CUMBRE DE ÁGUILAS 1º PARTE (Agustín Conchilla Márquez)

CUMBRE DE ÁGUILAS

NARRATIVA


PRIMERA PARTE

Autor:

Agustín Conchilla Márquez

Inscrito en el Registro Provincial de la Propiedad Intelectual de Alicante.

[…]

­­
I

Cipriano salía temprano, giraba en la esquina de la calle Benjamín y se desperezaba mientras paseaba entre jardines de la pequeña iglesia de Aldea Chica. Parte de aquella iglesia quedaba resguardada de fríos, lluvias, nieves, rachas de viento o excesiva calina por un arcaico revestimiento de madera, cañas, barro y tejas de canalillo, a estilo árabe. Revestimiento que tiempo atrás sirviera de protección y guarida a los rebaños, propiedad de una casa señorial de la época, cuya procedencia data de la expulsión de almohades sobre tierras de al-Ándalus, y que aconteciese o iniciara su cabalgadura tras la famosa batalla de las Navas de Tolosa en 1212.

En premio a su ferviente cristianismo, encarnizada lucha, alto coraje, y en reparto de bienes incautados a los moros, junto a otras tierras y edificaciones, aquellas heredades serían otorgadas al abuelo del tatarabuelo del señorito Germán, quien altruistamente las ofrendaría al primer vicario que a falta de techo se atreviera a decir misa bajo las ramas de un almendro floreado, alumbrado por dos antorchas y un sinfín de estrellas en el firmamento. Aquel rústico cachivache, sin embargo, cambiaría de apariencia en tiempos de prosperidad eclesiástica; a excepción de una pequeña parte que mantendría esplendor de origen y el vaticano conservaría como la más valiosa reliquia del pasado. No obstante, para que los aldeanos venerasen la simbología de posteriores efigies, provenientes de beneficencias, donaciones o sacrificios, aún de alba, Cipriano, el sacristán, alineaba medio centenar de banquetas, prendía cirios, repasaba pinturas, efigies o litografías y se acomodaba en la poltrona del altar. Desde aquella cómoda postura inclinaba la cabeza ante la Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo, oteaba en su entorno y buscaba posibles desperfectos, descolocaciones o anomalías; aunque  pocos recovecos más encontraba, excepto el del pilón de agua bendita cuyo nivel revisaba a diario. Agua que él mismo purificada y antes de marchar a la cama dejaba tapadita en un cofre dorado: un cofre bañado a imitación a oro, sobre el que mimosamente dejaba caer el paño de encaje que Adela, la beata de los Mendoza, en tardes de ocio y buena gana elaborase a mano, sobre aguja de ganchillo y para conservar la pureza que don Julián otorgase al contenido del recipiente.

Sin embargo, no por vulgar o iglesia manifiestamente pobre, la capilla o su pilón dejarían de venerarse en la dignidad de grandeza de un lecho sagrado. Para ello, cantidad de fieles y habitantes, asistentes y curiosos consideraban aquella estancia y el líquido que don Julián purificaba tan bendito como agua de pila bautismal. Incluso la igualaban a las aguas de aquellas que en domingos y festivos, presuntamente recibieran las cabezas de niñas y niños en la pila bautismal de la catedral de Sevilla. O la asemejaban a la del pilón que presuponían sobre alzapiés de piedra tallada, de mármol o granito, en la mismísima catedral de Granada.

Los habitantes de Aldea Chica, en cambio, ahuecaban la mano, la introducían en un pilón de nadería: elevado sobre alzapiés de madera perfeccionada; untaban la punta de los dedos, inclinaban la rodilla y se santiguaban para la plegaria o la pasión espiritual que, una vez más, como todos los domingos acontecería en la pequeña iglesia de Aldea Chica.

