Este enorme esfuerzo, la primera obra publicada por su joven autor norteamericano, apareció en tres volúmenes titulados La ruina del Amo Execrable, La guerra de Illearth y El poder que preserva (seguidos por tres volúmenes más en Segundas crónicas, pero no me referiré a ellos aquí). No hay ninguna duda de que pertenece a la escuela de J. R. R. Tolkien. De todas las trilogías de fantasía épica que han aparecido en los treinta y tantos años transcurridos desde El Señor de los Anillos, la de Donaldson ha sido la de mayor éxito comercial, y muchos lectores sostendrán también que es la mejor. Mi impresión es que se trata de una obra innegablemente impresionante, aunque desigual. Donaldson nos brinda una subcreación entera: el mundo del País, donde el héroe (mágicamente desplazado desde nuestra Tierra) se embarca en una intensa búsqueda para derrotar a los poderes corruptos del mal personificados por el Infame Señor Despectivo. Aunque el País tiene una semejanza más que superficial con la Tierra Media, el mismo Thomas Co-venant es un personaje mucho más moderno que cualquiera de los de Tolkien: es descrito como un personaje solitario cargado de angustia, que no tiene confianza en sí mismo y sufre la terri-ble enfermedad de la lepra. En los tres volúmenes, nunca está seguro de si su experiencia del País es o no una especie de ilusión terminal, el sueño de una mente enferma en un cuerpo achacoso.
A medida que Thomas Covenant atraviesa el País, co-miendo sus plantas medicinales, se percata de que su cuerpo está mejorando: la insensibilidad le desaparece de los dedos de las manos y los pies, a la par que la lepra disminuye. Sin embargo, al final de cada volumen es sumergido de nuevo en el mundo «real», para volver a encontrarse una vez más con que es un leproso. Puede crecer en estatura moral cuando aprende a asumir las responsabilidades de un héroe salvador del mundo, pero no puede haber ninguna cura final para su dolencia física. Más o menos un año después de la publicación de la trilogía, se le preguntó a Donaldson por el mensaje de su enorme (y muy seria) obra de ficción. Respondió: «Me contentaré con decir que mi concepción del «mal» está muy arraigada en el mundo real. Creo que el desprecio por la vida –que se manifiesta diversa-mente como cinismo, lástima de sí mismo, odio a sí mismo, prejuicios raciales o sexuales, apatía, suicidio ambiental, inmoralidad política, fariseísmo (y la lista sigue interminablemente)– es el mal dominante de nuestra civilización» (SF Review, marzo de 1979). En un prolongado y penoso proceso de aprendizaje, Thomas Covenant decide al fin luchar contra ese mal.
Pero lamento decir que no soy un adepto de Donaldson. Es un escritor sin humor, portentoso, elefantiásico, y sus metáforas a menudo son risibles («Ella levantó su cabeza, mostrando a Covenant y Foamfollower el paisaje crujiente detrás de sus ojos»). Su prosa es demasiado fatigosamente extensa, demasiado desmañadamente imitadora del latín, demasiado dependiente de un puro efecto de exageración que me recuerda a H. P. Lovecraft. Es extraño que una obra tan difícil de leer haya llegado a ser tan popular. Nacido en 1947, Stephen R. Donaldson es hijo de un médico norteamericano que fue director de un leprosario en la India. Al hacer de su personaje principal un leproso, el autor no sólo crea una poderosa metáfora para la alienación de su héroe, sino que también se da a sí mismo la oportunidad de apelar a la experiencia real, el dolor real, de los que presumiblemente tenía algún conocimiento. Pero Donaldson era aún un hombre joven e impresionable cuando escribió esta larga novela (tenía treinta años cuando apareció, pero la terminó varios años antes). En mi opinión sigue siendo un ejercicio de género, con algunas adiciones interesantes y caprichosas. A diferencia de El Señor de los Anillos de Tolkien, que describí antes como la obra de toda una vida, Las crónicas de Thomas Covenant, el Incrédulo (The Chronicles of Thomas Covenant, the Unbeliever) da la sensación de ser una inmerecida obra épica.
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Peter S. Beagle describe este inteligente libro como la mejor novela de vampiros que ha leído, y yo estaría de acuerdo con este juicio. Consiste en cinco relatos vinculados entre sí sobre un vampiro actual que se llama doctor Edward L. Weyland, médico. Bebe sangre y es enormemente longevo, pero en todo otro aspecto parece un miembro normal y doliente del género humano. Depredador que raramente mata, es también un consumado intelectual, un antropólogo que escribe libros y da fascinantes conferencias. Por lo general, lo vemos a través de los ojos de otros, y el mérito peculiar de Suzy McKee Chamas es haber escrito una «novela de vampiros» que se ocupa más de la variedad de las respuestas humanas al monstruo que del monstruo mismo. Compuesta en un estilo sobrio pero vívido (con toques de humor), es un libro mucho más complejo que otras narraciones recientes sobre vampiros (como El misterio de Salem’s Lot de Stephen King o Confesiones de un vampiro de Anne Rice), y sin embargo es también una fascinante lectura. Merece que se lo conozca mejor.
Esta novela del gran maestro de la ciencia ficción británica moderna fue una sorpresa. A diferencia de sus obras anteriores, ésta es ciento por ciento una obra de literatura fantástica, un relato de transformaciones mágicas, de misticismo y de vuelo. Situada en el presente, en la ciudad natal de Ballard, Shepperton, Middlesex, es una magnífica rapsodia sobre las absurdas ambiciones del Yo, y (según palabras de Anthony Burgess, citadas en la solapa de la primera edición) «tan básica como un sueño de toda la raza humana».
Aquí tenemos otra novela sobre la vida que sigue a la muerte