El Salón de Ámbar, de Matilde Asensi

Un grupo internacional de ladrones de arte busca el mítico Salón de Ámbar robado por los nazis y en paradero desconocido desde la II Guerra Mundial…
¡¡Qué haríamos sin los nazis para comerse estos marroones!!

Comentario

Ni siquiera me atrevo a calificar "esto" como novela. Se trata de un cúmulo de despropósitos y de mala escritura como no leía desde "Peña Laja" del ex-ministro Pimentel. Es que no hay nada, absolutamente nada salvable en el libro. Los personajes son infantiles y sin personalidad, incoherentes; la trama insostenible y llena de agujeros por todas partes; la historia de amor sosa, ñoña y aburrida; el final, chapuza total.

El grupo de Ajedrez que se dedica a robar y falsificar obras de arte más parece un grupo de juego de Rol que un equipo auténtico de ladrones. Se reunen en un chat para organizar sus golpes, cosa que Asensi se encarga bien de recalcar, contándonos con pelos y señales como se conectan, las claves en chino mandarín que usan, las vueltas que dan para llegar a la sala, pasando por Pernambuco y la Cochinchina. Y no se conforma con decirlo una vez, no; cada vez que van al chat, dale con el rollazo ese. Hasta nos explica, por si no lo sabemos lo que es el IRC.

"Así que a las cuatro menos cinco estaba sentada de nuevo frente al ordenador, con otra taza de café junto al teclado y un cigarrillo nervioso entre los dedos, conectando con mi servidor de Internet y cargando el programa para acceder al IRC. Una vez que el servidor me dio paso, entré en la red a través de Noruega, por Undernet-Oslo, y redireccioné por Toronto, Canadá., y luego por Auckland, Nueva Zelanda, cambiando de identificación para eludir posibles rastreos. Convenientemente camuflada, solicité una lista de canales abiertos y, en la interminable serie de nombres que aparecieron en mi pantalla por orden alfabético, encontré #Chess con facilidad. Pinchando dos veces sobre él con el botón izquierdo del ratón, entré en una sala blanca y vacía, en el centro de la cual un recuadro parpadeante me pedía la contraseña de acceso (el pass-word o pass). Tecleé «Golem», pulsé intro, y la imagen cambió: la sala blanca y vacía se llenó de líneas de colores que ascendían por mi pantalla con mensajes de bienvenida en los seis idiomas de los integrantes del Grupo de Ajedrez: "

"A la hora convenida, envuelta en el albornoz y secándome el pelo con la toalla, ocupé de nuevo el sillón y me conecté al IRC. El servidor me dio paso a la primera (me costaba una fortuna al año la dichosa conexión) y, como siempre, entré en Undernet dando una pequeña vuelta por el mundo y cam biando continuamente de identificación. Aquel día utilicé un redireccionador que pasaba por Pensacola y Singapur, y llegué a #Chess con mis falsos datos en alfabeto mandarín. Tuve que cambiar la configuración del programa para poder escribir «Govinda» en alfabeto latino sin bloquear el ordenador." Sí, como siempre, tú lo has dicho.

Cada uno de los miembros del club lleva el nombre de una pieza del juego de ajedrez en su propio idioma (Peón, Roi, läufer, Rook, Donna, Cavallo…) aunque si lo analizamos bien esto no tiene ningún significado dentro de la novela y algunos de ellos ni intervienen en la trama. Como es lógico todos son expertos en un campo: Läufer es el superhacker que te manda un troyano un día y ya te controla el ordenador, entra en los sistemas de empresas e instituciones oficiales como quien abre una lata de sardinas (pero en menos tiempo) y escribe en los chats con mayúsculas (demostración de que es graciosísimo y tiene una acusada personalidad); Roi es el príncipe francés amigo de la familia de la protagonista y su protector (o sea, que tiene todas las papeletas para ser el "malo" como luego se demuestra), que les ordena las misiones, el jefe; Peón es la protagonista, la Lara Croft española que embutida en su traje negro y ajustado entra en un castillo al estilo Misión imposible mientras sus hormonas se agitan por el amor de Cavallo, el portugués (guapo y maravilloso, según descripción de Asensi, profunda como siempre al caracterizar a sus personajes), y así sucesivamente.

("Láufer -o Heinz- era la simbiosis perfecta de dos naturalezas contrapuestas, como si existieran dos hombres distintos dentro de él: uno, cercano a los cuarenta años, apuesto, encantador, responsable e inteligente, y otro, en plena adolescencia, gamberro, temerario y petrificado en una suerte de eterna y falsa juventud, con su greñuda melena rubia, su cazadora de cuero negro, sus deportivas asistencia, viejas y sus vaqueros gastados. Hacía ostentación de riqueza en las cosas exteriores (el Mercedes-Benz, el móvil Iridium, el increíble ramo de flores que me entregó cuando descendí del avión, etc.), pero luego exhibía una profunda campechanía en sus gustos personales:"

Bueno, digo yo que siempre se hace ostentación de riqueza con cosas "exteriores".Y supongo yo que los Mercedes también entrarán en los "gustos personales")

Asensi debe de tener algún tipo de trauma con las monjas/monjes y el estamento eclesial en general, ya que es rara la novela en la que no mencione algún personaje relacionado con la Iglesia. En este la vemos rizar el rizo. La protagonista, la Lara Croft bobalicona, tiene una tía que se metió a monja y le tiene alquilada una celda del convento para que allí deposite el producto de sus robos. Real como la vida misma, Asensi añade que la monja encima la chantajea y le saca el dinero ("aquella arpía había estado extorsionando a mi padre durante años y ahora me extorsionaba sin piedad a mí"). Por Dios, esta escritora no tiene sentido común. ¿Qué grupo de robo internacional iba a permitir eso? Lo lógico sería pensar que buscarían un lugar mucho más seguro, con gente de confianza, no con alguien que te chantajea. En fin, da igual, solo es un best seller, ya sabemos que eso al lector no le importa.

Pues nada, que Roi les encarga robar un cuadro en un castillo alemán, lleno de obras de arte, muy mono todo rodeado de agua, al que se accede por un puente de diez metros, y que está protegido por dos feroces rottweileres, y para allá que se va Lara, después, eso sí, de tomar unas copitas con el Laufer ese.

