La estación de la calle perdido (China Miéville)

La estación de la calle perdido (China Miéville)
 

Originalmente, esta reseña le otorgaba al libro una recomendación de 3 y medio, que, me parece, no está mal. Sin embargo la reseña data de hace dos años (evidentemente estaba reseñando una edición inglesa), y recalcitrantemente, me he visto obligado a subirle la nota (como si le importara realmente a alguien lo que opine acerca de este libro un idiota como yo), aunque no me desdiga de lo que he dicho hace dos años.
La razón del aumento es fácil: este libro en particular con sus muchas virtudes y (unos cuantos) defectos no ha abandonado mi cabeza desde que lo leí hace ese tiempo. No hay forma de que me lo quite de encima, me ha invadido desde entonces, me descubro pensando en determinado aspecto de la narrativa o en algún truco sucio que usa Miéville para con el lector (especialmente en alguno de los momentos de la historia o algún pedazo de pseudobiología fantástica de lo mas retorcido) con una sonrisa en la boca en los momentos más insospechados a riego de mi salud: como cruzando la calle mientras un conductor decide que voy a ser la siguiente muesca en su volante.
Y un libro así, capaz de colonizar tu cerebro por sorpresa hasta el cuerpo calloso, evidentemente merece una reconsideración. Así que aquí está la reseña original con la nueva puntuación.

SI MIÉVILLE ESCRIBIERA ciencia ficción, posiblemente alguien lo compararía con Jack Vance por dos motivos. El primero es esa extraña facilidad para lo alienígena que ambos tienen. Lo segundo es, por decirlo de alguna manera, el descaro con el que escriben. Pero como Miéville no escribe ciencia ficción, sino algo más bien que podría ser definido como Gran Fantasía Racionalista, se salva de la odiosa analogía y queda campante en su propio rincón de escritor.

La estación de la calle Perdido es una obra de muchas cualidades, algunos defectos y otra cualidad más que elimina algún defecto. Esta es la historia de Isaac Grinembulin, diletante en muchas ciencias y maestro de pocas, pero dotado de una poderosa intuición. Es la historia de una ciudad innegablemente construida con una imaginación poderosa y un par de tópicos al uso, Nueva Crobuzón, una cosmopolita entidad que da cobijo a numerosas criaturas y muchas pequeñas historias. Es la historia oculta de Yagharek, el garuda, hombre-pájaro que contrata a Grimnebulin para que le devuelva el don de volar que perdió (o le fue arrebatado) por un crimen incomprensible para los humanos de Nueva Crobuzón. Es la historia de Lin, la escultora Khepri que es la amante de Isaac Grimnebulin y que acepta un trabajo que se revelará tan arriesgado como las imprevisibles consecuencias del contrato de Isaac con Yagharek. Es también una historia de revueltas ciudadanas, maniobras políticas, investigación y creación, y, sobre todo, la historia de una amenaza que destruirá a los habitantes de Nueva Crobuzón, ya sean malvados, justos o indiferentes, si alguien no hace frente al terrible genio que la curiosidad y el vicio de los hombres ha permitido escapar de su botella.

Nueva Crobuzón es un engendro posmodermo que es parte Londres victoriano (con autómatas a vapor), parte Brazil de Terry William (un sistema totalitario, corrupto y represor), parte Castillo de Otranto (imaginería gótica), parte Gormenghast de Mervyn Peake y parte planeta alienígena. La prosa de Miéville lleva al lector a replantearse continuamente las suposiciones que hace con respecto a la ciudad y sus habitantes, como en el caso de las Khepri, la raza de mujeres con cabeza de escarabajo. Miéville describe detalladamente las sociedades Khepri, pero a un servidor que esto escribe le desconcertaba el extraño lenguaje de signos usado por Lin en su comunicación con Isaac, con descripciones de los órganos con los que Lin señaliza sus mensajes, hasta que caí en la cuenta: Las Khepri no son mujeres con cabeza de escarabajo. Son mujeres cuya cabeza es un escarabajo. Lin hace señales con los apéndices del escarabajo que es su cabeza, antenas, patas, mandíbulas y alas. Lo mismo puede decirse de muchas otras especies que habitan en las páginas de esta novela, como los Garuda (que no son simplemente hombres con alas) o los anfibios Vodyanoids y sus poderes sobre el agua o los mismos seres humanos de Nueva Crobuzón, a los que una cruel ciencia puede Remodelar con partes animales o mecánicas con una inventiva infinita. El talento de Miéville para lo exótico se manifiesta de muchas maneras y contribuye a darle a esta novela una cualidad especial que de no tenerla la convertirían en un producto más para rellenar las estanterías.

La estación de la calle Perdido tiene demasiadas virtudes como obra de imaginación como para tener ese destino. Pero también tiene sus defectos, por supuesto, y algunos de estos defectos lastran la novela impidiendo que se convierta en algo más de lo que es. El principal es que a mitad de la misma ésta pierde impulso porque todas las situaciones se han planteado ya y el destino de los personajes está más o menos claro. Aunque Miéville se reserva una sorpresa o dos, la narración no tiene el mismo ímpetu que el principio, en el que se presentan a los personajes y las relaciones entre ellos, así como las consecuencias directas de sus actos. Actos que luego, por supuesto, deben redimir, pese a que la redención me parece menos interesante a veces que el que los personajes cometan los actos en sí.

