TIERRA FIRME DE LA FANTASÍA, (Rafael Gonzalo Verdugo)

Tierra firme de la fantasía, Rafael Gonzalo (Gonzaver Ediciones, 2004). Rústica hilo. 112 pags, 32 ilustraciones a color. www.rafaelgonzalo.es

Puedes solicitar un ejemplar por tan sólo 10€ en la siguiente dirección: rafagonzalo@gonzaver.com

Si tenemos en cuenta las escasas publicaciones originales dedicadas al aforismo y su poco menos que inexistente difusión, la aparición de este libro de Rafael Gonzalo supone todo un lujo para los amantes de este puntilloso género, donde profundidad de pensamiento y poesía se mezclan con gran equilibrio.

 A lo largo de una obra al mismo tiempo tan densa y ligera como ésta podemos disfrutar de afilados y brevísimos análisis acerca de la democracia y la sociedad del bienestar (considerada por nuestro autor como mero fascismo de entretenimiento), los estudios históricos (que a veces se dirían histéricos), la práctica y la teoría del arte, la ciencia, el lenguaje y una gran variedad de temas principales que aparecen revisados con una expresión de corte metafórico unas veces, conceptista otras, pero siempre sorprendente: “El arte es la verdad de la ficción que nos permite superar la ficción de la verdad”; “Cuando damos limosnas repartimos la pobreza, no la riqueza”; “Los enfermos mentales van creciendo al ritmo demandado por la producción de psicofármacos”; “El compromiso político ha hecho que ya no se tome en serio a los intelectuales”; “Con la liberación femenina, las mujeres han perdido la vergüenza, pero no el miedo”; “Los jirones de tela que se prenden en las alambradas son las banderas de la ley del inconformismo”; “Las nubes son puntos suspensivos escritos en la página del viento”; “Si uno tiene más razón que los demás, uno es mayoría”; “Quien cree haber hecho lo suficiente, no ha hecho todavía nada, por lo menos nada nuevo”; “La esperanza modifica los recuerdos”… son algunos ejemplos de estas frases rotundamente brillantes.

Pero además encontraremos una breve sección de agudas definiciones, ya habitual en nuestro autor y, salteando todo el libro, originales microrrelatos camuflados de lirismo. Valga este botón de muestra: “Ahora que te vas para siempre, déjame que te diga una cosa, solamente una última cosa: quédate”.


Dos artículos más extensos: un certero análisis del fenómeno de la televisión (“Llama la atención que el Estado, que gasta ingentes cantidades de dinero en educación, vuelve a gastar cantidades similares en embrutecer a la gente con la televisión”), seguido de un interesante paralelismo entre la práctica del arte y la investigación científica (“La ciencia, al igual que el arte, no se limita a copiar la naturaleza, sino que la reconstruye como hacen los niños con el mundo que los rodea”), ponen un brillante colofón a la obra, sin olvidar las 32 excelentes ilustraciones originales del propio autor, donde la realidad se ve superada y trascendida a un plano más expresivo, con más sugerencias y lecturas.

Al lector que rehuya la trivialidad y la intrascendencia le interesará muy especialmente la introspección implacable llevada a cabo por Rafael Gonzalo en unas páginas de insólita hondura. “Tierra firme de la fantasía” es una obra excepcional, inteligente y heterodoxa, de esa clase de libros que se escriben en legítima defensa.

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CUMBRE DE ÁGUILAS 1º PARTE (Agustín Conchilla Márquez)

CUMBRE DE ÁGUILAS

NARRATIVA


PRIMERA PARTE

Autor:

Agustín Conchilla Márquez

Inscrito en el Registro Provincial de la Propiedad Intelectual de Alicante.

[…]

­­
I

Cipriano salía temprano, giraba en la esquina de la calle Benjamín y se desperezaba mientras paseaba entre jardines de la pequeña iglesia de Aldea Chica. Parte de aquella iglesia quedaba resguardada de fríos, lluvias, nieves, rachas de viento o excesiva calina por un arcaico revestimiento de madera, cañas, barro y tejas de canalillo, a estilo árabe. Revestimiento que tiempo atrás sirviera de protección y guarida a los rebaños, propiedad de una casa señorial de la época, cuya procedencia data de la expulsión de almohades sobre tierras de al-Ándalus, y que aconteciese o iniciara su cabalgadura tras la famosa batalla de las Navas de Tolosa en 1212.