"Era impresionante. Toda una fortaleza medieval construida sobre un islote cercano a la ribera, unido a ésta por un largo puente que yo iba a atravesar velozmente al cabo de un minuto. Láufer apagó los faros y, a oscuras, aparcó elcoche tras unos árboles cercanos que lo ocultaban completamente de la carretera. Mi atemorizado compañero, poco habituado a este tipo de correrías nocturnas, me ayudó a sacar el pequeño equipaje del maletero y se quedó inmóvil, contemplándome, mientras yo llevaba a cabo los rápidos y habituales preparativos: me quité la chaqueta y la blusa, y luego los pantalones, quedándome sólo con una ajustada prenda de malla, ligera y flexible, sobre la que me puse un traje isotérmico de color negro como los que utilizan los marineros para mantener el calor del cuerpo en caso de naufragio en aguas frías. El traje, ceñido como una segunda piel, aunque extraordinariamente cómodo, me cubría todo el cuerpo, excepto las manos y la cabeza.
-Nunca me hubiera imaginado… -susurró entonces Láufer desde la oscuridad-. ¿Esto lo haces siempre, Ana? Quiero decir… ¿siempre te vistes igual y todo eso?
-Siempre -le respondí, recogiéndome cuidadosamente el pelo con un apretado gorro de goma negra-. El traje no sólo me protege del frío exterior sino que impide que el calor de mi cuerpo dispare los sensores de infrarrojos. Las personas emitimos una radiación térmica equivalente a la de una bombilla incandescente de unos quinientos vatios, ¿lo sabías? Si el cinturón de sensores de la muralla detecta cualquier emisión de calor en las almenas, las alarmas se dispararán y tú y yo acabaremos pa-sando la noche en la cárcel.
-Tu traje me parece precioso, Ana, de veras. No te lo quites."

En menos de cinco páginas ya está el cuadro robadito y en la celda de la monja. Esto es efectividad y lo demás son bromas.
Pero hete aquí que la superinteligente Lara descubre que hay otro lienzo pegado al primero. Oh, sorpresa, que hay tres palabras raras en él: El Salón de Ambar está en cierto edificio de Weimar. Vale, con estas explicaciones tan detalladas ya se puede organizar una operación para recuperar el tesoro. Läufer ha averiguado que los nazis robaron muchas obras de arte cuando la guerra, entre ellas El Salón Ambar, así que tiene que estar allí, en Weimar, en un sistema de galerías que un ingeniero ya había descubierto durante unas obras, pero sin que se tomara la molestia de investigar un poco

"BUENO, PUES ESTE HOMBRE HABÍA BAJADO A LAS CANALIZACIONES SITUADAS BAJO EL ANTIGUO GAUFORUM POR UN PROBLEMA EN EL SUMINISTRO DE AGUA DE LA CIUDAD Y SE ENCONTRÓ CON UN AUTÉNTICO LABERINTO DE GALERÍAS: MUROS DOBLES, PASILLOS TAPIADOS, TUBOS DE DISTRIBUCIÓN SIN PRINCIPIO NI FIN, PLANCHAS METÁLICAS DE PROTECCIÓN, HUECOS ABSURDOS, TECHOS FALSOS… RECORRER AQUEL DÉDALO LE LLEVÓ VARIOS DÍAS Y QUEDÓ CONVENCIDO DE QUE NO HABÍA PODIDO EXAMINARLO TODO. ESTE INGENIERO MENCIONABA DE PASADA EN SU INFORME QUE AQUELLAS GALERÍAS HABÍAN SIDO CONSTRUIDAS DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL…".

Como Roi tiene 75 años y según él es demasiado viejo para esa expedición, Lara y el Cavallo se apuntan a la fiesta. Naturalmente, el portugués es incluido en este tomate para que la prota dé rienda suelta a su romanticismo exacerbado y adolescente (aunque es una treintañera, ejem). Asensi nos regala decenas de páginas de escenas inanes, sosas y estúpidas entre el Peón y el Caballo, que sonrojan cuando no hacen reír. Además, él tiene una hija supercerebrito que en un solo día te baja de internet todos los planos de la ciudad de Weimar, te los organiza y te hace un programa complejísmo, solo para ayudar a papá en sus latrocinios. En este punto ya no sabes si reír o llorar. Aunque comparando con los pensamientos de la protagonista sobre su guapísimo novio… No sé, casi me dan arcadas de recordarlo. Así que dejémoslo ahí.

Pues Peón y Caballo llegan a Weimar y ven una alcantarilla. Venga, esa misma, que es la que está más cerca del edificio. Y menos mal que venimos preparados con ordenadores, móviles, comida para no se cuantos días, y trajes especiales, que si no… porque vagando por los tunelitos se tiran doce días, los muy lerdos, hasta que la niña supercerebrito con la que se comunican por el portátil les dice que hay una galería en forma de cruz gamada (–«Como tengo mucho tiempo libre he escrito un programa para seguir vuestra ruta y saber dónde estáis…»). Si no llega a ser por la niña ahí se nos hacen asistencia, viejos y procrean.

"-¿Qué hacemos aquí? -me preguntó en un susurro.
-Buscamos un Salón de Ámbar robado por los nazis, ¿te acuerdas?
-De lo único que me acuerdo es de las veces que hemos hecho el amor.
Reí quedamente.
-Es un buen pensamiento-observé-. ¡Prepárate para cuando salgamos de aquí! Voy a terminar contigo."

Encuentran todo un complejo subterráneo y el tesoro nazi, cientos de cuadros, etc, y por fin el famoso salón ambar. Nuestro gozo en un pozo. Cuando estamos alucinando con la pésima manera de narrar y describir de Asensi, llega Roi con el tipo que el encargó el robo del cuadro. Y eso que no estaba para excursiones, pues parece que les ha ido siguiendo, porque allí que está tan campante. De pronto, el viejecito tan amable, tan bueno, y tan amigo de la familia se quiere cargar a Peón, solo por dinero. Digo yo que podría haberse ahorrado este complejísimo dilema moral si en lugar de mandarla a ella a las galerías, hubiera ido por su cuenta o contratado a otras personas ajenas al grupo. Ah, pero Läufer, que es tan listo, también le ha ido siguiendo a él, así que los salva in extremis. Fin.

