Libros de sangre 1 y 2 (Clive Barker)

 

Cójase un puñado de buenas ideas y añádase un estilo impecable, un ritmo narrativo bien mantenido, un punto de vista original, una generosa dosis de gore y una pizca de humor. El resultado de este cóctel son los históricos Libros de sangre, de Clive Barker, sin duda una de las mejores antologías de terror de todos los tiempos.

La Factoría de Ideas acaba de reunir en dos volúmenes los 16 cuentos que Barker publicó en 1984 en tres tomos (y que ya habían sido editados anteriormente en España, también en tres volúmenes, de la mano de Planeta y bajo el título de Libros sangrientos), aunque la antología completa está compuesta por otros tres libros más (que fueron recopilados por Martínez Roca bajo los títulos de Sangre y Sangre 2). A más de uno le rechinarán algunas diferencias entre las traducciones de ambas editoriales, especialmente en los títulos (por ejemplo, “El tren de la carne de la medianoche” se convierte en “El tren nocturno de carne”, y “Rex, el hombre lobo” en “Rex Cabezacruda”), pero esta última edición, la de La Factoría, es correcta y, afortunadamente mucho menos pródiga en erratas (y errores de traducción) que otros títulos publicados por el mismo sello.

Una de las claves que hacen de los Libros de sangre una antología redonda —y que la diferencian de tantos otros volúmenes de cuentos— es el elevado nivel de todos sus relatos: entre ellos no hay ni uno solo que sea de relleno y sí, en cambio, unos cuantos que se quedan clavados en la memoria y pueden calificarse de auténticas obras maestras. Es el caso, por ejemplo, del excelente “Terror”, que narra la fascinación de un individuo por el miedo y sus poco ortodoxos «experimentos» para investigar las reacciones de sus cobayas humanas cuando las obliga a enfrentarse con sus terrores más profundos. O el caso de “En las colinas, las ciudades”, en el que una única imagen (la de miles de personas engarzadas las unas con las otras para formar un enorme gigante) bastaría para justificar por sí sola todo el relato. O “Confesiones del sudario (de un pornógrafo)”, la historia de una venganza cuyo protagonista es un fantasma casi a la vieja usanza, ensabanado y todo. O (cambiando de registro, ya que este relato se inscribe más en el género del terror humorístico que en el de terror puro y duro) el divertidísimo “El Charlatán y Jack”, que narra las vicisitudes de un diablo a quien se le encomienda una ardua tarea: atormentar a un humano demasiado apático como para ser amedrentado por nadie.

Aunque la heterogeneidad es precisamente una de las virtudes de esta antología (pese a su preferencia por el terror más descarnado, Barker también echa mano frecuentemente de la ironía y es capaz de utilizar la sutileza y las insinuaciones como arma para inquietar al lector), sí hay una serie de pautas que subyacen bajo todos los relatos y que le dan unidad al volumen (sin contar, por supuesto, con el detalle de que todos ellos fueron escritos desde el mas allá arañando las palabras sobre la piel de un joven, pero ésa ya es otra cuestión). Por ejemplo, la absoluta falta de piedad que muestra hacia sus personajes (y, de rebote, hacia el lector) y la ausencia total de moralina y maniqueísmo: a menudo las víctimas se convierten en verdugos, o los buenos acaban abrazando la causa de los villanos, o el lector acaba comprendiendo el punto de vista del monstruo, y hasta simpatizando con él. Pero, sin lugar a dudas, la principal seña de identidad de Clive Barker, lo que hace de los Libros de sangre la monumental obra maestra que son, es la abundancia de regocijantes descripciones sangrientas, muy sangrientas. ¿Cómo olvidar frases tan brutales como «La criatura lo había agarrado del labio para arrancar el músculo del hueso como si estuviera quitándole un pasamontañas»? Y esto es sólo por poner un ejemplo…

Adolfina García

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Haciendo historia (stephen Frey)

Espasa ha editado una novela bastante singular en su colección de narrativa.

