El método Coué (Javier Menéndez Llamazares)

El método Coué

de Javier Menéndez Llamazares

El método Coué [pronúnciese «cué» ] es una novela que, en palabras de Antonio Colinas, bebe de las fuentes clásicas, por estilo y concepción, pero además es un libro de su tiempo, como demuestra el hecho –hoy día aún insólito– de ser una novela que surgió de internet. Descubierta por el editor Max Lacruz a través del blog del autor, el libro recrea una historia real, la aventura de Manuel Llamazares –un antepasado del escritor– durante la Segunda Guerra Mundial. Y Editorial Funambulista apuesta por esta novela y decide producir un book-trailer promocional, dirigido por el cineasta José Luis Santos, que también se difunde a través de la red. Está disponible en la web www.elmetodocoue.com, donde puede encontrarse más información sobre la novela y espacios especialmente ideados para la participación del público, como un novedoso sistema de videoreseñas, en el que cualquier lector puede grabar y añadir un video con sus propias opiniones.

 

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Argumento

A principios del siglo XX, el psicólogo francés Émile Coué ideó una peculiar terapia, capaz de materializar el poder de la mente. El paciente ha de repetirse cada mañana: «Hoy me siento mejor, me encuentro mucho mejor…». A través de ese curioso método –que da título a la novela– aseguraba que era posible la curación de enfermedades, incluso graves. El empecinamiento a la hora de modelar la realidad será una constante en la singular peripecia del protagonista de esta historia, inspirada en hechos reales. El joven Manuel Llamazares, piloto de la Escuadrilla Azul –unidad aérea española que combatió junto a los alemanes en la II Guerra Mundial– deja atrás en 1941 una España rota y sumida en la posguerra, para vivir el apogeo de la alemania nazi, primero como aviador en el Frente de Moscú y posteriormente como personal diplomático en la embajada española en Berlín. Allí descubrirá el mundo de los corresponsales extranjeros (a medio camino entre la literatura y el espionaje) y conocerá a una bella alemana, Claudia Stolz, secretaria en el Ministerio de Propaganda, de la que acabará enamorándose. Pero este paseo por el amor y la muerte le conducirá hasta la Prinz-Albrechtstraße, sede de la temible Gestapo…

Vea el trailer del libro dirigido por el cineasta José Luis Santos

 

El autor

Javier Menéndez Llamazares nació en León en 1973 y estudió en las Universidades de León, Colonia y Cantabria. Es titulado en Biblioteconomía, Lingüística y Tecnologías de la Información.

En los años noventa inició una prometedora carrera, con algunos premios literarios y pequeñas publicaciones de difusión local y regional, pero abandonó la escritura para trabajar como documentalista en Colonia (alemania), como periodista en La Bañeza (León) y posteriormente como editor en Santander, donde reside desde 2004. Actualmente es columnista del diario Alerta, y en internet mantiene el blog Cómo ser nadie.

Tras más de diez años de silencio narrativo, con El método Coué, su primera novela, reinventa una antigua historia familiar, la aventura de un legendario tío abuelo al que no llegó a conocer.

El trailer de la novela está disponible en www.elmetodocoue.com y en youtube.com 
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LOLITA ( Vladimir Nabokov)

He escogido el tema o género erótico porque lo que había oído y leído (poco, la verdad, pero siempre en el mismo sentido) sobre esta novela, me encaminaban a imaginarla como un paradigma en este tipo de narraciones, centrada, pensaba, en describir los encuentros torturo-amorosos entre -como decían las reseñas- un europeo cuarentón y la doceañera Lolita, su obsesión. Menos mal que muchos y yo nos equivocamos. Por suerte la novela es grandiosa por muchas otras cosas. No es que desprecie este tipo de narraciones –eróticas-como tal, ni siquiera menosprecio las connotaciones sensuales y las explicitaciones sexuales de este libro; sin ellas Lolita no existiría, el lector, o yo, no me habría podido forjar una idea de esa ternura psicótica del dr. Humbert hacia su nínfula si no me hubieran contado cómo se acostaban juntos, pero junto a todo eso, o incluso, al menos para mí, por encima de ello, me sobrecogió la riqueza literaria de esta obra.

Una novela para releer. Eso es algo que ma da infinita rabia y a la vez representa lo más destacable de este libro: no he sido capaz -en mucha gran medida- de comprender todos los dobles sentidos o únicos sentidos de sus descripciones, anotaciones, referencias temporales y espaciales, algunas con base en la realidad otras sin ninguna; se trata de un lenguaje altamente críptico, cuyas claves descifratorias, pienso, muy a menudo, sólo están al alcance del mismo autor. Son comparaciones tan personalísimas e íntimas, que hace falta un lector muy acostumbrado a usar su imaginación para intentar entenderlas, mejor dicho, imaginarles un posible significado. 