Sí, el final es chapuza total, no hay por donde cogerlo. Es poco más detallado de lo que yo relato. Es la puntilla de un texto flojísimo a todos los niveles, cuyas características principales son el infantilismo y la ingenuidad. Asensi abusa de las referencias a las nuevas tecnologías, que se ve que le fascinan, porque hasta lo más cotidiano (IRC, jpeg) le sorprende y lo explica como si fuera lo último de lo último. Mis conocimientos sobre informática son bastante pobres, pero según he leído (si no es correcto, decidmelo) para instalar un troyano en un sistema se necesita la colaboración de la víctima, ya sea al abrir un email o bajar un programa o pinchar en algún sitio. Y eso de hacer programas complejos en un día añadiendo gráficos como planos y mapas lo veo complicadillo. Ya cuesta hacer una web, como para programar algo así en tan poco tiempo.

"-Los mapas y el plano de Weimar. Los bajó anoche de Internet suponiendo que hoy nos harían falta y, por lo visto, ha mejorado la resolución y ha hecho un programita, un pequeño motor de búsqueda, para que nos resulte más fácil localizar nuestra ubicación y la zona que queramos estudiar.
-He reunido los datos de varios tipos de mapas -explicó Amalia con voz firme-, de manera que tenéis una gran cantidad de información disponible pinchando con el ratón ó introduciendo el nombre o parte del nombre de lo que buscáis. Además, te da la mejor ruta para llegar a un punto si le indicas dónde te encuentras. Sonreí y me acerqué a ella."

Sin duda, contar historias de amor no es el fuerte de Asensi. Sus personajes siempre se dan cuenta de repente de que están enamoradas. No se aprecia la evolución de un romance, ni nada. No hay descripciones interiores de los personajes, solo son guapos y maravillosos, pero carentes de atractivo o carisma. ah, ¿que eso no importa? Bueno, pues cómo querais. Nada importa.

"Siempre me gustaba volver a ver a Cávalo. Para mí era uno de esos hombres tranquilos y exquisitamente educados al lado de los cuales puedes sentir que el mundo tiene sentido aunque en realidad no lo tenga. De ojos profundamente oscuros y alegres, alto y deportivo, siempre bien afeitado y bien peinado el espeso cabello gris, José era un hombre muy apetecible que, sin embargo, conforme a las normas del Grupo, no estaba a mi alcance"

"Yo le contemplaba con atención mientras él se esforzaba en explicarme algo razonable y, del mismo modo, también yo me sentía minuciosamente observada cuando me tocaba el turno de hablar. Ambos sonreíamos mucho y se notaba a la legua que estábamos haciendo el tonto de una forma escandalosa. Pero, por suerte, sólo lo habíamos notado él y yo. "

"José tenía los ojos oscuros, de una oscuridad estriada de miel, y pensé, sintiéndolos sobre mí, que eran los ojos más bonitos que había visto en mi vida y que, por despertarme alguna mañana junto a esos ojos, sería capaz de cualquier locura. Me sentía tan atraída por ese hombre que sólo me faltaba un paso para reconocer que estaba enamorada. ¿Estaba enamorada…? ¡Por supuesto! ¿A quién trataba de engañar? Casi se me paró el corazón cuando descubrí mis propios sentimientos mientras sonreía como una tonta y clavaba los dedos sobre el cristal de mi copa. ¡Claro!, pensé, ¡claro que estaba enamorada! Siempre había estado enamorada, pero la distancia, la prohibición de Roi, mi forma de vida…. todo se había confabulado para impedirme reconocer la verdad. Sin embargo, habían bastado unas cuantas horas junto a él en su propio mundo para descorchar la estúpida botella de mis sentimientos. Estúpida, sí, estúpida, porque, ahora ¿qué iba a hacer? Ya no tenía escapatoria."

Algunas reflexiones profundas sobre las matanzas nazis:

"¡Cuatro millones de muertes! Sin contar a los trabajadores forzados, muertos también de enfermedades, accidentes e inanición. Si cada uno de aquellos pobres seres fuera, por ejemplo, una peseta, y pusiéramos cuatro millones de pesetas, en monedas, en una habitación, el volumen sería impresionante. "

Reflexiones sobre la pareja:

"Lo bueno de tener pareja es que, cuando estás enferma, recibes no sólo los cuidados higiénico-sanitarios que cualquier familiar (o cualquier vieja criada pesada y empalagosa) puede proporcionarte, sino los mimos y la ternura que te hacen sentir como una verdadera reina de Saba… "

Laufer está en todo:

"Mi capacidad de sorpresa estaba ya tan alterada que un poco más de emoción no hizo variar el alto nivel de adrenalina que corría por mis venas mientras leía, uno tras otro, los documentos enviados por Láufer (quien, por fortuna, había tenido la delicadeza de pasarlos previamente por el traductor automático de ruso)"

(Y como todos sabemos, los traductores automáticos son tan precisos… ejem)

Podría poner más cosas, pero sería repetir el libro entero.

Lo peor es que sugiere que podría haber más aventuras del inefable grupo. Por suerte, Asensi no ha cumplido con la amenaza de momento.Es obvio que reflexionó. Sus fans ha tenido la suerte de que ha mejorado en cada libro, aunque teniendo en cuenta el bajísimo punto de partida, era difícil empeorar.

En resumen, un libro pésimamente contado y escrito: deprimente.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Desgracia (J. M. Coetzee)

Desgracia
John M. Coetzee
272 págs

Argumento:

David Lurie es un profesor de Universidad con dos divorcios en su haber, que divide su tiempo entre las clases con unos alumnos que son totalmente indiferentes y las satisfacciones momentáneas que le proporciona una prostituta llamada Soraya. Cuando la prostituta abandona el oficio y deja de atenderle, él vuelve los ojos hacia una joven alumna suya, con la que tiene una aventura. Pero la joven lo denuncia ante las autoridades académicas y Lurie, que se niega a aceptar que ha hecho mal públicamente, es despojado de su puesto. Entonces decide ir a vivir con su hija Lucy a una granja en el campo, lejos de Ciudad del Cabo. Y allí sucederá una tragedia.