Singular no tanto por su argumento, el qué, como por el quién y el cómo. El quién es Stephen Fry, posiblemente más conocido en España como actor (Los amigos de Peter, la serie de Blackadder) que como escritor. Pero leyendo la solapa del libro, uno queda informado de que esta no es una incursión de diletante, sino que para Fry escribir parece ser tan natural como actuar, a juzgar por las referencias y la opinión al respecto de la todopoderosa, en lo que se refiere a encontrar cosas que venderle a la gente, Amazon.com.

Haciendo historia es una novela construida sobre uno de los tópicos más manidos de la ciencia ficción: un hombre descubre la posibilidad de viajar en el tiempo y, movido por su sentido de culpa familiar y con la ayuda de un licenciado en historia, decide eliminar a Hitler del mapa (más concretamente: casi borrar, accidentalmente, Brunau-am-Inn, pequeña ciudad austríaca y cuna del futuro Führer) para lavar su infamia. El hombre en cuestión se hace llamar Leo Zuckerman y el licenciado en cuestión se llama Michael D. Young. Incidentalmente, Michael es nuestro protagonista, posiblemente escogido y conjurado para esta historia por esa capacidad suya tan sugestiva de crear el caos más absoluto y no entender muchas cosas que le convendría entender.

Aparte de ser posiblemente EL TÓPICO con mayúsculas, Haciendo historia es también una magnífica novela. Tal afirmación puede resultar extraña, pero así son las cosas.

Para empezar, Fry ataca directamente al lector presentándole una farsa narrada en primera persona por uno de los personajes más irresponsables y más divertidos de la novela contemporánea. Michael Young se revela rápidamente como un individuo inteligente a su manera, pero lastrado por una idiosincrasia casi existencialista, que le hace comportarse, actuar y ser percibido como un idiota. Lo único que rescata a este dechado de virtudes es su narración salpicada de humor y llena de eruditas referencias. Ése es precisamente el carácter de esta novela, esa tradición que llaman "wit", ingenio. Es una novela ingeniosa porque no le queda otra opción, teniendo como base una idea tan usada (especulativamente) como la comentada.

Y el ingenio se aprecia con toda claridad, aunque algunas veces fracase en el intento. Se nota el ingenio académico en las comparaciones relativas a Dickens, Pound, Orwell y unos cuantos literatos e historiadores más. Y se nota cuando Michael deja caer sus opiniones sobre la vida, el arte, la literatura y demás tonterías similares. Como lector, no puedo contener la risa con la mordacidad de alguna de las opiniones que vierte. Según Michael, todo el arte, y especialmente la literatura, está muerto. Y aún así reconoce que de vez en cuando va al teatro; pero es que le gusta ver como se descomponen los cadáveres.

Por otro lado, Jane, la compañera sentimental de Michael al iniciarse la narración, es un paradigma del científico de la posmodernidad, siempre a la defensiva (me temo que con razón) frente a los ataques idiotas provenientes de las descompuestas, según el humanista Michael, humanidades. Cuando a Jane se le plantea hipotéticamente la posibilidad de alterar el pasado, contesta rápida y eficientemente que su gran obra sería separar a los hermanos Gallagher al nacer, para evitar la formación del grupo musical Oasis. Mientras tanto nuestro protagonista y su aliado pretenden impedir la existencia del responsable de la muerte de millones de personas. El problema está en que el lector ya empieza a intuir que, dentro del universo narrativo del libro, la desaparición de la banda inglesa Oasis sería un acto de mucha más relevancia y caridad que la eliminación de un maníaco genocida.

Así que, como está marcado, y no reviento ninguna sorpresa al decirlo, el plan de Zuckermann y Michael tiene éxito. Aunque sí me callo el singular y divertido método empleado.