Ese es el gran regalo de Nabokov, convertido en Humbert, narrador en primera persona, desde la soledad del calabozo y autosabiéndose loco, peor consciente. Que no escatima en subjuntivas y proposiciones aparentemente innecesarias y sin sentido en la narración. Adora los paréntesis y las exclamaciones que claman lo que en ese preciso momento siente. Que se olvida también de orden más lógico, o más sencillo, de ordenar las frases porque lo hace conforme a su perturbado sentido apreciativo; habla con ritmo, casi en verso, a veces, piensa en inglés o francés, inventa vocablos que ninguna lengua no le ha legado para llorar sus emociones, su risa disléxica…  ¿Quién dijo que tuviera que ser fácil leer un libro, entenderlo por completo? En esto, desde luego, no me pilló por sorpresa la lectura. Como buen ruso, es un experto usando la lengua con fines estéticos.

De la historia hablaré lo justo. El mismo autor vaticinó, y así lo plasma en el post-scriptum (se llama así?) o texto firmado por él tras la novela, que la gran mayoría de lectores abandonaría la lectura de la novela -o al menos se lo plantearían- dado que llegado a un punto se convierte en algo lenta la narración. Algunos pueden pensar: podría haber eliminado parte de esas escenas. Yo creo que la estructura narrativa es perfecta, laxa, lenta, un viaje hecho dos veces  e igualmente contado con la misma intensidad, pero idónea. Personalmente, además, pocas, poquísimas novelas me han permitido decir a su fin:»qué final más perfecto».

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El clan de los Kafka (Anthony Northey)

Este pequeño libro aborda, como su título indica, el entorno familiar de Franz Kafka en un sentido amplio. Para ello parte del concepto "Mischpoche", palabra de origen yiddish, con un sentido más amplio que la familia tradicional y que bien podría traducirse por "clan", como se hace en el título del libro publicado por Tusquets en 1989 y de dificil localización en la actualidad.

Son suficientemente conocidas las conflictivas relaciones de Kafka con su padre, que contagiaron la relación con su madre y sus hermanas (con la excepción de Ottla). Sin embargo, Northey prefiere centrarse en tíos y primos para rastrear el papel que, como ejemplos de diferentes modos de vida, pudieron representar en los primeros años de la vida de Kafka y su posible empleo como materiales para los trabajos de ficción de Kafka.

Repasando a los principales protagonistas, y comenzando por el lado materno de la familia (los Löwy), nos encontramos a los tíos Alfred y Josef (hermanos de Julie, la madre de Kafka). Ambos hermanos vincularon su vida profesional a la adinerada familia francesa Bunau-Varilla lo que les permitió disfrutar de una carrera profesional brillante, al menos desde el punto de vista de los sobrinos praguenses. Paisajes exóticos, destinos peligrosos o recepciones oficiales eran algunas de las constantes en la vida de estos tíos en fuerte contraste con la vida de un comerciante al por mayor de lencería o la de un tímido funcionario del ramo de los seguros laborales en Praga.

Josef trabajó por cuenta de los intereses de la familia Bunau-Varilla (y de empresas afines) en el fracasado proyecto francés de construcción del canal de Panamá. Tras el fin de esta empresa, Josef fue empleado en un puesto de responsabilidad en las obras de construcción y explotación de un ferrocarril en el Congo belga. Allí vivió la enfermedad y la inseguridad por las frecuentes revueltas de los nativos (muchos de ellos habían sido llevados al Congo en régimen de semi-esclavitud para la construcción del ferrocarril) pero cumplió con las expectativas que sus benefactores habían depositado en él ya que, años después, le fue encomendado un nuevo trabajo, esta vez en la construcción de la línea férrea entre Taku y Pekín. En 1906 volvió a Francia, se casó ventajosamente y aceptó un nuevo cargo en una empresa ubicada en el Canadá que terminó en un fracaso. Según Northey, no es posible determinar si Kafka llegó a coincidir con su tío en alguna ocasión, pero lo cierto es que ajetreada vida pudo servir de inspiración para componer el relato inconcluso El ferrocarril de Kalda.