En el recinto religioso se aglutinaban decenas de aldeanas y aldeanos, escuchaban la misa de absolución por los pecados, atendían las necesidades del cepillo, escuchaban al párroco y un alto número de fieles, en familiaridad cristiana tomaban la eucaristía. Pese a ello, en transcurso ceremonial don Julián vociferó como gallo de corral, amenazó con castigo divino, tarareó como grajilla aupada en la rama de una encina; encapotó como un búho al acecho del ratón y dirigió la mirada al frente, al vacío, donde por espacio de interminables segundos la mantuvo quieta o perdida en las figuradas y presuntuosas tinieblas del mismísimo más allá… Pese a ello, tras aquel  repentino lapso, en abrir y cerrar de ojos pestañeó, giró la cabeza, depositó la vista en el escote y en la minifalda de una feligresa y, añadió: <>. Los feligreses cruzaban las miradas entre sí, y susceptibles ante lo inmoral o pecaminoso intentaban comprender el porqué de aquellas desentonadas palabras que a diestro y siniestro les lanzaba don Julián entre huecas y lejanas resonancias del templo. En consecuencia, y aunque los feligreses intercambiaban fugaces y furtivas miradas, como no encontraban anormalidad pestañeaban bajo incredulidad o desazón y amodorraban como las ovejas sorprendidas por una oleada de alta temperatura estival.

En cambio, cuando las feligresas y los feligreses menos lo esperaban, don Julián cesó en dialecto de embestida a la inmoralidad y en símbolo de súplica, de rezo o en busca de perdón ajeno y pecador o del más allá, abrió los brazos y reflexivo perdió la mirada en las pinturas de la bóveda…

Por aquel desvarío le creyeron los feligreses altamente pensativo y relajado. Sin embargo, don Julián irguió su estampa en menos que canta el gallo, giró en redondo, bamboleó la túnica como guardia civil en desfile de conmemoración y bajó los peldaños del altar más erguido que un pendón ondeando la bandera republicana: con la mirada al frente, las manos unidas y los pulgares sobre la barbilla. Don Julián, sin embargo, se detuvo en seguida, en seco y a pocos pasos del altar: a la altura del tercer banco giró de sopetón, agarró por un brazo a la señora Asunción -cuya notoriedad femenina y de joven agraciada resaltaba por la cima de las vestiduras- y sin saludo, comprensión o explicación la dirigió y la encaminó hacia la puerta de salida. Asunción no entendía ni comprendía el mal o la razón, aunque mientras don Julián la dirigía, ella percibía indecorosas miradas de fieles que a sí mismas se presuponían en dignidad de bienaventuradas. Asunción salió de aquel recinto que algunos ciudadanos, incluso ella misma, de vez en cuando llamaban sagrado. Y salió tan turbada y ruborizada que su cara enrojeció casi tanto como cuando en romería usaba coloretes para buscar ardiente entonación facial. En tal estupor alcanzó la calle tan desolada, tan avergonzada y tan baja de aliento que bajo aquella desdicha de resignación dirigió la mirada al cielo, manoteó y, dijo:

—Dios de todos y cada uno de nosotros; creador del mundo, de los muertos, de los vivos, de las cosas, de los casos y de su entorno. ¿Señor, si tú eres el padre de mi Señor Jesucristo, también de mi hermano, padre mío, de mi marido y de mi hijo, dime por qué dejas que tu representante en la tierra, en la iglesia y en la aldea, don Julián, el cura, sea tan torpe, tan confuso y tan demente o vano e incomprensivo con los hábitos y las necesidades de sus hermanos y de tus hijos?