La fuerza como escenario de Nueva Crobuzón está en que no es simplemente en ser un refrito de las posibles influencias que cito anteriormente (el steampunk, la distopía y el gótico), sino que por una extraña alquimia funciona más como una especie de bazar de las Mil Y Una Noches, un lugar regido por sus propias leyes y que el lector descubre poco a poco, con sentido de la maravilla. De ahí esa frase descriptiva del carácter de la ciudad al principio de la novela "Nueva Crobuzón es una ciudad a la que no convence la Ley de la Gravedad", preparando al lector para el dispositivo literario que hace que la ciudad en cuestión funcione mejor como personaje de lo que lo hacen los personajes principales de esta novela. A esta novela se le puede acusar de muchas cosas, pero no de no tener un trasfondo cuando menos ambicioso y complejo. Y tampoco es que sólo tenga un buen trasfondo y personajes poco definidos, Miéville tiene unas cuantas ocurrencias que le dan a la narración más sustancia de las que parecen posibles en ese contexto, como, por ejemplo, el intento de contratar a un peculiar "embajador" para que haga frente al problema actual de Nueva Crobuzón, o las inspiraciones monotemáticas de Isaac frente su teoría favorita acerca de cómo funciona el mundo, o la peculiar aparición de una Inteligencia Constructa que aspira a la deidad y su curiosa congregación de máquinas y mecánicos.

En cuanto al descaro al que me refiero al principio, en realidad he usado un eufemismo suave: Miéville tiene, en realidad, un morro que se lo pisa. Y por eso mismo se le perdonan algunas cosas. El ejemplo más claro es la aparición de una entidad, El Tejedor (Weaver) que cumple la función de deus ex machina en la estructura de la novela. En un momento determinado, esta entidad arácnida (y posiblemente más allá de definiciones tontas tales como "locura" o "cordura") rescata al grueso de los baqueteados héroes de Miéville de un asalto de las fuerzas del orden de Nueva Crobuzón (quienes, curiosamente, habían contratado a esa entidad para acabar con la amenaza que se cierna sobre la ciudad). La razón por la que lo hace me desarmó completamente. Más o menos, el Tejedor (siendo una entidad multidimensional y de conducta imprevisible) dice que le ha gustado la historia hasta ahora (o sea, el libro que uno está leyendo hasta esa intervención de esta entidad alienígena) y le gustaría que la historia continuase, así que rescata a los maltrechos héroes y les proporciona una nueva casilla de salida en el juego. Otro gran ejemplo de ese "descaro" es cuando el grupo de héroes a su pesar se ve obligado a contratar los servicios de un grupo de mercenarios. Antes de que el lector pueda terminar de pensar "esto me suena a partida de r…" uno de los personajes se adelanta y afirma que no confía en un grupo de sociópatas como esos que van metiéndose en jaleos varios sólo para conseguir "oro y experiencia".

Ante esto, tuve que reírme y perdonarle el truco.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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ULFILAS (obras diversas)

En el origen de las literaturas germánicas está el obispo de los godos, Ulfilas (Wulfila, Lobezno), que nació en el año 311 y murió hacia 383. Su padre era godo, su madre una cautiva cristiana; además de la lengua gótica, Ulfilas dominaba el latín y el griego. A la edad de treinta años debió cumplir una misión en Constantinopla, donde profesó el arrianismo, doctrina cristiana que niega la generación eterna del Hijo y su consustancialidad con el Padre. Hacia esa fecha fue ungido obispo por Eusebio de Nicodemia, Poco después regresó a su patria e inició, al norte del Danubio, la conversión de los godos. Su tarea misionera fue ardua. El rey Atanarico, fiel a sus antiguas divinidades, ordenó  que un carro con la tosca imagen de Odín recorriera el país; quienes le negaban su adoración eran entregados al fuego. La persecución arreció; en el año 348 Ulfilas atravesó el Danubio con su pueblo, sus rebaños y sus majadas, y los condujo a una retirada región, en la actual Bulgaria. Lejos del tumulto guerrero de sus hermanos, los conversos emprendieron ahí una vida pacífica y pastoril. Dos siglos después, el historiador Jordanes escribiría en la obra

De rebus Geticis: «Otros godos hubo también llamados menores, nación inmensa, cuyo obispo y jefe fue Vúlfilas, que, según es fama, los instruyó en el arte de la escritura; son los que habitan ahora en Eucópolis. Pacíficos y pobres, se establecieron al pie de una montaña, sin otro caudal que el ganado, los campos y los bosques. Sus tierras, abundantes en frutos de toda especie, dan poco trigo, y en lo que se refiere a las viñas, muchos no saben que hay tal cosa en el mundo; sólo se alimentan de leche.»

De sus escritos en idioma griego nada ha quedado, y de los latinos sólo la breve confesión en que reiteró, en la hora de la muerte, su fe: Ego Ulfilas semper sic credidi… La gran obra de Ulfilas fue su traducción visigótica de la Biblia: «Omitió con prudencia -ha observado Gibbon- los cuatro Libros de los Reyes, que hubieran propendido a excitar el sanguinario espíritu de los bárbaros.» Antes de acometer la traducción, hubo de crear el alfabeto en que la escribiría. Los germanos poseían el alfabeto rúnico, que constaba de veintitantos signos, aptos para ser grabados en madera o metal, y vinculados, en la imaginación popular, a las hechicerías paganas. Ulfilas tomó dieciocho letras del alfabeto griego, cinco del rúnico, una del latino otra no se sabe de dónde, que tenía el valor de Q, y fabricó así la escritura que se llamó ulfilana y también maeso-gótica. Largos fragmentos de la