El propio nombre (Kalda) recuerda inevitablemente el apellido familiar, y la ubicación de la obra en una Rusia invernal pudo responder a un intento por distanciarse de las imágenes africanas que Julie transmitiría en las comidas y cenas familiares, orgullosa de su hermano. También puede responder a información sobre la construcción del ferrocarril en China. Lo cierto es que las duras condiciones de vida, el aislamiento social y el férreo control de la compañía sobre sus trabajadores son elementos comunes entre el relato y la vida de Josef Löwy. Ambos tíos vivieron alguna temporada en Estados Unidos y pudieron servir de inspiración al "tío rico" americano, la figura supuestamente salvadora de El desaparecido, a quien se confía el protagonista para verse posteriormente defraudado.

El hermano mayor de Josef, Alfred Löwy, desempeñó un importante cargo en la Compañía de los Ferrocarriles de Madrid a Cáceres y Portugal y del Oeste de España. Alfred es el famoso "tío de Madrid" (con quien aparece Kafka en la fotografía superior) que visitaría en varias ocasiones el hogar de la familia Kafka en Praga. Alfred permaneció soltero y tenemos constancia (a través de los Diarios) de cómo Kafka se interesó por su modo de sobrellevar la soledad de ese estado, y las respuestas del tío, que parecen haber inspirado algunas de las ficciones de Kafka al respecto. En otro aspecto, el tío Alfred jugó un importante papel en la vida de Franz Kafka ya que, pese a alguna ensoñación de ser recomendado para trabajar en algún país alejado, las gestiones del tío Alfred sirvieron para que Kafka encontrara su primer empleo en la Aseguradora General italiana. Incluso es posible que la familia Kafka recurriera al tío Alfred para financiar la fábrica de asbestos una vez se puso de manifiesto lo poco rentable que era tal empresa.

Del lado paterno, la familia tiene otros buenos ejemplos de emprendedores exitosos. En particular, destaca Otto Kafka, hijo del hermano mayor de Herrmann y, por tanto, primo del escritor. Otto había emigrado primero a París, huyendo de las estrecheces de la vida rural de Bohemia, y posteriormente a Argentina. Nuevos viajes le llevaron de vuelta a Europa y finalmente a los Estados Unidos donde comenzó varios negocios que terminaron por darle estabilidad y fortuna. Casado con una moderna mujer, aficionada a los deportes, se puede imaginar el impacto que pudo ocasionar en sus visitas a Praga. De este joven emprendedor pudo tomar Kafka rasgos y elementos para crear a Karl Rossmann de El desaparecido.

El hermano menor de Otto (Franz, Frank en Estados Unidos) emigró con la ayuda de su hermano a los 16 años (los mismos que Karl Rossmann cuando es expulsado a tierras americanas) logrando también el éxito económico. Otro primo, Emil Kafka, trabajó también en los Estados Unidos en la empresa Sears, Roebuck & Co., una ejemplar sociedad dedicada a la venta por correspondencia- y cuyas descripciones pudieron ser empleadas por Kafka para la empresa de Chicago que aparece en su novela americana. El trabajo en cadena, el ajetreo, las maquinas implacables, todo ello formó parte de las conversaciones familiares cuando se leían las cartas de los primos lejanos o cuando raramente visitaban a la familia en Europa; y de todo ello guardará Kafka un recuerdo que aflorará paulatinamente en función de las necesidades de su escritura para dar forma a su mundo particular.

El ensayo continúa describiendo otras vidas entre las que se cuenta la de un nacionalista checo, renegados del judaísmo, algún abogado de renombre, un rector universitario, un médico, comerciantes y fabricantes, pero también un tío solterón y algo extravagante (el temor de Julie era que su hijo hubiera heredado alguno de los genes de este tío, algo perturbado). Así, se puede entender cómo el padre de Kafka, pese a su innegable éxito en el mundo de los negocios ,gracias a su floreciente negocio al por mayor, podía verse como un pariente pobre al lado de alguno de sus hermanos o sobrinos acaudalados (más avergonzado aún en el caso de la familia política). De aquí se comprenden las enormes expectativas depositadas en el joven Franz, llamado a igualar el éxito familiar, lo que se volvería pronto en contra del escritor, incapaz de sentir esa necesidad de triunfo en los términos que su padre interpretaba. Seguramente, el interés del padre por probar nueva fortuna y encauzar a su hijo en la senda del triunfo económico familiar, tuvo un papel relevante a la hora de admitir y financiar el proyecto de la fábrica de asbestos que tantos problemas traería a las cenas familiares en los años siguientes.

Quizá ésta sea la enseñanza principal que se pueda extraer de este volumen. Del resto, quedan un conjunto de imágenes, anécdotas y elementos que, sin duda, tienen su pequeño reflejo en la obra del autor checo y que permiten atisbar los entresijos de la labor creativa aunque, por desgracia, de nada nos sirven a la hora de su interpretación.