Los ojos de Asunción chispeaban de fulgor mientras permanecían a la espera de algo: una respuesta, un rayo de luz o aliento a la razón de la fe, de la esperanza y la comprensión humana. No obstante, al no obtenerla zarandeó la cabeza, guiñó el labio, absorbió la mucosidad y emprendió camino. Meditativa, cabizbaja, en silencio y con semblante pálido y preocupado avanzaba sin ton ni son. Pero así, en cabizbajo, triste y en solitario cruzaba los jardines por el paso de la fuente cuando de súbito o de sopetón se vio reflejada y se detuvo junto a las aguas embalsadas. Asunción limpió unas lágrimas, fisgoneó los pececitos de colores, la ciénaga del fondo, la pequeña serpiente que tímida y temerosa de imprevisible emboscada avanzaba en diagonal, agitaba la lengua y junto a la pared interior buscaba el tranquilizador resquicio de la superficie. Con aquella imagen Asunción perdió el norte, el malhumor y el recuerdo a la sinrazón. Ahora, en cambio, aún con la sonrisa desfigurada observaba aquellos prodigios de la naturaleza, acarició la barbilla y por espacio de imprecisos segundos se mantuvo quieta, en pensativo. Aunque de súbito desperezó y siguió visualizando el deslizar de los renacuajos, el embarrancamiento de sanguijuelas en el fondo del embalse y las ondulaciones sobre el perímetro al máximo nivel. En aquel ir y devenir también se entretenía en visualizar diversidad de insectos acuáticos que como aeroplanos en aeródromo aterrizaban sobre la superficie, y agitaban, aún más, las pequeñas olas que iban y venían como si anduviesen atraídas por un encantamiento celestial. Después seguía visualizando el revolotear de preciosas abejas y peligrosas avispas y a toda ella la recorría tal escalofrío que cruzó los brazos sobre sus propios pectorales, los acarició y masculló algo inusual.

Mientras tanto, palomas, vencejos, golondrinas y gorriones revoloteaban sobre su entorno, como atraídas por una corona de laureles que vitorea conquista de nueva fortaleza. Incluso dóciles y románticas palomas y apacibles gorriones aterrizaban a sus pies y la saludaban con arrumacos de ternura, galantería, compasión, comprensión o necesidad: a la espera de pipas, maíz, grano o molla de pan, a cuales andaban tan habituados. Aunque ella, Asunción, iba tan afligida, confusa y acalorada que ni ganas le quedaban para guiñadas, arrojes ni sonrisas.

Asunción llegó a casa tan pálida, tan malhumorada y con el rostro tan abucheado que Lecherito intuyó anomalía. Aunque Lecherito era astuto como el viejo zorro y la observaba en silencio y de soslayo… Sin embargo, tan risueño como irónico, en abrir y cerrar de ojos gesticuló los labios, mordisqueó el interior-inferior, chasqueó la lengua, le guiñó un ojo y esperó a tal o cuál evento. Asunción, en cambio, amodorró aún más, aunque en breve tomaría aliento y entre sollozos y profundos suspiros se dispondría para narrarle el motivo de su tormento.

—Cariño, no sufras por tal o cuál evento —dijo Lecherito al corriente del suceso—. El cura puede decir misa e imponer su voluntad. Para eso es cura y dueño de su parcela; aunque mi amor, qué quieres que yo le añada al tormento de mujer ultrajada si soy como los del dicho popular que piensan y argumentan que cuanto se hayan de comer los gusanos, antes que lo disfruten los humanos…

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Ex-Libris (Ross King)

Una misteriosa mujer, recién enviudada, encarga al librero Inchbold la búsqueda de un manuscrito llamado el Laberinto del Mundo, para lo cual solo dispone de un exlibris. Tras una larga y enrevesada trama descubrirá que el texto es algo más que un tratado hermético rosacruz: encierra toda una conspiración global que incluye espionaje, navíos hundidos, tesoros, los intereses de varias naciones, el duque de Buckingham…
El libro me ha resultado aburrido y pesado. De hecho, lo he compaginado con otro y lo dejé de leer durante días debido a que no me enganchaba en absoluto.