En premio a su ferviente cristianismo, encarnizada lucha, alto coraje, y en reparto de bienes incautados a los moros, junto a otras tierras y edificaciones, aquellas heredades serían otorgadas al abuelo del tatarabuelo del señorito Germán, quien altruistamente las ofrendaría al primer vicario que a falta de techo se atreviera a decir misa bajo las ramas de un almendro floreado, alumbrado por dos antorchas y un sinfín de estrellas en el firmamento. Aquel rústico cachivache, sin embargo, cambiaría de apariencia en tiempos de prosperidad eclesiástica; a excepción de una pequeña parte que mantendría esplendor de origen y el vaticano conservaría como la más valiosa reliquia del pasado. No obstante, para que los aldeanos venerasen la simbología de posteriores efigies, provenientes de beneficencias, donaciones o sacrificios, aún de alba, Cipriano, el sacristán, alineaba medio centenar de banquetas, prendía cirios, repasaba pinturas, efigies o litografías y se acomodaba en la poltrona del altar. Desde aquella cómoda postura inclinaba la cabeza ante la Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo, oteaba en su entorno y buscaba posibles desperfectos, descolocaciones o anomalías; aunque  pocos recovecos más encontraba, excepto el del pilón de agua bendita cuyo nivel revisaba a diario. Agua que él mismo purificada y antes de marchar a la cama dejaba tapadita en un cofre dorado: un cofre bañado a imitación a oro, sobre el que mimosamente dejaba caer el paño de encaje que Adela, la beata de los Mendoza, en tardes de ocio y buena gana elaborase a mano, sobre aguja de ganchillo y para conservar la pureza que don Julián otorgase al contenido del recipiente.

Sin embargo, no por vulgar o iglesia manifiestamente pobre, la capilla o su pilón dejarían de venerarse en la dignidad de grandeza de un lecho sagrado. Para ello, cantidad de fieles y habitantes, asistentes y curiosos consideraban aquella estancia y el líquido que don Julián purificaba tan bendito como agua de pila bautismal. Incluso la igualaban a las aguas de aquellas que en domingos y festivos, presuntamente recibieran las cabezas de niñas y niños en la pila bautismal de la catedral de Sevilla. O la asemejaban a la del pilón que presuponían sobre alzapiés de piedra tallada, de mármol o granito, en la mismísima catedral de Granada.

Los habitantes de Aldea Chica, en cambio, ahuecaban la mano, la introducían en un pilón de nadería: elevado sobre alzapiés de madera perfeccionada; untaban la punta de los dedos, inclinaban la rodilla y se santiguaban para la plegaria o la pasión espiritual que, una vez más, como todos los domingos acontecería en la pequeña iglesia de Aldea Chica.

En el recinto religioso se aglutinaban decenas de aldeanas y aldeanos, escuchaban la misa de absolución por los pecados, atendían las necesidades del cepillo, escuchaban al párroco y un alto número de fieles, en familiaridad cristiana tomaban la eucaristía. Pese a ello, en transcurso ceremonial don Julián vociferó como gallo de corral, amenazó con castigo divino, tarareó como grajilla aupada en la rama de una encina; encapotó como un búho al acecho del ratón y dirigió la mirada al frente, al vacío, donde por espacio de interminables segundos la mantuvo quieta o perdida en las figuradas y presuntuosas tinieblas del mismísimo más allá… Pese a ello, tras aquel  repentino lapso, en abrir y cerrar de ojos pestañeó, giró la cabeza, depositó la vista en el escote y en la minifalda de una feligresa y, añadió: <>. Los feligreses cruzaban las miradas entre sí, y susceptibles ante lo inmoral o pecaminoso intentaban comprender el porqué de aquellas desentonadas palabras que a diestro y siniestro les lanzaba don Julián entre huecas y lejanas resonancias del templo. En consecuencia, y aunque los feligreses intercambiaban fugaces y furtivas miradas, como no encontraban anormalidad pestañeaban bajo incredulidad o desazón y amodorraban como las ovejas sorprendidas por una oleada de alta temperatura estival.