Una de las mejores bromas del libro, posteriormente transformada en herramienta dramática, son los capítulos sobre la gestación, infancia y juventud de Adolf Hitler. El lector supone que está asistiendo a una recreación histórica literaria. Y lo es. Pero no de la forma esperaba. Lo que estamos leyendo al principio del libro sobre el joven Adolf es un texto que está dentro del libro, un objeto en el mismo universo de ficción, rigurosamente documentado. Un texto cuya relevancia parece ser nula por dos razones: 1) no es lo que parece, como aclara bastante bruscamente en una divertida escena el director de tesis de Michael y 2) al desaparecer Hitler, la reconstrucción también desaparece. Pero la broma se torna drama cuando el texto empieza a rescribirse por sí mismo al cambiar la historia. Y el lector que ha participado hasta ahora de la farsa empieza a ser testigo de la construcción, la fabricación, la fabulación de una Historia; Historia que es eco de otra y precisamente por eso mucho más temible, pues parece que esta Historia suplantadora ha aprendido de los errores de la anterior para volverse mucho más eficiente.

Bueno, que no cunda el pánico, después de todo es sólo una ficción. Cómo la reconstrucción literaria del joven Hitler dentro de la novela. Pero se trata de una ficción que no puede dejar indiferente al lector, porque éste ha vivido en el mundo que describe. La ficción parahistórica toma prestada su fuerza de esa otra ficción más cercana a lo "real", lo que basta para dar en su momento al libro un ambiente bastante oscuro aunque siga siendo una farsa.

Después de crear su nuevo mundo, Michael D. Young debe asumir las consecuencias de sus actos y vivir en el universo que ha creado (ganando a cambio una novela de George Orwell que en el nuestro no tuvo necesidad de escribir y perdiendo para su desgracia un montón de películas de la posguerra). Michael deberá deshacer el terrible lío que ha creado, reescribiendo él mismo escenas de su pasado (el encuentro con Zuckermann, por ejemplo) para cambiar una vez más la narración. Y todo porque Michael ha descubierto, horrorizado, que el responsable último (aunque no directo) del mayor genocidio sobre la faz del planeta, histórica y "parahistóricamente", es un licenciado en historia llamado Michael D. Young, que se las ha arreglado para dotar a los malos de la Historia de un arma más efectiva y sutil que la bomba atómica…

Pero no todo va tan mal en ese brave new world.

Bill Gates, por ejemplo, tampoco ha existido nunca, así que la informática es mucho mejor. A los ordenadores se le puede dictar los textos, reconocen muy bien la voz humana, usan fibra óptica en vez de cableado de cobre y no hay fallos de conexión en las redes locales.

Y tampoco hay iconos. Hay glifos, gracias a Dios.

Pero, aún así, en ese mundo sí hubo una Segunda Guerra Mundial que se cobró millones de vidas y dos bombardeos con armas nucleares y aún hoy en día existen pequeños conflictos locales, por no hablar del crimen en las grandes ciudades y de los accidentes decoche y similares. ¿Qué es lo que tiene nuestra historia tal y como la conocemos para que Michael, con ayuda de nuevos/ asistencia, viejos aliados intente escribirla de nuevo, recuperarla, restaurarla desde la papelera del sistema, desde el mundo que ha ayudado a crear, formateando el disco duro de la Historia?

El punto decisivo en cuestión en esta farsa maliciosa y provocativa parece ser que, al menos, hoy en día con lo políticamente correcto en Europa y Norteamérica, ser marica no es delito.

Y como dice un amigo: "cuando llega el amor, que se quiten las mujeres".

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Las aventuras del valeroso soldado Schwejk (Jaroslav Ha?ek)

El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona imperial austríaca fue asesinado en Saravejo por un nacionalista serbio dando comienzo en la práctica, la Primera Guerra Mundial. Ese mismo día comienza igualmente Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, libro que narra las aventuras (y desventuras) del soldado Schwejk en esta contienda.

La Primera Guerra Mundial supuso el comienzo real del siglo XX, que hasta 1914 había continuado con la dinámica del siglo anterior. Los horrores de una guerra deshumanizada que afectó tanto a civiles como a militares, el nacimiento de la Unión Soviética y las revoluciones consiguientes. los fascismos, la tecnificación de la sociedad son sólo algunos de los nuevos rasgos que definirán este siglo. Pero también, la Gran Guerra supuso el fin de una época, de un modo de entender las relaciones internacionales, la estructura de los estados, etc. Nada como el final del Imperio Austrohúngaro ejemplifica mejor este derrumbe. La monarquía austriaca agrupaba diferentes nacionalidades (checos, bohemios, húngaros, austriacos, ..) que ya desde finales del siglo XIX trataban de abrirse paso y consolidarse como realidades jurídicas independientes y soberanas a todos los niveles, tanto cultural como político.

