaísmo a lo largo de toda su obra, éste será el principal tema de su novela. Sin embargo, como gran escritor que es, Operación Shylock alumbra más contradicciones y juegos de espejo ajenos a lo judío, que convierten su lectura en un constante examen de conciencia al lector atento; así, las contradicciones que todos acarreamos y el modo de superarlas, la alternativa entre apariencia o realidad y un largo etcétera.
Su escritura meticulosa parece perder algo de pulso en algunos pasajes del libro dado que éste no se asienta en una estructura tradicional de la novela; conjuga extractos de la entrevista que mantuvo con Appelfeld, suprime el último capítulo escrito para la novela por otro en el que explica el motivo de dicha mutilación, jugando nuevamente con la dualidad entre ficción y realidad, con la novela que habla de la novela que sostiene en sus manos el lector. En definitiva, un Roth algo alejado del habitual pero igual de estimulante, capaz de atrapar el interés de quien le lee.
Otras obras de Philiph Roth:
Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia
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