Biblia ulfilana se conservan en el Codex-Argenteus (Códice de Plata), así llamado porque las letras y la encuadernación son de plata. Este manuscrito fue descubierto en Westfalia en el siglo XVI y está ahora en Upsala. Un palimpsesto hallado en la biblioteca de un monasterio italiano ha revelado otros fragmentos de la obra. (Se da el nombre de palimpsesto a los pergaminos cuya escritura ha sido borrada para estampar encima otro texto.) La Biblia górica es el monumento más antiguo de las lenguas germánicas. Ulfilas hubo de superar vastas dificultades; la Biblia, más que un libro, es una literatura; reproducir esa literatura, a veces compleja y abstrusa, en un dialecto de guerreros y de pastores es un trabajo que parecería, a priori, imposible. Ulfilas lo cumplió con decisión, a veces con agudeza. Prodigó, como es natural, barbarismos y neologismos; tuvo que civilizar el idioma. Su lectura nos reserva sorpresas. En el Evangelio de Marcos (VIII, 36) está escrito: «¿Qué aprovechará al hombre, si granjeare todo el mundo y perdiere su alma?» Ulfilas traduce mundo (cosmos, orden en el original) por bella casa. Siglos después, los anglosajones traducirían mundo por woruld (wereald, edad del hombre), que contrapone el tiempo humano a la infinita duración de la divinidad. Los conceptos de cosmos y de mundo eran harto abstractos para los sencillos germanos.

Así, por obra de Ulfilas, remoto precursor de Wyclif y de Lutero, los visigodos fueron el primer pueblo de Europa que dispuso de una Biblia vernácula; Francis Palgrave, para explicar esta prioridad, sugiere que la traducción del texto latino a una lengua romance hubiera corrido el albur de parecer un tosco remedo o una irreverente parodia, dada la similitud entre aquél y éstas.

Antes de la era cristiana, los idiomas germánicos se habían dividido en tres grupos: el oriental, el occidental y el septentrional. El septentrional logró

 

su máxima difusión con la lengua de los vikings, que éstos llevaron a Inglaterra, a Irlanda y a Normandía y que se habló en las costas de América y en las calles de Constantinopla; el occidental dio el idioma alemán, el holandés y el inglés, que han cubierto el planeta; el oriental, que Ulfilas adiestró para un complejo porvenir literario, ha perecido enteramente. No lo salvó el destino imperial de la estirpe; Quevedo y Manrique celebraron las glorias de sus antepasados, los visigodos, pero lo hicieron en español, hijo del latín

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LAS MIL Y UNA NOCHES

Un acontecimiento capital de la historia de las naciones occidentales es el descubrimiento del Oriente. Sería más exacto hablar de una conciencia del Oriente, continua, comparable a la presencia de Persia en la historia griega. Además de esa conciencia del Oriente -algo vasto, inmóvil, magnífico, incomprensible- hay altos momentos y voy a enumerar algunos. Lo que me parece conveniente, si queremos entrar en este tema que yo quiero tanto, que he querido desde la infancia, el tema del Libro de las mil y una noches, o, como se llamó en la versión inglesa -la primera que leí- The Arabian Nights: Noches árabes. No sin misterio también, aunque el título es menos bello que el de Libro de las mil y una noches.

Voy a enumerar algunos hechos: los nueve libros de Herodoto y en ellos la revelación de Egipto, el lejano Egipto. Digo «el lejano» porque el espacio se mide por el tiempo y las navegaciones eran azarosas. Para los griegos, el mundo egipcio era mayor, y lo sentían misterioso.

Examinaremos después las palabras Oriente y Occidente, que no podemos definir y que son verdaderas. Pasa con ellas lo que decía San Agustín que pasa con el tiempo. «¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, lo ignoro». ¿Qué son el Oriente y el Occidente? Si me lo preguntan, lo ignoro. Busquemos una aproximación. Veamos los encuentros, las guerras y las campañas de Alejandro. Alejandro, que conquista la Persia, que conquista la India y que muere finalmente en Babilonia, según se sabe. Fue éste el primer vasto encuentro con el Oriente, un encuentro que afectó tanto a Alejandro, que dejó de ser griego y se hizo parcialmente persa. Los persas, ahora lo han incorporado a su historia. A Alejandro, que dormía con la

Ilíada y con la espada debajo de la almohada. Volveremos a él más adelante, pero ya que mencionamos el nombre de Alejandro, quiero referirles una leyenda que, bien lo sé, será de interés para ustedes.

Alejandro no muere en Babilonia a los treinta y tres años. Se aparta de un ejército y vaga por desiertos y selvas y luego ve una claridad. Esa claridad es la de una fogata.

La rodean guerreros de tez amarilla y ojos oblicuos. No lo conocen, lo acogen. Como esencialmente es un soldado, participa de batallas en una geografía del todo ignorada por él. Es un soldado: no le importan las causas y está listo a morir. Pasan los años, él se ha olvidado de tantas cosas y llega un día en que se paga a la tropa y entre las monedas hay una que lo inquieta. La tiene en la palma de la mano y dice: «Eres un hombre viejo; esta es la medalla que hice acuñar para la victoria de Arbela cuando yo era Alejandro de Macedonia.» Recobra en ese momento su pasado y vuelve a ser un mercenario tártaro o chino o lo que fuere.

Esta memorable invención pertenece al poeta inglés Robert Graves. A Alejandro le había sido predicho el dominio del Oriente y el Occidente. En los países del Islam se lo celebra aún bajo el nombre de Alejandro Bicorne, porque dispone de los dos cuernos del Oriente y del Occidente.

Veamos otro ejemplo de ese largo diálogo entre el Oriente y el Occidente, ese diálogo no pocas veces trágico. Pensamos en el joven Virgilio que está palpando una seda estampada, de un país remoto. El país de los chinos, del cual él sólo sabe que es lejano y pacífico, muy numeroso, que abarca los últimos confines del Oriente. Virgilio recordará esa seda en las Geórgicas, esa seda inconsútil, con imágenes de templos, emperadores, ríos, puentes, lagos distintos de los que conocía.