Comentario:

Se trata de un libro breve en cuanto a extensión pero lleno de contenidos filosóficos expuestos a través de una trama que parece sencilla. Así que resulta muy difícil hacer un comentario sin mencionar ciertos aspectos del argumento.
En él se habla por igual de las relaciones paterno-filiales; de racismo; de machismo; del sentido de la vida; del orgullo; del sentido de la justicia…
Las relaciones de Lurie con su hija son problemáticas. Una tarde ocurrirá un hecho violento que los marcará a ambos. Lucy se cierra en banda y no quiere comentar con él sus sentimientos; Lurie por su parte se siente desconcertado por la reacción de su hija, que debería ser de venganza o al menos de justicia. Le dicen que “no puede entender” lo que le ha pasado a ella, por ser hombre. A raíz de ese suceso Lurie reflexiona sobre la naturaleza de los hombres y sus relaciones con las mujeres. Es curioso. En algunos tramos me ha recordado mucho al Houellebecq de “Las partículas elementales”. Tanto el uno como el otro parecen defender que el hombre (macho) es algo erróneo y que las mujeres estarían mucho mejor solas. Los hombres de ambos son seres dominados por su deseo. El deseo, ese el argumento que utilizará Lurie para defender su relación con la alumna. Sus compañeros le piden un acto hipócrita: no que se arrepienta, sino que diga públicamente que se arrepiente, y él no pasa por el aro.
Las costumbres en el campo son totalmente diferentes a lo que él conoce, también en lo tocante a las “leyes no escritas”. Hay un curioso y perturbador personaje llamado Petrus, intuyo que de raza negra, que incluso tiene dos mujeres y pretende tener una tercera. Es de una gran ambigüedad; logra poner de los nervios al lector. Lurie se enfrenta con usos que lo superan. En algunos momentos, casi no puede reprimir el deseo de acusar de inferiores a los negros, aunque se contiene: es civilizado. Además, se siente cansado y viejo a los 52 años, acabado sería la palabra apropiada. En esto también me ha recordado al autor francés mencionado anteriormente. Pasada cierta edad, el hombre es un “anciano” (así lo califican a él en las noticias cuando hacen alusión al hecho violento sucedido en la granja) que no puede aspirar a cuerpos jóvenes. De hecho, acaba cayendo en brazos de una mujer que incluso le desagrada físicamente. Lurie no gusta de las mujeres que no son atractivas, pero ya no está en condiciones de elegir. Su ex mujer pone el punto de sensatez en su vida, pero él no le hace caso. Después de su experiencia con la hija, que sufre las secuelas del acto violento, se evade de la realidad escribiendo una ópera sobre Byron y sus relaciones con una mujer llamada Teresa. Este aferrarse al arte tiene su contrapunto en la cruel realidad que tiene que vivir, en el trabajo tan triste que realiza en el pueblo, ayudando a una vecina a deshacerse de los perros de una perrera. La vida es algo sin sentido y así se demuestra cuando se niega a dar unos días más de existencia a un perro con el que se ha encariñado.
La prosa es sencilla y por momentos poética, sobre todo cuando describe la ópera sobre Byron. Se lee muy fácil. Lo que más me ha gustado son todas las ideas que plantea de manera muy plástica y visual. Pero me ha parecido que tiene un final un poco abrupto y que te deja con ganas de más información sobre lo que va a ocurrir con los personajes.
En resumen, un libro corto pero lleno de contenido, ideas y bien escrito, con personajes nada convencionales y cuyas vidas te importan.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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La hrermandad de los elegidos (M.C. Mendoza)

En el siglo XVI, el rosacruz y alquimista Basilius Feuerbach escribió el Liber Mundi, tratado esotérico del cual se decía que contenía en sus páginas toda la ciencia del mundo, incluidas las fórmulas para fabricar el elixir de la vida. El deseo de alcanzar el tesoro despertó la avaricia de nobles y reyes, que lo buscaron con afán. El libro fue robado una y otra vez, perdido y vuelto a encontrar. El propio Feuerbach sufrió persecución hasta que desapareció de la faz de la tierra, dejando tras de sí la leyenda de que había alcanzado la inmortalidad y el conocimiento perfecto. Pero, ¿cuál era el secreto que encerraba realmente el Liber Mundi?

Cuando, siglos después, el millonario Guilford Christie compra el libro en una subasta no se imagina qué se enfrenta al reto de su vida: descifrar la clave de un secreto nacido en los albores de la Historia y que puede hacer tambalear sus arraigadas creencias cristianas. Para ello contará con la ayuda del descreído profesor de Iconología e Iconografía Fernando Bances y de la jovial periodista Cristina Lara Valls.

Guilford, Fernando y Cristina se sumergirán en los enigmas de sus láminas e iniciarán un viaje iniciático por varios países en pos del tesoro, en el transcurso del cual se enfrentarán a un pícaro Barón y su ilustrado mayordomo, a un atractivo arquitecto obsesionado con el Liber Mundi y con el mito del Rey Arturo, a un antiguo miembro de las SS, de tortuoso pasado y oscuros propósitos, y a una misteriosa secta que mueve los hilos de la Historia desde la sombra, además de a sus propios miedos y frustraciones.

Una novela en la línea del mejor thriller, llena de aventura, misterio, romance y humor, que nos conducirá por los enclaves mágicos de Europa (el Midí francés, Glastonbury, Oviedo, entre otros), y atrapará al lector hasta el inesperado desenlace, que pone al descubierto las verdaderas raíces de la naturaleza divina y da una vuelta de tuerca al más inspirador de los mitos de Occidente…

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Orgía en Azul Por Eve Gil

Sigo siendo y nunca dejaré de ser una aprendiz con pocos materiales, pero entusiasta. Una mujer curiosa buscando por las esquinas.
L.Z