El texto de este breve ensayo se acompaña de una extraordinaria colección fotográfica, tanto de los protagonistas de la misma, como de los lugares a que se hace mención. La lectura es amena, resultando ciertamente interesante comprobar los diversos medios de medrar empleados por los judíos europeos de finales del siglo XIX y principios del XX. Por desgracias, salvo los que emigraron y permanecieron en los Estados Unidos, la mayoría de los protagonistas de este libro no sobrevivió al Holocausto por lo que carecemos de testimonios directos que puedan corroborar la relación entre todos ellos y la familia nuclear de Kafka. Quedémonos al menos con la idea de que, a pesar del escaso interés que en ocasiones mostró Kafka por fundar una familia, el apego que sintió por la suya fue real y quedó reflejado de una u otra manera en sus obras, a pesar de lo conflictiva y traumática que dicha relación fuera.


Confieso que he leído

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MAL DE ESCUELA (Daniel Pennac)

Un libro curioso aunque ahonde en la épica del marginal. De hecho, aunque aunque algunos pasajes resulten esclarecedores, tiene algo de antosocila, lo quepuede ser biueno o malo, eso no lo juzgo. Leyéndolo, uno se avergüenza de no haber sido expulsado nunca del colegio. De hecho, me avergüenzo también de no haber estado nunca en la cárcel.

Mal de escuela aborda la cuestión de la escuela y la educación desde un punto de vista insólito, el de los malos alumnos. Daniel Pennac, prestigioso escritor francés y un pésimo estudiante en su época, estudia esta figura del folklore popular otorgándole la nobleza que se merece y restituyéndole la carga de angustia y dolor que inevitablemente lo acompaña. Pennac mezcla así recuerdos autobiográficos y sus reflexiones acerca de la pedagogía y las disfunciones de la institución escolar, sobre el dolor de ser un mal estudiante y la sed de aprendizaje, sobre el sentimiento de exclusión y el amor a la enseñanza. Con humor y ternura, análisis críticos y fórmulas efectivas, ofrece una brillante y sabrosa lección de inteligencia. Mal de escuela es la historia de una metamorfosis. De cómo un mal alumno llega a ser profesor y más adelante un escritor reconocido.

Fue Premio Renaudot 2007.

«De modo que yo era un mal alumno. Cada anochecer de mi infancia, regresaba a casa perseguido por la escuela. Mis
boletines hablaban de la reprobación de mis maestros. Cuando no era el último de la clase, era el penúltimo.»
Daniel Pennac

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La posibilidad de una isla – Michel Houellebecq

El ensayista y poeta Michel Houellebecq se ha labrado una sólida reputación de novelista desde su primera incursión en el género con Ampliación del Campo de Batalla. Desde entonces ha creado una obra de ficción unitaria, donde cada libro complementa al anterior, hasta el punto de que el sentido global de esta obra sólo se puede asimilar leyéndolas en orden cronológico. La columna vertebral de esta sucesión que continúa con Las Partículas Elementales, Plataforma y la reciente La Posibilidad de una Isla, está compuesta de un análisis realista, crudo, cruel y descarnado de la condición humana, y especialmente de las relaciones sexuales, el amor y el deterioro físico y mental. A través de las historias, Houellebecq compone realmente una obra de carácter filosófico que supone una sacudida, convirtiéndose en una especie de Nietzche de la sociedad de consumo. Los paralelismos con el filósofo alemán son constantes, sobre todo en las referencias a la creación del superhombre (en este caso mediante la ciencia).

Una dosis de darwinismo elemental, el valor del amor como única posibilidad de trascender y las obsesiones del escritor acerca del sexo y la vejez consiguen dar forma no a un pensamiento endeble y previsible como cabría esperar de tal mezcla, sino un discurso vitalista, cínico, humorístico y sorprendente, un golpe constante a cualquier verdad establecida y, por tanto, no apto para políticamente correctos.

En ese sentido, Houellebecq deja unos cuantos anzuelos en La Posibilidad de una Isla. Critica a algunos literatos clásicos o suelta algunos despropósitos machistas o xenófobos perfectamente localizados. Ni hay que decir que los amantes de la corrección han picado a la primera, tachando una vez más al autor de fascista. Con un truco tan fácil, Houellebecq debe haberse relamido los bigotes al dejar en evidencia a tantos “peces” de la estulticia. El ardid de la zanahoria y el caballo funciona todavía.