Otra revelación del Oriente es la de aquel libro admirable, la Historia natural de Plinio. Ahí se habla de los chinos y se menciona a Bactriana, Persia, se habla de la India, del rey Poro. Hay un verso de Juvenal, que yo habré leído hará más de cuarenta años y que, de pronto, me viene a la memoria. Para hablar de un lugar lejano, Juvenal dice: «Ultra Aurora et Ganges», «más allá de la aurora y del Ganges». En esas cuatro palabras está el Oriente para nosotros. Quién sabe si Juvenal lo sintió como lo sentimos nosotros. Creo que sí. Siempre el Oriente habrá ejercido fascinación sobre los hombres del Occidente. Prosigamos con la historia y llegaremos a un curioso regalo. Posiblemente no ocurrió nunca. Se trata también de una leyenda. Harun al-Raschid, Aarón el Ortodoxo, envía a su colega Carlomagno un elefante. Acaso era imposible enviar un elefante desde Bagdad hasta Francia, pero eso no importa. Nada nos cuesta creer en ese elefante. Ese elefante es un monstruo. Recordemos que la palabra monstruo no significa algo horrible. Lope de Vega fue llamado «Monstruo de la Naturaleza» por Cervantes. Ese elefante tiene que haber sido algo muy extraño para los francos y para el rey germánico Carlomagno. (Es triste pensar que Carlomagno no pudo haber leído la

Chanson de Roland, ya que hablaría algún dialecto germánico.)

Le envían un elefante y esa palabra, «elefante», nos recuerda que Roland hace sonar el «olifán», la trompeta de marfil que se llamó así, precisamente, porque procede del colmillo del elefante. Y ya que estamos hablando de etimologías, recordemos que la palabra española «alfil» significa «el elefante» en árabe y tiene el mismo origen que «marfil». En piezas de ajedrez orientales yo he visto un elefante con un castillo y un hombrecito. Esa pieza no era la torre, como podría pensarse por el castillo, sino el alfil, el elefante.

En las Cruzadas los guerreros vuelven y traen memorias: traen memorias de leones, por ejemplo. Tenemos el famoso cruzado Richard the Lion-Hearted, Ricardo Corazón de León. El león que ingresa en la heráldica es un animal del Oriente. Esta lista no puede ser infinita, pero recordemos a Marco Polo, cuyo libro es una revelación del Oriente (durante mucho tiempo fue la mayor revelación), aquel libro que dictó a un compañero de cárcel, después de una batalla en que los venecianos fueron vencidos por los genoveses. Ahí está la historia del Oriente y ahí precisamente se habla de Kublai Khan, que reaparecerá en cierto poema de Coleridge.

En el siglo quince se recogen en Alejandría, la ciudad de Alejandro Bicorne, una serie de fábulas. Esas fábulas tienen una historia extraña, según se supone. Fueron habladas al principio en la India, luego en Persia, luego en el

 

Asia Menor y, finalmente, ya escritas en árabe, se compilan en El Cairo. Es el Libro de las mil y una noches.

Quiero detenerme en el título. Es uno de los más hermosos del mundo, tan hermoso, creo, como aquel otro que cité la otra vez, y tan distinto: Un experimento con el tiempo. En éste hay otra belleza. Creo que reside en el hecho de que para nosotros la palabra «mil» sea casi sinónima de «infinito». Decir mil noches es decir infinitas noches, las muchas noches, las innumerables noches. Decir «mil y una noches» es agregar una al infinito. Recordemos una curiosa expresión inglesa. A veces, en vez de decir «para siempre»,

for ever, se dice for ever and a day, «para siempre y un día». Se agrega un día a la palabra «siempre». Lo cual recuerda el epigrama de Heine a una mujer: «Te amaré eternamente y aún después». La idea de infinito es consustancial con Las mil y una noches.

En 1704 se publica la primera versión europea, el primero de los seis volúmenes del orientalista francés Antoine Galland. Con el movimiento romántico, el Oriente entra plenamente en la conciencia de Europa. Básteme mencionar dos nombres, dos altos nombres. El de Byron, más alto por su imagen que por su obra, y el de Hugo, alto de todos modos. Vienen otras versiones y ocurre luego otra revelación del Oriente: es la operada hacia mil ochocientos noventa y tantos por Kipling: «Si has oído el llamado del Oriente, ya no oirás otra cosa».

Volvamos al momento en que se traducen por primera vez Las mil y una noches. Es un acontecimiento capital para todas las literaturas de Europa. Estamos en 1704, en Francia. Esa Francia es la del Gran Siglo, es la Francia en que la literatura está legislada por Boileau, quien muere en 1711 y no sospecha que toda su retórica ya está siendo amenazada por esa espléndida invasión oriental.

Pensemos en la retórica de Boileau, hecha de precauciones, de prohibiciones, pensemos en el culto de la razón, pensemos en aquella hermosa frase de Fenelon: «De las operaciones del espíritu, la menos frecuente es la razón.» Pues bien, Boileau quiere fundar la poesía en la razón.