Por ello no es de extrañar que el comienzo de la guerra fuera acogido con tremendo desentendimiento por parte del pueblo checo, que se vio inmerso en un conflicto con el que nada ganaba y mucho perdía. El reclutamiento obligatorio llevó a muchos checos a los campos de batalla en defensa de un Imperio con el que no se identificaban y que usaba como lengua oficial el alemán con claro desprecio del resto de lenguas nacionales. El propio Hašek participó en la guerra, primero como soldado del ejército austriaco para desertar posteriormente y pasarse a las filas rusas donde se integró en una unidad militar formada por desertores checos. El fin de la guerra trajo consigo la caída del Imperio Austrohúngaro y la proclamación de la República Checa.

Y es en este momento, cuando el nuevo Estado comienza a dar sus pasos y la nación checa aprende a ser libre y dueña de su destino, cuando Hašek comienza a inicia la escritura de este libro. Los lectores contemporáneos del soldado Schwejk pudieron disfrutar de la enorme carga política que rezuma la obra. Los mandos del ejército austriaco son mostrados como maniáticos, borrachos, indolentes, incapaces o, simplemente, locos; su organización militar es caótica y nada consigue resultar como se planea: los transportes militares se extravían, la intendencia es corrupta, la formación de los oficiales es nula, el sistema de claves es risible y las altas instancias son incapaces de situar la línea del frente en un mapa. Todo ello es descrito por Hašek bañado por una ironía tal que, en lugar de rebosar crueldad y ánimo de revancha, destila comicidad.

La novela se iba publicando por fascículos según iba siendo escrita. Hašek se instalaba en cervecerías y tugurios sin parar de beber y escribir. Cuando completaba unas páginas las leía a sus amigos quienes se morían de la risa según oían las locuras extravagantes del buen Schwejk. Muchos personajes populares de la Praga de entonces aparecen retratados en la novela (con cariño o saña, según la estima que les tuviera el autor). Tenderos, panaderos, empleados públicos, policías, etc, desfilan por sus páginas haciendo que la lectura actual pierda gran parte del encanto que pudo tener en su día pero dejando una idea de los tipos populares checos.

En este ambiente tabernario fue creciendo la historia del soldado Schwejk hasta comenzar a ser publicada y distribuida de puerta en puerta por el propio Hašek y ver la luz como libro una vez muerto el autor. De hecho, la obra quedó incompleta al fallecer éste en 1923 en la población de Lipnice a donde se había trasladado precisamente para conseguir (sin éxito) alejarse del alcohol.

Muchas de las anécdotas y gamberradas que se cuentan en el libro fueron hechos reales de la vida de Hašek. Así, se cuenta la anécdota de un redactor de la conocida revista Mundo Animal que comenzó a inventar extraños animales como una ballena del tamaño del bacalao, a cambiar el nombre de los ya existentes o a imaginar extravagantes descubrimientos del reino animal. Por increíble que parezca, Hašek fue ese redactor calavera. También Hašek se inspira en sí mismo cuando describe la actividad de Schwejk traficando con perros que secuestra con engaños arrebatándoselos a damas descuidadas, falsificando razas o engordando el pedigrí de perros vagabundos.

Pero la novela es mucho más que un conjunto de chascarrillos populares y de una crítica a la vencida armada austriaca. Para los lectores no checos, y para los que no conocieron los sufrimientos de la Primera Guerra Mundial, el soldado Schwejk tiene aún mucho que enseñar. Tradicionalmente, esta novela se ha presentado como una inolvidable sátira antimilitarista. Los lectores ven lo absurdo de la maquinaria militar, sus métodos alienantes en los que la violencia de los oficiales con sus soldados es proverbial o cómo los abusos con la población civil son vistos como normales por la jerarquía militar. Y este discurso antimilitarista es tanto más meritorio cuanto que, en todo el libro, sus protagonistas no se enfrentan con ningún soldado enemigo, la violencia siempre se ejerce dentro de la propia fuerza austriaca, sea en luchas y disputas entre soldados de distintas nacionalidades, por parte de los oficiales, etc.