El punto de partida no puede ser más interesante, aunque como es casi lugar común en este tipo de novelas, hay dos tramas paralelas que se juntan al final, pero de un modo insatisfactorio, ya que si elimináramos una de ellas, la del pasado, no afectaría para nada al argumento. En esta se narra la huida de Praga de los padres de la viuda, en la cual el autor no nos ahorra vicisitudes: persecuciones, cañonazos, naufragios en el hielo (eso sí, muy plásticos), etc…

El autor parece dominar bien la historia del siglo XVII, y también los temas herméticos, pero los explica de un modo un poco tedioso, con largas parrafadas que solo sirven para hacer un compendio de los conocimientos de la época, que pueden resultar más o menos interesantes, pero no hacen avanzar la trama. Es como si el autor quisiera mostrar todo lo que ha investigado para el libro y no se midiera en absoluto.

Aunque parece realizar un esfuerzo en la descripción del personaje principal, Inchbold, que cuenta el relato en primera persona, todo se queda a medias; nos cuenta su vida en fascículos, pero eso no tiene ninguna función narrativa.

Además, el autor empieza el libro de la peor de las maneras posibles, con larguísimas descripciones tanto de lugares como de la biografía del protagonista. A lo largo de todo el libro el exceso descriptivo se repite, logrando un texto denso e impenetrable, que no está mal escrito, de todas formas. Esto, unido a los pocos diálogos, hace que la lectura se alargue y canse.

Además, la investigación de Inchbold resulta a veces un poco farragosa de seguir, por no mencionar los “golpes de suerte” que le hacen descubrir ciertos locales en Londres y otras pistas.

En cuanto a la otra trama, pues la verdad aburre soberanamente, sobre todo porque no se le ve el objetivo.

El final es lo único movidito, una escena de lo más “gótico”, con destrucción de mansión incluida, agua por todas partes, gente huyendo, disparos… Muy heavy.

Lo mejor: las descripciones de la mansión de Alethea, la biblioteca, los volumenes que heredó de su marido, y algunas anécdotas históricas.

Lo peor: la manera tan plomiza de narrar.

No me ha despertado el interés en ningún momento, aunque podría gustar a adictos al género y a personas interesadas en la historia.

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La interpretación del asesinato (Jed Rubenfeld)

La novela policíaca clásica, tal y como la conocemos a través de las obras de Conan Doyle y autores posteriores, siempre ha gozado de una extraordinaria salud pese a haber quedado al margen de las principales corrientes literarias. A lo largo del siglo XX y, en especial a partir de la Segunda Guerra Mundial, los detectives han comenzado a parecerse sospechosamente a los criminales a quienes persiguen. La frontera entre Ley y delito se desdibuja. Los criminales se valen de argucias legales, la policía obtiene sus pruebas de manera ilegal o, por lo menos, poco ortodoxa. Este panorama, sin duda más real, no es el buscado por Jed Rubenfeld para plantear y desarrollar La interpretación del asesinato.
Esta novela cumple a la perfección con el guión establecido. Un crimen (en realidad varios) de los que sólo pueden ser descubiertas e interpretadas las claves explicativas gracias a una mezcla de inteligencia, suerte y observación minuciosa. Al igual que Sherlock Holmes es capaz de distinguir entre decenas de marcas de tabaco sólo con observar su ceniza, el detective Littlemore es un experto en arcillas. Como ocurre con las obras de Doyle en las que lo que primero se idea es el crimen y luego se construye el relato “hacia atrás” para lograr esos increíbles giros que siempre sorprenden al lector, *** siembra el libro de pistas falsas, muestra escenas que llevan a engaño y oculta otras que pudieran resultar vitales para que el lector se anticipe a l desenlace.

Como en estas grandes obras, el desenlace es rápido, en pocas páginas todas las piezas encajan (en un sentido muy diferente al que se preveía) y la explicación final en la que los investigadores desgranan sus hallazgos resulta algo difícil de seguir, el lector queda con la duda de si esta explicación es sólo una de las muchas que pueden dar coherencia a toda la trama.