En cambio, cuando las feligresas y los feligreses menos lo esperaban, don Julián cesó en dialecto de embestida a la inmoralidad y en símbolo de súplica, de rezo o en busca de perdón ajeno y pecador o del más allá, abrió los brazos y reflexivo perdió la mirada en las pinturas de la bóveda…

Por aquel desvarío le creyeron los feligreses altamente pensativo y relajado. Sin embargo, don Julián irguió su estampa en menos que canta el gallo, giró en redondo, bamboleó la túnica como guardia civil en desfile de conmemoración y bajó los peldaños del altar más erguido que un pendón ondeando la bandera republicana: con la mirada al frente, las manos unidas y los pulgares sobre la barbilla. Don Julián, sin embargo, se detuvo en seguida, en seco y a pocos pasos del altar: a la altura del tercer banco giró de sopetón, agarró por un brazo a la señora Asunción -cuya notoriedad femenina y de joven agraciada resaltaba por la cima de las vestiduras- y sin saludo, comprensión o explicación la dirigió y la encaminó hacia la puerta de salida. Asunción no entendía ni comprendía el mal o la razón, aunque mientras don Julián la dirigía, ella percibía indecorosas miradas de fieles que a sí mismas se presuponían en dignidad de bienaventuradas. Asunción salió de aquel recinto que algunos ciudadanos, incluso ella misma, de vez en cuando llamaban sagrado. Y salió tan turbada y ruborizada que su cara enrojeció casi tanto como cuando en romería usaba coloretes para buscar ardiente entonación facial. En tal estupor alcanzó la calle tan desolada, tan avergonzada y tan baja de aliento que bajo aquella desdicha de resignación dirigió la mirada al cielo, manoteó y, dijo:

—Dios de todos y cada uno de nosotros; creador del mundo, de los muertos, de los vivos, de las cosas, de los casos y de su entorno. ¿Señor, si tú eres el padre de mi Señor Jesucristo, también de mi hermano, padre mío, de mi marido y de mi hijo, dime por qué dejas que tu representante en la tierra, en la iglesia y en la aldea, don Julián, el cura, sea tan torpe, tan confuso y tan demente o vano e incomprensivo con los hábitos y las necesidades de sus hermanos y de tus hijos?

Los ojos de Asunción chispeaban de fulgor mientras permanecían a la espera de algo: una respuesta, un rayo de luz o aliento a la razón de la fe, de la esperanza y la comprensión humana. No obstante, al no obtenerla zarandeó la cabeza, guiñó el labio, absorbió la mucosidad y emprendió camino. Meditativa, cabizbaja, en silencio y con semblante pálido y preocupado avanzaba sin ton ni son. Pero así, en cabizbajo, triste y en solitario cruzaba los jardines por el paso de la fuente cuando de súbito o de sopetón se vio reflejada y se detuvo junto a las aguas embalsadas. Asunción limpió unas lágrimas, fisgoneó los pececitos de colores, la ciénaga del fondo, la pequeña serpiente que tímida y temerosa de imprevisible emboscada avanzaba en diagonal, agitaba la lengua y junto a la pared interior buscaba el tranquilizador resquicio de la superficie. Con aquella imagen Asunción perdió el norte, el malhumor y el recuerdo a la sinrazón. Ahora, en cambio, aún con la sonrisa desfigurada observaba aquellos prodigios de la naturaleza, acarició la barbilla y por espacio de imprecisos segundos se mantuvo quieta, en pensativo. Aunque de súbito desperezó y siguió visualizando el deslizar de los renacuajos, el embarrancamiento de sanguijuelas en el fondo del embalse y las ondulaciones sobre el perímetro al máximo nivel. En aquel ir y devenir también se entretenía en visualizar diversidad de insectos acuáticos que como aeroplanos en aeródromo aterrizaban sobre la superficie, y agitaban, aún más, las pequeñas olas que iban y venían como si anduviesen atraídas por un encantamiento celestial. Después seguía visualizando el revolotear de preciosas abejas y peligrosas avispas y a toda ella la recorría tal escalofrío que cruzó los brazos sobre sus propios pectorales, los acarició y masculló algo inusual.

Mientras tanto, palomas, vencejos, golondrinas y gorriones revoloteaban sobre su entorno, como atraídas por una corona de laureles que vitorea conquista de nueva fortaleza. Incluso dóciles y románticas palomas y apacibles gorriones aterrizaban a sus pies y la saludaban con arrumacos de ternura, galantería, compasión, comprensión o necesidad: a la espera de pipas, maíz, grano o molla de pan, a cuales andaban tan habituados. Aunque ella, Asunción, iba tan afligida, confusa y acalorada que ni ganas le quedaban para guiñadas, arrojes ni sonrisas.