Sin embargo, el auténtico valor que hace que esta novela sea perdurable y que su lectura resulte provechosa, al margen de las concretas circunstancias históricas que la engendraron, es la fuerza de su protagonista. El libro carece de argumento como tal: Schwejk, bondadoso praguense, aquejado de tontura como él mismo reconoce y algo mayor para verse llamado a filas, acaba (fruto de su propia estupidez) enrolado en el ejército austriaco donde pasará a servir a diversos oficiales y acabará siendo ordenanza de su batallón, ocasionando el caos allá por donde pase pese a su buena voluntad y a su fidelidad al emperador. Acepta todas las tareas y castigos que le son impuestos, con franqueza (e incluso con alegría), tratando de consolar a quienes le rodean con anécdotas de su Praga natal encadenando historias hasta que se le ordena callar.

Fiel a una tradición literaria que se remonta a Cervantes y a Rabelais, Hašek hace avanzar toda la obra por la mera fuerza de su protagonista que va saltando de desastre en desastre sobre un fondo rico en detalles, personajes secundarios, reflexiones, etc. La obra carece de un plan predeterminado, es pura invención. Al igual que en las obras de los autores clásicos citados y sus coetáneos, el humor es la piedra fundamental, un humor ácido que muchas veces se asienta en el surrealismo. Las borracheras son pantagruélicas, las bofetadas dignas de gigantes, la locura de algunos oficiales, propia de un caballero andante. Hašek no busca describir la realidad, pero quiere que el lector la descubra sutilmente a través de sus palabras. Discernir las grandes verdades que esconde el discurso del estúpido Schwejk es una tarea que se impone del mismo modo en que un lector del Quijote se pregunta a menudo quién es el loco.

Schwejk nos recuerda a Sancho Panza por su figura rechoncha, su zafiedad y su gusto por la comida y la bebida, pero también por su locuacidad indominable. Donde Sancho Panza hilvana refranes con la habilidad y rapidez de un chamarilero, Schwejk recita atropelladamente divertidísimas historias de personajes de su Praga natal; no hay afirmación que escuche o pregunta que se le formule que no le remita de manera inmediata a lo que le aconteció a Zarka, empleado de la estación de gas, o a Tynezkej que había bebido agua de pantano y creía reconocer a todo aquél con quien se cruzara, o al decano que en su vejez estudiaba a san Agustín y dedujo que Australia no existía y que era una invención del diablo.

Pero, de entre tanta palabrería, uno no puede dejar de admitir que sus juicios son, a menudo, certeros y dotados de mayor cordura que los de quienes le rodean. Sancho casi nunca cede a las locuras de su señor, permaneciendo anclado en el terreno de la cordura. Por el contrario, Schwejk aúna la figura sensata y prosaica de Sancho con el romanticismo idealista de don Quijote, de ahí que su personalidad sea tan atrayente y que, en todo momento, debamos preguntarnos ante qué Schwejk nos encontramos.

El paisaje de fondo de la novela es muy rico, no sólo gracias a estas anécdotas, sino en gran medida por los numerosos personajes que siempre rodean a Schwejk. Muchos de ellos son meras caricaturas, como el teniente Dub, preocupado por el modo de imponer disciplina a sus soldados pero que siempre termina por quedar en evidencia, o el gigante Baloun, que pese a su fuerza y tamaño llora desconsolado si no logra saciar su infatigable apetito. Peculiar resulta también el voluntario de un año Marek, a quien se le encomienda escribir la crónica del batallón y que, en sus ratos libres, se dedica a redactar los gloriosos hechos de guerra del batallón que aún no han tenido lugar. También lee a sus compañeros cómo morirán heroicamente ante la indiferencia de estos más preocupados por el tamaño de sus ranchos.