Estamos conversando en un ilustre dialecto del latín que se llama lengua castellana y ello es también un episodio de esa nostalgia, de ese comercio amoroso y a veces belicoso del Oriente y del Occidente, ya que América fue descubierta por el deseo de llegar a las Indias. Llamamos indios a la gente de Moctezuma, de Atahualpa, de Catriel, precisamente por ese error, porque los españoles creyeron haber llegado a las Indias. Esta mínima conferencia mía también es parte de ese diálogo del Oriente y del Occidente. En cuanto a la palabra Occidente, sabemos el origen que tiene, pero ello no importa. Cabría decir que la cultura occidental es impura en el sentido de que sólo es a medias occidental. Hay dos naciones esenciales para nuestra cultura. Esas dos naciones son Grecia (ya que Roma es una extensión helenística) e Israel, un país oriental. Ambas se juntan en la que llamamos cultura occidental. Al hablar de las revelaciones del Oriente, debía haber recordado esa revelación continua que es la Sagrada Escritura. El hecho es recíproco, ya que el Occidente influye en el Oriente. Hay un libro de un escritor francés que se titula

El descubrimiento de Europa por los chinos y es un hecho real, que tiene que haber ocurrido también. El Oriente es el lugar en que sale el sol. Hay una hermosa palabra alemana que quiero recordar: Morgenland -para el Oriente-, «tierra de la mañana». Para el Occidente, Abendland, «tierra de la tarde». Ustedes recordarán Der Untergang des Abendlandes de Spengler, es decir, «la ida hacia abajo de la tierra de la tarde», o, como se traduce de un modo más prosaico, La decadencia de Occidente. Creo que no debemos renunciar a la palabra Oriente, una palabra tan hermosa, ya

 

que en ella está, por una feliz casualidad, el oro. En la palabra Oriente sentimos la palabra oro, ya que cuando amanece se ve el cielo de oro. Vuelvo a recordar el verso ilustre de Dante, «Dolce color d\’oriental zaffiro». Es que la palabra oriental tiene los dos sentidos: el zafiro oriental, el que procede del Oriente, y es también el oro de la mañana, el oro de aquella primera mañana en el Purgatorio.

¿Qué es el Oriente? Si lo definimos de un modo geográfico nos encontramos con algo bastante curioso, y es que parte del Oriente sería el Occidente o lo que para los griegos y romanos fue el Occidente, ya que se entiende que el Norte de Africa es el Oriente. Desde luego, Egipto es el Oriente también, y las tierras de Israel, el Asia Menor y Bactriana, Persia, la India, todos esos países que se extienden más allá y que tienen poco en común entre ellos. Así, por ejemplo, Tartaria, la China, el Japón, todo eso es el Oriente para nosotros. Al decir Oriente creo que todos pensamos, en principio, en el Oriente islámico, por extensión en el Oriente del norte de la India.

Tal es el primer sentido que tiene para nosotros y ello es obra de Las mil y una noches. Hay algo que sentimos como el Oriente, que yo no he sentido en Israel y que he sentido en Granada y en Córdoba. He sentido la presencia del Oriente, y eso no sé si puede definirse; pero no sé si vale la pena definir algo que todos sentimos íntimamente. Las connotaciones de esa palabra se las debemos al Libro de las mil y una noches. Es lo que primero pensamos; sólo después podemos pensar en Marco Polo o en las leyendas del Preste Juan, en aquellos ríos de arena con peces de oro. En primer término pensamos en el Islam. Veamos la historia de ese libro; luego, las traducciones. El origen del libro está oculto. Podríamos pensar en las catedrales malamente llamadas góticas, que son obras de generaciones de hombres. Pero hay una diferencia esencial y es que los artesanos, los artífices de las catedrales, sabían bien lo que hacían. En cambio,

Las mil y una noches surgen de modo misterioso. Son obra de miles de autores y ninguno pensó que estaba edificando un libro ilustre, uno de los libros más ilustres de todas las literaturas, más apreciados en el Occidente que en el Oriente, según me dicen.

Ahora, una noticia curiosa que transcribe el barón de Hammer Purgstall, un orientalista citado con admiración por Lane y por Burton, los dos traductores ingleses más famosos de Las mil y una noches. Habla de ciertos hombres que él llama confabulatores nocturni: hombres de la noche que refieren cuentos, hombres cuya profesión es contar cuentos durante la noche. Cita un antiguo texto persa que informa que el primero que oyó recitar cuentos, que reunió hombres de la noche para contar cuentos que distrajeran su insomnio fue Alejandro de Macedonia. Esos cuentos tienen que haber sido fábulas. Sospecho que el encanto de las fábulas no está en la moraleja. Lo que encantó a Esopo o a los fabulistas hindúes fue imaginar animales que fueran como hombrecitos, con sus comedias y sus tragedias. La idea del propósito moral fue agregada al fin: lo importante era el hecho de que el lobo hablara con el cordero y el buey con el asno o el león con un ruiseñor. Tenemos a Alejandro de Macedonia oyendo cuentos contados por esos anónimos hombres de la noche cuya profesión es referir cuentos, y esto perduró durante mucho tiempo. Lane, en su libro

Account of the Manners and Costums of the modern Egyptians, Modales y costumbres de los actuales egipcios, cuenta que hacia 1850 eran muy comunes los narradores de cuentos en El Cairo. Que había unos cincuenta y que con frecuencia narraban las historias de Las mil y una noches.

Tenemos una serie de cuentos; la serie de la India, donde se forma el núcleo central, según Burton y según Cansinos-Asséns, autor de una admirable versión

 

española, pasa a Persia; en Persia los modifican, los enriquecen y los arabizan; llegan finalmente a Egipto. Esto ocurre a fines del siglo quince. A fines del siglo quince se hace la primera compilación y esa compilación procedía de otra, persa según parece: Hazar afsana, Los mil cuentos.

¿Por qué primero mil y después mil y una? Creo que hay dos razones. Una, supersticiosa (la superstición es importante en este caso), según la cual las cifras pares son de mal agüero. Entonces se buscó una cifra impar y felizmente se agregó «y una». Si hubieran puesto novecientas noventa y nueve noches, sentiríamos que falta una noche; en cambio, así, sentimos que nos dan algo infinito y que nos agregan todavía una yapa, una noche. El texto es leído por el orientalista francés Galland, quien lo traduce. Veamos en qué consiste y de qué modo está el Oriente en ese texto. Está, ante todo, porque al leerlo nos sentimos en un país lejano.