Pero en otros aspectos, La interpretación del asesinato también introduce pequeños matices y alteraciones en el canon clásico. La historia se desarrolla en el Nueva York del año 1909, una época caracterizada por la construcción de muchos de los edificios que hoy se pueden admirar en Manhattan, incluyendo su famoso puente, por las grandes fiestas en las que se presentaba en sociedad a las debutantes abriendo así la veda para su futuro matrimonio pero también por una brutal corrupción policial o por huelgas de trabajadores empleados en fábricas ubicadas en pleno corazón de la ciudad. Esta compleja urbe, con sus divisiones de clase marcadas a fuego, es el extraordinario mapa sobre el que se desplazan personajes que cruzan de continuo las barreras que separan un mundo de otro.

Y a ese nuevo mundo en el que el dinero y la ambición marcan la pauta del éxito, arriba un trío de representantes de la vieja Europa de unos valores algo alejados en los que el mérito se acredita por la herencia y la moralidad. Pero estos personajes, y en especial uno de ellos, Sigmund Freud, con sus modernas teorías sobre el complejo de Edipo y sobre la represión sexual pugna por superar ese esquema y cree que sus tesis encontrarán en Estados Unidos un campo propicio. Con un afán de proselitismo acude a la invitación de la Universidad de Clark para recibir honores académico acompañado de dos brillantes discípulos, Ferency y Carl Jung (quien ha sido nombrado sucesor del maestro). En el muelle son recibidos por dos jóvenes psicólogos americanos que han aceptado las teorías del psicoanálisis y que actuarán como cicerones de los europeos durante su estancia en los Estados Unidos.

Entre tanto, en un edificio de lujo se comete un terrible asesinato con connotaciones sexuales para cuyo esclarecimiento el alcalde de la ciudad pone al frente al responsable de las investigaciones criminales ayudado por un joven detective de quien se sospecha su incapacidad. Otro crimen, esta vez frustrado, de las mismas características, permite que el alcalde conceda que el joven psicólogo Younger (uno de los anfitriones de Freíd) psicoanalice a la joven víctima bajo la supervisión del maestro.

Por dos vías paralelas discurre la investigación, de una parte Littlemore parece enredarse en una trama china que no le lleva a ninguna parte, de otra, Younger lucha por superar sus propias dudas sobre el psicoanálisis y todas sus implicaciones al tiempo que descubre sentimientos hacia su paciente que le complican aún más su labor terapéutica e investigadora. Finalmente, ambos concurrirán en la dirección correcta para aclarar los sorprendentes hechos que explican estos crímenes (y alguno más que se va desvelando según avanza la lectura).

Hay suficientes elementos para hacer de este libro algo más que lo que su simple argumento sugiere. La visita de Freud a los Estados Unidos no dio los frutos esperados y Freíd siempre guardó un mal recuerdo de la misma sin que pueda conocerse el exacto motivo del mismo. Rubenfeld propone su propia teoría. Asimismo, la presencia de Jung (quien realmente acompaño a Freud en este viaje) sirve para escenificar la ruptura entre ambos (que realmente tendría lugar tiempo después), Esta lucha, centrada en parte en el rechazo por Jung del complejo de Edipo dejando así en segundo plano las teorías sobre la sexualidad que aquel lleva implícitas, sirve al autor para explicar superficialmente los fundamentos del psicoanálisis (de hecho, el personaje de la joven psicoanalizada por Younger ha sido construido tomando como ejemplo el caso clínico más famoso de Freud, Dora).

Las luchas y resistencias que estas nuevas teorías tuvieron que superar en una sociedad pudorosa y remilgada, donde el sexo era un tema tabú son descritas de una manera incidental pero muy elocuente. También se explica cómo el psicoanálisis se adapta perfectamente a la mentalidad americana pese a su evidente puritanismo.