Asunción llegó a casa tan pálida, tan malhumorada y con el rostro tan abucheado que Lecherito intuyó anomalía. Aunque Lecherito era astuto como el viejo zorro y la observaba en silencio y de soslayo… Sin embargo, tan risueño como irónico, en abrir y cerrar de ojos gesticuló los labios, mordisqueó el interior-inferior, chasqueó la lengua, le guiñó un ojo y esperó a tal o cuál evento. Asunción, en cambio, amodorró aún más, aunque en breve tomaría aliento y entre sollozos y profundos suspiros se dispondría para narrarle el motivo de su tormento.

—Cariño, no sufras por tal o cuál evento —dijo Lecherito al corriente del suceso—. El cura puede decir misa e imponer su voluntad. Para eso es cura y dueño de su parcela; aunque mi amor, qué quieres que yo le añada al tormento de mujer ultrajada si soy como los del dicho popular que piensan y argumentan que cuanto se hayan de comer los gusanos, antes que lo disfruten los humanos…

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Ya no sufro por amor (Lucía Etxebarría)

Una serie de artículos y ejemplos muestran qué tipo de relaciones sentimentales establece cada persona según su forma de ser, pasado etc…
El libro comienza con un test que al parecer indicará si va a gustarnos el libro o ni siquiera merece la pena comprarlo, para seguir explicando las pretensiones que tiene: su finalidad no es solucionar los problemas, sino para aliviarlos y/o reconocer que se necesita ayuda profesional.

La autora informa además de algunas pautas que ha seguido al escribirlo, como que se puede aplicar a todo tipo de parejas (hetero, homo…), aunque en la mayor parte de las ocasiones ella se dirige al lector/a en femenino, o que no es psiquiatra, limitándose a comentar sus experiencias personales y lo que ha aprendido en sus amplias lecturas.

Es aquí donde el texto se vuelve en ocasiones confuso y farragoso, amontonando información de forma desordenada y poco comprensible.

La comprensión y posible identificación de síntomas y características destaca cuando utiliza ejemplos (a veces personales, con lo que puede parecer prepotente a alguien) de los tipos de personalidades e incluso sugiere los emparejamientos más o menos aconsejables como lo haría un libro de emparejamientos zodiacales.

La parte dedicada al análisis de las telenovelas queda algo obsoleta, pues si bien se analizan los personajes y relaciones de la serie de Antena 3 “Aquí no hay quien viva”, las telenovelas latinoamericanas se ven perjudicadas por ejemplos antiguos como “Cristal” o “Los ricos también lloran”, siendo brevísimas las alusiones a algunas más modernas, como “Yo soy Betty, la fea”.

Etxebarría comentó hace unas semanas en el programa “Channel nº 4” que en ediciones posteriores ha añadido texto referente a “Pasión de Gavilanes”, que sigue la trama "clásica" de amor y venganza.

Sin embargo, para analizar los cambios que se están produciendo en estas series, y en la personalidad de sus protagonistas femeninas, ya no tan mansas, sería mejor comentar “Rubí”, éxito sin precedentes con una heroína egoísta y malvada.

Así, parte del libro es demasiado confusa, otra resulta entretenida y hasta divertida (los mencionados ejemplos) y una más decepcionante (el análisis de telenovelas) resultando una obra cuyo interés sufre altibajos demasiado marcados.

Si se leen solo las partes que más interesan (los tipos de personalidades, las telenovelas…) puede ser más satisfactorio que si se lee entero.

Erratas:

– En la primera edición (no sé si se ha corregido en las siguientes), se alude en varias ocasiones (tres en un párrafo) a Margarita Gaultier, cuando deberería ser Gautier, y se identifica a Laurence Olivier, como Lawrence.

Obra

– La historia de Kurt y Courtney: aguanta esto (1996)
– – Amor, curiosidad, prozac y dudas (1997)
– Beatriz y los cuerpos celestes (1998)
– Nosotras que no somos como las demás (1999)
– La Eva futura. La letra futura (2000)
– De todo lo visible y lo invisible (2001)
– Estación de infierno (2001)
– En brazos de la mujer fetiche (2002). Con Sonia Núñez Puente
– Una historia de amor como otra cualquiera (2003)
– Un milagro en equilibrio (2004)
– Ya no sufro por amor (2005)

http://reginairae.blogcindario.com/2006/05/00274-ya-no-sufro-por-amor-de-lucia-etxebarria.html

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Los Sicarios del Cielo (Rodolfo Martínez)

Remiel parece culpable de un tiroteo en su local. Cuando Paula comienza a investigarle, se entera de más cosas de las que esperaba mientras varias personas intentan acabar con su sospechoso.