Es sabido que la cronología, que la historia existen; pero son ante todo averiguaciones occidentales. No hay historias de la literatura persa o historias de la filosofía indostánica; tampoco hay historias chinas de la literatura china, porque a la gente no le interesa la sucesión de los hechos. Se piensa que la literatura y la poesía son procesos eternos. Creo que, en lo esencial, tienen razón. Creo, por ejemplo, que el título Libro de las mil y una noches (o, como quiere Burton, Book of the Thousand Nights and a Night, Libro de las mil noches y una noche), sería un hermoso título si lo hubieran inventado esta mañana. Si lo hiciéramos ahora pensaríamos qué lindo título; y es lindo pues no sólo es hermoso (como hermoso es Los crepúsculos del jardín, de Lugones) sino porque da ganas de leer el libro.

Uno tiene ganas de perderse en Las mil y una noches; uno sabe que entrando en ese libro puede olvidarse de su pobre destino humano; uno puede entrar en un mundo, y ese mundo está hecho de unas cuantas figuras arquetípicas y también de individuos. En el título de

Las mil y una noches hay algo muy importante: la sugestión de un libro infinito. Virtualmente lo es. Los árabes dicen que nadie puede leer Las mil y una noches hasta el fin. No por razones de tedio: se siente que el libro es infinito. Tengo en casa los diecisiete volúmenes de la versión de Burton. Sé que nunca los habré leído todos pero sé que ahí están las noches esperándome; que mi vida puede ser desdichada pero ahí estarán los diecisiete volúmenes; ahí estará esa especie de eternidad de Las mil y una noches del Oriente.

¿Y cómo definir al Oriente, no el Oriente real, que no existe? Yo diría que las nociones de Oriente y Occidente son generalizaciones pero que ningún individuo se siente oriental. Supongo que un hombre se siente persa, se siente hindú, se siente malayo, pero no oriental. Del mismo modo, nadie se siente latinoamericano: nos sentimos argentinos, chilenos, orientales (uruguayos). No importa, el concepto no existe. ¿Cuál es su base? Es ante todo la de un mundo de extremos en el cual las personas son o muy desdichadas o muy felices, muy ricas o muy pobres. Un mundo de reyes, de reyes que no tienen por qué explicar lo que hacen. De reyes que son, digamos, irresponsables como dioses.

Hay, además, la noción de tesoros escondidos. Cualquier hombre puede descubrirlos. Y la noción de la magia, muy importante. ¿Qué es la magia? La magia es una causalidad distinta. Es suponer que, además de las relaciones causales que conocemos, hay otra relación causal. Esa relación puede deberse a accidentes, a un anillo, a una lámpara. Frotamos un anillo, una lámpara, y aparece el genio. Ese genio es un esclavo que también es omnipotente, que juntará nuestra voluntad. Puede ocurrir en cualquier momento.

Recordemos la historia del pescador y del genio. El pescador tiene cuatro hijos, es pobre. Todas las mañanas echa su red al borde de un mar. Ya la

 

expresión un mar es una expresión mágica, que nos sitúa en un mundo de geografía indefinida. El pescador no se acerca al mar, se acerca a un mar y arroja su red. Una mañana la arroja y la saca tres veces: saca un asno muerto, saca cacharros rotos, saca en fin, cosas inútiles. La arroja por cuarta vez (cada vez recita un poema) y la red está muy pesada. Espera que esté llena de peces y lo que saca es una jarra de cobre amarillo, sellado con el sello de Solimán (Salomón). Abre la jarra y sale un humo espeso. Piensa que podrá vender la jarra a los quincalleros, pero el humo llega hasta el cielo, se condensa y toma la figura de un genio.

¿Qué son esos genios? Pertenecen a una creación preadamita, anterior a Adán, inferior a los hombres, pero pueden ser gigantescos. Según los musulmanes, habitan todo el espacio y son invisibles e impalpables.

El genio dice: «Alabado sea Dios y Salomón su Apóstol.» El pescador le pregunta por qué habla de Salomón, que murió hace tanto tiempo: ahora su apóstol es Mahoma. Le pregunta, también, por qué estaba encerrado en la jarra. El otro le dice que fue uno de los genios que se rebelaron contra Solimán y que Solimán lo encerró en la jarra, la selló y la tiró al fondo del mar. Pasaron cuatrocientos años y el genio juró que a quien lo liberase le daría todo el oro del mundo, pero nada ocurrió. Juró que a quien lo liberase le enseñaría el canto de los pájaros. Pasan los siglos y las promesas se multiplican. Al fin llega un momento en el que jura que dará muerte a quien lo libere. «Ahora tengo que cumplir mi juramento. Prepárate a morir, ¡oh mi salvador!» Ese rasgo de ira hace extrañamente humano al genio y quizá querible.

El pescador está aterrado; finge descreer de la historia y dice: «Lo que me has contado no es cierto. ¿Cómo tú, cuya cabeza toca el cielo y cuyos pies tocan la tierra, puedes haber cabido en este pequeño recipiente?» El genio contesta: «Hombre de poca fe, vas a ver». Se reduce, entra en la jarra y el pescador la cierra y lo amenaza.

La historia sigue y llega un momento en que el protagonista no es un pescador sino un rey, luego el rey de la Islas Negras y al fin todo se junta. El hecho es típico de Las mil y una noches. Podemos pensar en aquellas esferas chinas donde hay otras esferas o en las muñecas rusas. Algo parecido encontramos en el Quijote, pero no llevado al extremo de Las mil y una noches. Además todo esto está dentro de un vasto relato central que ustedes conocen: el del sultán que ha sido engañado por su mujer y que para evitar que el engaño se repita resuelve desposarse cada noche y hacer matar a la mujer a la mañana siguiente. Hasta que Shahrazada resuelve salvar a las otras y lo va reteniendo con cuentos que quedan inconclusos. Sobre los dos pasan mil y una noches y ella le muestra un hijo.