Quizá el personaje más complejo de todos ellos sea el teniente Lukasch quien soporta todas las locuras de Schwejk sin apartarle de su lado, sospechamos que siente por él cierto cariño pese a los insultos que le regala a menudo. A pesar de ser un militar fiel al régimen imperial, no puede disimular su desprecio por el resto de oficiales y su incompetencia. También tiene su lado humano cuando intenta seducir a una hermosa joven casada con un hombre de avanzada edad al que claramente no ama. Sin embargo, el atolondrado Schwejk se interpondrá involuntariamente para frustrar el éxito de esta aventura amorosa.

Al igual que ocurre con otras obras de escritores checos (Yo que he servido al Rey de Inglaterra), los personajes son tratados de manera humorística y cariñosa al mismo tiempo, de manera que, pese a su crueldad, parecen completamente inofensivos. Y es en esta tradición, heredera de la corriente clásica citada anteriormente, en la que debemos enmarcar esta obra. Su lectura puede resultar tremendamente entretenida pero, entre sus páginas, de manera casual, nos asaltarán preguntas que alentarán reflexiones varias sobre muy diversas cuestiones que, sin duda, harán enriquecedor el esfuerzo de seguir a este esforzado buen soldado Schwejk.

Confieso que he leído

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La Lápida Templaria Nicholas Wilcox (Juan Eslava Galán)

Una lápida escondida en la Península Ibérica esconde la fórmula para dominar el mundo. Un grupo de personajes (un cura, una archivera, narcos, espías del Mossad) se pondrán en marcha para encontrarla.