En su esfuerzo por conocer el discurrir de la mente de Nora Acton, Younger deberá superar ciertas reticencias hacia el psicoanálisis, pero también deberá enfrentarse a sus propios miedos y a los fantasmas de su pasado (el suicidio de su padre). Su discurrir le permite una interpretación del Hamlet de Shakespeare alternativa a la comúnmente aceptada y a la expuesta por Freud (precisamente la interpretación de éste fue el desencadenante de su interés por la psicología). No se trata de la alternativa entre el ser o no ser, el actuar o el morir. Más sutilmente, comprende Younger que para Hamlet, quien actúa lo que hace es representar, mentir por tanto. Sólo quien no actúa, no interpreta y, por tanto, no falsea la realidad. Inevitablemente este descubrimiento le ayudará a enfocar de un modo alternativo el crimen investigado.

Los personajes de La interpretación del asesinato son complejos, no tanto por su riqueza de registros sino por sus elucubraciones. Sus pensamientos cambian su modo de actuar, su forma de enfrentarse a los problemas. Sin embargo, Younger y Littlemore son esencialmente honrados y bienintencionados. Por el contrario, los sospechosos de los crímenes (culpables o no), se nos presentan sin demasiados matices, sólo sus retorcidas mentes les hacen algo más reales al descubrir pasiones tan primarias como el amor, los celos, el dinero o el poder.

Pequeños capítulos (pensados quizá para servir de esquema al guión de una futura película) que alternan las diferentes ramificaciones de la trama de manera que la lectura se convierte en un placer en el que el momento de tomar un respiro se torna de difícil elección. Trasfondo histórico bien documentado y con un componente “culto” al introducir la figura de Freud atraerán la atención de lectores con un nivel de exigencia elevado sin asustar necesariamente a los que gusten de lecturas más simples. La interpretación del asesinato es, en definitiva, un ejemplo de que se puede realizar literatura de calidad conforme a un esquema sencillo y una buena historia.

 

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Vals de Mefisto (Sergio Pitol)

Se trata de cuatro relatos:

Mephisto- Waltzer
Una mujer separada de su marido, lee un relato que él le envía, trufado de referencias musicales y artísticas.

El relato veneciano de Billie Upward
Billie Upward es una escritora, autora de Closeness and Fugue, un libro de esos de "qualité" que no lee nadie, ejem. El autor nos cuenta la trama, que versa sobre una chica, Alice, a la que sus padres envían a estudiar a Suiza y va en viaje de fin de curso a Venecia, donde le suceden ciertas aventurillas.

Asimetría
Dos hermanas mexicanas recuerdan a su padre asesinado.

Nocturno de Bujara
Extraño y surrealista viaje a Samarcanda.

Comentario:

Como ya se habrá visto por los resúmenes que he hecho, no es fácil contar las "historias" que narra este libro de relatos, ya que la trama es mínima, y eso que en uno de ellos, en boca de uno de los personajes, se habla de la necesidad de que la prosa esté al servicio de la trama o algo así.

Está claro que quien abra este libro y disfrute de él será por razones ajenas al argumento, como pueden ser la magia, su sentido de la maravilla, el surrealismo, el gusto por el viaje imaginario, la metaliteratura y esas cosas tan intelectuales que suelen apartar al lector medio de los libros, para extrañeza y espanto de las instituciones académicas.

No puede negarse, en ese sentido, que Pitol ha creado un libro muy bonito, que recuerda a Borges, o a Calvino (por las menciones a las ciudades), quizás un poco menos intelectual, pero aún demasiado abstracto, demasiado cerebral, erudito y complejo como para que sea asequible a los lectores normales. Además, está repleto de referencias tanto de la música como de la literatura, la mitología, etc.

En el primer relato, por ejemplo, y para mantener la coherencia, se echa mano de la música.