Con cuentos que están dentro de cuentos se produce un efecto curioso, casi infinito, con una suerte de vértigo. Esto ha sido imitado por escritores muy posteriores. Así, los libros de Alicia de Lewis Carroll, o la novela Sylvie and Bruno, donde hay sueños adentro de sueños que se ramifican y multiplican. El tema de los sueños es uno de los preferidos de

Las mil y una noches. Admirable es la historia de los dos que soñaron. Un habitante de El Cairo sueña que una voz le ordena en sueños que vaya a la ciudad de Isfaján, en Persia, donde lo aguarda un tesoro. Afronta el largo y peligroso viaje y en Isfaján, agotado, se tiende en el patio de una mezquita a descansar. Sin saberlo, está entre ladrones. Los arrestan a todos y el cadí le pregunta por qué ha llegado hasta la ciudad. El egipcio se lo cuenta. El cadí se ríe hasta mostrar las muelas y le dice: «Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en El Cairo en cuyo fondo hay un jardín y en el jardín un reloj de sol y luego una fuente y una higuera y bajo la fuente está un tesoro. Jamás he dado el menor crédito a esa mentira. Que no te vuelva a ver por Isfaján. Toma esta

 

moneda y vete.» El otro se vuelve a El Cairo: ha reconocido en el sueño del cadí su propia casa. Cava bajo la fuente y encuentra el tesoro.

En Las mil y una noches hay ecos del Occidente. Nos encontramos con las aventuras de Ulises, salvo que Ulises se llama Simbad el Marino. Las aventuras son a veces las mismas (ahí está Polifemo). Para erigir el palacio de Las mil y una noches se han necesitado generaciones de hombres y esos hombres son nuestros bienhechores, ya que nos han legado ese libro inagotable, ese libro capaz de tantas metamorfosis. Digo tantas metamorfosis porque el primer texto, el de Galland, es bastante sencillo y es quizá el de mayor encanto de todos, el que no exige ningún esfuerzo del lector; sin ese primer texto, como muy bien dice el capitán Burton, no se hubieran cumplido las versiones ulteriores. Galland, pues, publica el primer volumen en 1704. Se produce una suerte de escándalo, pero al mismo tiempo de encanto para la razonable Francia de Luis XIV. Cuando se habla del movimiento romántico se piensa en fechas muy posteriores. Podríamos decir que el movimiento romántico empieza en aquel instante en que alguien, en Normandía o en París, lee Las mil y una noches. Está saliendo del mundo legislado por Boileau, está entrando en el mundo de la libertad romántica.

Vendrán luego otros hechos. El descubrimiento francés de la novela picaresca por Lessage; las baladas escocesas e inglesas publicadas por Percy hacia 1750. Y, hacia 1798, el movimiento romántico empieza en Inglaterra con Coleridge, que sueña con Kublai Khan, el protector de Marco Polo. Vemos así lo admirable que es el mundo y lo entreveradas que están las cosas.

Vienen las otras traducciones. La de Lane está acompañada por una enciclopedia de las costumbres de los musulmanes. La traducción antropológica y obscena de Burton está redactada en un curioso inglés parcialmente del siglo catorce, un inglés lleno de arcaísmos y neologismos, un inglés no desposeído de belleza pero que a veces es de difícil lectura. Luego la versión licenciosa, en ambos sentidos de la palabra, del doctor Mardrus, y una versión alemana literal pero sin ningún encanto literario, de Littmann. Ahora, felizmente, tenemos la versión castellana de quien fue mi maestro, Rafael Cansinos-Asséns. El libro ha sido publicado en México; es, quizá, la mejor de todas las versiones; también está acompañada de notas.

Hay un cuento que es el más famoso de Las mil y una noches y que no se lo halla en las versiones originales. Es la historia de Aladino y la lámpara maravillosa. Aparece en la versión de Galland y Burton buscó en vano el texto árabe o persa. Hubo quien sospechó que Galland había falsificado la narración. Creo que la palabra «falsificar» es injusta y maligna. Galland tenía tanto derecho a inventar un cuento como lo tenían aquellos confabulatores nocturni. ¿Por qué no suponer que después de haber traducido tantos cuentos, quiso inventar uno y lo hizo? La historia no queda detenida en el cuento de Galland. En su autobiografía De Quincey dice que para él había en Las mil y una noches un cuento superior a los demás y que ese cuento, incomparablemente superior, era la historia de Aladino. Habla del mago del Magreb que llega a la China porque sabe que ahí está la única persona capaz de exhumar la lámpara maravillosa. Galland nos dice que el mago era un astrólogo y que los astros le revelaron que tenía que ir a China en busca del muchacho. De Quincey, que tiene una admirable memoria inventiva, recordaba un hecho del todo distinto. Según él, el mago había aplicado el oído a la tierra y había oído las innumerables pisadas de los hombres. Y había distinguido, entre esas pisadas, las del chico predestinado a exhumar la lámpara. Esto, dice De Quincey que lo llevó a la idea de que el mundo está hecho de correspondencias, está lleno de espejos mágicos y que en las cosas pequeñas está la cifra de las mayores. El hecho de que el mago mogrebí aplicara