Un bestseller bastante malo pero que ha tenido mucho éxito, más o menos en la misma línea del Código Da Vinci (pero más aburrido). Se publicó bajo seudónimo (Nicholas Wilcox es Eslava Galán). Al parecer, el autor no quería mezclar su nombre con un best seller. De todas formas, leyendo el libro te das cuenta de que difícilmente ha podido ser escrito por un inglés. Hace referencias a cantantes españolas tan castizas como Rocío Jurado y a ciertos detalles demasiado de aquí, dejando aparte las expresiones (pelo de la dehesa, ¿qué traductor traduciría eso del inglés?) las alusiones a hechos \’culturales\’ típicamente españoles como Chiquito de la Calzada (sí, el mismo) y otros…
Para dar mas verosimilitud a la ficción, Eslava Galán aparece como "traductor" de la novela. Pérez Reverte, amigo suyo, también colaboró en el "engaño", al reconocer a Wilcox como un "amante de España", que sabe tanto de ella como Kamen y otros fervientes hispanistas.
Aunque algunas personas dicen que el principio es lento, a mi casi me pareció lo mejor. El suicido del cura, etc. Luego ya empezamos con los topicazos de rigor (atención no leer, que van spoilers) El autor nos presenta a la novia al protagonista como con los pechos caídos, un poco mayorcita ya, la pobre, y se dice que no les une gran cosa. Deducción: la primera mujer que aparezca en el libro desbanca a la \’viejecita\’ puesto que el autor ya se ha encargado de \’disculpar\’ al protagonista para que el lector no piense que es un canalla, y Voila. ahí aparece la archivera con sus \’pechos prietos y pequeños\’ Desde luego, el ex cura es de un superficial que da asco. Por cierto, la protagonista del catón de la Asensi era monja, aunque ya se veía venir que el primer galán que se le cruzara la secularizaba fijo.
Y como me esperaba, cada cierto número de páginas hay una entrevista con un \’experto\’ que no hace más que soltar un rollo lleno de obviedades o directamente de cosas incomprensibles como la leccion de astrofísica o lo que sea tan pésimamente explicada. Me he tenido que saltar casi todos los rollos sobre la historia de los templarios, la geometría sagrada, etc,… son temas que he leido millones de veces y ya los tengo muy vistos. Por cierto, hace muchos años leí \’El enigma de la Mesa de Salomón\’ del mismo autor (Eslava Galán) y por tanto también estaba familiarizada con todo lo demás. El libro era mucho más entretenido. Por si no lo terminaba, a mitad de lectura, me fui ido directamente al final y la verdad es que no me entusiasmó. Con gran esfuerzo seguí adelante. La mesa es la pera limonera, pero el autor se priva de explicarnos sus grandísimos poderes y la deja ahí tirada de cualquier manera. Supongo que a Eslava le falta lo que hay que tener para ser un escritor de verdad: imaginación y atrevimiento. Se limita a poner informaciones de otras fuentes, pero no se atreve a ir más lejos, a inventar, a crear un mundo propio…
Lo peor es cuando de pronto y sin que venga a cuento empieza explicarte obviedades durante páginas y páginas, como cuando explica ¡lo que es el Vaticano! o la estructura del Mossad (dos interminables páginas) o las condiciones de vida en los barrios pobres de Colombia. Decenas de páginas que no tienen nada que ver con la historia ni son bonitas de leer ni nada de nada. Leyendo esto me siento estúpida porque resulta que sé que el Vaticano es el estado más pequeño del mundo y que lo pasan mal en Colombia. Pero aunque no lo supiera, ¿qué importa eso en el libro, qué tiene que ver con la Mesa de Salomón dichosa?
Esté libro está lastrado por el afán didactista. Cada vez que aparece algún concepto o palabra no común, se tira parrafadas para explicarla. Es que es realmente pesado estar leyendo un párrafo donde se dice que le van a aplicar al protagonista el polígrafo y que se suelte a renglón seguido un rollo patarero explicándo qué es un polígrafo. Para eso mejor un pie de página, que se lee si se quiere. Eso no aporta nada. Imaginad una novela donde estén todo el rato así.
"Entonces abrió el incunable.
Un incunable es, blablablablabla.
Luego lo dejó sobre el bargueño.
Un bargueño es blablablablabla…."
y así durante quinientas páginas. ¡Con la de buenos diccionarios y enciclopedias que hay!
Por no hablar de los incontables errores. Muchas documentacion pseudohistórica y esotérica pero luego hace decir a colombianos: "Venid acá" cuando cualquier persona medianamente instruida sabe que en América el pronombre \’vosotros\’ no existe. Allí dirían \’vengan acá\’, y hay más cosas: expresiones típicamente de jerga de España puestas en boca de sicarios colombianos como \’hostias\’ (en el sentido de golpes), \’me doy el piro\’, \’esto da el cante\’ y muchas más…
Otro apartado son los errores y reiteraciones: "… hasta que podamos hacernos DE ese objeto…" en lugar de "con ese objeto"; frases desordenadas, las repeticiones de palabras como \’me piro\’, \’pirado\’ por las que parece sentir mucha predilección nuestro autor; el descuido en la jerga y el lenguaje; párrafos sobrantes como cuanto repite una y otra vez que \’kala\’ significa negro en indoeuropeo o las alusiones a las Virgenes Negras (¿Qué significan, qué tienen que ver con la mesa? )…
Como anécdota, señalar algo frecuente en las novelas de Eslava Galán: la potencia sexual de los personajes (ejemplos de LLT: "·Ella alcanzó cinco orgasmos, el mayor de ellos con la lengua voraz de aquel bruto insaciable" Pag. 367; "Hicieron el amor seis veces…" Pag. 367; "Cumplió dos veces con un reposo intermedio de media hora…" "Se amaron con voracidad insana la primera vez, con suavidad y laxitud la segunda…" Y lo mejor: "Cuando era cura, su eminencia era capaz de hacerlo cinco veces en un día; de obispo podía hacerlo tres; ahora, de cardenal, dos, algunas veces solamente una." p. 98)
El Catón de la Asensi comparado con esto es casi de Premio Nobel. Por lo menos tiene sentido del humor y un argumento un poco más original.
Resumiendo: un libro pésimo cuya lectura se puede obviar perfectamente, que no aporta nada al género de misterios sobrenaturales, y que hubiera necesitado de mucha más revisión.