La poesía de Lina Zerón es producto altamente flamable, que exige un trato delicado. La llamo producto no en sentido comercial sino para describir hasta qué punto es cuerpo y sustancia. Más que palabras impresas son palabras tatuadas en papel de carne. Quizá por ello sus compatriotas mexicanos han optado por mantenerla lejos: la sexualidad femenina asusta, ofende, pone nerviosos a los señores críticos. Paradójicamente, una sociedad tan conservadora como la árabe ha aclamado, mimado y alabado a esta poeta nacida el 30 de octubre de 1959, en la ciudad de México, quizá porque algo en su poesía —la musicalidad, la invocación frutal, su implícito rechazo al sofisticamiento occidental—remite al Medio Oriente. Es Lina oasis en medio de la poesía artificial-institucional, esa especie de sociedad hermética a la que los lectores de alma sencilla no tienen acceso: Lina, poeta de carne y nervios, habla de lo que nos es familiar y cotidiano, y lo hace con el lenguaje de todos los días, el de la cocina, la tele, la cama, la escuela. Es la suya la poesía que todo humano trae en la sangre, aunque a lo largo de su vida luche por purificarse de ella: enamoramiento, placer, dolor, cansancio, maternidad, lactancia, decepción… temas por lo general desdeñados por quienes consideran que la sabiduría no contempla menstruaciones ni besos. Para Lina la poesía es algo tan suyo como las largas, rizadas pestañas que mira en el espejo cada mañana: “De pequeña, a los 8 años mi madre comenzó a darme lecturas, comenzó con las Fábulas de Esopo, yo debía buscar el significado de las palabras que no conociera, luego fue Mujercitas, Hombrecitos, La Edad de la Inocencia, Demian, etc. La poesía es cotidiana en mi casa, mi abuelo escribía, mi madre también escribe, y mi hermano el mayor. En las tertulias de casa, nos enviaban a la cama pero yo no dormía, escuchaba la voz de mi madre declamando, luego me enteré que la mitad de esa poesía era suya, así comenzó mi gusto por la poesía.”
Lina, que empezó escribiendo décimas a la comida cuando tenía ocho años, es adorada también en el Caribe; traducida en alemán y en francés. Ha publicado la mayoría de su obra en el extranjero, concretamente en Cuba, España, Colombia y Francia, a excepción de la serie de tres libros titulados Luna en abril (CIEN Editores, 1997, 98 y 99). Ella misma se encargó de recopilar la poesía publicada en ediciones foráneas en el libro Los colores del tiempo (Linajes editores, 2005), el cual ha ido incrementándose con cada nueva edición. Recuerdo haber adquirido una edición previa a esta, sin conocer todavía a su autora: su escritura me pareció amorosa en el más estricto sentido sabiniano, es decir, que se desgarra muriéndose del gusto. Tras la relectura se fortalecieron mis primeras impresiones, volví a asombrarme de que Lina, poeta del siglo XXI, escribiera como las poetas “de antes”, como la nada fatua Rosalía de Castro, como la trémula Delmira Agustini, expresando, sin embargo, sensaciones y sentimientos que los ingenuos creen extintos cuando en realidad transcurren entre líneas, callados. Lina se desborda por todas sus contemporáneas, sin ningún tipo de pudor, ni moral ni estético. Es el volcán que se deslava en nombre de todas las que, por cobardía o por esnobismo, callamos. Simplemente se sienta a escribir lo que le dictan su corazón o su deseo, lo cual no significa que no respete a la palabra, antes bien, se viste de Palabra, como cuando, mujer-palabra escribe: “María,/ Madre del cielo y de todas las hembras,/ manifiesta tu poder en la Tierra:/ Convierte en rosas las heridas de Tu Hijo,/ no dejes que la cruz que lo sostiene/ se transforme en puñal para salvarnos./” Y a lo anterior agrega nuestra poeta, que hace de los remates inesperados el distintivo máximo de su poesía: “Líbranos de la discriminación de nosotras mismas.” (“Talibán II”, p. 63).
La mayor preocupación de Lina, que pudiera explicar su popularidad allende nuestras fronteras, es la de establecer un vínculo irrompible con el lector. No es que se desviva por ganarse el amor de su lector, simplemente se lo gana y ya. Sus poemas son muy conversacionales, nos involucran íntimamente. De ahí el empleo del lugar común al que ella misma alude en un poema: su empleo no le causa el menor remordimiento, antes bien, lo domestica, lo vuelve su aliado y hasta lo incorpora a manera de chiste, porque para Lina la poesía no es objeto de veneración (quizá por haber crecido con ella como connatural) sino un instrumento para traducir lo que le hierve en el pecho. Y un lugar común reelaborado, desfigurado, revuelto, zarandeado, deja de ser común: “¿Remordimientos yo?/ Qué va/ Si para dormir exhausta/ cuento mis pecados cotidianos/ en vez de borreguitos negros”. La elocuencia en tan escasas palabras logra el efecto avasallador de la carcajada repentina pero también de una conciencia de poder sobre la palabra que otorga la capacidad de convertirnos en signo al reproducirla. Dice Lina: “Escribir poesía es fluir en la vida, es un gozo, una necesidad, un algo cotidiano repleto de magia. Cuando sufro escribo, leo y releo lo escrito y así sano mi alma, es como si fuera al psicoanalista leer lo que he escrito muchas veces hasta que supero ese dolor.”
El lazo afectivo lector/escritor es en gran medida el centro de su hasta ahora única novela publicada, Posdata para Ana (Amarillo Editores, México, 2003), editada originalmente en La Habana, Cuba y luego en México, escrita a cuatro manos con Phil Manzaneque, autor catalán de prosa definitivamente rompedora, donde una escritora de nombre Julia, en la que es posible localizar guiños autobiográficos, incluyendo ojos color miel, revela a su hija su pasión cibernética por un misterioso admirador del que poco a poco iremos conociendo su pensamiento, sus motivos, su biografía. Humberto, como Julia, es poeta, pero a diferencia de ella, que es casada y madre de familia y empieza a zozobrar en la insatisfacción marital, él vaga por el mundo sin tener la certeza de donde lo sorprenderá la noche. No es, de hecho, la única diferencia: él es más retórico que poético; ella es una poeta pura sangre que se defiende de las arremetidas teóricas de aquel. Pero más allá de una poco convencional historia de amor en que los amantes se enamoran no de personas sino de intelectos, Lina expresa a través de Julia su interesante visión del ejercicio poético: “(…) no confundas querido fauve la piedra con las ondas que produce, ni es el mismo material, ni están en el mismo estado, ni tienen nada en común. La relación de la piedra y el agua es una relación física, como lo es la relación del individuo con su entorno y como lo es la del autor con su obra.” (p. 124)
Aunque hay de todo en la poesía de Lina Zerón, hasta política (¡hasta eso!), es el erotismo lo que pesa más. Un erotismo que, como en la vida práctica (por llamarla de algún modo) es rico en matices, desde el orgasmo hasta la vastedad del lecho vacío, y si bien el título habla de colores, es el azul el que predomina desde el sensual derriére de la portada de Los colores del tiempo, el azul que entinta los besos y hasta la nostalgia, centro mismo de la llama: el corazón del fuego palpita azulmente. Lina es mujer azul, color de la alegría, de la obsesión, del océano y de los listones de la infancia. Finalmente no escribe por rebeldía sino por amor (aunque la rebeldía levante de pronto la cabeza); el amor cotidiano, el que duerme en la almohada adjunta, y lo insólito: se declara amor a sí misma, el mayor de los escándalos y las audacias, porque se supone que las mujeres somos obras de arte inacabadas que por consiguiente no podemos gustar de nosotras, más aún, se supone que debemos aborrecer nuestro cuerpo y vivir corrigiendo defectos (o fingir ante la sociedad que los corregimos, da igual)… pero como a Lina le importa un comino lo que los demás esperan de nosotras, le canta a su propia belleza, a su propia madurez y a su propio genio. Como señala el poeta Óscar Wong en su hermoso prólogo al libro que nos ocupa: “Yo la he visto luchar acurrucada en una piedra pugnando por emerger a la hostilidad del mundo, como una oruga ansiosa de metamorfosearse en mariposa (…) ha sabido crear un lenguaje propio de una frescura inigualable.”Pero… ¿es posible escribir poesía erótica y ejercer una crítica socio política al mismo tiempo? En la más pura tradición de Margaret Randall, Fina García Marruz o Gioconda Belli (no es casual que mencione exclusivamente féminas: a ellas se les da mejor esta exótica combinación), Lina Zerón no concibe la separación cuerpo/alma como tampoco que el cuerpo erótico y el cuerpo político tengan que desarrollarse en distintas direcciones, sin coincidir jamás. Su libro Ciudades donde te nombro (Ediciones Unión, Col. Sur, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, El Vedado, Cd. de La Habana, 2006), donde, haciendo justicia al título, recorre el territorio del cuerpo amado asociándolo a una serie de ciudades no nombradas pero reconocibles (y no precisamente por sus lugares comunes); donde más allá del regodeo verbal-visual y la descripción de paisajes o reflejos, la poeta evoca la atmósfera política y sensual y la huella que cada una deja en la memoria de su piel: “En la noche las ánimas crepitan de horror/ en esta ciudad de cenizas esparcidas/ y los retratos familiares desfilan con pancartas/ ¡No mi hija, ni una muerta más!” (p. 46). Lina Zerón es, en este sentido, una poeta tradicional que le canta al amor pero también una poeta con un discurso politizado que no caduco sino de vanguardia. Entre las poetas de su generación es muy difícil encontrar tal conciencia de la situación del mundo y, más difícil aún, que esa conciencia sea dirigida no por una ideología sino por el deseo. Lina se dirige al cuerpo, propio y ajeno, como cualquier otro se dirigiría a la Patria, con una suerte de reverencia erotizada. La voz poética de Ciudades donde te nombro contempla el sexo del amante con la misma franqueza con que contempla la belleza natural de una ciudad, de un litoral. La feminidad y el feminismo se manifiestan sin revestimientos ni complejidades. Por vez única se fusionan en una sola cosa: “En esta ciudad cada minuto muere una canción de cuna/ de una hija que no nacerá/ por el pecado de ser hembra./ La extraerán mil cuchillas del útero de su madre/ y por estirpe podría ser emperador si hombre fuera/ pero es luna, es mar, es loba, es mujer.” (p. 62). En su libro de relatos, Minicrónicas de listón y otros cuentos (Editorial Nido de Cuervos, Colección Nuevas Corónicas, Lima, Perú, 2007), Lina muestra una faceta que no se advierte siquiera en su novela, donde la poeta rebasa a la novelista. En Minicrónicas esto no sucede pues para empezar se da prioridad a la imaginación por encima de los elementos antes enumerados: Mujer estufa. Mujer escoba. Mujer plancha. Mujer armario. “Hembra-domésticos” ¿Y tú, quien eres?, La respuesta de Lina Zerón dejará helados a más de dos: Mujer libro. ¿Qué futuro le espera a una Mujer Libro en una sociedad donde la enseñanza multimedia pretende desplazar a la lectura, hasta en las escuelitas destempladas? Mucha pantalla y pocas nueces, diría el inmenso bardo. La Mujer libro que es Lina Zerón se le impone enérgica a quienes insisten en vernos a las mujeres como estufas, planchas, escoba… o computadoras (supongo que así nos ven a las escritoras) y deja fluir libremente su congénita ironía, para nada imperceptible en su poesía pero potenciada en sus relatos. El relato aludido, “Marido y mujer”, es una sátira de ese mundo que ingenuamente creímos dejar atrás y que sin embargo pervive en los discursos políticos, obispales y de fanáticos antiabortistas: “(…) una mujer nace el día de su boda y muere cuando muere el marido: todo lo demás es para la vida o prepararse para la muerte (…)” (p. 86) Con Minicrónicas de listón y otros cuentos, Lina incursiona de lleno y con artillería pesada en el género narrativo, abriendo con una serie de relatos tan breves que son casi aforismos (y ella llama mini-crónicas) y recuerdan a su poesía que mucho tiene de narrativa y de aforística. Nuevamente sale a relucir su ausencia de temor, que no de respeto, a las palabras devaluadas, de suyo relacionadas con lo femenino: menopausia, amor, enamoramiento, pasión, deleite, dolor, cocina, aunque como en su poesía les imprima una significación política, es decir, feminista.
En su retorno a la poesía con Consagración a la piel (Ediciones Atenas, Barcelona, 2007), Lina Zerón se nos presenta en plena madurez de sus facultades poéticas y humanas. Hay, si eso es posible, mayor rotundez en sus versos, mayor voluntad de vincularse con referentes literarios y de recrear la poesía misma. Se trata de la más inconcebible declaración de amor a sí misma que por eso involucra a todas las mujeres en una especie de carnaval de palabras: “Benditas las que son tormenta, río sin cauce/ a las que llaman locas, revoltosas,/liberadas, feministas, /y son capaces de atropellar al viento con una mirada (…) Benditas las hembras con fracturas y fragmentos/ Benditas Nosotras, matriz del universo.” (p. 12). Merecedora de la Medalla de Oro, Montevideo, Uruguay en 2003 y del Premio Barcelona 2004, autora de una decena de libros publicados en el extranjero o costeados de su propia bolsa, Lina declara su independencia creadora no solo mediante al autoexilio de la escena institucional de la poesía mexicana, sino sobre todo de la autenticidad de su voz poética y la franqueza de sus ideales: “Vivimos en el patio trasero más grande del mundo…” (p. 39). Prepara la biografía de Claude Couffon, quien fuera traductor y amigo de los más grandes escritores latinoamericanos, entre ellos Octavio Paz y Julio Cortázar. Tuvo a su cargo la columna “La furia del pez” en El Financiero durante 5 años.  Es madre de dos hijos y una hija que recién obtuvo su maestría en España.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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EL SILENCIO, EL RUIDO, LA MEMORIA (Rafael Fauquié)