Estas pequeñas trampas que surgen del escándalo suscitado a raíz de su procesamiento por calificar de estúpido el Islam, se completan con otra novedad basada también en sucesos actuales: la auto-parodia. El protagonista de La Posibilidad de una Isla, un cómico francés, se califica como un fino analista de la realidad contemporánea. El contenido biográfico resulta obvio, y Houellebecq realiza toda una crítica de su propia persona basada en el cinismo, el sarcasmo y la ironía, algo peculiar e impropio en la mayoría de los novelistas. Diseccionar sus miserias mediante el humor parece constituir la vía por la que pasar de la filosofía teórica a la práctica, en cierto modo predicar con el ejemplo abandonando la torre de marfil. Aunque todos los protagonistas de sus anteriores novelas tienen un carácter similar, esta es la primera vez que el alter ego del autor aparece tan claro y queda tan maltrecho como el que más. Con esta “exposición pública”, Houellebecq obliga a sus detractores a bajar a la arena dejando atrás los ataques simplistas, aunque casi todos se han quedado en los anzuelos que comentábamos. En cualquier caso, las referencias a la actualidad no impiden que el lector que esté al margen de estos acontecimientos se pierda por el conjunto de guiños y bofetadas destinadas al mundillo literario y político.

La Posibilidad de una Isla narra los últimos años de vida de un humorista, de sus amores y relaciones sexuales y del contacto con una secta que promete la inmortalidad. En la narración se intercala la historia de algunos clones de los personajes, aunque propiamente no se puede clasificar a la novela dentro de la ciencia-ficción, ya que Houellebecq –como ya hizo en Las Partículas Elementales– suele servirse de algunos elementos de ese género para buscar un alejamiento de aquello que analiza.

A partir de esta base, el escritor se dedica a lo que mejor sabe hacer: hurgar en la herida. A modo de autopsia, en La Posibilidad de una Isla vuelve a abrir en canal a las sociedades occidentales a través de un modelo de personajes característico desde Ampliación del Campo de Batalla: europeos cultos, con cierto talento y una buena formación, que sin embargo luchan en vano por la felicidad, atenazados por sus propias iniquidades y limitaciones, capaces de rozar los sublime en algún instante para ser vencidos casi siempre por su mediocridad y la mezquindad moral.

Houellebecq se enfrenta a todo ello con un estilo distintivo, sin adornos, directo y vibrante, que consiste en dar vueltas a sus obsesiones para extraer alguna certeza. Lo hace con riesgo y “a pelo”, dejando a la vista –si seguimos el símil de la autopsia- las vísceras y su olor pestilente. En ese camino tiene altibajos, reiteraciones, algún pasaje aburrido y bastantes excesos. En ocasiones alcanza un tono profético-visionario algo exagerado, pero en conjunto el talento del autor lleva de nuevo a buen término una novela que siempre es la misma desde Ampliación del Campo de Batalla y que parece asumir como tal. A pesar de repetir la fórmula sigue estremeciendo con las nuevas aportaciones a ese “árbol” y consigue, como en sus libros anteriores, hacer pensar al lector y obligarle a separar el grano de la paja.

En un capítulo de La Posibilidad de una Isla, el protagonista, Daniel 1, reflexiona sobre la dificultad de introducir la pornografía en sus números humorísticos, debido a las dificultades para cambiar este género. Las críticas a Houellebecq por los pasajes de sexo suelen ser constantes, a modo de “si nos saltamos esos fragmentos…”. El escritor parece que se ha propuesto renovar la pornografía, si bien los resultados se asemejan a los conseguidos por Henry Miller, ya que se quedan en pasajes que suponen un descanso tanto para el lector como para el novelista, sin conseguir realmente un más allá en las escenas de sexo. Al igual que Miller resulta mucho más interesante cuando habla de otras cuestiones, pero no hay que minusvalorar dichos pasajes, que si bien explícitos y habituales, sirven unas veces como nexo y otras como respiro, por lo que su importancia siempre es crucial, como sucedía con el novelista americano. En cierto modo, la obscenidad sirve como medio de transporte.

Esta nueva radiografía de la sociedad a través de un cinismo a veces casi insoportable y un humor cáustico ya marca de la casa, ofrece de nuevo el mensaje de los libros anteriores y todo un clásico en la literatura universal: el amor verdadero, aquel en el que las personas pierden su identidad e independencia en favor del otro, es lo único que da sentido a la vida. Todo esto, hay que señalarlo, lo dice un hijo de puta que, parafraseando a Roosvelt cuando hablaba de Somoza, es nuestro hijo de puta. Se recomienda por tanto mantener los barbitúricos, sogas, cuchillas de afeitar y balcones bien lejos durante esta recomendable lectura que nada tiene de condescendiente.

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