Según en texto de la contraportada se: “combina lo contemporáneo, lo fantástico y el thriller policial en una novela llena de intriga y acción…”

Entonces, el primer error es el nombre del protagonista, Remiel Stevenson (¿homenaje a R. L. Stevenson o ingenuo intento de despistar sobre la identidad del susodicho), que, junto a los de otros personajes (Shamael, Gabriel) informa desde el comienzo de la especial naturaleza del protagonista y sus compañeros, anulando el pretendido misterio.

Durante más de doscientas páginas (y quizá en todo el texto) no se alude claramente a la identidad de Remiel, aunque se hacen sugerencias más o menos sutiles en los recuerdos de Paula, que ve la relación entre ellos a lo largo de varias vidas en que ella cambia de aspecto, sexo etc mientras él permanece inmutable.

Quizá el autor quiere despistar para que se piense en la reencarnación como tema central de la trama, en cualquier caso no se consigue.

En cuanto a la parte de thriller y acción, se habla de Remiel es perseguido por “… un grupo de guerreros japoneses disfrazados de ejecutivos, una agente del Mossad y por una orden secreta de sacerdotes católicos.”

Quizá con esta amalgama de enemigos que tienen en común “representar” a tres de las religiones más importantes se intenta crear expectativa sobre el papel de éstas en la historia, cuando no sólo no se desarrolla, sino que ni siquiera es necesario para contar la historia pues, como se cuenta hacia el final, los enemigos de Remiel han influido en estas personas de forma individual, debido a sus deseos y la facilidad de manipular sus mentes, sin que el tema de sus respectivas creencias tenga repercusión en la trama.

De hecho, tanto el samurai como la judía o el sacerdote católico son descritos de forma tan superficial como tópica, utilizando pasados tan vistos como la traición del jefe al guerrero japonés, la experiencia de ella en un campo de concentración o la relación paterno filial literal entre los curas.

La mayoría de los personajes carecen de entidad más allá de la que explica la omnipotencia del narrador, quien recurre a explicar las circunstancias de cada cual en lugar de mostrarlas mediante escenas.

Apenas se sabe qué papel desempeñan algunos secundarios en la historia. Luisa y Sara parecen estar presentes sólo para crear expectativa sobre la utilización de esos poderes que nunca acaban de especificarse, para despertar los celos de Paula (la primera), para incluir la subtrama de “misterio” que da comienzo a la novela (Sara y los maltratos paternos) o para cumplir la cuota femenina.

En cualquier caso, todos están desaprovechados, carecen de interés y lastran la novela con más páginas de las necesarias.

A lo que se añade la continua reiteración del autor en cuanto a hechos que luego no tienen la menor relevancia, como el que Paula y Luisa se hayan llevado mal a lo largo de todas las vidas en las que han coincidido (¿por qué? ¿rivalidad por Remiel? Diría que no…), que repite incansable como si fuera una información trascendental.

Además, varios de los personajes mantienen repetitivos monólogos interiores en que sus reflexiones lejos de avanzar parecen estancarse, como si quisieran mantener una intriga que nunca es tal acerca de las circunstancias en que se conocieron los protagonistas y, cómo no, el insistente intento de despistar sobre una identidad (de Remiel) que, repito, se intuye desde el primer momento.

Por si no estuviera bastante claro y presentido desde el comienzo de la novela, al final Shamael, pletórico de soberbia y displicencia, explica a Paula (y a quien lee) lo obvio, incluyendo una “sorpresa” final de las más previsibles de la obra.

Aquí, Shamael menciona de pasada la especial relación de Gabriel con Vito (el sacerdote, su mascota) y se intuye que, si el autor hubiera explorado esta faceta, el rechazo y atracción por la corporeidad y por los seres humanos de estos seres, la novela hubiera mejorado.

El autor utiliza herramientas de varios géneros literarios para fabricar una especie de monstruo de Frankenstein, una novela fallida que en ningún momento saca partido de la idea inicial.

http://reginairae.blogcindario.com/2006/05/00285-los-sicarios-del-cielo-de-rodolfo-martinez.html

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El manuscrito del Santo Sepulcro ( Jacques Neirynck )

El doctor Theo de Fully, suizo y católico, data como medieval un trozo de la Sábana Santa de Turín con el método del Carbono 14. Sin embargo, pese a lo irrefutable del método científico, que él expone a sus hermanos, la doctora Colombe de Fully, experta en tratamientos psicólogicos a los moribundos, y el cardenal Emmanuel de Fully, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sigue creyendo que hay algo de extraordinario en el sudario y continúa sus investigaciones. Paralelamente, se le plantean dudas relacionadas con el dogma católico centradas en la realidad o no de la Resurrección, entre otras…

Cuando empecé a leer este libro pensé que sería algo así como el Código da Vinci a la francesa (o a la belga, mejor dicho) pero nada más lejos.