En el año de 1948, Enrique Bernardo Núñez, uno de nuestros escritores más dolorosamente evocadores de una tradición que desaparecía, escribe en un periódico de Caracas un artículo que me atrajo siempre por su poesía, por su nostalgia, honda y triste. Dice así: "Gentes de todos los países se apoderan de Caracas (…) Mañana, tal vez, algún escritor se cuente entre sus descendientes. La brisa esparcerá en torno suyo el secreto de las cosas, de las generaciones desaparecidas. Y movido por la ternura del cielo, por el amor a la ciudad que ha visto desde niño, acaso escriba un bello libro". Entre esos nuevos emigrantes, en sus directos descendientes, distinguió Enrique Bernardo Núñez a los futuros cronistas del país, a los venezolanos de mañana nostálgicos de un ayer. Cada generación establece, a su manera, una especial relación con su lugar y su tiempo. El interés hacia el pasado es, frecuentemente, el resultado de una decisión. Cada quien escoge su propia relación con la tradición: hay voluntades más o menos indiferentes, actitudes más o menos acuciosas. Curiosidad o desinterés no son sino opciones. Yo escogí la curiosidad. Me gusta escuchar la locuacidad del tiempo. Opongo esa locuacidad al olvido y al silencio. Sin memoria no hay arraigo, sin arraigo no hay pertenencia. La voluntad de arraigar es una opción, tan personal, tan consciente, como cualquier otra.