 

el oído a la tierra y descifrara los pasos de Aladino no se halla en ninguno de los textos. Es una invención que los sueños o la memoria dieron a De Quincey. Las mil y una noches no han muerto. El infinito tiempo de Las mil y una noches prosigue su camino. A principios del siglo dieciocho se traduce el libro; a principios del diecinueve o fines del dieciocho De Quincey lo recuerda de otro modo. Las noches tendrán otros traductores y cada traductor dará una versión distinta del libro. Casi podríamos hablar de muchos libros titulados Las mil y una noches. Dos en francés, redactados por Galland y Mardrus; tres en inglés, redactados por Burton, Lane y Paine; tres en alemán, redactados por Henning, Littmann y Weil; uno en castellano, de Cansinos-Asséns. Cada uno de esos libros es distinto, porque Las mil y una noches siguen creciendo, o recreándose. En el admirable Stevenson y en sus admirables Nuevas mil y una noches (New Arabian Nights) se retoma el tema del príncipe disfrazado que recorre la ciudad, acompañado de su visir, y a quien le ocurren curiosas aventuras. Pero Stevenson inventó un príncipe, Florizel de Bohemia, su edecán, el coronel Geraldine, y los hizo recorrer Londres. Pero no el Londres real sino un Londres parecido a Bagdad; no al Bagdad de la realidad, sino al Bagdad de Las mil y una noches.

Hay otro autor cuya obra debemos agradecer todos: Chesterton, heredero de Stevenson. El Londres fantástico en el que ocurren las aventuras del padre Brown y del Hombre que fue Jueves no existiría si él no hubiese leído a Stevenson. Y Stevenson no hubiera escrito sus Nuevas mil y una noches si no hubiese leído Las mil y una noches. Las mil y una noches no son algo que ha muerto. Es un libro tan vasto que no es necesario haberlo leído, ya que es parte previa de nuestra memoria y es parte de esta noche también.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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El altar de los muertos (Henry James)

A pesar de lo sugerente de su título, se trtata de una novela blanda y floja, en la que el autor no hace gala de las virudes con que nos entusiasma en otras ocasiones.

El altar de los muertos es un relato en el que el protagonista alqiuila una capilla en una iglesia para dedicar un pequeño altar a las personas que pasaron pro su vida y que han ido muriendo. Su vida, poco a poco, se ha visto marcada por esas despedidas, como si la muerte estuviese pendiente de él para modifiicar su existencia continuamente.

A partir de áquí sucederán algunos hechos aparentememnte misteriosos que pueden serlo o no.
Lo que en principio puede parecer una novela gótica se convierte casi en una novela rosa, con pequeñas inconveniencias sociales y roces por el estilo, como ei el autor hubiese desechado una idea incial y quisiera reaprovechar el material para algo completamente distinto.

Se lee en una hora, así que si alguien queire juzgar por sí mismo no arriesgará demasiado.

www.javier-perez.es

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Chicas muertas ( Richard Calder)

 

Mucha ficción especulativa, buenas dosis de una imaginación desbordante, unas gotitas de novela gótica y una pizca de ciberpunk. Éstos son los ingredientes que Richard Calder utiliza para elaborar lo que, en última instancia, viene a ser una historia de amor: la de Primavera Bovinski, una «chica muerta» o «muñeca» (nombre que reciben las adolescentes afectadas por una enfermedad que las convierte en una especie de vampiras modernas, mitad humanas y mitad robots) y su compañero de escuela Ignatz Zwakh.

La ópera prima de Richard Calder (escrita en 1992) está ambientada en un sombrío siglo XXI en el que la televisión emite ejecuciones en directo, la industria del ocio (con la prostitución como negocio más boyante) ofrece a su clientela todo tipo de atroces servicios y Londres se ha convertido en un ghetto sitiado del que nadie puede salir para evitar la propagación de la plaga de las «chicas muertas». Los dos protagonistas de la novela consiguen burlar esta vigilancia, abandonar Gran Bretaña y llegar a Tailandia, donde son contratados como asesinos a sueldo. Pero escapar de esta nueva vida, sin embargo, les resultará aún más complicado que su huida de Inglaterra.

Impactante y poco convencional (aunque, posiblemente, menos polémica y escandalosa de lo que pretende), Chicas muertas atrapa al lector con un ritmo narrativo que se mantiene en todo momento (Calder utiliza con habilidad el flash-back y, a pesar de que la novela está contada con continuos saltos hacia adelante y atrás en el tiempo, no cae en el fárrago ni en la confusión), un estilo literario eficaz y tan elegante que en ocasiones roza lo poético y con sutiles toques de humor. (En las frecuentes alusiones a sepulturas, vampiresas y chicas pálidas con labios de color rojo sangre hay, sospecho, más de amable ironía hacia la estética siniestra que de homenaje a la novela gótica.) La fuerza de sus protagonistas (especialmente Iggy, el narrador de la historia) es otro de los puntos fuertes del libro: tienen unas personalidades tan realistas, creíbles y complejas que resulta imposible no reflexionar sobre sus verdaderas motivaciones. Por ejemplo, ¿es amor o simple adicción lo que siente Iggy por Primavera? Y ¿hasta qué punto es cierto que la metamorfosis de Primavera en «muñeca» la ha privado de su capacidad de amar?

Pese a sus muchas virtudes, un talón de Aquiles impide que Chicas muertas resulte una novela sobresaliente: sus excesos. Porque si la imaginación es imprescindible para que una obra de ficción funcione, una sobredosis de elementos fantásticos dificulta al lector la inmersión en la novela, y esto es lo que ocurre en algunos momentos del libro. Ciertas situaciones son tan delirantes y oníricas, tan de Alicia en el País de las Maravillas, que una llega a temer que Calder acabe zanjando la situación con un «todo había sido un sueño». Lo que, afortunadamente, no llega a suceder: un final bien resuelto remata satisfactoriamente una novela que, pese a sus altibajos, rompe esquemas y resulta difícil de olvidar.

Adofina garcía en www.gigamesh.com

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