Esta es una novela muy parca en aventuras y peripecias. A decir verdad, dejando aparte una excavación que solo se cita, no hay nada en él que pueda enmarcarlo en ese género literario. Diría que se trata más bien de tomar el estudio de una reliquia como la Sábana Santa como excusa para plantearse preguntas de mayor calado, que lógicamente, tienen más interés para un católico que para un ateo: el dogma de la Resurrección, central en el cristianismo, por ejemplo; la fe, el miedo a la muerte y cómo afrontarla; la Iglesia y sus jerarquías…

El autor demuestra grandes conocimientos tanto en el asunto de la datación cronológica como en lo relacionado con la religión. Su erudición no parece "sacada de google" como la de Dan Brown, o de cultura de "trivial" (de hecho Neirynck ha escrito tratados sobre electricidad y varios libros científicos). Se nota que conoce bien de qué habla cuando menciona cuestiones teológicas y dogmáticas, expuestas no obstante, con sencillez, pero con profundidad.

El libro puede resultar de interés para quien sienta curiosidad sobre las diversas teorías acerca de la muerte (y resurrección) de Jesús, su familia, citadas en los Evangelios y otros textos apócrifos; también está bien documentado sobre la Sábana Santa, aunque, repito, la mención de esta reliquia es una mera excusa para otros temas.

Comparando con la obra de Julia Navarro "La Hermandad de la Sábana Santa", este libro de Jacques Neirynck sale ganando por goleada, no solo porque está mejor escrito (cosa que es bastante fácil), sino porque todo lo que se cuenta en él (o casi todo) resulta verosímil y coherente.

No es una obra de "divulgación", sino más bien "filosófica", si se puede usar este término con una novela así.

Theo de Fully y sus hermanos representan diversos modos de afrontar la fe católica, cada uno desde un ámbito. Theo es el científico super-racional que ha negado durante toda su vida el cuerpo, los sentidos, los placeres, etc, y se ha refugiado en la ciencia como modo de salvación; Colombe es una mujer que va más hacia el sentimiento, el ayudar a los demás a superar el trance de la muerte, y que, aunque casta y pura en la mayor parte de su existencia, tiene algunas debilidades carnales; y Emmanuel, que representa a la jerarquía de la Iglesia, y un motivo de contradicción, puesto que padece de una enfermedad degenerativa para cuya cura se exigen células sacadas de embriones abortados…

Estos personajes, lejos de mostrar actitudes heroicas, se muestran con sus defectos y sus dudas, sobre todo en lo tocante a la religión de la que son devotos. Hay un cierto sentido crítico con la jerarquía eclesiastica y con ciertos dogmas que no consideran "importantes" en el esencia del cristianismo. Pero este criticismo es más bien reformista que desmitificador.
El final, donde un Papa hace un discurso "revolucionario", y hasta cierto punto sorpresivo, más que demoler las bases de la Iglesia tiende a su afianzamiento, pero desde una nueva visión. El autor parece favorable a una apertura del catolicismo (Colombe da la visión femenina o feminista, y casi "new age", cuando habla de las experiencias cercanas a la muerte, la naturaleza del "infierno", etc).

En resumen, una novela que podría engañar sobre su contenido, pues no son aventuras banales sino más bien una reflexión sobre la religión (y también sobre cuestiones como el sentido de la vida, la muerte, etc), desde el punto de vista de un fiel que usa la ciencia y la lógica, y que tiene dudas normales en todo ser humano; no es desde luego un fanático, como ninguno de los personajes. A quien le haya gustado "El último Catón", "El Código Da Vinci", "La hermandad de la sábana Santa" y otras hierbas similares esta novela le va a parecer lenta y "sin argumento", ya que para colmo, el autor se centra mucho en las vidas personales de los tres hermanos, desviándose de la investigación, que ocupa una parte muy breve de la historia.

Aunque literariamente no es una maravilla, como novela tiene más entidad que los ejemplos anteriormente citados.

Como curiosidad la presencia en el libro de un personaje que pasa de ser Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe a Papa, como Ratzinger…

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