 

Este prefacio tiene que ver con mi libro, claro, pero también con mi propia realidad personal; con mi historia. Soy, al igual que el "descendiente" del que habla Enrique Bernardo Núñez, hijo de extranjeros. Mis padres, españoles, llegaron a Venezuela en aquellos febriles años de comienzos de los cincuenta: el mayor momento migratorio que el país haya conocido. El espacio de una nueva nación que se forjaba a la sombra de un hiperdinamismo petrolero los acogió. Echaron raíces definitivas en una realidad y una geografía que les eran nuevas. Yo nací en la Caracas de finales del año 1954. En ella viví hasta mis seis años. Por razones diversas, toda la familia ‑escasamente tres personas: los tres que fuimos siempre‑ regresamos a España en 1960. Allí vivimos un corto tiempo. Curiosamente, mi padre no logró readaptarse a su país y un día decidió el regreso a Venezuela. Ya para entonces Venezuela y Caracas eran un muy lejano recuerdo: apenas vaga mención casi irreal. A mi regreso a la ciudad en que había nacido, me descubrí como extranjero en mi patria. Había perdido contacto con mi país. Durante varios años ese contacto fue forjándose de nuevo: lenta y trabajosamente.

 

Desde el colegio, durante años y más años de clases de historia patria y de Moral y Cívica, distintos profesores me enseñaron a tomar conciencia de la realidad nacional. Esos profesores nos mostraban a mí y a mis compañeros una historia hecha ejemplo pedagógico. Se enseñaba historia para educarnos políticamente. El pasado era ante todo una excusa para formar buenos y democráticos venezolanos. Libros y clases de historia enseñaban un país que no era país: era ejemplo de comportamiento cívico. No se me enseñó a comprender a mi patria: se me enseñó a venerar un decorado parcial en donde pequeños retazos del pasado eran dibujados con colores siempre moralizantes, con signos sólo ejemplares.

 

Y sin embargo aquello que jamás alcanzó a mostrarme ningún libro de Historia Patria durante todos aquellos años del colegio, sí existía. Estaba presente en distintos libros y artículos de Briceño Iragorry, de Picón Salas, de Arturo Uslar Pietri. La lucidez de estos autores contradecía los tediosos lugares comunes de los textos escolares, su estéril repetición de clichés, su machacona reiteración de parcelas de memoria. Era como si infranqueables abismos se hubiesen abierto entre nuestros intelectuales y nuestra burocracia educativa. No parecía haber diálogo alguno entre aquéllos y ésta. Curiosísima paradoja: se escuchaba respetuosamente a los pensadores ‑se los consagraba, incluso‑ pero sus ideas y puntos de vista no parecían llegar a ningún lado ni a nadie: chocaban con una inercia burocrática que, permanentemente, se encargaba de declarar la inviabilidad de todo, de sopesar, melindrosa, el significado político o la "utilidad ciudadana" de casi cualquier cosa.

 

La universidad ‑desde la carrera de Letras que escogí‑ me mostró otro particular aspecto del fenómeno: lo venezolano era un poco el pariente pobre de las distintas materias de los programas de estudio. La literatura venezolana, por ejemplo, se enseñaba poco y se enseñaba mal. Tampoco había en ese entonces ningún tipo de referencias sistemáticas al pasado, a la historia venezolana.

 

Terminados mis estudios universitarios obtuve una beca Gran Mariscal de Ayacucho y fui a estudiar durante dos años a París: Sociología de la literatura. Mi estadía en Francia fue un descubrimiento: allí viví, sentí de cerca, la realidad del auténtico extranjero. En Francia era ‑a pesar de mi apellido de lejanas evocaciones francesas‑ un extranjero; esto es: alguien diferente que tiene otra cultura, que habla otro idioma. Las lenguas son siempre herederas de las diferencias entre los pueblos. Ramos Sucre dijo una vez que un idioma era infinitamente más que solo una suma de convenciones arbitrarias, que él era el universo todo a él traducido. Jorge Luis Borges, por su parte, expresó algo similar: "Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos". Físicamente las palabras se revisten de formas sonoras que identifican a las lenguas. Mayor o menor guturalidad, abundancia o escasez de vocales o consonantes: esa sonoridad, esa forma, expresa una cultura, descubre una geografía y una historia. En lengua esquimal hay trece términos para decir nieve. Los polinesios usan otros tantos para hablar del mar. Más cerca de nosotros, los castellanos fueron haciendo un idioma barroco, con gusto por el retruécano, acostumbrado a grandes maneras y abundantes fórmulas ‑fórmulas que hablaban de vasallaje ante un rey o de oraciones ante Dios. La libertad del idioma español, su barroquismo natural, hubo de enfrentarse luego ‑quizá de acuerdo a su lógica tendencia al respeto por las formas‑ a numerosas normativas de gramáticos y academias. Los franceses hablan el idioma de la lógica y la concisión. Dice un ilustrador adagio que "aquello que no es claro no es francés". En la lengua de Cartesius cada oración contiene una idea; poco gusto por las oraciones subordinadas: la mayor cantidad de sentido en la menor cantidad de espacio. Los ingleses, quizá el pueblo más pragmático de todos los que el mundo haya conocido, construyeron la lengua de los negocios: sin complicaciones innecesarias. El inglés es el idioma de lo utilitario; su funcionalidad es la eficacia. Era necesario convencer rápido y sin error al proveedor de materias primas baratas para las industrias del imperio.