"Hay en el relato (abre la revista, busca el párrafo para convencerse de su existencia, y, al comprobarlo, suspira complacida) una referencia pasajera al concierto oído por ambos en París después de su matrimonio y comprueba que su abatimiento ha sido tal que basta ese mínimo signo para por el momento sentirse homenajeada. El narrador (porque Guillermo crea una distancia entre él y su relato a través de un narrador, mexicano como él, y también como él residente por un breve tiempo en Viena) se refiere al concierto en que oyó por primera vez al pianista y recuerda que, en el momento en que se levantó para agradecer los aplausos, su mujer -sí, ella, la que tendida en la litera de un vagón de ferrocarril viaja de Veracruz a México y lee una revista literaria-, al ver las sienes bañadas de sudor del pianista, comentó (aunque en el momento en que lee está casi segura de no haber dicho tal cosa) que el efecto de esas gotas que se le deslizaban por las sienes y bañaban sus mejillas le hacía pensar en el rostro de un joven fauno que volviera de hacer el amor"

En el segundo, de la literatura, en especial de la obra de Shakespeare, "El sueño de una noche de verano", al hacer aparecer a personajes que llevan el nombre de Titania, reina de las hadas o de Puck. El cuarto relato es el que más me ha recordado a Italo Calvino y su obra sobre las ciudades imaginarias. En el libro hay una curiosa mezcla de realidad y fantasía; está lleno de descripciones de lugares, ciudades, edificios, citas culturales…

El estilo es limpio y elegante, muy sugerente, que varía entre lo puramente narrativo y el ensayo, un poco al estilo de Joan Perucho. La prosa es casi lo que más me ha gustado, dado que en ningún momento me he metido en el texto. Tiene un aire arcaico, como de Las mil y una noches, con historias dentro de otras historias que se mezclan y entrecruzan, y a mí particularmente, me confunden; una importancia de las ciudades con nombres de resonancias evocadoras (Viena, Venecia, Samarcanda, etc)

Como ya dije antes, todo tiene un sentido muy metaliterario: así pues habla de cierto personaje, y nos cuenta lo que ese personaje escribe, como una muñeca rusa.

"Un escritor navega siempre al borde del naufragio cuando trata de recorrer todos los tiempos que han compuesto no sólo a Venecia sino a la más polvorosa y deslucida ranchería. Y Billie no se libra por entero del ridículo y de los peligros de una retórica un tanto hueca. La protagonista ve a su acompañante salir de una función de ópera del brazo de una diva que ha cantado una Norma perfecta y a quien va a estrangular horas después en esa misma góndola funeraria; lo reconoce cuando es un griego de Siria que intenta hacer subir a las hijas de un notario a su bajel con el pretexto de mostrarles unos paños finísimos; lo descubre en el momento de espiar en el baño a sus primas y también en aquel en que con devota unción asiste a las exequias de su primera amante. De pronto se insinúa el amanecer en la laguna. A medida que la góndola avanza bajo una lluvia de oro, Venecia se despoja de su abigarrada historia. Las fachadas se asemejan cada vez más a las de la primavera de 1928; la máscara del gondolero ya no existe, y el joven que viaja a su lado se deshace del espectro de todos los hombres que esa noche ha sido para ser solamente el esbelto muchacho de talle deportivo, pómulos prominentes y dientes infantiles."

Hay mucho artista, mucho escritor, pianistas, y demás élites intelectuales, sumidos en su búsqueda y recreación de la belleza y esas cosas con las que las personas normales no solemos identificarnos. Eso no significa que el libro esté mal. Es un libro muy bien escrito, hermoso, con una prosa elegante y culta, pero desde luego no es para todos los públicos. Ideal para quien busque una lectura de sosiego, de evasión a mundos sofisticados y surrealistas compuestos a partir de las creaciones culturales de Occidente. No solo de bestsellers chapuza vive el hombre, jeje, y además, el libro es corto…

Sergio Pitol fue galardonado con el Premio Cervantes 2005.