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La Edad de la Inocencia (Edith Wharton)

La Edad de la Inocencia (Edith Wharton)

Un joven abogado a punto de casarse, se siente atraído por la Condesa Olenska, pariente de su mujer, en el Nueva York del siglo pasado.

Cuando empiezas a leer este libro crees que se trata de otra novela decimonónica sobre adulterios, al estilo de La Regenta, Madame Bovary y similares. Sin embargo, aquí todo es más sutil. Más bien se trata de la historia de un adulterio frustrado, de una fantasía, lo cual queda de manifiesto sobre todo al final.
La autora ofrece un retrato de los ambientes de la alta sociedad neoyorkina y de los personajes que la componen, usando una prosa efectiva, elegante y elaborada, pero sin perder la sencillez, y dotada de un cierto sentido del humor. No hay alardes vanguardistas. La historia se narra en el clásico estilo lineal. Abundan las descripciones de eventos sociales, vestidos y personajes. Se aprecia un gusto por el detalle muy desarrollado. Eso implica que la novela sea bastante visual. Hay más descripción de acciones que introspección, aunque, curiosamente, lo importante sucede en el cerebro del protagonista, Newland Archer, un joven abogado comprometido con May, que se siente atraído por la prima de esta, la Condesa Olenska, mujer mundana, a la que todos consideran excéntrica por su formación europea (y que él conoció de niña). En varios pasajes se pone de manifiesto esa oposición cultural entre Estados Unidos y Europa. El mundo americano es descrito quizás de un modo bastante amable, entrañable, aunque no exento de cierta crítica.
Newland tiene ideas progresistas sobre el matrimonio, considerado como camaradería con la mujer; pero pronto caerá en la misma rutina y convencionalismo que todos los demás. Desprecia a otros personajes masculinos que tienen amantes, y, sin embargo, él desea serlo de Ellen Olenska. La autora incide en la contradicción, haciendo que Newland busque excusas para justificar que lo suyo “es diferente”.
May arrastra a Archer al matrimonio. Parece una mujer simple y convencional, pero al final sabremos que no era tan tonta como daba a entender, y que había actuado “a sus espaldas” para lograr sus fines (la conservación del lazo matrimonial).
Quizás la introducción y la descripción de escenas costumbristas del inicio es demasiado larga. Durante muchas páginas la acción no avanza.
Un punto importante es cuando Newland inicia el acercamiento a Ellen. Ella parece mostrarse receptiva, pero sus encuentros son muy etéreos. Cuando él le pide directamente que sean amantes, ella parece reticente.
La estructura del libro es circular. Se inicia con Newland y Ellen encontrándose en la Opera (Ellen acaba de llegar de Europa, tras fugarse de la casa de su marido, un conde que le da mala vida, y está tramitando el divorcio); y cerca del final hay otra escena similar en la Opera, donde Newland recuerda la primera. Ellen acaba marchándose de nuevo a Europa, pero no con su marido.
Pero la escena más importante es la reunión que celebra May al final para despedir a Ellen. Newland, que no sabía que la condesa tenía pensado irse, ignora qué está ocurriendo. Para el lector también parece una escena trivial. Sólo treinta años más tarde llegaría a enterarse de que su mujer le dijo a Ellen que estaba embarazada, y que eso determinó su marcha, para no interferir. Todo es muy sutil; no se explica, más bien se deja a la imaginación del lector, de modo que son posibles varias interpretaciones.
Ese salto de treinta años al final del libro es lo más interesante del mismo. May ha muerto y él tiene ya hijos mayores. Uno de ellos, se lo lleva de viaje a París donde vive Ellen. Cuando le pide que suba a ver a la mujer, Newland se niega; le pide que suba él primero. Pero pasado un tiempo, el hombre se va a dar una vuelta por París. Se revela que prefiere mantener el recuerdode un amor pasado, que no era sino una ilusión, algo ideal. Ese ideal que lo llevó en los momentos más exacerbados de su pasión amorosa a desear incluso la muerte de su mujer, una fantasía que no llegó a cumplirse hasta mucho después; y como vimos, una vez cumplida, no sirvió para que él satisficiera su sueño.

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