 

Hablar otra lengua es saberse y sentirse diferente. Ser diferente, conduce a la necesidad de arraigar en aquello que es nuestro, definirnos en lo que nos identifica. En mi caso, descubrí casi dolorosamente que me era difícil alcanzar esa identificación: prácticamente no conocía a mi país. Venezuela empezó entonces a convertirse en una obsesión para mí. En mi contacto con estudiantes latinoamericanos, descubrí que frente a otros países del Continente, los venezolanos parecíamos tener rasgos menos precisos. También descubrí que la percepción que se tenía sobre nosotros era parcialmente homogénea: éramos frecuentemente los "hermanos latinoamericanos nuevos ricos": algo ostentosos en nuestra bulliciosa abundancia petrolera.

 

Terminados mis estudios, de regreso ya en Venezuela, la obsesión definitivamente me acompañaba. Entré como profesor en la Universidad Simón Bolívar de Caracas. Allí, en mis distintos cursos, a lo largo de mis proyectos de investigación, Venezuela se repetía siempre como tema. Redescubrí que lo venezolano era, paradójicamente, una escasa opción para profesores y estudiantes. Nunca he pensado que haya que magnificar lo autóctono sólo por serlo. Pasar de la indiferencia al patrioterismo es tan estúpido como permanecer en la indiferencia sola. Tampoco confundo ni he confundido nunca patriotismo con nacionalismo irracional o provincianismo a ultranza. Simplemente me incomodaba el desconocimiento del venezolano promedio sobre su país ‑desconocimiento que, por mucho tiempo, había sido también mío‑; ignorancia, la más de las veces, descomunal, abrumadora, total; y, lo que es peor: desenfadada, casi orgullosa.

 

El propósito de ayudar a disminuir un poco ‑así fuese en una mínima porción‑ esa desmemoria condujo también mis personales interpretaciones y desmitificaciones. Para explicar y definir ante mis estudiantes lo que Venezuela era, tenía que comenzar antes por explicármela a mí mismo. ¿Qué éramos los venezolanos?. Definitivamente no éramos una nación poblada sólo por directos descendientes de los "heroicos" indios que enfrentaron a los "desalmados" conquistadores ‑según promocionaban curiosísimos y delirantes distorsiones de muchos libros de Historia Patria. Tampoco encontraba lógico que nuestro pasado de cinco siglos se redujese a dos o tres frases del Libertador mal aprendidas y peor recitadas por la mayoría de los estudiantes. Es curioso: nuestra escuela pretende conculcar la sacralización de Bolívar y de otras escasas figuras patrias y, sin embargo, tampoco esas deidades son conocidas; todo lo contrario: ninguna de ellas ‑y Bolívar no más que cualquier otra‑ pasa de ser una referencia abrumadora e inexpresiva: irreal y pétrea.

 

Concluí que ruidos y silencios habían sido los causantes de mi desconcierto y del generalizado desconcierto venezolano: colectivo y permanente. Ruidos y silencios parecían cubrir todo el tiempo venezolano: su pasado y su presente, su vieja pobreza agraria y su nueva riqueza petrolera, sus memorias sacralizadas o sus recuerdos satanizados. Ruidos y silencios compendiaban, en fin, el paso de Venezuela por el tiempo, su itinerario de nación.

 

Fue ruidoso el presente venezolano. Hasta el Viernes Negro de febrero de 1983, el festín petrolero financió grandes proyectos estatales, acompañó formas de vida atosigantes e, incluso, absurdas. Hoy el bullicio parece haber amainado; un tanto al menos. Sin embargo, el ruido no se ha disipado aún: perdura en formas que se consolidaron durante cincuenta años. Son ruidosas, también, nuestras formas de venerar breves recuerdos, esas tan escasas pasiones nuestras (actitud ante la que siempre me resultó difícil no ser crítico). Bolívar era un gran personajes histórico, de acuerdo; la gesta de independencia había sido un gran momento del pasado, de acuerdo; pero había otros espacios; no eran ésos los únicos dignos de memoria. Y sobre todo: ellos no eran los únicos espacios transitados.

 

Después de esos ruidos, aparte de esas escasas convulsiones y estruendos, en Venezuela había silencio: exasperante y agobiador. Hay formas del pasado que se repiten siempre en el presente: eso no se percibe en Venezuela. Aquí ruidos y silencios terminaron por truncar el diálogo natural de los tiempos. A menudo he sentido que sólo en la literatura se ha logrado establecer eficazmente ese diálogo. Sólo en ella he distinguido esa voz. En novelas, en ensayos, en biografías, pude descifrar cierta coherencia en el itinerario de mi país. La historia ficcionada, los ensayos de interpretación crítica, las biografías originales, fueron instrumentos que lograron transmitirme, coherentemente, la evocación del pasado, el dibujo de un tiempo donde personajes y hechos se hacían inteligibles. Ojalá más literatos ‑imagineros, fantaseadores de vocación‑ se hubiesen encargado de edificar la memoria del país. Mil veces preferible hubiese sido eso a dejar semejante responsabilidad en manos de burócratas de la memoria histórica, en "funcionarios del recuerdo".

 

Poco a poco nació en mí el propósito de escribir un libro como éste: no muy académico, tampoco demasiado sujeto a normas de investigación científica: libro sobre el que volcar mis percepciones. Una de las opciones de la literatura es la de ser compañera de nuestros descubrimientos; acompañante de nuestro paso por la vida, de nuestros asombros y nuestras curiosidades. La literatura es, al igual que todo, opción. Se convierte en aquello en que la convertimos. Puede ser clandestinidad: ejercicio más o menos marginal, más o menos subrepticio sobre el que exorcisar arraigados fantasmas personales. Puede ser conflicto: paralelo hermano de otros conflictos. Pero puede también ser afirmación y apoyo: la escritura como signo con el que trazar nuestros desciframientos, nuestra lucidez. Esa es y ha sido siempre mi opción frente a ella. Usé el ensayo como la forma de un diálogo que establecí conmigo mismo. La palabra se hizo identificación de dudas y de certidumbres. Quise escribir un libro que me clarificase interrogantes: itinerario intelectual que recorriese asistencia, viejos desconciertos.

 

 

Caracas, septiembre de 1988

 

 

URL: http://rafaelfauquie.dsm.usb.ve/

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