 

Algunas obras:

No hay tal lugar (1967)
Infierno de todos (1971)
Los climas (1972)
El tañido de una flauta (1973)
Asimetría (1980)
Nocturno de Bujara (1981)
Cementerio de tordos (1982)
Juegos florales (1985)
El desfile del amor (1985)
Domar a la divina garza (1988)
Vals de Mefisto (1989)
La casa de la tribu (1989)
La vida conyugal (1991)
El arte de la fuga (1996)

http://reginairae.blogcindario.com/2005/12/00247-vals-de-mefisto-de-sergio-pitol.html

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Tiempos turbulentos (Gonzalo Iribarnegaray)

Mientras el joven Malcolm Freeman intenta vengarse del asesinato de sus familiares, su amigo Nelson Fighter acompaña a Ricardo Corazón de León en su Cruzada contra Saladino.

La novela comienza con un listado de los principales personajes en que es inevitable notar que les ha dado apellidos según su papel en la historia.

Mientras los buenos se llaman Freeman o Fighter (hombre libre, luchador), los malos son Evildoer o Bonebreaker (hacedor del mal, rompe huesos), un poco tosco pero eficaz.

El autor cuenta la historia de varios personajes, centrada sobre todo en la venganza de uno de ellos, aunque tarda un poco en llegar a ese punto, dificultando establecer la identidad de los protagonistas. Se recrea en describir la personalidad de personajes que van a morir o salir muy poco, creando cierta confusión, algo que se repite en el reparto de protagonismo entre los dos muchachos.

Los personajes carecen de fuerza y personalidad, limitándose a ser lo que se espera de ellos, el chico bueno y vengador, el amigo fiel que arriesga su vida por él… se conoce lo que les impulsa, pero apenas tienen matices.

Los malos lo son de forma desmedida, tanto Matt Evildoer como su hijo Ken (que al menos siente miedo a la hora de enfrentarse a quien quiere traicionar), pero sobre todo el malo malísimo.

Robin Bonesbreaker es el típico malvado loco, a quien se intenta justificar relatando cómo vio que violaban y degollaban a su madre y hermanas. Lo curioso es que de tan traumatizado (y eso que a él no le hicieron nada) no se le ocurra volverse protector de mujeres indefensas, sino que prefiere tomar ejemplo y volverse como esos asesinos que tanto trauma le causaron. Como característica “original” le gusta mirar a los ojos de quienes asesina mientras mueren.

Las mujeres son las más desfavorecidas por este protagonismo coral y falta de caracterización de los personajes, reduciendo incluso el papel de Leonor de Aquitania al de una anciana llorosa que ve morir a su hijo.

El resto de personajes femeninos están ahí para ser bellas jóvenes de largas cabelleras, cuerpo voluptuoso y dientes perfectos (¡en plena Edad Media!) con el cometido de ser idealizadas como objeto de amor o violadas y degolladas como objetos sin más.

Se nota que esta es la primera novela del autor, no sólo en la falta de originalidad del argumento, más que visto y utilizado, sino además en la forma de escribir. La prosa sencilla no tiene que ser un defecto, ya que además contiene muchos diálogos que facilitan la lectura.

Sin embargo, se ve que la novela hubiera necesitado una última revisión en algunos pasajes que resultan demasiado explicativos, escenas innecesarias para la continuidad de la historia o esa repetición de los nombres de los personajes varias veces en cada párrafo cuando hay formas de evitarlo con un poco de destreza.

En cuanto a la parte histórica, quien haya leído otras novelas ambientadas en el mismo periodo notará que, sin aportar novedades (todo lo que se cuenta se puede leer en otras obras centradas en la época o encontrar fácilmente en internet), no se hace pesada, sobre todo para quienes les guste la descripción pormenorizada de batallas, formas de asaltar un castillo, nombres de las piezas de ropa y armaduras o la historia precedente de la realeza británica.

Aún con sus carencias, puede tener interés para incondicionales del género, a quienes no les importe leer más de lo mismo. Ni que el final parezca abierto a una continuación…

Además de la lista de personajes, se incluye un glosario de términos medievales y bibliografía utilizada por el autor.

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